No recuerdo con exactitud lo que sucedió cuando despertamos y
vimos a su padre observando como dormíamos desnudos uno al lado del otro. Sentí
tanto miedo, más que por mi por lo que podría pasarle a Raúl, que creo borré de
mi memoria todo recuerdo de aquel desagradable momento. Lo único que guardo en
mi mente son las palabras que nos dijimos antes de que la policía me pusiera las
esposas y me metiera en la patrulla.
"No te preocupes por mí amor, te prometo que encontraré
la forma de salir de esto y regresaré por ti cuando tengas la edad
suficiente para decidir con quien quieres estar.", le dije tratando de
aparentar que me encontraba bien, no quería causarle más dolor.
"Te prometo que esperaré todo el tiempo que sea necesario
para volver a reunirnos José ¡Te amo y te amaré por siempre¡", le grité con
una voz entrecortada por el llanto.
La patrulla se alejó y poco a poco deje de verlo. Aunque por
fuera me veía sereno por dentro estaba destrozado. Detrás de mi había dejado a
la persona que más quería en el mundo y delante se encontraba un destino que
seguramente no resultaría muy bueno. Le prometí que encontraría la forma de
salir de esa situación, pero no tenía la menor idea de cómo podría lograrlo. Me
sentí aterrorizado de nunca volver a verlo, de pasar mis últimos días en la
oscuridad de una celda. No pude aguantar las ganas de llorar.
Cuando vi la patrulla alejarse con José adentro, corrí hacia
donde se encontraba mi padre y entre gritos y reclamos golpeé su pecho. Quería
matarlo por haberme separado de la única persona que me ha amado. Después de un
tiempo me cansé y caí de rodillas al suelo. Mi padre se inclinó un poco para
decirme que nunca volvería a ver a ese pervertidor de menores. Sentí un gran
miedo, porque sabía que tenía el poder necesario para cumplir su promesa.
Cuando llegamos a la delegación me dieron la oportunidad de
hacer una llamada. No tenía muchos conocidos en la ciudad, sólo se me ocurrió
llamar a Francisco Duarte, el abogado amigo de mis padres que me ayudó a
conseguir el trabajo como profesor cuando llegué a la ciudad después de su
muerte. El es un hombre rico y con influencias, pensé que me ayudaría a salir.
Cuando llegó a la delegación le expliqué todo y a pesar de la cara que puso y
las cosas que me dijo, prometió que haría todo lo que pudiera para sacarme de
ahí. Me metieron en una celda y por primera vez en mi vida pasé la noche detrás
de los barrotes.
Cuando desperté al día siguiente de la tragedia, lo primero
que vi fueron un par de maletas a un lado de la puerta de mi cuarto. Creí que mi
padre me propondría salir de viaje con él para olvidar lo sucedido, pero fui muy
optimista. Bajé al comedor y me senté junto a él. Después de darle un trago al
jugo de naranja me dijo. "Desayuna porque en unos minutos te llevaré con el
Padre Ernesto. Terminarás la preparatoria en su internado". No tenía fuerzas ni
ánimos para protestar, sólo hice lo que me ordenó y esperé a que saliéramos
rumbo al internado.
El ruido de una macana chocando con los barrotes me despertó.
Era un policía con mi desayuno, un vaso de agua y un par de insípidos huevos.
Estaba comiendo cuando escuché otro ruido, era el mismo policía que habría la
celda para que Francisco entrará. Me alegró mucho verlo, pensé que vendría por
mi. Cuando me miró me di cuenta de que me estaba adelantado demasiado. Me
comentó que al parecer Diego Fonseca era un hombre con mucho poder, que mañana
mismo sería el juicio de mi caso, que trataría de que me declararan inocente,
pero que no me prometía nada. Salió de la celda y me dejó más aterrado que
nunca. Para que el juicio fuera tan rápido el padre de mi bebé debería ser un
hombre muy influyente, no creí que fuera a salir bien librado de la situación.
Cuando llegamos a la escuela del Padre Ernesto, este mismo
salió a recibirme. El sacerdote era muy amigo de la familia, mi padre le ayudaba
mucho con sus obras de caridad. Después de que ambos hablaron por un rato el
Padre me tomó del hombro y me encaminó a la entrada. Escuché que mi papá se
despedía de mi, pero ni siquiera volteé a verlo. El Padre me dijo que no debería
ser así, que estando en su internado el me enseñaría a ser una persona de bien.
