Cuando acabó la partida, nos quedamos en silencio, mirándonos
fijamente a los ojos. Yo había perdido. Jaime sonreía burlonamente y se frotaba
las manos, con el despecho de los ganadores. Mónica y Luis también sonreían,
pero a ellos ni les iba ni les venía la historia. Al fin y al cabo, no eran los
últimos ni los primeros. Ni imponían ni cumplían. La apuesta había sido aceptada
por todos. No había límites. El ganador, ordenaba. El perdedor, obedecía.
Yo miraba a Jaime, pidiéndole clemencia con ojos tiernos.
¿Qué se le ocurriría?. El, malévolamente, cerraba los ojos y hacía como qué
pensaba. "Dijimos que valía cualquier cosa, ¿verdad?" – preguntó. Todos
asentimos. "Te vas a enterar, Martita" – me dijo, con amplia sonrisa. "No me lo
vayas a poner muy difícil" – le contesté, con voz aniñada y melosa. Todos
reímos. Pero Jaime no dijo cual era su deseo de obligado cumplimiento. "No hemos
dicho que hubiera de cumplirse inmediatamente, ¿verdad?. Además, estos dos no
tienen por qué verlo. Mañana, en mi casa, a las 10 en punto". Luis y Mónica
protestaron. Pero Jaime se mantuvo firme en su decisión: "A las 10 en punto, no
lo olvides".
Aquella noche me costó trabajo conciliar el sueño. Todo había
sido un juego pero algo me inquietaba. No habíamos puesto límites. La confianza
entre los cuatro era absoluta. ¿Por qué Jaime no había acabado el juego allí
mismo, con alguna broma, con alguna petición que, a buen seguro, nos hubiera
hecho reír?. Me citaba en su casa. Sin Mónica ni Luis. Los dos solos. No podía
evitar pensar que Jaime me iba a pedir lo que jamás se hubiera atrevido en otras
circunstancias. Mónica y Luis lo mascullaron entre bromas. "Hijo de puta, qué
listo eres. Tú y Marta solitos, ¿eh?. Bueno, bueno, ya nos contaréis". "Vaya,
Martita, si lo sé quedo la última. Suerte que tienes, jodida". Y en verdad, no
me desagradaba la idea de acostarme con Jaime, ese Jaime al que conocía de toda
la vida.
A las diez en punto toqué el timbre. Estaba muy nerviosa.
Jaime abrió la puerta, como tantas veces, con la misma sonrisa de siempre. Me
puso una copa de vino, sin preguntar. Ceremoniosamente. La partida continuaba...
Te noto muy nerviosa, Martita. Relájate, mujer, que es un
juego. Mira, si quieres lo dejamos ya, que te va a dar un ataque. Nos pedimos
unas pizzas y vemos la tele, ¿sí?. Ahora bien, Mónica y Luis se van a enterar
que te has rajado, ¿eh?.
Jaime reía. Verdaderamente, yo estaba como un flan. Me sentí
como una tonta por la situación y por los pensamientos que me habían acosado
durante toda la noche y todo el día.
No, Jaime, vamos a terminar el juego. ¡Claro que estoy
nerviosa!. Le he estado dando vueltas todo el día. Tú estarías igual, si hubiera
sido al revés, ¿no?. Venga, a ver, tu deseo.
Muy bien, Marta. Sigamos jugando. Ahora me voy a ir y te
quedarás sola en la casa. Vas a ir a la habitación del fondo, ya sabes cual es.
Allí verás algunas cosas. Encima de una silla, encontrarás un papel. Son
instrucciones que habrás de seguir, paso a paso. Volveré en una hora. Las
cámaras de video están grabando. Si no quieres hacerlo, no te preocupes. Puedes
irte tranquilamente. El juego habrá terminado. Cuando vuelva, veré si sigues
aquí o no. Si no los vas a hacer, te pido que te vayas, por favor. Si te vas,
cierra bien la puerta.
