AÑO 1.926
Continué follándome y chupándole el coño a Nere todas las
noches. Tenía tanta leche suya en el estómago que hasta engordé. Además, de
repente, se me había despertado un apetito de lobo y hasta Nela, la garrida y
fondona cocinera, estaba admirada de mi voracidad.
Nere decía que no podíamos continuar así, que me pondría
enfermo porque todos los días nos disfrutábamos cuatro o cinco veces y otras
tantas por la noche. Decía que ella podía soportarlo, pero que los hombres no
éramos iguales que las mujeres. La convencí a fuerza de repetirle que no tenía
ningún desgaste puesto que no eyaculaba; pareció quedar conforme con la
explicación.
Cierto es que todos los excesos son perjudiciales, que si uno
se empacha con un manjar, por muy exquisito que esté, procurará comer otra cosa,
variar de condumio, cambiar de sabor, aunque siga apeteciéndote siempre tu plato
preferido, y eso era lo que me pasaba a mi. Por supuesto que yo no estaba harto
de Nere, ni mucho menos, al contrario, cada día estaba más enamorado de ella. El
sólo hecho de desnudarla o de verle los muslos al subir las escaleras, de
extrujarle el sexo a escondidas, me ponía el miembro como el remo de una
trainera. Pero, al mismo tiempo, deseaba algo más, necesitaba variar. Nere me
resultaba un suculento manjar como primer plato, pero a mí me faltaba el postre.
Megan estaba allí. Megan estaba cachondísima. Megan era muy
guapa. Megan me apetecía de postre y, durante tres años, la había estado
observando por arriba y por abajo. También ella observaba mis manejos aunque yo
no me diera cuenta hasta que finalizó el proceso de acercamiento. Cada día me
fijaba más en ella, en su belleza y en su espléndido cuerpo de ánfora romana.
Notaba su excitante perfume cuando estaba a su lado, miraba sus esculturales
piernas y aprovecha el menor descuido suyo para mirarle los muslos y las bragas.
Se convirtió en un verdadero vicio mirar sus bragas e imaginar el sexo bajo la
tela.
Este voyerismo mío que duraba ya casi tres años resultó
fructífero cuando menos me lo esperaba. Fue durante una clase, mientras traducía
de pie a su lado un texto francés directamente al español. Tenía el brazo
tocándole una teta, redonda y dura como pomelos verdes, y se me estaba empinando
la estaca con el roce.
No fui capaz de traducir bien la expresión francesa et
aujuord’hui je fait la grass matinèe, que es un modismo del lenguaje
que correctamente significa: y hoy se me han pegado las sábanas al cuerpo,
pero que yo traduje casi literalmente. Me dijo que no, y, para asombro mío,
recibí un pequeño pellizco en el culo. Giré la cabeza para mirarla y tenía la
cara tan cerca de la mía que, sin poder evitarlo, la besé pasándole la lengua
por los labios. No se apartó y durante unos segundos intenté meterle la lengua
en la boca sin conseguirlo, porque mantuvo sus labios firmemente apretados.
Se levantó de repente frunciendo el entrecejo y creí que iba
a darme una bofetada. Pero no, me envió a mi asiento indicándome que siguiera
traduciendo el texto, y salió de la habitación. Resoplé, imaginando que iba a
decírselo a Nere. También me equivoqué, volvió al poco rato con un libro bajo el
brazo. La miré justo en el momento en que estaba de espaldas y cerraba la puerta
con llave, cosa que nunca hacía. Recuerdo que pensé: << Algo estás tramando, si
es lo que pienso no te defraudaré >>. Se sentó, enfrascándose en la lectura sin
mirarme ni decirme media palabra.
Mirándola de reojo dejé caer el lápiz, como hago siempre que
quiero verle las bragas, y mientras lo recogía, vi que se había dejado la
faldilla por encima de las rodillas y tenía los muslos bastante separados. El
corazón me saltó de emoción al comprobar que no llevaba bragas y no pude apartar
los ojos de su rizado coño rubio oscuro. Aquello era una provocación y me
demostraba que Megan hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que los
lápices no se caían al suelo por casualidad. Por lo tanto, había dejado que le
mirara los muslos y las bragas siempre que me apetecía, y el objeto de su
permisividad me lo ponía muy claro. Yo no necesitaba más que me dieran un dedo
para llevarme todo el brazo. Por otra parte era lógico que una mujer joven como
ella, sometida a abstinencia forzosa varios años, tenía que explotar alguna vez.
