El precio de tu dulzura
Cuento sobre una (improbable) cita a ciegas. Humillación,
castigo y recompensa.
Dedicado a las que no perdéis vuestra dulzura cuando azotáis.
Capítulo 1
Tengo treinta años pero cuando suena el teléfono mi corazón
salta como el de un adolescente.
-Nos veremos en la cafetería del parador de M., el viernes a
las seis de la tarde. Habrás llegado antes que yo. Recién afeitado, limpio y
bien vestido. Sin nada que hacer hasta la tarde del día siguiente. En la mesa,
doblado, tendrás un diario abierto por la página de anuncios por palabras.
Hablaremos, y si nos parece bien contrataremos la habitación. La pagaremos a
medias.
-Como digas.
Cuelga.
***
Una mujer en un turismo rojo parece que me observa cuando
entro por la puerta del parador. Son las seis menos veinte. He decidido no
ponerme un traje, después de dudarlo mucho, y he optado por vestir de sport: una
americana verde de lana, corbata y pantalones a juego. Llevo también un
periódico bajo el brazo y una pequeña maleta. Me ha parecido hermosa, aunque he
evitado mirarla directamente. No tomo café para evitar el mal aliento, pero no
me resisto a encender un cigarro. Bebo un refresco, pendiente de la entrada,
inclinándome de cuando en cuando sobre el periódico abierto. Anuncios de
contactos. Siento el latir impaciente de mi corazón.
Ahí está. Parece una ejecutiva o una abogada, con su traje de
chaqueta crudo y su portafolios de cuero. Su melena morena, corta, con las
puntas rozando el cuello, se mece al compás que marca su paso, enmarcando la
sonrisa húmeda y blanquísima, afectuosa. Se acerca. Veo el brillo inquisidor de
las pupilas. No me mintió cuando dijo que tenía veintisiete años. Es elegante,
distinguida, bellísima. Antes estaba impaciente, ahora temo no comportarme con
el aplomo necesario. Se sienta delante de mí.
-Hola, ¿cómo estás?
-Muy impresionado.
-Igual que yo.
No le creo, pero agradezco la amabilidad de su réplica. Apago
el cigarrillo, arrepentido por haberlo encendido.
-Perdona, estaba nervioso. ¿Te molesta que fume?
-No. Pero si subimos a la habitación dejarás de hacerlo. Si
tienes muchas ganas, me pedirás permiso.
-Como quieras.
Nos miramos unos segundos. Bajo los ojos a la mesa, a mi
vaso, a sus manos, y la miro de nuevo a la cara.
-Pareces un poco cohibido.
-Lo siento.
-No te preocupes, no me desagrada.
Aunque lo que dice es perfectamente audible, habla con un
susurro que nadie más que yo puede percibir. Se acerca un camarero, ella le pide
una coca-cola y espera a que se aleje para continuar.
-¿Nunca has hecho esto, verdad?
-No... ¿y tú?
-Parecías muy preocupado por establecer límites -me dice
desatendiendo mi pregunta.
-Bueno... es que sólo conozco este mundo por lo que he leído
y por lo que he visto en internet -le digo, excusándome-. Quiero probar, entrar
en la situación, pero sin exageraciones.
Nos callamos, con nuestras miradas enfrentadas. El camarero
coloca en la mesa el servicio de ella y se marcha.
-¿Tienes miedo de que sea demasiado cruel?
La dulzura de su belleza y de su voz me hacen creer que mis
antiguas prevenciones ya son innecesarias. Le sonrío e intento explicarle:
-Supongo que tú... has visto las exageraciones a que me
refiero: otras personas que entran en la escena, juegos escatológicos, terribles
palizas...
Su sonrisa me desconcierta: no sé si es comprensiva o
irónica.
-No permitiré que establezcas límites -dice sencillamente
después de unos segundos.
-¿No...?
-Puedes marcharte cuando quieras, pero mientras quieras estar
conmigo tendrás que aceptar lo que yo desee.
Respiro hondo, sin saber qué decirle, y mi mano va a la
cajetilla de cigarros, instintivamente. Ella me la quita con suavidad y la
aparta. Yo no protesto.
-Acabas de apagar uno. No fumes más.
-Está bien.
-No temas. Siempre te daré tiempo para que puedas detenerme
antes de someterte a algo que supere tu resistencia. Para eso tendrás tu
contraseña. Por ejemplo: "Suena una campana" -se detiene y bebe un sorbo de su
vaso-. Estás en tu derecho a decirla cuando quieras; pero ten mucho cuidado,
porque si me parece que resistes poco te echo sin oportunidad de rectificar,
¿entendido?
