Pasaron dos meses antes de que averiguara, muy sutilmente,
que la tía que me toco en suerte en el reservado no fue contratada por ninguna
de ellas. Me quede muda, cuando me entere. No sabia que pensar, de todo aquello.
¿Quién me la había mandado?. ¿Quién conocía tan bien mis gustos?. ¡Solo Luisa...
pero ella estaba muerta!. ¿Y sí no habían sido ellas?. ¿Se había aprovechado de
mí... Así como así?. ¿Pero debía conocerme de algo... Si no como?. Pero por
mucho que pensase no podía dar con la respuesta.
Nada no daba con quien podía ser ella o quien la había
mandado. El ring del teléfono me saco de mis pensamientos. Era del hospital,
querían que bajara a urgencias, necesitaban mi presencia. ¡Sois unos inútiles...
Inútiles!. Dije saliendo por la puerta. La secretaría me dio unos informes, que
baje a la recepción. Era mi primer día tras una semanas de trabajos fuera de la
oficina, para la administración del hospital.
En esos momentos era realmente feliz, sin horarios, sin
prisas, a nadie daba explicaciones de donde estaba. Me costaba cada vez más
bajar a las prisas de urgencias. Necesitaba paz y tranquilidad. Todavía me
obligaban a bajar algunos días, por falta de personal capacitado. Mientras
Ernesto, el actual jefe, se habituaba y sé hacia con el puesto. ¡Yo no tarde
tanto... pero bueno... hay ineptos en todas partes!. Pensé mientras, dentro del
ascensor, miraba a la bata blanca del cirujano, que probablemente, también tenía
que bajar. Cuando me iba acercando los corros se iban separando y corrían en
todas direcciones.
Pero no me fue del todo mal... Unos gritos, unas amenazas...
listo y todo rodaba a la perfección de nuevo. Ernesto Domines, era muy blando
para mi gusto con el personal, aunque ellos lo adoraban y a mí me odiaban. Me
llamaban la Dra. Mengele, entre ellos naturalmente. Ellos no sabían que me
habían llegado los rumores de manos del gracioso de turno, Mark Domínguez, que
hablando con una enfermera, sobre mí, lo oí. Seguí haciéndome la sueca e
increpándolos de igual manera. Pero hoy me sentía benévola. Me levante de muy
buen humor. Y quizás seria buena con ellos. Fui directamente al tablón, donde
encontré a Marisa, la enfermera jefe, que me puso al corriente. Cuando mire a la
sala de espera, alguien que me era familiar, pero no sabía de donde. Leía un
tocho de informe, de tapas verdes, escrito a mano, por lo menos su portada.
Llevaba un pañuelo en la mano ensangrentado, que sujetaba con el puño cerrado,
mientras daba vueltas a las paginas con su mano buena. Un portátil descansaba a
sus pies y su bolso hacía de mesa.
Los gritos de los paramédicos, contando el estado de un
accidentado, estirando una camilla, hicieron que fuera corriendo hacia ellos y
me olvidara de la posible conocida. Entramos en trauma uno. Un nos seguía un
adjunto. Al oír tanto ruido, la lectora levanto la cabeza, pero ya había pasado
todo y solo pudo ver las batas blancas entrando y desapareciendo en uno de los
cuartos. La volvió a turbar de su concentración un residente nervioso.
Ayudándola con todo el equipo la hizo pasar a suturas. Sonrío cuando se levanto
y él se la queda mirando extrañado por su altura, le pasaba dos palmos.
La producía risa, las caras que ponían los tíos, no parecía
tan alta, por estar siempre que se sentaba medio enroscada en sí misma y al ver
que se desenroscaba crecía, como sí fuera de goma. Se sentó tras una mesita, él
miro la herida y le dijo que esperara un momento que tendría que venir alguien
con más experiencia, que cortes tan profundos no había suturado nunca y que solo
llevaba unos meses como medico. Ella le dijo que vale y siguió con su papeleo.
