Cuando sus muslos comenzaron a estremecerse supe que el
orgasmo estaba próximo y casi inmediatamente después de pensarlo ella se agitó
entera entre mis brazos bañándome la verga con su dulce néctar. No puede
aguantar más. Con un golpe de caderas me hundí en ella hasta tocar el cuello del
útero. Eyaculé con la fuerza de un geiser y estoy seguro que el primer borbotón
la atravesó hasta incrustarse en su matriz porque siguió corriéndose como una
intensidad insospechada y murmurando con voz pastosa:
--¡Oh, Dios mío ¡Oh, Dios mío! Dios miooooooo… dame… dame… da
me…looooo
Pese a tener las verga entera de su húmeda vagina sentí las
violentas contracciones de sus músculos vaginales sucediéndose en una cadena
ininterrumpida de orgasmos y supe que estaba disfrutando de un múltiple clímax
que la llevaba a un paroxismo como quizá nunca había experimentado. Había yo
acabado de eyacular abundantes borbotones de semen que aún seguía ella rezumando
el néctar de su prolongado placer. Empecé a retirarme para comenzar un lento
vaivén, cuando susurró:
-- No, no me la saques… déjame disfrutarla un poco más.
-- Paulina, muchacha, no pienso sacártela hasta que estés
completamente satisfecha.
-- ¿De verdad? – preguntó girando la cabeza hacia mi.
La besé en los labios separándoselos con la lengua y me la
chupó tan ansiosa como si no acabara de tener un orgasmo múltiple. Ardía de
deseo.
-- Ponte encima de mí – le dije
Se lo sacó despacio, como si temiera perderlo montándose a
horcajadas sobre el grueso mástil y se lo metió con tanta rapidez que se hizo
daño en el útero:
-- ¡Ay, Dios, qué dolor! – exclamó con las facciones
contraídas.
-- Ya te dije que fueras despacio.
-- Es que Toni, lo tienes como un caballo.
Alargó la mano para tocarla en la base y volvió a susurrar:
-- Ni siquiera está toda dentro.
-- Si aprietas más volverás a hacerte daño.
Su grupa comenzó un lento vaivén arriba y abajo, sus pecho se
apoyaron con fuerza sobre mi pecho y su besos eran cada vez más frenéticos.
Fueron dos horas de joder sin descanso pero, finalmente los
dos quedamos satisfechos y solo entonces me acordé de la futura y jovencita Sor
Angélica. Sor Paulina se durmió mientras le acariciaba su hermosa grupa con la
yema de los dedos y sólo entonces me levanté para visiart de mi hermosísima y
jovencita novicia.
Entre en su habitación, estaba girada del otro lado y miraba
pensativa el gran ventanal de puertas correderas italianas. Me miró con sus
bellos ojos azules brillantes gomo gemas preciosas y me acosté a su lado
-- Mi vida, ¿por qué me has dejado sola? - preguntó
-- ¿Soy tu vida?
Posó la cabeza sobre mi pecho y me susurró:
-- Mi vida, mi amor, eres… mi todo, Toni. Te quiero, mi amor,
te amo... pero tú..
-- Yo qué, cariño? – pregunté
Dudó un momento, antes de preguntar
-- Tú no me quieres ¿verdad?
Le acariciaba con la yema de los dedos su sedoso y corto pelo
rubio, y sentía su cálida y pausada respiración sobre mi pecho. La besé
suavemente en el cuello y pregunté en un susurro sobre su oído:
-- ¿Ya no quieres ser monja?
-- No soy monja, mi amor, soy novicia aún.
-- ¿Ya no piensas hacer los votos?