Había algo en sus ojos que me hizo pensar que había algo más en sus palabras que
ganas de ayudarme a ser mejor, supe que mi estancia en aquel lugar no sería muy
placentera.
El juicio fue meramente un trámite para disimular la guerra
de corrupción que se encontraba detrás de todo. Guerra en la que afortunadamente
no salí tan perjudicado como creía. Aunque Francisco no logró que el veredicto
del juez fuera inocente, si consiguió que la pena fuera lo más ligera posible.
El padre de Raúl esperaba una condena de 10 a 15 años, pero sólo fueron 2. Con
todo lo que había pensado, al escuchar que nada más serían dos los años que
estaría encerrado, casi brinco de la emoción. Francisco se despidió de mi y me
prometió que seguiría luchando por reducir la pena aún más. Los policías me
sacaron del juzgado y me llevaron al vehículo que me trasladaría hasta el penal.
El Padre Ernesto me llevó hasta mi dormitorio y me dijo que
tendría el día libre para que conociera la escuela y me acostumbrara a ella, que
mañana comenzaría con las clases. "Que estúpido", pensé yo. Cómo podía esperar
que en tan sólo 24 horas me acostumbrara a estar en ese lugar y sin el amor de
mi vida. Metí mis cosas en la cómoda que estaba al lado de mi cama y cuando di
la vuelta para salir del cuarto me encontré con un muchacho -que adiviné tendría
la misma edad que yo- parado a un lado de la puerta. No le presté mucha atención
a su apariencia, sólo recuerdo que se presentó como Hugo y se ofreció a
mostrarme la escuela. Le dije que sí y salimos del dormitorio.
Después de todo el protocolo por el que tiene que pasar un
preso recién ingresado (las fotos, el papeleo, etc.) dos custodios me escoltaron
hasta mi celda. Cuando caminábamos por los pasillos los demás internos me
gritaban cosas como "adiós mamacita", "que rico culito tienes chiquita", "ya
llegó la nueva puta". Traté de no prestarles atención, pero en verdad me
intimidaron. Me preguntaba si sería verdad lo que se ve en las películas, si
sabrían que estaba ahí por abuso de menores, si me tomarían como su puta.
Llegamos al que sería mi hogar por los siguientes 24 meses y después de cerrar
la celda, los custodios se alejaron dejándome con Roberto, mi compañero de
"habitación".
La escuela era en verdad hermosa, la arquitectura, los
inmensos y bien cuidados jardines llenos de flores, la atmósfera llena de
alegría. Por un momento pensé que tal vez había exagerado y que en verdad podría
pasármela bien, idea que se desechó cuando Hugo me mostró la capilla. Me platicó
que la misa se celebraba cada tercer día a primera hora de la mañana y que
cuando esta terminaba el monaguillo se quedaba con el padre para ayudarlo en sus
"tareas espirituales". Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas mientras me
contaba. Los últimos seis meses el había sido el monaguillo, me dio las gracias
por haber llegado, ya que los nuevos internos ocupaban ese lugar y ahora el
podría ser libre. Cuando le pregunté por qué se ponía así, que qué era lo que
hacían con el Padre Ernesto, este llegó y le ordenó a Hugo regresara a sus
clases. Me tomó del brazo y me pidió que lo acompañara dentro de la capilla para
explicarme lo que hacía con sus monaguillos. Me dio un poco de miedo, pero mi
curiosidad fue mayor y entré junto con él al recinto.
Las primera palabras que cruce con Roberto me bastaron para
saber que era una buena persona a pesar de encontrarse en el penal por
asesinato. Un hombre mató a su esposa después de violarla y en un arranque de
furia él le metió tres tiros. Tenía tres años en la cárcel y aún le faltaban
otros siete. Cuando le dije el motivo por el que me habían encerrado a mí, me
advirtió sobre el "jefe" y su banda. El tal "jefe" era, como su apodo lo decía,
el que mandaba entre los reclusos y acostumbraba satisfacer su falta de sexo con
los recién llegados; y si la causa por la que llegaban era algún delito sexual
los trataba aún peor. Después de todo, lo que contaban en las películas no
estaba tan lejos de la realidad, eso me aterró. No quería ser violado y
humillado por esos delincuentes, y mucho menos deseaba contagiarme de alguna
enfermedad o ser asesinado sin volver a ver a Raúl. Pensé en llamar a Francisco
para que me consiguiera una celda especial alejada de los demás presos, pero eso
no podría ser hasta mañana. Mientras tanto traté de dormir un poco antes de la
hora de la cena.