Cuando tras una media hora, de idas y venidas de otros colectivos sanitarios,
sacando material. Ya ni se preocupaba de la puerta, que se volvió a abrir, ni
siguiera levanto la cabeza. ¡Dra. Alexa Tejandro... Vamos a ver que tiene!. Al
levantar la vista. ¡Mucho gusto... Dra. Natal Caroldett... Vera me corte con un
cristal, más concretamente un vaso de whisky... Intentando secarlo, me corte!.
Al levantar la vista y mirábamos, quedamos paradas. No podíamos ni hablar por la
sorpresa. ¡Vaya... vaya... De todos los hospitales que existen en Chicago y de
todos los miles de médicos que existen... Me has tocado tu!.
Dijo Natal, sonriendo. Alexa tuvo que hacer un gran esfuerzo
para dejar de temblar, por los nervios. ¡Si... es curioso... Tiene su gracia!.
Alexa empezó a retirarla el pañuelo para ver el corte. ¡No esta mal... Tendré
que darte unos puntos... Pero no hay infección!. ¡Me parece bien... Pero antes
deberías tranquilizarte... un poco!. Volvió a esbozar una de sus sonrisas
limpias y sanas. Cerró la carpeta, la tiro sobre la silla de a lado y miro a su
alrededor.
Se levanto un poco y con la mano libre, sujeto la nuca de
Alexa y la beso. Al soltarla, estaba colorada como un tomate. ¿Qué hacer?. ¡Nos
pueden ver... harán conjeturas!. Grite, por los nervios. ¡Necesitaba besarte!.
¡Hace tanto tiempo que... te busco... No realmente te busco... Digamos que te
echaba de menos y ahora que te tengo delante... Compréndelo... Necesitaba
besarte!. Cada vez estaba más nerviosa. ¡Creo que lo mejor es que... venga otro
médico... ha curarte!. ¿Otra vez quieres huir de mí?. ¡No... no... Es mejor...
para las dos!. ¡Acepto con una condición... Que cenes conmigo hoy!. ¡No puede
ser... Tengo... tengo pareja!. ¡Lo dudo, pero no quiero, separarte de ella...
Solo ir a cenar!. ¿Acepta... Por favor?. ¡No puede ser... No insistas!. Dije
levantándome. ¡Sabes que puedo ser muy persuasiva... pero no sabes cuanto!. ¡No
te atreverás!. ¡Oh... si que me atreveré... Ya veras!.
¡No volvería a hablar contigo... nunca más!. ¡Es lo que
pretendes... Alejarme de ti!. ¡No... no!. ¡Sí... sí!. Tras quedarnos unos
minutos calladas. ¡Vale... pero solo hoy!. Dije intentando no dar un escándalo.
¡Bien... entonces esta noche a las 8!. ¿Dónde quedamos?. ¡Cómo invito yo... te
iré a recoger a tu casa!. ¡Mejor dime donde vamos a ir e iré yo misma!. Volví a
sentarme, mientras la daba una inyección y los puntos, mientras íbamos encontrar
un sitio donde ir a cenar hoy. ¡No quieres que sepa donde vives!. ¡Mejor que
no!. ¡Puedo averiguarlo en menos de una hora... pero si lo quieres así... así se
hará!. ¡Lo prefiero!. ¡Déjame pensar... En mi casa... Es donde tengo la mejor
cocina tailandesa y el mejor borgoña!. ¿Quieres que vaya a tu casa?.
¡Sí... habrá más de diez personas de servicio!. ¿No tendrás
miedo, con tanta gente?. ¡No... esta bien... Dime donde tengo que ir!. Levanto
las cejas, tirandome un beso al aire. ¡Si yo te voy a enseñar mi casa... Dime
donde debo mandar al chofer... Escríbemelo en un papel y sin mirarlo se lo daré
al chofer!. ¡Bien... Esto ya esta... Debes volver en unos días!. Natal asintió
con la cabeza. Cuando las dos salimos de suturas, Mark se nos quedo mirando. ¡La
espero en tres días!. ¡Vale... Ah perdone, me podría dar la receta que me
prometió... para los dolores de corazón!.
