Era una mañana muy ajetreada en el instituto. La Consejería
de Educación había decidido, por fin, enviarnos el material nuevo que tanto
necesitábamos, y llevábamos unos días de trámites burocráticos: allí no podía
faltar ni una silla. Como jefe de estudios estaba muy ocupado cuando entré en el
despacho para buscar unos papeles y la encontré esperándome.
No era la primera vez que la veía en mi despacho sino que
formaba parte de los habituales, el tipo de alumnos que desesperan a los
profesores que, no sabiendo qué hacer, los menos imaginativos y los más
perezosos me los envían para que les dé una charla, como si eso fuera a servir
de algo. La primera vez que entran en mi despacho, todos llegan muy asustados y
temblando ante mí, como si guardara un látigo en uno de mis cajones cuando es
realmente poco lo que puedo hacer. Luego repiten y se acostumbran y escuchan mis
sucesivas charlas con aburrimiento; y yo me aburro más que ellos, porque la
disciplina se ha relajado de una forma que es difícil de imaginar.
La mayoría de esos alumnos problemáticos son chicos pero
alguna chica hay y entre esas excepciones a ella la recordaré siempre. Había
sido alumna mía de literatura y por esto sé que estaba en segundo o tercero de
BUP. Las hormonas de los adolescentes se revuelven y se vuelven difíciles de
controlar. Por si esto no fuera suficiente, están las chicas como Carolina para
provocarles aún más.
Alguno me dirá que debería ser más comprensivo pero es que
creo que hay demasiada permisividad hoy en día. Carolina era una chica descarada
y que sencillamente no quería respetar las normas.
Prometía convertirse una mujer hermosa y desde luego no se
andaba con reparos para demostrarlo. Sólo había que ver como vestía, con unos
pantalones que no podían ser más cortos sin perder la decencia, alguna camiseta
enseñando bien el ombligo y los hombros, un peinado algo revuelto y maquillada a
menudo. ¡Menudas formas para venir al instituto! Claro, tampoco puedes decir
nada porque dirán enseguida que eres un carcamal, pero es que yo no puedo
aprobar tanta indecencia.
Y ahora la tenía allí, sentada delante de mí y con cara de
fastidio mientras esperaba que le echase el sermón correspondiente. Apenas me
miró cuando entré sino que jugueteaba con un bolígrafo. Así era ella.
En fin, me prometí paciencia y me senté para darle una
charla.
- ¿Qué ha ocurrido esta vez? – le pregunté.
- Es evidente, ¿no? – me contestó con descaro.
La miré interrogativamente porque no tenía ganas de resolver
adivinanzas.
- Mira, no estoy para juegos. Será mejor que me digas por qué
te han enviado a mí esta vez.
Ella parecía divertida y no se dignó a contestarme sino que
se levantó... y pude ver mejor cómo vestía. Incluso se giró para darse una
vuelta completa. No me había fijado en ella cuando había entrado pero ahora
podía ver que estaba más provocativa que de costumbre. La falda, si es que a eso
se le podía llamar falda, era tan corta que me dejó pasmado.
- Es que los profes son unos carcas y no quieren que vaya
vestida así. – Y volvió a levantarse como si fuera muy gracioso. Esta vez había
ido demasiado lejos.
- ¿Qué pasa? ¿Es que no les gusta a los tíos esto? – añadió
desafiante, levantándose otra vez antes de sentarse de nuevo.
No me gustaba ese tono y le di una buena reprimenda mientras
me miraba con indiferencia. Empecé mi charla de costumbre, sabiendo que no me
haría ningún caso.
- Comprende que esta forma de vestir no es decente. Esto es
un instituto y existen unas normas mínimas que exige el decoro y la decencia. No
puedes ir por ahí con esa falda indecente y provocando a tus compañeros
enseñándoles las bragas rojas... – dicho esto, me di cuenta de mi error y me
quedé turbado por un instante, sin saber qué decir.
Ella se rió.
- Vaya, veo que es muy observador. ¿Qué?, ¿le gusta cómo me
sienta el rojo?
Me incomodaba mucho su risa y hasta enrojecí, primero de
vergüenza pero después de cólera: ahora sí que había conseguido sacarme de mis
casillas.