-Entendido.
-Odio la vulgaridad. Quiero que seas sumiso, modesto y
delicado. Si vienes a hacer una parodia, reconócelo y vete. Y si eres un
masoquista provocador y piensas desobedecer para que me ensañe, vete también.
El tono de su voz, aunque amable, es serio y amenazante. Por
nada del mundo me iría.
-Intentaré no defraudarte.
-Tengo una bolsa en el coche. Espérame en la recepción.
***
Contrata la habitación a su nombre, sin importarle que vea su
carné de identidad. Ya sé que se llama Cristina. Ella todavía no sabe cómo me
llamo yo. Habitación 302. Espaciosa. Una cama de matrimonio. Terraza con vistas
a la piscina. El empleado que nos la muestra parece curioso por nuestra
relación. Ella abona el terreno, para divertirse, mostrándose muy fría y
displicente. No le da propina. Él me dirige la mirada pero yo nada tengo que
decir. Se va: la puerta se cierra evocándome la cancela de una prisión.
Deposito mi maleta sobre el banco que hay a los pies de la
cama.
-¿Qué has traído? -me pregunta.
-Una muda de ropa, un pijama y las cosas de aseo.
-Ábrela.
Desempaqueto con cuidado el pantalón gris, la camisa amarilla
terrosa, la ropa interior, el pijama y la bolsa de tela donde guardo los
zapatos. Ha quedado a la vista una caja de preservativos, pero no muestra
interés en ellos. Siguiendo sus indicaciones, saco los zapatos para mostrárselos
y pongo en su mano los calzoncillos. Son blancos, elásticos y sin costura,
ceñidos y cerrados.
-¿Son iguales los que llevas puestos?
-Sí.
-Pon la ropa en el armario. Lleva lo demás al cuarto de baño
y vuelve aquí.
Cuando estoy en el cuarto de baño, ella comienza a deshacer
también su pequeño equipaje. Yo espero, deambulando por la habitación. El
portafolios lo deja sobre la banqueta, cerrado.
Me reclama con un movimiento del dedo índice y me acerco.
-Vacíate los bolsillos, por favor.
Voy dejando junto al maletín el tabaco, la cartera, el
mechero, las llaves y un pañuelo. Coge la cartera.
-¿Puedo verla?
-Sí.
-David -dice, por el gusto de pronunciar mi nombre.
-Sí, Cristina.
-Esclavo.
-Ama.
-Traes mucho dinero -me comenta, mirando por encima el
compartimento de los billetes. Sonrío.
-Sí... pero espero no gastarlo todo.
-Ya... -ríe-. Guarda todo esto en el armario.
Obedezco. Ella se sienta en un sillón.
-Trae el maletín.
Lo pongo sobre la pequeña mesa que hay a su lado. Ella lo
abre. Ante mí, bien ordenada, una profusión de instrumentos de tortura. Acierto
a ver finas cadenas de hierro, muñequeras de cuero y látigos de varias clases.
Contengo la respiración. Ella se divierte con mi angustia.
-No tiembles. Pareces un corderito -me dice para
incrementarla.
-Ya... -río estúpidamente-. Estoy algo asustado.
-Asustado y avergonzado.
-Sí -lo reconozco.
Me sonríe, encantadora.
-No creas que eso me ablanda. Tengo dudas sobre si me sirves
como esclavo y no quiero perder el tiempo, así que voy a tratarte duro desde el
principio para ponerte a prueba -no pierde la sonrisa, que ahora es cruel, y
entorna los ojos. Su voz es suave e inflexible-. Voy a disfrutar humillándote.
Bajo los ojos, incapaz de sostener su mirada.
-Desnúdate.
Asiento en silencio y, después de unos segundos, me despojo
de la chaqueta.
-Tira la ropa. Después la recogerás -mi chaqueta cae al
suelo-. Descálzate.
Me quito los zapatos y los calcetines, agachándome, y cuando
termino los aparto con un pie. La miro, creyendo que quiere indicarme cada
prenda de la que debo despojarme, pero ella no hace más que esperar,
tranquilamente. Me deshago de la corbata, desabotono la camisa y la dejo caer
sobre la chaqueta. Ella tiene los codos apoyados en los brazos del sillón y
junta las yemas de los dedos de ambas manos, tocándose el mentón y los labios,
muy seria. Respiro hondo, me desabrocho los pantalones y me los quito con
torpeza.