¡Si... venga... le daré unas pocas!. Ambas, subimos con el
ascensor, en el cual Natal aprovecha para besarme, al salir, hablo con la
recepcionista y entramos en su despacho. Alexa, saco un block de notas de un
cajón bajo su mesa. ¡Compórtate... seguimos estando en un lugar publico!. ¡Me
importa un rábano... Desde el primer día que te vi por primera vez... Me
provocas calenturas!. ¡Aquí tienes... Lárgate!. Sentada sobre su mesa, la mira
desde las alturas. ¿No quieres que lo mire?. ¡No!. ¡Lo haré si... me das un
beso... pero uno de esos... en... Washington!. ¿Estas loca... eh... Y si nos
ven?. ¡Sí... por tus carnes blancas y ese mechón rojizo!. Nos echamos a reír.
¡Vale... no quiero importunarte más... me voy... Hasta la noche!. ¡Adiós!.
Contesto. ¡Adiós!. Conteste. Se podía decir que fue un turno de los tranquilos,
aunque si que tuvo su sobresalto... Natal.
Tras dos horas de arreglar papeles en mi despacho, por fin
salí en dirección al coche que me llevaría a mi casa. En el contestador un
mensaje de Marta. La llame, pero no estaba en casa y la deje otro mensaje. Subí
a mi habitación a dar el agua para darme un buen baño, quería oler bien. Puse un
cd, de Grace Jones.
La instalación hecha por Luisa, me daba la oportunidad de
tener música en toda la casa, a diferentes volúmenes. Mientras se iba calentando
la cera depiladora en el microondas, esperándola en la cocina, me senté en un
taburete pegado a un mármol que hacia de mesa, bebía una copita de vino. Fui
cantando sus letras a pleno pulmón, era una de sus mayores fan, mientras daba
tragos, a la copa. No pensaba, bajo ningún concepto tener sexo con ella nunca
más. Eso lo tenía muy claro.
Al subir con la cera y otra copa, entre en el baño, pero
todavía no estaba del todo llena. Sobre un taburete bajo, cerca del lavabo.
Primero una y luego la otra, fui dándome pequeñas tiras en las piernas. Me
repase mi pubis y las axilas, también con la cera. Di otro sorbo, mire el nivel
del agua. La cerré y volví a la habitación, más concretamente al armario,
buscaba algo que ponerme. No quería que fuera muy exagerado, sino terminaría en
su cama. Escogí un traje violeta oscuro, con camisa y zapatos más claros. ¡Esto
es discreto!. ¿Qué me pongo de ropa interior?. Opte por lo más sencillo que
tenía, un conjunto también violeta, de encaje y rejilla. Uyyyy que puta te has
vuelto... No quieres follar con ella, ¿y te vas a vestir como para provocarla?.
No te entiendo... Me dije, sonriendo.
Mire al reloj de la mesilla... las 6,30. ¡Buena hora!. Entre
de nuevo en el baño y me metí en la bañera. Tenía media hora de tranquilidad.
Casi me duermo, si no hubiera escuchado el claxon de un coche de la calle. Salí
y cuando volví a bajar envuelta en una toalla, que se me cayo en la cocina,
cuando rellenaba de nuevo otra copa, me la volvía a colocar. Pensé que estaría
haciendo mi amante salvaje, al ver una propaganda recibida en el correo hoy, era
de una preciosidad latina anunciando una nueva variedad de alcohol. Las 7,15.
¡Tienes que darte prisa!. Dije, subiendo rápidamente a la habitación. Sobre la
cama todo.
Empecé a vestirme, cuando termine, entre en el baño para
maquillaje un poco. 7,45. ¡A tiempo... Vas a llegar a tiempo!. Mientras bajaba
tocaron al timbre. ¡Vaya el chofer!. Me puse el abrigo sobre los hombros y abrí
la puerta. Quede parada al ver el pedazo de hombre, en uniforme, que me esperaba
tras la puerta. Cerré y me ofreció su brazo para bajar las escaleras y llevarme
hasta la parte trasera de la limusina blanca. Al abrir la puertezuela pase a
manos de otra, mientras pasaba una de mis piernas, ella me estampa un beso que
me dejo helada. Pase y me senté en la otra parte. ¿No lo pudiste aguantar...
eh?. Sonrío ¡La verdad es que no!. Sonrió de nuevo. ¡La verdad, es que pensé que
te ibas a rajar!. ¡Pues ya ves que soy de palabra!. Me vino su perfume, que lo
invadía todo. ¡Que bien olía la condenada... Vaya condena, la mía!. Pensé. Como
me iba a resistir a sus encantos, si era irresistible. La miraba
disimuladamente. Iba toda de blanco. Medias de encaje, con una falda, cortísima.
