Hasta los quince años había logrado esconder mi identidad
femenina.
Nadie había sospechado nada, a pesar de que tomaba la ropa de
mi mamá a escondidas y me vestía en el baño. Luego de tomar una ducha, salía muy
femenina y miraba la ropa que había dejado colgada. Ese vestido verde que tanto
me gustaba estaba ordenadito esperando por mi. Ya me podía imaginar dentro de
él, de modo que disfrutaba mirándolo mientras me movía femeninamente al salir de
la ducha. La toalla me envolvía, como si vistiera una falda, y ya era una
costumbre que la levantara mostrando una de mis piernas, como una diva que se
exhibe frente a un grupo de hombres sedientos de sexo. La toalla me presionaba
el trasero y me daba la sensación de estar siendo tocada por atrás. Retiraba
después la toalla y me quedaba desnuda. Ese cuerpo no era el de un jovencito,
sino el de una verdadera mujercita, y más aún con el vestido encima dibujando
mis formas. Debajo, un calzón guardaba mi intimidad, mi pequeño pene, que apenas
se notaba, y que al final yo frotaba como una señorita lo hace con su clítoris.
Esos días de clandestinidad femenina estaban por terminar. Mi
papá había contratado como portapliegos a un muchacho muy apuesto en su oficina.
Lo conocí mientras yo subía por el ascensor sin saber qué él era el nuevo
empleado. Yo me miraba en el espejo con una pose muy femenina cuando él ingresó
y nos quedamos solos. Sin sospechar quién era, lo miré seductoramente. Cuando
llegamos al piso de mi papá, él salió. Había metido la pata. De los quince pisos
del edificio, justo tenía que bajar en el mismo que yo. Pensé que sería un
cliente de mi padre, así que me quedé en el ascensor, subí hasta el último piso,
donde hay un restaurante, y me tomé un refresco. Esperé una hora, y bajé. Quería
pedirle dinero a mi papá para comprarme un portaligas y medias, pero le iba a
decir que era para comprar un libro que necesitaba en la escuela.
Ni bien terminé de decirle la mentira del libro, mi padre
llamó al nuevo empleado, quien, por cierto, era el mismo chico que conocí en el
ascensor. Me dijo: "Carlos lo va a comprar. Sólo dale el título del libro".
Al revés de lo que me hubiese imaginado, la situación no me
dio verguenza. El encuentro con Carlos había sido muy sensual, y había
despertado por primera vez una determinación de mujer clara y concluyente.
Rápidamente, sugerí que fuésemos los dos, a lo que mi padre no se opuso, sino
que ademas me prestó su automóvil.
Con Carlos a mi lado en el auto, me sentí dominadora de la
situación. Iba a empezar a explicarle lo mujer que me sentía con él, que en
verdad daba gracias al cielo por conocerlo de esa manera, cuando él se adelantó:
--Te llamarás Sandra --me dijo. Yo te conozco de antes. Vivo
al frente de tu casa y he visto cómo te vistesen el baño a través de la ventana
que dejas abierta. Quiero que te llames Sandra porque ese nombre me excita
mucho.
--No puedo creerlo! --exclamé. En el fondo yo siempre me
sentí observada, por eso escogí ese lugar como mi rinconcito femenino. Mi amor,
todo eso lo hice por ti. Me haces muy feliz al decirme eso. No vamos a comprar
ningún libro. tengo una sorpresa para ti. Acompáñame.
Y nos dirigimos a una gran tienda comercial.
Cuando lo conduje hacia la sección de damas, Carlos me tomó
de la mano y me dijo que quería escoger la ropa para mí. Por suerte en el
probador de ropa no había nadie y pude entrar allí sin problemas. Carlos me iría
alcanzando la ropa, como si fuera un esposo atento con su mujer.
Lo primero que me trajo fue un vestido negro, luego una
minifalda verde y blusas de distintos colores y delicadas formas.
Me probé todo. Me miré en el espejo, feliz. Quería comprarme
todo, pero me decidí por un vestido algo suelto. No me alcanzaría el dinero para
más.
Fuimos recoger la ropa juntos y dijimos que el vestido era un
regalo para mi hermana. El empleado de la tienda miró a Carlos maliciosamente y
le dijo:
--También la lencería que compró antes es para la hermana?
Yo me reía mientras Carlos se sonrojaba. Pagué mi vestido, le
dije al empleado que la "hermana" era yo y di media vuelta, orgullosa de
proclamarme como mujer en un sitio público.
A las ocho de la noche, cuando papá ya se retiraba, los ojos
se me encendían de placer al pensar en lo que haríamos Carlos y yo con la
oficina a solas.
Apenas mi padre cerró la puerta, yo entré al baño a
cambiarme. Cuando salí vestida completamente de mujer, Carlos me esperaba
sentado en el sillón de papá, con uno de sus puros en la boca y ordenándome que
sea su secretaria.
Fui feliz complaciéndolo en todo.
Me hizo servirle café y me ordenó que saliera de la oficina
hacia la recepción, que ese era mi lugar, donde esperaría obediente y sumisa a
que él me dé ordenes.
Después de quince minutos sentadita afuera, esperando su
varonil voz requieriendo mi presencia, sonó el intercomunicador y yo acudí
rápidamente.
Ese hombre me había conquistado. Me sentía enamorada. Y haría
cualquier cosa por él. Me dijo que caminara como una perra sobre la alfombra y
que me dirigiera hacia él con mi boca hacia el enorme pene, cuya contundente
erección se notaba entre sus pantalones. Al abrirle la bragueta, aquella
monumental pieza de masculinidad saltó como un resorte y golpeó mi rostro,
dejando en mis mejillas algo de su humedad. Mi boca se posó suavemente sobre la
cabeza brillante de su miembro, y mis labios tocaron por primera vez una cosa
semejante. Pocos minutos después yo era ya una experta. Con los consejos de
Carlos, aprendí a chupar con suavidad y a presionar mis labios para darle placer
a él. Mi lengua jugaba a su manera tocando desde adentro su abultada cabeza y
recibía el néctar delicioso de su excitación en una parte tan mia como mi boca.
Me sentí invadida, poseída y, desde luego, una completa mujer.
------- Prometo continuar esta historia cuando esté tan
dispuesta como hoy a ser una mujer. Ya no puedo más. Voy a hacer algo con este
calor interno que me impulsa a aliviarlo con un pepino grueso en mis entrañas.
Ay, me muero por ser una mujer!!