-Espera.
Me observa. Es patente el enardecimiento de mi sexo.
-Date la vuelta.
Permanezco unos segundos de espalda hasta que me manda girar
de nuevo.
-Ya veo que te gusta ir bien ceñido.
-Es más cómodo, pero me pondré lo que tú digas.
-Desde luego que sí que lo harás. Más cómodo... -ríe-. Venga,
desnudo.
Me quito los calzoncillos y me expongo al examen de su
mirada. En contraste con mi vergüenza, mi verga, liberada, apunta desafiante al
techo, por encima de su cabeza.
Durante un rato se limita a observarme, con expresión
desasosegantemente crítica. Después se levanta y se acerca al maletín. Reclama
mis muñecas enseñándome con un gesto cómo debo ponerlas: los dos antebrazos
extendidos hacia ella, las palmas de las manos hacia arriba. Me coloca dos
muñequeras de cuero negro, ajustando sus hebillas. La operación me excita
extraordinariamente. Con un collar del mismo material reviste mi cuello. Se
abrocha también con una hebilla. Lo deja bastante holgado y lo gira para que la
anilla metálica que, como los brazaletes, tiene prendida, quede hacia delante.
-Quiero que te tranquilices.
Ensarta el mosquetón de una fina cadena a la anilla del
collar. Desliza sus dedos por los eslabones, tensándola un poco, y la suelta
dejándola rebotar sobre mi pecho. Entonces descorre las cortinas por completo.
Diviso hasta el horizonte el paisaje de la campiña. La luz baña por completo mi
desnudez.
-Te vendrá bien tomar un poco de fresco. Sal a la terraza.
No hay edificios a la vista. La altura de la habitación y el
antepecho de obra parece que protegen de la visión de quienes estén en los
jardines del hotel. Dos paredes laterales que llegan hasta el techo separan de
las terrazas de las habitaciones vecinas. Estoy sopesando el riesgo de que
puedan verme cuando se impacienta mi ama y me propina una sonora bofetada.
-¿No obedeces?
-Sí, perdona -contesto llevándome la mano a la mejilla,
sorprendido.
Abro la puerta corredera y salgo, titubeante. No me acerco al
antepecho para que nadie pueda ver el collar y la cadena que pende de él.
-Arrodíllate -ordena mi ama desde la habitación, en voz baja.
Después busca en su maletín y se me acerca con dos cadenas cortas. Me lleva
tirando de la cadena del cuello, haciéndome caminar de rodillas, y me hace
ponerme de espaldas al antepecho. Las dos cadenas las ensarta con mosquetones de
las anillas de mis brazaletes y de la barandilla metálica que remata el
antepecho. Quedo cara a la habitación, arrodillado con los brazos en cruz.
Me observa durante unos segundos.
-Conviene que te mantengas derecho y sostengas los brazos en
horizontal.
Me deja así. Entra en la habitación y cierra la puerta. La
veo sacar un refresco de la nevera. Busca en el armario y se sienta en un sillón
con un libro. Pasan largos minutos. Ella no levanta la cabeza de su lectura. Si
dejo que bajen los brazos las manos caen atrás, colgadas de la barandilla. Para
evitar la consiguiente tensión debo sentarme sobre los talones. Así retrocede el
tronco y doblo algo los brazos, en posición más relajada. A pesar de sus últimas
palabras, es lo que termino haciendo cuando las fuerzas me fallan, pero veo que
gira la cabeza y me mira con reproche y adopto de nuevo la postura correcta. No
basta con eso. Viene a la terraza y se planta ante mí.
-Muy mal, David -aunque con un volumen de voz bajo, su tono
es de gran enfado. Mi sexo se despierta con su presencia y su reprimenda.
-Lo siento, no podía más...
Desprende los mosquetones de mis muñequeras y tirando de la
cadena del cuello me hace ponerme de pie, puede que exponiéndome a la vista de
alguien que ande por el jardín.
-¡Adentro! -grita aunque es casi un susurro, acompañando la
orden con una enérgica palmada en una nalga. Entro en la habitación, muy
turbado.
Ella me sigue y cierra la puerta.
-¡Muy mal!
-Créeme, no podía más...
-Mis riñas las recibes de rodillas, esclavo indigno.
Me hinco de hinojos ante ella.
-¿Me estás provocando a propósito para que te azote? Ya te he
advertido sobre eso.
-No. Te lo juro.