Levantó la cabeza y me miró muy seria, le sonreí con toda
desvergüenza, pero no hizo ningún comentario ni cambió de postura. No sonrió,
pero tampoco dio muestras de enfado. Mi verga estaba ya como palo de bauprés.
Aquello me animó a seguir agachado mirándola abiertamente con todo descaro.
Ninguna reacción por su parte, de modo que, a gatas como un niño chico, me fui
aproximando en espera de ver qué hacía. Como no se movió, mi atrevimiento
aumentó considerablemente, pues era imposible que no percibiera mis manejos
aunque solo fuera de reojo.
Cuando estuve bajo la mesa, pude distinguir los gordezuelos
labios de su coño cubiertos de rizos, y supe, sin lugar a dudas, que podía hacer
lo que me apeteciera. No me equivoqué. Ni se movió cuando mis manos se posaron
en sus magníficas rodillas y subieron acariciando los muslos hasta alcanzar su
coño. Seguía impertérrita, como si yo no existiera.
Metí la cabeza entre la tibia carne nacarada de los muslos
lamiéndolos descaradamente. Los lamí hasta la conjunción de las ingles con el
precioso coño rubio, deteniéndome allí para mordisquearle los gordezuelos labios
de la vulva, lamerle la ingle sintiendo el cosquilleo que sus rizos producían en
mis labios. Siguió inmóvil, como si la íntima caricia de la boca no fuera con
ella. Excitado, sin poder abrir su sexo, tuve que empujar con fuerza mi cara
para conseguir que los separara.
Le abrí con los dedos el estuche y lo lamí de arriba abajo
hasta tocar el tapizado del sillón. No podía llegar más abajo y seguí lamiendo
lo que alcanzaba. Muy despacio se fue deslizando hacia delante, separando al
tiempo los muslos de tal forma que todo su coño abierto por mis dedos quedó
delante de mis ojos. Casi no tenía olor, mejor dicho, tenía un olor suave, de
pinocha, y un sabor semidulce, como el cava más o menos. Chupé la jugosa y
húmeda carne rosada, metí la lengua en la vagina lamiéndola por dentro, y volví
sobre el congestionado botón del clítoris. Cuando lo sorbí con fuerza pasando la
lengua sobre su dura carne, sus muslos tremolaron y oí su respiración agitada.
Seguí chupándolo, aspirándolo con violencia y pasando la lengua por el duro
botón congestionado, consiguiendo que sus muslos se estremecieran una y otra
vez.
Seguí durante un buen rato lamiendo el precioso botón. Con mi
barbilla hundida en su vagina noté cuando ésta comenzó a aletear con el orgasmo
y entonces puse la boca en la entrada sorbiendo con fuerza el espeso licor de su
clímax, oyéndola gemir mientras sus manos me oprimían la cabeza con furia contra
su sexo palpitante. Cuando se calmó seguí lamiéndola, volviendo sobre el
clítoris, pero ella me lo impidió, echando el sillón hacia atrás. Siguió
sentada, esparrancada y mirándome. Me puse de pie. Vi que miraba mi abultada
bragueta. Me cogió por la camisa tirando de mí y quedé entre sus muslos.
Sin decir palabra me desabrochó el cinturón y mi pantalón
cayó arrugado a mis pies. También me bajó los calzoncillos y mi tieso mástil
quedó ante sus ojos. La erección me llegaba al ombligo y entonces fue cuando
comentó admirada:
-- Vaya... aún ha crecido más, no me extraña que tu hermana
se encuentre tan satisfecha, se ve que lo disfruta a placer.
-- Eso es mentira – comenté, asombrado del comentario.
--¿Mentira? - preguntó sonriendo - ¿ Estás diciendo que
miento? ¿ Y quién entra todas las noches en su habitación? Yo no, por supuesto.
