Esta historia empezó hace veinte años. Acababa de perder a
mis padres en un accidente. Tenía entonces casi catorce años. No tenía más
parientes ya que papá había crecido en un orfanato y mamá era hija única y mis
abuelos ya habían muerto para entonces. Tuve que ir yo también a un orfanato.
Al poco, como andaba mal con las menstruaciones, el médico
que iba de vez en cuando al centro propuso que me llevaran a un ginecólogo. Él
conocía a uno. Lo llamó y concertó la cita. Me llevó hasta la puerta de la
consulta y luego volvería en autobús. Era la última paciente del día. Me hizo
pasar. Según me dijo, tenía a la enfermera enferma esos días por lo que estaba
solo. Me hizo desnudarme del todo y me ayudó a tumbarme en la camilla.
Yo estaba bastante nerviosa. Él empezó a hablar, un poco para
tranquilizarme y me contó que se llamaba Julio. Tenía treinta años y había
vivido cinco años con una chica con la que había roto hacía unos meses. Empezó a
palparme con una mano los pechos y con la otra la rajita. Lo hacía suavemente,
palpando centímetro a centímetro, según él, para saber si tenía algún bultito o
no ya que había conocido una chiquita más o menos de la misma edad que yo a la
que habían detectado un cáncer de mama o de útero.
Yo notaba un cosquilleo en mi sexo. Notaba cómo algo líquido
salía por entre mis piernas y como las puntas de mis pechos se iban poniendo
duritos. Apenas sabía nada de sexo. También noté mirando al doctor, cómo le iba
creciendo un bulto en su parte baja. Julio se dio cuenta de que le miraba a su
paquete y me dijo que le contase todo lo que sabía sobre el sexo. Como no sabía
cómo empezar fue haciéndome preguntas y poco a poco me fui soltando. Su bulto se
iba haciendo cada vez mayor, sentía más humedad entre mis piernas y tenía los
pechos completamente duros. Me dijo que tenía calor y si le podía soltar la
camisa. Lo hice y entonces me dijo que le soltara el pantalón y se lo bajara. Lo
hice y vi que no llevaba calzoncillos. Tenía un pene enorme. Entonces, me
preguntó:
--¿Te ha besado algún chico alguna vez? ¿Has besado a algún
chico alguna vez?
Le dije que alguna vez me había besado con un chico que fue
vecino, pero al que no había vuelto a ver desde que murieron mis padres y que
había visto hacerlo muchas veces en el parque y en las películas. También le
dije que una compañera había comentado lo que había disfrutado una vez cuando
tuvo la polla de un tío dentro de ella.
--¿Y te gustaría probar todo eso? Te aseguro que es
fantástico –me dijo entonces.
Le dije que sí, que me gustaría probar todo eso.
--¿Ves cómo estoy por ti? –me dijo, y entonces me besó en la
boca.
A la vez que me besaba, apartó sus manos de mis pechos y los
bajaba lentamente por mi estómago, luego acarició mis piernas para finalmente
una de sus manos se posó sobre mi sexo ya mojado y la otra, se metía debajo de
mi culito. Me comentó entre susurros que tenía los pechos perfectamente, que
eran preciosos y que quería saborearlos. También me preguntó si había visto
alguna vez una buena polla y le contesté que sí. Una vez había visto al padre de
mi vecino. Teníamos la piscina en común y una noche calurosa, en la que yo
estaba en la ventana porque no podía dormir, vi salir al padre de mi vecino
desnudo para meterse en el agua. Luego, se lo había cogido entre su mano y lo
meneaba rápidamente.
--¿Sentiste algo al ver aquella escena? –me preguntó el
doctor.
--Una especie de cosquilleo en mis partes bajas, pero no como
ahora.
--¿Más o menos que ahora?
--Mucho menos.
--Muy bien, cariño.
--Me pones a mil, cariño. Coge mi polla entre tus manos y
hazme lo que hacía tu vecino –me dijo y bajó la cabeza para besar mis pechos.
Agarré su polla entre mis manos y empecé a masajearla.
Entonces, puso una mano sobre la mía y me enseñó a masturbarlo. Luego, puso una
mano sobre mi sexo y la otra en la entrada de mi ano. Empezó a meter primero un
dedo dentro de mis dos agujeritos. Los iba metiendo y sacando, despacio pero sin
parar. Mis pezones estaban igual de erectos que su pene que era enorme, suave,
tremendamente hinchado y muy, muy duro. Estábamos a punto de venirnos. Entonces,
me cogió en brazos y me llevó a una habitación que tenía detrás de la consulta.