-Cállate. Los brazos en cruz -arrastra un sillón y se sienta
frente a mí, muy cerca-. Si los bajas antes de que te lo permita, estás
rechazado.
Estoy muy derecho, también lo está mi sexo, y mantengo los
brazos horizontales. El temor de que cumpla su amenaza me da fuerzas: por nada
bajaré los brazos. No mucho tiempo después siento que algo en ellos se romperá,
pero no los dejaré caer; en el creciente dolor, me siento reconfortado por su
atención.
-Vas a aprender a esforzarte. Esto no es un juego: quiero que
verdaderamente te sientas mi esclavo.
-Así es como me siento, Cristina -musito.
-Cállate. Te dije que querías que fueras sumiso, modesto y
delicado ¿te acuerdas?
-Sí.
-Incluso ahora estás fallando -me dice-: yo ya sé lo que
duele mantener los brazos así, no hace falta que crispes de ese modo la cara. No
alardees como si fueras un héroe: obedece con modestia.
Aunque el dolor es casi insoportable ya, intento obedecer
también en eso: mostrarle mi postura irreprochable, mi sonrisa tranquila, si
puedo llegar a conseguirla, y mi erección.
-Puedes descansar, ya es suficiente -concede después de un
rato. Abrazo el aire con fuerza, apretando los brazos contra mi pecho,
aliviándome.
-Gracias.
Del maletín, sin pausa, alcanza algo: un amasijo de correas y
anillas que despliega ante mis ojos.
-Es un arnés ¿Has llevado alguna vez algo parecido?
-No.
Un simple gesto de su mano y estoy de pie, a su alcance.
¡Me toca con sus manos! Ciñe apretadamente a la parte alta de
mis caderas, ajustándolo con un pasador, un cinturón hecho de dos piezas de
gruesa tela de nylon que se unen en los costados con dos broches de cierre
automático. Queda colgando, en la parte delantera, otra pieza formada por tiras
más estrechas, en forma de Y. La pasa por mi entrepierna y por la separación de
mis nalgas y la abrocha al cinturón, mosquetón en anilla, por detrás. Mis
genitales quedan enmarcados por los brazos de la parte superior de la Y y por el
cinturón. De uno de los brazos están prendidas tres tiras delgadas, horadadas
para abrocharse en sendas hebillas dispuestas en el otro brazo. Pasa las cintas
sobre mi verga endurecida aprisionándola con fuerza contra en vientre al
ensartar las tiras en las hebillas. Mis testículos cuelgan por debajo de las
tiras abrochadas, sin opresión, pero pronto compruebo que tampoco va a ser
indulgente con ellos: como si les pusiera una bufanda en miniatura, rodea
estrechamente la parte superior del escroto con una pequeña cinta negra, de unos
dos centímetros de ancha, que cierra con velcro. Mis testículos presionan la
piel estirada en la parte de la bolsa que asoma por debajo. De la cinta cuelga
una cadenita muy fina, como de reloj de bolsillo, que termina en un gancho. Me
muestra una pesa de balanza.
-Doscientos gramos.
La cuelga del gancho, con cuidado de no soltarla de golpe.
Queda por encima de la altura de mis rodillas. La presión es soportable, pero no
sé por cuanto tiempo.
Se pone de pie y me hace retroceder un paso posando la mano
sobre mi pecho. Se aparta y me observa, sonriente.
-Estás muy gracioso.
La miro y bajo la cabeza, humillado.
-A la menor queja, duplicaré el peso.
-Sí, ama.
-Recoge las cadenas que han quedado en la terraza, ponlas en
mi maletín, y lleva al armario toda tu ropa.
Obedezco en silencio. Debo tener cuidado para no hacer
movimientos bruscos que hagan oscilar la pesa. Moverme así, sintiendo además la
presión de las correas, es una experiencia desconocida, dolorosa y extrañamente
excitante. Cuando cierro la puerta del armario, ella se ha acercado y ha abierto
la del suyo.
Vuelta hacia mí, se quita la chaqueta y la cuelga de una
percha, se desanuda el pañuelo del cuello y lo dobla cuidadosamente antes de
guardarlo en un cajón. Decrece su altura al bajar de los zapatos de tacón. La
miro sin parpadear. Sin aspavientos, como si estuviera sola, pero sin dejar de
mirarme, a los ojos, al centro preso de mi cuerpo, se despoja de la blusa. Lleva
un sencillo sujetador blanco, de tejido elástico, que dibuja sus pequeños
pezones. Admiro o adoro la perfección con la que lo colma mientras mi ama guarda
su blusa. Abre su falda y sale de ella cuidadosamente, sin dejar que la prenda
toque el suelo. Las pequeñas bragas son una delgada cinta en los costados. Sus
medias se sostienen por ligas elásticas. De repente toda de blanco, hasta las
ligas son de ese color, me parece una princesa, una novia, más deseable pero,
ay, el arnés y el ahorcamiento de mis testículos son un suplicio, más
inaccesible aún.