- ¡Señorita, esto es imperdonable! Voy a tener que hablar con
sus padres y pensar en una expulsión temporal como mínimo – le dije con la voz
temblorosa por el enfado. Ninguna niñata tenía derecho a reírse de aquella forma
de mí.
Ahora fue ella la que se puso muy seria. Había logrado
asustarla y borrar esa expresión de superioridad. Me disgusta el papel de ogro y
amenazar a los alumnos, pero ella había ido demasiado lejos y estaba realmente
irritado. Si quería recuperar el control debía ser firme, y estaba decidido a
hablar con sus padres.
- No lo haga, por favor... – me suplicó con una voz temerosa.
- Lo siento, pero hay que cortar por lo sano con esta clase
de comportamientos...
No acabé la frase y todo ocurrió muy rápidamente, sin que la
sorpresa me dejara reaccionar. Ella se echó ágilmente al suelo y gateó bajo la
mesa hasta que sentí su mano sobre mi pantalón y luego su boca.
- ¿Qué estás haciendo? ¿Te has vuelto loca? – le dije
perplejo cuando, por fin, reaccioné y traté de apartarla.
En ese fatídico momento se abrió la puerta.
- Buenos días. Llamaron hace un rato los de educación. Quiere
que rellene estos formularios – me dijo Florencia, una de las profesoras, con
una carpeta repleta de papeles en la mano. La mesa de mi despacho no estaba
frente a la puerta sino que ésta se encontraba a mi derecha; fue gracias a esto
que no pudo ver lo que ocurría. Si ella se hubiera movido un metro más a su
derecha hubiera visto a una alumna bajo mi escritorio y oprimiendo suavemente
con su boca el bulto cada vez mayor que había bajo mis pantalones...
- ¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo? Es que parece un poco pálido...
¡No me extraña que me hubiera quedado completamente blanco!
Deseé con todas mis fuerzas, rezando incluso, que no se moviera y descubriera
que aquella condenada se atrevía ahora a morder suavemente mis pantalones entre
las piernas... ¡Aquella insensata podía costarme no ya la expulsión sino un
juicio: y encima me habrían acusado a mí de abusar de una menor!
- No es nada, es que me ha dado como un mareo. Pero enseguida
se me pasa, necesito descansar un momento. En serio, es sólo un mareo, nada
serio... – le dije, soltando las frases precipitadamente.
- Si es que hay tanto papeleo... ¿Quiere que le traiga un
café?
Aquella maldita zorra, así la llamé en mis pensamientos,
seguía chupeteando el bulto que se había formado debajo de mis calzoncillos y lo
peor es que el bulto seguía creciendo y me provocaba un dolor que me esforzaba
por ignorar.
- No, por favor, no se moleste. Ya le he dicho que es nada.
Sólo déjeme un momento a solas – le dije lo más educadamente posible mientras
sentía el corazón se me aceleraba y latía más fuerte. Afortunadamente tengo un
corazón muy sano, de otra forma sé que habría tenido un infarto allí mismo...
Cuando por fin se hubo marchado, oí una risita bajo mi mesa y
Carolina dejó por un momento mi entrepierna para hablarme.
- ¿De verdad le ha dado un mareo? ¡Pero si sólo estoy
empezando! – bromeó.
- Por favor, deja de hacer eso. Me vas a meter en un lío.
Olvidaré todo lo ocurrido, por favor... – le supliqué con voz suave.
- Yo no dejo una polla a medias. Cállese, relájese y
disfrute.
Me quedé helado oyendo el ruido de la cremallera del
pantalón. ¡Aquello no podía estar pasándome a mí! ¡No era real! Pero sí lo era,
porque noté su lengua fría sobre la punta de mi pene. Ya no había calzoncillo ni
ninguna otra barrera a su lengua y me estremecí como si me hubieran echado un
bloque de hielo en la espalda, al notar su lengua sobre el capullo.
No puedo describir cómo odié a esa chica, pero también odiaba
a mi pene, que parecía tener vida y opinión propias porque mientras yo trataba
de ser frío y mantener la calma, él obedecía a aquella aprendiza de zorra, y
sentía cómo se iba endureciendo. Quería ignorar su lengua pero mi pene era tan
irracional como aquella muchacha, que hacía las cosas sin haberlas pensado diez
minutos antes, y se levantaba, por mucho que protestase, y estaba mucho más
tieso ahora que cuando me acostaba con mi mujer cada noche...