-- Me haré monja dentro de tres meses, cuando cumpla los
dieciocho años, porque tu…
Le temblaba la voz. No me di cuenta de que estaba llorando
hasta que las lágrimas cayeron sobre mi pecho. No sollozaba, lloraba
silenciosamente y, aunque soy bastante escéptico con los sentimientos de las
mujeres, sentí un nudo en la garganta. Su brazo, de piel suave como plumón de
ave, pasó sobre mi pecho, abrazándome como una niña desamparada. Volví a besarla
en el cuello, antes de preguntarle:
-- Yo qué, Angélica?
Tardó un tiempo en contestar, quizá intentado serenar su voz.
Repetí la pregunta y al fin susurró:
-- Nunca me querrás.
Sólo con mirar su cuerpo, de una perfección increíble, ya
tenía una erección de caballo y ella, en la posición que estaba, necesariamente
tenía que verla. No podía imaginar lo que pasaba por su cabecita, pero quería
saberlo y pregunté:
-- ¿Y tú como lo sabes?
Otro silencio prolongado antes de murmurar:
-- Ni siquiera deseas gozarme.
¿Qué clase de razonamiento era aquel? Cierto es que, en
principio, había pensado reservarla para experimentar con ella el orgasmómetro
cuando Carlos me indicara que lo tenía todo preparado. Quizá fuéramos la pareja
que batiría el record del placer, pero esto no podía explicárselo a la muchacha.
Sin embargo, ahora, por alguna extraña razón mis sentimientos hacia ella habían
cambiado de forma tan súbita que no acababa de comprenderlo, igual que ella no
comprendía los esfuerzos que yo tenía que realizar para contenerme teniendo su
pequeño y esplendoroso cuerpo desnudo a mi lado. ¿Pero cómo explicarle a aquella
criatura, más inocente que un pechirrojo, que sentía por ella lo que por ninguna
otra mujer había sentido jamás? Si se lo suelto de sopetón quizá no me crea,
porque a mi, ya me costaba trabajo creer que aquella niña, que podía muy bien
ser mi hija, se me había metido en el corazón de forma tan rápida.
-- Estás muy equivocada, Angélica -- comenté suavemente.
-- ¿Qué quieres decir, Toni?
-- Quiero decir, mi dulce niña, que te quiero y te deseo más
que a nada en este mundo.
-- ¿Lo dices en serio? – preguntó, levantándose hacia mi con
los ojos cuajados de lágrimas.
-- Muy en serio, Angélica.
Se me echó encima como exhalación para besarme en la boca.
¡Señor qué beso más inocente!
Tenía los labios apretados contra los míos y sus pequeñas
manos me acariciaban las mejillas, la dejé hacer, sin abrir la boca. Su rodilla
cayó sobre mi erección, pero ni siquiera pareció darse cuenta. Ni siquiera
respiraba, me soltó para besarme en los ojos, en la frente en el cuello y de
nuevo en los labios con aquel beso de novicia por partida doble. Tuve que
calmarla y de nuevo, se abrazó a mí con la cabecita apoyada en mi pecho.
Y en aquella postura, acariciándole el suave pelo rubio, vine
en enterarme que estaba con las monjas desde los seis años, cuando sus padres
murieron en un accidente de aviación. Las monjas la habían recogido y con ellas
había vívido hasta entonces. Como me conozco el percal me dije que tenía que
investigar a las monjitas de la Santa Caridad Cristiana que son muy caritativas
con el dinero de los demás. Seguramente reservaban a la preciosa Angélica para
que la desvirgara el Monseñor de la Diócesis.
Tenía que hablar con mi amigo Carlos, el inventor del
Orgasmómetro. Debía hacerlo rápidamente porque el placer que sentía follándome a
Sor Angélica parecíame a mi el más intenso que había experimentado en toda mi
vida. Follar a Sor Paulina, la verdad, me produjo gran placer, pero estaba
seguro que con la jovencita novicia la intensidad de mis orgasmos superaban los
diez mil voltios de corriente alterna.
Estuve dentro de ella hasta quedarme seco y la hice disfrutar
tantas veces que ya ni me acuedo, nos quedamos dormidos cuando ya clareaba el
día.