EL HOTELITO 3
Aquella semana no había acudido a su llamada; una serie de
problemas laborales me habían impedido obedecerla, y conociéndola, sabía que su
respuesta sería dura. Ya estaba atrapado entre sus garras, no había vuelta
atrás; a pesar de todo, aún conservaba a mi novia conmigo, aunque sabía que no
era justo y ni siquiera el tiempo que podría mantener aquella situación.
Le tuve que rogar que me concediera otra oportunidad, me
deshice en excusas hasta que una semana después recibí un mensaje en el móvil;
di gracias al cielo, pues me tenía en un estado tal que pasar sin ella un solo
día se me estaba haciendo difícil. Acudí temeroso a su habitación dispuesto a
soportar todo lo que a ella le viniese en gana, tal era mi desesperación por
aquella mujer; me había citado más pronto de lo normal, a las ocho de la tarde,
por lo que me tuve que ingeniar una buena excusa en el trabajo para salir antes.
Llamé a la puerta, ella estaba vestida muy elegante, con un
traje negro de pantalón y chaqueta, maquillada y peinada con gusto; esperaba
encontrarla disgustada, enfadada conmigo, pero su forma de ignorarme me dolió
más que cualquier golpe. Me dijo con desidia que me desnudara y dejase toda mi
ropa y efectos personales sobre la mesa, así lo hice con rapidez y con
preocupación por su aparente calma; me hizo darle la espalda y me puso unas
esposas en las muñecas. Hasta entonces había usado cuerdas, pero parecía que iba
avanzando en cuanto a artilugios para poseerme; era imposible soltar aquellas
esposas, eran de las buenas, se guardó la llave en el bolso y me hizo
arrodillarme detrás de una silla, cerca de la mesa donde había dejado mis cosas.
Me obligó a pasar la cabeza por debajo del respaldo y dejarla
apoyada en el asiento de la misma; creí que usaría mi cara para sentarse, pero
no, se dedicó a afirmar mi posición a base de cuerdas y cinta adhesiva. Ató mis
tobillos a las patas traseras de la silla, forzó mis brazos, esposados a mi
espalda, hasta que los consiguió atar a las patas delanteras, afianzó mi cuello
al respaldo y con cinta adhesiva me tapó la boca, pasando varias veces la cinta
por el asiento, dejándome totalmente inmovilizado, no sin antes meter en mi boca
dos pastillas de viagra.
Pensé que no sería tan dura aquella cita, pero entonces me
dijo que se iba, mientras se arreglaba la ropa y el pelo; cogió de la mesa mi
teléfono y todo el dinero que llevaba en la cartera, que era mucho, ya que aquel
día había cobrado una paga extra, y se despidió de mí, pues se iba a cenar con
un amigo. Me quedé como un bobo allí atado y solo, con el efecto de las
pastillas que se empezó a notar enseguida.
Fueron más de cuatro horas las que estuve allí atado, a solas
con mis pensamientos, con una ardor que me subía desde los testículos que me
hacía sudar, me envolvía en un estado febril que me desestabilizaba, y no podía
siquiera rozarme, pero tampoco quise moverme demasiado, puesto que no quería
perder el equilibrio y que ella me encontrase.
Llegó pasadas las doce de la noche, dejó el bolso y las
llaves en el recibidor y se quitó la chaqueta; estaba preciosa, con las mejillas
coloreadas seguramente por los efectos del vino que había consumido en la cena.
Me miró de reojo mientras iba al baño a despintarse y al volver se puso tras el
respaldo de la silla, apoyándose en él con las manos, me miró fijamente a los
ojos, sonriendo y sin esperarlo, me regaló una serie de fuertes patadas en los
huevos que me dejó sin respiración.
Sin tiempo para recuperar el aire dio la vuelta a la silla y
se sentó en mi cara con gran violencia, aplastándomela, dejando caer su cuerpo
sobre ella y repitiendo la operación unas cuantas veces, botando sobre mi cabeza
hasta el punto de que pensaba que me iba a partir la nariz. Se serenó, recobró
la calma y permaneció sentada sobre mi cara; se me hizo muy difícil respirar
bajo su pantalón negro, ya que mi boca estaba tapada y mi nariz se aplastaba
contra su pubis, pero a ella no le importaba lo más mínimo.
Sacó unas grandes tijeras y comenzó a destrozarme la ropa,
haciéndola jirones, pequeños trozos que amontonaba sobre la mesa; mientras
seguía con su trabajo me dijo que llevaba el anillo de mi novia metido en el
coño, que siempre lo llevaba ahí para aprovechar la oportunidad de follarse a un
tío y regalárselo, pero que aún no había aparecido esa oportunidad. Me rompió
los pantalones, la camisa, la chaqueta, los calcetines y zapatos, los
calzoncillos, todo, me quedé sin ropa que ponerme y me asaltó la duda de cómo
saldría de allí. Siguió con mi cartera; primero sacó mis tarjetas, que me dijo
se iba a quedar, y sistemáticamente fue recortando todos mis documentos, DNI,
tarjeta de la Seguridad Social, todo lo que encontró, menos las dos fotos de mi
novia que había encontrado. Me dijo que la próxima vez tenía que llevarle
algunas fotos de ella desnuda, y terminó desgarrando la cartera; cuando acabó lo
metió todo en una bolsa y la sacó al pasillo para que lo tiraran a la basura.
Al volver a mi lado primero cogió mis gafas de sol y me las
puso, colocó un cojín sobre mi cara y se sentó; estuvo apretando su cuerpo
contra mi cara mientras los cristales se hacían añicos, arañando mis párpados y
mi cara. Se levantó, quitó el cojín y fue recogiendo los cristales pequeños con
cuidado, cogió un bote de pegamento y me impregnó el pene y los testículos con
él, pegando después los cristales a mi cuerpo. Se volvió a sentar en mi cara, ya
sin cojín. Mis partes íntimas estaban llenas de cristales, no sabía como me lo
podría quitar todo, pero me abstuve de hacer comentario alguno.
Ya no me quedaba nada, estaba totalmente desnudo y sin
identidad en su poder, nada me salvaría de aquello; durante un rato se mantuvo
sentada sobre mí, como pensando cual sería su próximo movimiento; al final se
levantó y me fue desatando todo menos las manos. Me llevó hasta los pies de su
cama y me ató a los barrotes de manera que mi pecho quedaba ligado a los hierros
y mi polla entre ellos, sobre el colchón, a la que previamente había rodeado de
cinta, al igual que los testículos. Se desnudó y se metió a la cama. Durante
toda la noche no pude pegar ojo, observando como dormía y cómo, de vez en
cuando, sus pies se movían y me rozaban los huevos llenos de cristales,
haciéndome llorar de dolor.
Por la mañana se aseó y vistió, me desató y puso un abrigo
suyo largo por encima de mis hombros, sin soltarme las esposas y me llevó hasta
el ascensor; temía que nos cruzásemos con alguien, pero bajamos hasta el garaje
sin incidente alguno, abrió el maletero de mi coche y me hizo meterme en él.
Durante toda la mañana me tuvo allí encerrado mientras acudía a sus reuniones y
después de comer volvió a rescatarme, me tendió algo de ropa que había comprado,
por supuesto con mi dinero y me dijo que la próxima vez no tendría tanta suerte…
se alejó entre la gente.