No me dio tiempo a decir nada, a preguntar nada. Jaime se
levantó y se fue. El corazón se me salía del pecho. Todo era tan misterioso, tan
intrigante, tan atractivo. Apuré la copa de vino y me dirigí a la habitación del
fondo. En ella, Jaime tenía su refugio particular: estanterías repletas de
libros, discos y videos, muchos de estos últimos realizados por él. En esa
habitación, Jaime pasaba horas y horas. Leyendo, escuchando música,
componiéndola, grabándola, viendo películas, realizando las suyas propias. Era
una mezcla de biblioteca, estudio de grabación y sala de estar. Insonorizada
debidamente, para evitar molestias innecesarias. Era una habitación con un
encanto peculiar. Muchas veces estuve allí con Jaime, oyéndole cantar, viendo
como mezclaba imágenes tomadas de su último viaje.
Abrí la puerta. La oscuridad de la habitación fue levemente
rota por la luz del pasillo. La vista se me fue a los seis pequeños pilotos
rojos que parpadeaban. Eran las cámaras de video. Tal como había indicado Jaime,
estaban encendidas. Jaime quería grabar todo lo que allí sucediera. Desde todos
los planos y desde todos los puntos de vista. Tenía la boca seca y las piernas
me temblaban. Busqué el interruptor de la luz y encendí.
En el centro de la habitación había dos postes de hierro,
colocados paralelamente. En medio de ellos, una silla con un papel en el
asiento. No entendí nada. Había cosas en el suelo: tacos de madera, cadenas,
algo que me parecieron brazaletes de cuero. Procuré no pisar nada. Me acerqué
hasta uno de los postes y pude comprobar que estaba firmemente sujeto. Era
imposible moverlo. En su parte superior, había un gancho, también de hierro. A
pocos centímetros del suelo, una especie de argolla soldada de la que pendía una
cadena. El otro, igual. Inamovible. Su gancho y su argolla con la cadena.
Respiré hondo. El corazón latía desbocado. Con manos temblorosas, agarré el
papel que estaba sobre la silla. Me senté, intentando calmarme, y leí.
"Hola Marta: Sorprendida, ¿verdad?. Te estarás preguntando
qué es todo esto. Te lo explico. Ya sabes: una vez que leas esto, si quieres
irte, puedes hacerlo. No pasará nada. Simplemente, te vuelvo a pedir que te
vayas, si no quieres hacerlo. E igualmente, te pido que no digas nada a Luis ni
a Mónica ni a nadie. Ya nos inventaremos algo para contarles.
El final de la partida. Fui el ganador. Tú la perdedora. Yo
ordeno y tú obedeces. Ese es mi deseo: serás mi esclava. Ya habrás visto los dos
postes. Verás también que hay varias cosas en el suelo. Te iré explicando qué
tienes que hacer con ellas. Los dos postes son para atarte a ellos. Todo lo vas
a hacer tú.
Desnúdate. Quítatelo todo, menos las bragas. En el suelo, a
tu derecha, verás cuatro esposas de cuero, con correas y cadenas. Dos son para
tus muñecas y dos para tus tobillos. Póntelas y ajústalas con las correas. A tu
izquierda, hay un collar de cuero con una argolla. Póntelo en el cuello. Anúdalo
atrás, de tal forma que la argolla quede delante, en el centro de tu cuello. Esa
pelota roja que ves con dos tiras de cuero, es para tu boca. Colócatela entre
los dientes, muérdela y, entonces, anúdatela en la nuca. Procura que quede
firme, para que no puedas soltarla.
¿Cómo te sientes?. Ahora viene lo más complicado: atarte.
Empieza por los pies. Verás que hay dos tacos de madera en el suelo. Deberás
poner tus pies en ellos. En la parte inferior de los postes hay unas cadenas con
un enganche en el extremo. Engánchalas a las cadenas de las esposas que tienes
en los tobillos. Una vez atados tus pies, agárrate a los postes para impulsarte.
Cuida que los tacos no resbalen, no vayas a perder el equilibrio. Una vez de
pie, sobre los tacos, lía las cadenas de tus muñecas a los ganchos que hay en la
parte superior de los postes. Te costará un poco de trabajo la segunda mano,
pues ya no tendrás con qué ayudarte. Cuando estés completamente amarrada, empuja
los tacos para que tus pies dejen de apoyarse en ellos.