No termina de desnudarse. Veo que introduce la mano en la
bolsa de viaje. Cuando la saca, un temblor convulsiona de arriba abajo mi
cuerpo: empuña y acaricia una fusta de caballería. Se cruzan durante unos
segundos nuestras miradas. No he visto mayor belleza: La cara alzada y seria,
los labios apretados, desliza amenazante sus dedos sobre la varilla. Me es
imposible mantener la quietud ni la compostura, se oye mi respiración irregular
y me parecen a punto de estallar las correas que me contienen. No se detiene:
sin palabras toma la cadena que cuelga de mi cuello y ensarta el extremo a las
anillas de mis muñequeras. Yo le facilito la operación ofreciéndole las muñecas
cuando entiendo lo que pretende. Al deslizar la cadena por las anillas tirando
hacia arriba del extremo, que hábilmente prende del mosquetón que ya sujetaba la
cadena al collar, mis brazos quedan recogidos en mi pecho y mis manos, juntas y
presas bajo el mentón.
-Mereces que te azote -me dice con naturalidad.
Asiento con un ademán.
-Sí, ama.
-Ven.
Me toma de un brazo y me conduce junto al banco que hay a los
pies de la cama. Hace que me arrodille sobre su superficie acolchada, en un
extremo, mirando hacia el extremo contrario. Ella desaparece un momento y
regresa con dos látigos. Los dispone, con la fusta, sobre el asiento, delante de
mí. Uno de los látigos, el mas corto, tiene una empuñadura rígida, forrada de
cuero, de la que penden un buen número de filamentos de plástico, el otro tiene
el mango trenzado y tres trallas planas, de cuero, de unos cuarenta centímetros.
Todo lo que dice y todo lo que hace está destinado a
comprobar mis reacciones. Me siento en una prueba que quiero superar a toda
costa, y aunque sé que el rubor delata mi vergüenza, la miro a los ojos
valientemente. Ella me toma por la barbilla y me acaricia una nalga.
-David, mis castigos son reales, mis latigazos duelen de
verdad. Puede que este sea el momento en que debas pronunciar la contraseña.
Niego moviendo la cabeza.
-No. Quiero sufrir tu castigo. Azótame, Cristina.
-Tienes que inclinar el tronco hacia delante apoyando los
antebrazos sobre el asiento.
Hago lo que me dice y mis labios tocan el asiento. El peso
suspendido de mis testículos se hace más insoportable. En tensión aguardo los
azotes sobre mi culo erguido. Mi ama agarra el mango del látigo de plástico.
-El flail no te dolerá, será como un masaje.
Las lenguas duchan delicadamente mis muslos y mi culo, una y
otra vez, sin herirme. Al susto inicial sigue una sensación crecientemente
placentera. Con dificultad, volviendo la cabeza, veo, y perfectamente oigo, a mi
ama esforzarse en cada azote. Me abandono al sonido, al ritmo siempre igual de
los trallazos sobre mis piernas y mis nalgas hasta que unos minutos después se
detiene. Nuestras respiraciones son ahora parecidas, por distintos motivos.
Abandona el flail y agarra el otro látigo.
-La cuarta sí te dolerá.
Enseguida aprecio la diferencia cuando la nueva disciplina
muerde mi piel. Al principio suavemente, en el límite entre la caricia y el
azote, después algo más fuerte, como pellizcos ardientes pero sin rebasar lo
soportable, si no es la excitación lo que eleva el umbral de mi dolor. Se
detiene entonces y me relajo, recobrando el ritmo de mi respiración, cuando un
látigazo en toda regla cae sobre mi culo como un cuchillo. Grito y mi
involuntario movimiento hace oscilar la pesa de mis testículos. Cuando veo que
mi ama eleva su brazo de nuevo, sin embargo, recobro la postura para ofrecerme.