Cuando entramos a la capilla el Padre Ernesto me explicó
detalladamente todos y cada uno de los deberes de un monaguillo durante la misa.
No eran muchas las cosas que tendría que hacer, así que las memoricé de
inmediato. También me dijo que cuando terminaba la misa tendría que quedarme
para ayudarle a guardar todos los utensilios que se utilizan en la celebración y
para rezar un poco. Según sus palabras Hugo era budista, pero cuando su madre
murió y su padre se casó con una mujer muy católica entró al internado para
aprender las costumbres de la religión que predicaba su madrastra; es por eso
que no le gustaba ser monaguillo y se ponía así cada vez que hablaba de ello.
Cuando terminó de justificar al pobre muchacho me dijo que me fuera a cambiar
para la cena y salimos del lugar. No creí ni una sola de sus palabras. No sabía
porque Hugo había soportado todos los abusos del Padre, pero si sabía que yo no
permitiría que hiciera lo mismo con migo.
Cuando faltaban unos minutos para las ocho de la noche los
custodios abrieron todas las celdas, para que al escuchar el timbre que
anunciaba la hora de la cena todos los presos pudiéramos salir hacia el comedor.
Pensé en quedarme dormido, pero las reglas no lo permitían, así que tuve que
formarme para recibir mis alimentos. Busqué con la mirada a Roberto y fui a
sentarme junto a él. Mientras cenábamos, el "jefe" se acercó a nuestra mesa y se
presentó muy educadamente dándome la bienvenida y poniéndose a mis órdenes. El
"jefe" es un hombre alto y con los músculos marcados por el ejercicio,
imponente. Me pareció muy amable y agradable, pero sabía que esa cortesía no era
más que una señal para que me prepara a ser su juguete sexual. Terminé de cenar
apresuradamente y me fui a mi celda a dormir, algo que no pude hacer por el
pánico que me invadía al imaginar lo que aquel hombre podría hacerme.
Cuando llegué al comedor Hugo me indicó con la mano donde se
encontraba sentado y caminé hacia su mesa. Estaba sólo, al parecer no era un
alumno muy popular o disfrutaba de la soledad. Durante la cena ninguno de los
dos pronunció palabra, nos dedicamos a comer y cuando terminamos nos fuimos cada
uno a su dormitorio. Los cuartos no pasaban de los seis metros cuadrados, apenas
y cabían la cama y la cómoda, eran en verdad muy pequeños, de mi recamara
podrían salir fácilmente seis de ellos. El estar acostumbrado a las comodidades
me incómodo mucho la primera noche que dormí en el internado; pero más me
incomodaba el que la mañana siguiente sería mi primer día como monaguillo. No
estaba seguro de cómo podría librarme de las intenciones del Padre Ernesto, en
caso de que las palabras de Hugo y mis sospechas fueran ciertas.
Me levanté asustado por el ruido que los custodios hacían
para anunciar que teníamos que levantarnos. Según lo que me dijeron al entrar a
la prisión teníamos que despertarnos a las seis, tender nuestras camas, darnos
un baño y estar en el comedor a las siete en punto para el desayuno. Tomé mi
toalla, mi jabón, y caminé a las duchas junto con Roberto. Aquello podría haber
sido una bella imagen en otra ocasión, hombres desnudos mostrando una gran
variedad de vergas, pero el miedo no me permitió admirar absolutamente nada. Me
desnudé rápidamente y de la misma manera comencé a bañarme, quería salir de ahí
cuanto antes. Mientras enjabonaba mi cuerpo escuché un silbido y de inmediato
todos los hombres que se encontraban en las duchas de los lados se fueron rumbo
a los vestidores. Escuché la voz del "jefe" que me decía: "así te queríamos
tener, sólo y a nuestra merced", empecé a temblar.