Recuerda, Marta. No lo hagas, si no quieres. Si estás
dispuesta, relee este escrito y ve haciendo lo que en él te pongo. Si lo haces
todo como te digo, será bastante difícil que puedas soltarte. Deberás esperas a
que yo vuelva y te desate. El final de la partida. ¿A qué no esperabas que te
propusiera algo así?. Espero verte atada cuando vuelva. Un beso. Jaime.
Hice todo como Jaime me indicó en su carta. Paso por paso. No
entiendo como no salí corriendo de aquella habitación, de aquella casa. Aquello
me excitaba de una manera indefinible. Mientras esposaba mis manos, mis pies, no
pensaba en que Jaime volvería y me encontraría allí, desnuda, atada, sometida.
No pensaba nada. O más bien, eran miles de pensamientos los que acudían a mi
mente, imposibles de procesar, imposibles de ordenar.
Lié como pude la cadena de mi mano derecha al gancho. Moví
mis pies para apartar los tacos de madera. Primero el derecho, después el
izquierdo. Al no tener apoyo, mis pies trataron de afirmarse en el suelo. A
duras penas, llegaba de puntillas. Las cadenas de mis manos fueron tensándose.
Debía abrir las piernas para poder apoyar mis pies sobre el suelo. Mis brazos se
estiraron. Las cadenas se apretaron un poco más sobre los ganchos.
Definitivamente, era imposible que pudiera soltarme.
Jaime había dicho que volvería en una hora. No sé cuánto
tiempo había transcurrido. Quizá media hora. Puede que más. Había perdido
completamente la noción del tiempo. Fijé mi vista en la puerta. La había dejado
abierta. La luz del pasillo encendida. Vería entrar a Jaime. ¿Cómo reaccionaría
al verme así?. ¿Cuál sería mi reacción al verle aparecer?. Sentí miedo. Un miedo
que se mezclaba, irremediablemente, con una enorme excitación. Mis piernas, mis
brazos, mi cuerpo tensos. Tensos por los nervios y por las ataduras.
La mordaza dificultaba mi respiración. Traté de calmarme,
respirando hondamente por la nariz. Comenzaban a dolerme los brazos en aquella
postura. Mi inquietud crecía a cada interminable minuto que pasaba. Pensé en
intentar liberarme y huir. Agarrándome a las cadenas, me impulsaba levemente, lo
suficiente para cerrar un poco las piernas, poniéndome de puntillas y así
relajar los brazos. Agité mis manos, en un intento vano de que las cadenas se
soltaran de los ganchos. No era demasiado el tiempo que lograba mantener aquella
posición. Me centré, nuevamente, en controlar mi agitada respiración. Cerré los
ojos, tratando de pensar en algo que me tranquilizara. Agudicé mi oído, a fin de
escuchar la puerta, cuando Jaime volviera a la casa, de escuchar la llave en la
cerradura, los pasos acercándose a la habitación. El final inimaginable de la
partida.
De repente, se apagaron todas las luces. La del pasillo, la
de la habitación, supuse que todas las luces de la casa. Sin embargo, los
pilotos de las cámaras de video seguían encendidos. No era un apagón general. ¿O
sí?. Sabía que las cámaras funcionaban autónomamente, con sus propias baterías,
cuando existían fallos de corriente. La oscuridad era absoluta. Aquella
habitación carecía de ventanas. Aumentaron mis palpitaciones y mi miedo. Sentía
los músculos agarrotados y empecé a sudar copiosamente. Mis ojos trataban de
adaptarse a la oscuridad cegadora, intentando adivinar la silueta de algún
objeto, la propia silueta de mi cuerpo. La habitación se había convertido en una
cueva profunda pintada de negro. Sin más sonidos que mi respiración, el tintineo
de las cadenas al menor movimiento de mi cuerpo, el leve compás de los motores
de las cámaras. Nada más. Contuve el aire, esperando sentir el aliento de Jaime.
No se oía nada. Y, sin embargo, tenía la sensación de estar siendo
contemplada...
Marcelo Luna