Camisa transparente, que se le traslucía su sujetador y un bronceado de las
Bermudas.
En una palabra imponente. Los zapatos de salón, tirados por
la alfombrilla. Sin mucho esfuerzo paso a mi lado, muy pegada a mí, cuando el
coche se puso en marcha. Subió la mampara de separación. Me puse muy nerviosa y
colorada. ¡Cómo siempre sonreirá al verte!. Efectivamente sonrío, al verme
sonrojarme. Me beso, mientras metía una de sus manos dentro de mi traje y me
apretaba el pecho. ¡Tenia tantas ganas de volverte a tocar... Que no puedo
esperar al postre!. Desabrochaba los botones de mi camisa e introducía la mano,
por dentro del sujetador. Mis pezones a su contacto se endurecieron. ¿Cómo te
puedes resistir a ella?. Pensaba mientras ella se daba el festín e yo quería
calmar a ese ser salvaje.
Cada contacto con sus labios me ponía más y más cachonda. Mi
entrepierna iba a estallar, me dolía dentro de las corduras, pero ella lo
resolvió con presteza, mientras me bajaba los pantalones hasta las rodillas y
solos cayeron al suelo. Era capaz de hacer conmigo lo que la daba la gana. Me
sentó de rodillas sobre ella y desabrocho del todo mi camisa, desabrocho mi
sujetador y me chupaba las tetas, dando mordisquitos en los pezones.
Que placer era capaz de darte en un mínimo de tiempo. Movía
la cabeza de lado a lado, pensando en como no era yo capaz de pararla. Mi
braguita iba recibiendo las primeras oleadas. Fue alzando mi torso con sus
manos, a base de besos. Quedando todo mi cuerpo estirado y sujetándome en la
tela del techo. Con el elástico de mis braguitas entre sus dientes, la estiraba
y soltaba, mientras sus manos se metían por detrás y me pellizcaban las nalgas.
Luego con su nariz, la fue arrastrando a través de ella, mientras olía mi sexo
sobre el encaje. Paso su lengua por dentro de mi entrepierna, acariciando la
tela y apretándola con mi sexo húmedo.
Ya solo deseaba que me lo acariciara, pero no se daba la
suficiente prisa. Me baje las braguitas, abrí lo que pude las rodillas, con y
cogí su cabeza, apretándola sobre mi pubis caliente. Doblándome, hasta hacer
palanca con sus rodillas, una de mis manos, dándola así más espacio para
maniobrar dentro de mí. A su vez ella apretaba mis nalgas, subiendo así más mi
pubis y atacando con fiereza mis labios. Me comió literalmente el coño, cosa que
la gritaba. Fue meter su lengua en él y arrancarme un orgasmo de tales
magnitudes que solo podía gritar y gemía, ya, sin dejar de apretarla con una
mano.
Habiendo perdido toda noción de decencia o pudor. Cuando me
tumbo sobre el asiento. Sin poder respirar, se apoyo en el asiento. ¿Lo has
pasado bien?. ¡Sí... mucho!. Conteste entrecortadamente. Me acerque a ella para
besarla e intentarla, aunque fuera la mitad de placer que me había proporcionado
ella, pero no me dejo.
¡Más tarde... Deberías vestirte... Estamos llegando!. ¿No
querrás que te vean así... con las bragas en la cabeza?. La mire y levante una
ceja, como dándole la razón. ¿Quieres que te ayuda?. ¡Sí!. Cogió, primero, el
teléfono interno y dio ordenes al chofer para que diera una vuelta a la casa.
Viaje que nos dio tiempo a que me vistiera. Cuando por fin paro el coche, el
chofer me ofreció su mano, para salir, pero desde dentro ella me agarra de los
cachetes para ayudarme a salir y luego la ayudo a ella.