Apenas estaba agarrando el sueño cuando abrieron la puerta de
mi dormitorio para avisarme que era hora de despertar y tomar un baño para
asistir a misa. Renegando me levanté. No tenía ganas de bañarme, así que me fui
directo a la capilla. Ahí ya se encontraba el Padre Ernesto, quien me dio la
vestimenta que debería usar como monaguillo. Uno a uno fueron llegando todos los
alumnos, que calculé serían alrededor de tres cientos. La misa transcurrió
lentamente y cuando creí que me quedaría dormido escuché al Padre decir "vayan
en paz, la misa ha terminado". En menos de tres minutos todos habían salido y me
encontré sólo con el Padre, quien me pidió que lo acompañara a la oficina
ubicada detrás de una puerta en el altar de la capilla. Pude negarme y salir
corriendo, pero quería saber lo que se traía entre manos, así que lo obedecí y
entré. El cerró con llave y el terror se apoderó de mí, me di cuenta de que
había hecho mal en hacerle caso, pero ya no había vuelta atrás.
El "jefe" no estaba solo, lo acompañaban otros cuatro hombres
de diferentes edades y físicos. Caminaron hacia mí y el menos fornido de todos
me dijo: "De seguro ya sabes lo que hacemos con los nuevos, ¿verdad? Te
recomiendo que cooperes y no te irá tan mal". Él tenía razón, de cualquier
manera nada podría hacer contra cinco hombres. No me quedaba más que obedecer lo
que me dijeran esperando no me lastimaran tanto, les pregunte que querían que
hiciera. De inmediato se me acercó el más joven de ellos, un muchacho rubio, con
un cuerpo atlético que no pasaría de los veinte. De un golpe me hizo caer de
rodillas ante él y con su mano acercó mi cara a su miembro aún flácido. No
necesité más para comenzar mi "trabajo". Me metí en la boca aquella verga y está
empezó a crecer. Era una polla delgada pero grande, de unos 20 centímetros,
apenas y podía abarcarla toda sin ahogarme. Sin duda habría disfrutado del
delicioso manjar si fuera otra la situación, pero desgraciadamente no era así.
En cuanto cerró la puerta, el Padre Ernesto se abalanzó sobre
mi y comenzó a besarme y acariciarme. "Siempre me has gustado Raulito, cuando tú
papá me dijo que vendrías a terminar la preparatoria en mi escuela me alegré
muchísimo. Se que tu también me deseas, así que no te resistas", balbuceaba el
lujurioso sacerdote. Mientras con una mano trataba de quitármelo de encima, con
la otra buscaba algo para golpearlo. Encontré un candelabro y con todas las
fuerza que pude reunir lo estrellé contra su nuca. De inmediato me soltó y se
llevó las manos a la cabeza para descubrir que estaba sangrando. Su rostro
cambió de una enorme excitación a una terrible furia. Se acercó a mí nuevamente
y me dio un puñetazo. El golpe me hizo estrellar contra la pared y caí
desmayado, quedando a su merced.
Aunque no me agradara, traté de darle a aquel joven la mejor
mamada de su vida. Al parecer lo estaba logrando, porque gemía de placer y me
tomaba de la cabeza para hundir su pene en mi garganta. La escena excitó a los
otros tres hombres que acompañaban al "jefe", vi como se acercaban a nosotros ya
con sendas erecciones, esperando que llegara su turno. Yo continué con lo que
hacía. Aceleré el ritmo con el que mi boca subía y bajaba por el tronco de la
virilidad del rubio buscando que acabara lo más rápido posible. A los pocos
minutos sentí como su falo comenzaba a palpitar y se ponía más duro, la señal de
que estaba a punto de correrse. Se salió de mi boca y vació todo el líquido
contenido en sus testículos sobre mi cara. Me sentí sumamente humillado, pero no
tuve tiempo para compadecerme de mí mismo porque el sujeto que me aconsejo no
resistirme metió su verga en mi boca, era su turno para que le diera placer.