Allí había una cama. Me tumbó en ella, se puso encima de mí pero en posición
invertida para hacer mi primer 69. Mientras su boca se comía prácticamente mi
clítoris, sus dedos no dejaban de entrar y salir de mis agujeritos. Luego fueron
dos dedos y al final incluso tres. Yo gemía y me estremecía sin parar. Al final,
sentí unos espasmos y noté cómo salían mis fluidos que Julio se los tragó
encantado. Al mismo tiempo, me tragaba el semen de mi querido doctor, que en un
principio se me hizo muy raro, pero me fue gustando. Después de unos momentos,
se dio la vuelta, me abrió completamente de piernas, volvió a acariciar mi
clítoris para volver a ponerlo en forma y cogiéndose la polla con su mano me la
introdujo en mi vagina. Al principio dolía mucho, ya que era muy grande y gorda.
Se quedó quieto unos momentos y luego cogiendo impulso traspasó la barrera que
le frenaba hasta entonces. Di un grito de dolor que él suavizó besándome en la
boca. Luego, empezó a moverse lentamente. El dolor se me fue pasando y él poco a
poco fue aumentando las embestidas. Salía casi del todo y cuando yo protestaba
gimiendo para que no se me escapase y levantaba mis caderas para tratar de
sujetarlo, empujaba él hasta el fondo, produciéndome un placer inmenso. La
velocidad de sus embestidas fueron aumentando y mi placer también. Al poco, tuve
un inmenso orgasmo. Eso provocó que Julio eyaculara también dentro de mí lo que
me volvió a provocar otro inmenso y ardiente orgasmo.
Estuvimos luego un rato descansando y hablando y al final me
hizo una analítica. Me dijo que a la semana siguiente quería que volviese a la
consulta. Entonces le pregunté si volveríamos a hacer lo de hoy y me contestó
diciendo que si yo quería sí, que además me enseñaría más cosas que me
producirían infinito placer. Me llevó en su coche al orfanato y se despidió
dándome un beso en la boca.
A la semana siguiente, volví a la consulta. Me dijo que todo
estaba muy bien. Respecto a mis reglas, me comentó que para eso había dos
posibilidades. La primera era recetándome unas píldoras que me irían bien. La
segunda era que normalmente, cuando se tenían hijos generalmente se corregían
esos problemas.
Y entonces me soltó la bomba. Me dijo que me iba a hacer una
propuesta:
--Rompí con mi anterior pareja porque ella no quería tener
hijos. Yo quiero tener una familia numerosa, por lo menos seis hijos y cuanto
antes mejor. Ya sé que son muchos hijos, pero puedo mantenerlos a todos sin
ningún problema; seis hijos y una esposa. Tú estás sola en este mundo, yo
también. Te propongo casarnos. Ya sé que apenas nos conocemos, pero me gustas,
eres muy joven y por lo que pude comprobar la semana pasada, nos complementamos
perfectamente en la cama. A cambio, vivirás con todo lujo en mi casa, podrás
salir siempre que quieras con tus amigas. Podrás salir de compras siempre que
quieras y cambiar todos los muebles de mi casa si te apetece.
--Ya sabes que esa decisión no me corresponde solamente a mí.
Tendrás que hablar con la gente del orfanato.
--Lo sé, chiquilla –dijo abrazándome, y desnudándome. Se
desnudó él seguidamente, y me tumbó en el suelo.
Al momento, ya estaba comiéndose mi chocho, sin dejarme hacer
nada. Me penetró por delante y por detrás. Después, me tomé mi revancha. Me puse
sobre él, y le besé y lamí sus tetas, su estómago y fui bajando hasta llegar a
su garrote que ya estaba totalmente empinado. Lo chupé suavemente, con
lamentazos lentos, de arriba abajo, hasta que me lo metí en la boca. Allí
terminó de crecer hasta que derramó su rica leche.
Luego me llevó al orfanato. Habló con los jefes que dieron el
visto bueno. Se fijó la fecha de la boda para un mes más tarde. En ese tiempo,
nos vimos casi todos los días. También hubo un puente largo y Julio quiso que lo
pasase en su casa. Me dieron permiso en el orfanato y así conocí su casa. No
salimos de casa para nada. Casi todo el tiempo lo pasamos desnudos. Me enseñó un
montón de posturas, lo que más le gustaba que le hiciese, descubrí lo que más me
gustaba a mí, y en todas las folladas no usamos ninguna protección. Para cuando
llegó la boda, ya estaba embarazada. A los ocho meses tuve a mi hijo mayor,
Eduardo. A los once meses de haber nacido el niño, vinieron los gemelos Andrea y
Luis. A los tres años, otra niña, Julia y al año siguiente, Enrique. A los dos
años de nacer Enrique, vinieron los gemelos Guillermo y Manuel. Después de nacer
estos detectaron un pequeño problema y decidimos entre todos que ya bastaba de
hijos. Me hicieron la ligadura de trompas y mi marido y yo tan contentos.
Julio estaban encantado con todos sus hijos. Los adoraba a
todos, y en especial a las niñas. Así han pasado veinte años.