Se abate de nuevo toda su fuerza con un terrible estallido y esta vez consigo
ahogar la queja. Hay lágrimas en mis ojos, pero no protesto y vuelvo a erguir el
culo, dócil al castigo, y ella vuelve a herirlo con la misma sevicia. Abandona
entonces el látigo y agarra un puñado de mi pelo para indicarme con un tirón que
me incorpore. Me hace bajar del banco. Me acaricia en una mejilla,
delicadamente. Después, con un tironcito, despega el velcro y libera mis
testículos.
-Te perdono la fusta. Es demasiado cruel para ti, por ahora.
-Gracias.
-Deja que te vea -me dice sentándose en el banco. Sus dedos
recorren la zona azotada. Después, me gira para ponerme frente a ella y sonríe-.
No ha sido nada. Ni siquiera te he levantado la piel.
Yo también sonrío, orgulloso.
Se levanta de nuevo y entonces, ante mí, bien calientes mis
nalgas, pone un pie sobre el banco y se quita una liga. La misma operación y se
quita la otra. Después las medias. Con incomparable sencillez, se desnuda por
completo.
-Aún no he terminado contigo. A la cama.
Me echo boca arriba. Se sube a horcajadas sobre mi abdomen,
libera mis muñecas y tira a un lado la cadena. Tímidamente poso las manos sobre
sus muslos, tanteando si me está permitido, sorprendiéndome encantado que no
ponga reparo.
-Te lo ruego, deja que me quite el arnés.
Separa mis manos, poniéndolas sobre el lecho, y retrocede
gateando hasta las piernas. Me desnuda soltando los broches laterales del
cinturón y se deshace del arnés. Empuña el mástil con fuerza y se yergue,
mirándome con fingida agresividad.
-Te la voy a comer, esclavo. Ábrete de piernas.
¡Dios mío! Se ovilla entre mis piernas y me besa y me lame
desde los muslos hasta el vientre y los testículos. Me muerde junto a la
horcajadura y después en la verga, haciéndome gemir y hasta gritar de dolor y de
placer, cerca del límite. Dobla mis rodillas y alcanza la parte trasera de mis
muslos y con sus dedos presiona sobre mi ano y finalmente enfunda mi sexo con su
preciosa boca y sin dejar de moverse me hace penetrar hasta su garganta. Soy un
esclavo convertido en dios. Me agito incontenible mientras continúa su ritmo
incesante. Deseo acariciar su pelo, pero no quiero que parezca que intento
conducir sus movimientos y dejo mis brazos sobre las sábanas, inmóviles hasta
que me derramo entre convulsiones y veo como entre brumas al amor de mi vida
saborear mi semen como si fuera nata y no dejar de lamerme y de acariciarme
hasta que pasa el sentimiento infinito.
Viene a la cabecera y se arrodilla sentada sobre los talones,
a mi lado. Me he incorporado y la miro como si acabara de despertar, incrédulo,
y adoro su cara ahora tan alegre y su boca húmeda y el cuerpo bellísimo que,
equívocamente, parece ofrecerme. Sus manos caen a los lados elegantemente,
acariciándose la parte externa de los muslos, y separa las piernas permitiendo
que vea su centro.
-Amor mío, te regalo mi vida.
-Ssss... eso es precisamente lo que quiero.
-¿Puedo besarte?
Me ofrece sonriente la mano y pone sus dedos en mis labios.
Tiendo la mía hacia ella para acariciarla, pero niega con la cabeza y la retiro.
-¿No puedo tocarte? Me gustaría darte placer.
-Cuando yo diga y como yo diga podrás tocarme, esclavo.
-Claro, ama, perdona.
-Quiero que nos tomemos un descanso -me dice entonces-. Entra
en el cuarto de baño y date una ducha, enjabonándote bien. Saldremos a dar un
paseo.
Salto de la cama al momento.
-¿Qué ropa me pongo?
-Cuando vuelvas te diré. Antes de entrar en la ducha quítate
los cueros: se estropean.
Examino orgulloso el reflejo de mi imagen con muñequeras y
collar, y mis nalgas enrojecidas. No he cerrado la puerta. Me aplico en la
limpieza porque lo ha ordenado mi ama.
Ella sigue desnuda cuando regreso. Sobre el banco ha
dispuesto la ropa que traje puesta y el contenido de mis bolsillos, incluido el
tabaco. Me observa un momento mientras me visto.
-Yo también voy a entrar en el baño. Cuando vuelva, habrás
recogido todo y habrás guardado en mi armario el maletín. Fuma un cigarro, si
quieres.
-Gracias.
Obedezco sus órdenes. Tarda poco y cuando vuelve está
radiante.
-¿Vamos?
-Cuando quieras.