Desperté atado a un escritorio, inclinado, con el culo al
aire y totalmente desnudo. El Padre Ernesto estaba sentado enfrente de mí,
también desnudo y con una vara en la mano. Se levantó y mientras caminaba hacia
donde me encontraba me decía que había cometido un grave error al haberlo
golpeado, que ahora estaba obligado a ser rudo para castigarme por mi
desobediencia. Se paró enfrente de mí y comenzó a pasar su miembro por toda mi
cara. No podía experimentar ninguna otra sensación que no fuera asco al sentir
las singulares caricias sobre mis mejillas y como el artefacto que hacía las
mismas crecía un poco más con cada una de ellas. De pronto el Padre se detuvo e
intentó meter su polla en mi boca, pero yo me resistí. Al ver que no estaba
dispuesto a cooperar, el sacerdote levantó la vara y la dejo caer con gran
fuerza sobre mi desprotegida espalda. El dolor que me provocó el golpe me hizo
gritar, lo que aprovechó para penetrarme hasta la garganta con su enorme mástil.
El pene que ahora tenía en mi boca no era tan grande como el
anterior, lo que facilitó la tarea. Su dueño tampoco tomaba mi cabeza para
hundirlo hasta el fondo, algo que agradecí y traté de corresponder haciendo
mejor mi trabajo. A diferencia del rubio, a este le acariciaba las bolas e
intercalaba lengüetazos en la punta del glande con lentas y prolongadas mamadas,
entre otras variaciones. Chupaba, mamaba y besaba con gran emoción aquella
verga, por un momento llegué inclusive a disfrutarlo, lo que me provocó una
erección. Mis esfuerzos dieron frutos muy pronto y ahora mi garganta fue la que
sintió cada una de las descargas de semen de aquel hombre. Los otros dos sujetos
que faltaban discutían para ver quien sería el siguiente, ambos estaban tan
urgidos que decidieron hacerlo al mismo tiempo. Ambos estaban muy bien armados
con 18 cm de carne gruesa y caliente. No me agradó la idea de tenerlos a ambos
al mismo tiempo, pero no tuve otra opción. Abrí lo más que pude la boca para
recibirlos.
El falo del Padre estaba alojado en mi boca y se movía
lentamente para afuera y luego para adentro. Yo no ponía nada de mi parte, por
lo que volví a recibir otro golpe que me hizo entender que sería mejor tomar
parte en el "juego". No podía mover mucho la cabeza, por lo que solamente me
dedique a mover mi lengua sobre el tronco de la verga del Padre. Este me decía
cosas como "sigue así perrita" o "que rico mueves tu lengüita, zorra" y de vez
en cuando me golpeaba la espalda con un poco menos de fuerza. Me hizo pensar que
no era el que yo le diera placer con mi boca lo que le gustaba, sino humillarme.
Así pasamos más de veinte minutos, lo supe porque podía ver el reloj colgado en
la pared. Mi lengua estaba cansada y entumecida, dejé de moverla y el Padre sacó
su pene de mi boca. Caminó a un lado del escritorio y lo perdí de vista. Me di
cuenta de que estaba detrás de mi cuando sentí que la vara azotó una de mis
nalgas. No acababa de recuperarme del golpe cuando el otro glúteo también fue
azotado sacándome un grito y unas cuantas lágrimas.
El tener aquellos dos órganos dentro de mi cavidad bucal era
asfixiante, agotador. Casi no podía seguir el ritmo de sus movimientos y por
poco me desmayo al sentir como ambos raspaban las paredes de mi garganta. La
erección que tenía volvió a bajar. Afortunadamente el placer que les
proporcionaba el frotar la polla de uno contra la del otro me ayudo para que
alcanzaran el clímax. Los dos terminaron casi al mismo tiempo y grandes
cantidades de masculina leche inundaron mi boca, misma que derramé cuando los
hombres sacaron sus herramientas de ella. Me desplomé en el piso creyendo que
había terminado mi "tortura", pero me olvidaba del "jefe". Creí que él también
querría su respectiva mamada, pero al ser el líder aspiraba a algo más. Entre el
rubio y el menos musculoso me levantaron y me pegaron contra la pared abriendo
mis piernas. El "jefe" pego su verga ya tiesa contra mi trasero y me susurró al
oído: " ahora viene lo mejor putita". No alargó en lo más mínimo el momento,
algo que después agradecí pues no quería prolongar mi humillación, colocó la
punta de su fierro en mi ano y de un solo golpe lo metió hasta el fondo.