Ahora jugaba con su lengua a rozar la punta del capullo. Yo
no podía verla pero sí sentirla. El placer me invadía y, lo quisiera o no, y a
pesar de la rabia, empecé a sentirme muy excitado. De pronto sentí unos labios
que besaban mi pene y se lo tragaban para luego soltarlo y volver a la carga.
- ¡Vaya! Parece que te gusta porque se le está poniendo roja
como un tomate...
¿Pero cómo había aprendido esa putilla a hacer mamadas así?
- Mmm... – suspiré y me arrepentí inmediatamente por hacerlo.
Ella me había derrotado y, en apenas unos minutos, había perdido el control. Con
las manos agarré un pisapapeles y lo apreté, conteniendo las ganas de gemir.
¡Qué extraña mezcla de placer y furia sentía! La odiaba y la
llamé de todo en mi mente pero al mismo tiempo sentí un placer como no lo sentía
en demasiado tiempo. ¡Qué manera de chuparla! Primero dándole lametones desde la
base hasta la punta y luego metiéndola en la boca para sorberla y apretarla con
su lengua... Todo con mucha paciencia y sin hacerle ningún asco.
De nuevo se abrió la puerta y de nuevo era la misma pesada.
- Mire, le he preguntado al conserje y me ha dado una
aspirina para usted. Le hará mucho bien. También le he traído un vasito de agua.
- Ya le he dicho que no es nada. Llévese la aspirina y
váyase, se lo ruego. – Sentía ya la urgente necesidad de correrme en la boca de
Carolina y quedarme a gusto, quería que se fuese la pelmaza de una vez. Sentí
temor, excitación y también el deseo de gritar que todos estaban locos....
- ¿No sería mejor que se fuera a casa? Le noto muy mal, la
mirada casi como vidriosa... – Sentí una risilla bajo la mesa.
- ¡Le he dicho que se vaya de una vez y me deje en paz! –
dije ahora con la furia de alguien a quien se le interrumpe cuando está haciendo
algo muy importante. La profesora me miró con irritación y dio un portazo antes
de irse.
- ¡Condenada señora! – dije en voz alta y la putilla que
había bajo mi mesa volvió a reírse.
- ¡No pares! ¡Quiero correrme! – añadí en un susurro, sin
reconocerme a mí mismo diciendo eso. Pero es que sentía que mi sexo iba a
reventar y quería hacerlo en la boca de esa zorrilla. Nunca me habían hecho una
mamada así. Si se aplicara tanto en los estudios...
Cuando por fin eyaculé ella me sorprendió tragándoselo todo.
Su lengua ansiosa recogía todo lo que podía pero cuando se levantó vi que le
corrían algunos hilillos blancos por la boca. Ella me miraba de una forma que
sólo podía encogerme en mi asiento, como si fuera un crío. Estaba agotado pero
también muerto de gusto, sin fuerzas ni para levantarme del asiento. Traté de
mantener la dignidad cuando me subí los pantalones pero me di cuenta de que la
había perdido por completo sintiendo mis pantalones ligeramente húmedos al
tocarlos.
Siguió un momento tenso en que ella se sonreía mientras yo no
sabía qué decir.
- ¿Puedo volver a clase? – me preguntó.
- Sí, claro... Vuelve a clase. No pasa nada, no te preocupes.
Todo queda olvidado.
Me sentía avergonzado y humillado. Ella era la que mandaba en
ese momento.
- Bueno, quizás nos veamos pronto si me envían de nuevo – me
dijo con picardía.
- No, no... Trata de portarte bien – le susurré, sin
atreverme a mirarla a los ojos.
Ella se fue y quedé un rato sentado y sin hacer nada. Me
sentía confuso, culpable y satisfecho. También furioso y de un manotazo derribé
un recipiente lleno de bolígrafos de la mesa. Luego, más tranquilo, me levanté
con cierta dificultad, recogí los bolígrafos y salí del despacho. Vi a Florencia
y me disculpé:
- Siento haberme irritado antes con usted. De veras, es que
estoy muy cansado y me iría muy bien un café.
Me miró extrañada pero me trajo el café. Era una mujer muy
amable aunque me mirara de reojo como si estuviera loco.