Mis nalgas quedaron rojas y con moretones antes de que el
Padre dejara de azotarme. Cuando lo hizo me preparé para ser penetrado por aquel
animal desviando mi mente a algún bello recuerdo. Sentí como acariciaba mi culo
con sus dedos, tratando de que me relajara y fuera menos difícil la penetración.
Pero no fue su miembro lo que sentí en mi interior cuando terminaron sus
caricias. El hijo de perra me enterró la vara con la que antes me había pegado.
Sentí que me partía en dos y la sangre en poco tiempo escurría por mis piernas.
No paraba de llorar, lo que creo lo puso más caliente e hizo que introdujera una
mayor parte de la vara en mi interior. Las fuerzas me abandonaban poco a poco y
paré de llorar, estaba semiinconsciente. El Padre sacó el palo lleno de sangre y
se recostó sobre mi, dispuesto a seguir cogiéndome. A pesar de que su verga era
enorme y gruesa no sentí dolor alguno, pero tampoco placer cuando me penetró. Me
encontraba en estado de shock y ya no me importaba lo que hiciera con migo, sólo
quería que terminara pronto aquella pesadilla.
Intenté gritar del enorme dolor que significó recibir aquel
descomunal pene en mi interior, pero mi boca estaba cubierta por una mano. No
pude observar el falo del "jefe" en toda su plenitud cuando mamaba los de sus
compañeros, pero podía adivinar que era de grandes dimensiones porque me estaba
desgarrando con cada una de sus embestidas. No tuvo compasión alguna, sacaba
todo su miembro y lo volvía a meter de una manera tan salvaje que el dolor nunca
cesó. Repitió la misma acción una y otra vez por bastante tiempo. Estaba
sangrando, me dolía todo y no veía para cuando fuera a terminar, comencé a
perder el sentido. Como entre sueños escuché que mi victimario respiraba
agitadamente en mi oído, "por fin va a acabar", pensé. Efectivamente así
sucedió, una gran cantidad de semen me baño los intestinos y el "jefe" se salió
de mi cuerpo. Me sentí afortunado de que todo hubiera terminado, pero en cuanto
mi culo fue abandonado por el mástil del líder de la banda, otro lo volvió a
invadir. Este entró sin realizar ningún esfuerzo ya que estaba completamente
abierto. Enseguida comenzó a follarme y comprendí que tendría que soportarlo a
él y a los otros tres. Lo único que hice fue resignarme.
El Padre Ernesto estuvo cogiéndome cerca de media hora, por
lo que alcancé a ver en reloj colgado en la pared. Todo ese tiempo me mantuve
inmóvil, con la mirada perdida y con mi mente en otro sitio, en aquel fin de
semana que pasé con mi amado José. Ni siquiera me di cuenta cuando el Padre se
vino dentro de mí. Lo único que escuché fue su voz diciéndome: "Por hoy hemos
terminado Raulito, y quiero felicitarte porque tu culito estuvo delicioso. Voy a
desatarte para que puedas darte un baño y te vayas a tus clases, no quiero que
te atrases en tu educación. Recuerda que pasado mañana vamos a vernos de nuevo.
Se que es mucho tiempo y no podrás soportar la pena de no tenerme dentro de ti,
pero así es la vida". Esas últimas palabras me hicieron temblar. No podría
soportar algo similar otra vez.
Me fueron cogiendo uno a uno los cuatro amigos del "jefe".
Entre todos terminaron de desgarrarme por dentro, y cuando terminaron
simplemente me soltaron y se fueron entre risas de satisfacción. En cuanto sus
brazos dejaron de sostenerme me desplomé por completo. Ahí estaba yo, tirado en
medio de las regaderas de la prisión, con el semen de cinco hombres y mi sangre
escurriendo por mis piernas y con el culo desecho. No tenía fuerzas ni siquiera
para levantarme, no quería hacerlo. Deseba que la tierra se abriera y me tragara
en ese mismo instante, pero también quería seguir vivo para ver de nuevo a mi
bebé. Pensando en él finalmente perdí el sentido por completo y me quedé ahí,
tirado e inconsciente, soñando que mi suerte sería mejor en el futuro.