-- Yo no... ella no... - me estaba enredando yo solo
Movió la cabeza despacio en sentido afirmativo. Sus bellos
ojos azules no me perdían de vista. Y se levantó cogiéndome la verga con toda la
mano y arrastrándome hasta el sofá de la biblioteca. Se tumbó de espaldas
conmigo encima. Tenía unas ganas de follármela que no podía aguantarme. Se
levantó la faldilla hasta la cintura y mi verga quedó aprisionada entre su
vientre y el mío.
--¿No era esto lo que deseabas hace tanto tiempo? - preguntó
acariciándome las nalgas.
-- Si, Megan, era esto - respondí besándola furiosamente y
metiéndole la lengua en la boca hasta la garganta. Separó los muslos y mi verga
rozó su vulva.
--¿Qué esperas, guapito?
Cogí la verga con la mano levantando las nalgas y le abrí la
caliente vulva con el congestionado capullo. Ella se movió haciéndolo resbalar
hasta la entrada de la vagina. El grueso glande se abrió paso quedando enterrado
hasta el reborde de la vara. Me mordí los labios de placer. Hacía mucho tiempo
que la deseaba, pero nunca hubiera imaginado que podría follármela tan
fácilmente.
-- ¡Oh, Dios! - exclamé presionando la verga que se deslizó
despacio hasta la mitad - que cachonda estás.
-- Oh, si... guapito... tu también lo estás... anda, sigue
clavándola, guapito, ¿ o piensas quedarte así?
-- No, preciosa, te la meteré hasta los huevos, pero quiero
saborearte con tiempo.
Comencé a clavársela despacio, haciéndole notar cada
milímetro de polla que la penetraba, mientras ella me besaba y lamía la cara
como si fuera un caramelo de feria. Finalmente me hundí dentro de ella hasta los
testículos. Estaba caliente como un horno, tan caliente como el de Nere. Le
rodeé el cuello con los brazos y la besé metiéndole la lengua en la boca. Me la
chupó tan fuerte que me hizo daño. Luego se separó para comentar:
-- Tienes un pene que muchos hombres mayores quisieran tener,
es un buen tronco, pero no te muevas, no quiero que te corras y me dejes en
blanco.
-- Puedo follarte hasta que te canses - comenté muy ufano.
-- Vaya lenguaje, ¿ es el que te enseña tu hermana cuando lo
hacéis?
-- No, ella dice hacer el amor - me hubiera cortado la
lengua, pero ya no tenía remedio. Se rió de buena gana, y cerró su boca sobre la
mía sorbiéndome los labios con tanta fuerza que de nuevo me hizo daño. Cómo
logró meter su lengua dentro de mi boca no lo sé, pero experimenté un placer
mayúsculo. Dejó de sorberme los labios.
-- Claro, entiendo que tu hermana te deje hacer lo que
quieras, eres demasiado guapo y encima tienes un miembro como un caballo,
querido mío ¿ Qué te pasa? - preguntó cuando comencé a temblar.
-- Me estoy corriendo... ahora... ahora... -- volví a meterle
la lengua y ella me apretó las nalgas con tanta fuerza que los labios de su
vulva se incrustaron en mi carne mojándola con su tibia humedad.
--¿Lo has disfrutado, eh?
-- Si - le susurré al oído.
-- Ya sabía yo que durarías poco, En fin...
-- No lo creas - corté rápido.
Comencé bombearla despacio, entrando y saliendo con toda la
lentitud posible para que disfrutara como lo hacía Nere al notar en cada entrada
la dureza de mi polla. Me chupó el lóbulo de la oreja tan suavemente que me hizo
cosquillas.
-- Quien lo diría. ¿ Cuantas veces la haces disfrutar en una
noche?
-- Seis o siete - susurré chupándole el lóbulo como ella me
lo había hecho a mí.
-- ¡No es posible! - se asombró - estás de broma ¿ verdad,
guapito?
-- Ya lo verás. ¿ Te gusta, eh? - comenté cuando empezó a
temblar.
Notaba el temblor en sus muslos, que pronto pasaron a la
vagina. Su coño me sorbía la verga hacia dentro como una ventosa, la aspiraba
con fuerza como si temiera quedarse sin ella.
-- Más deprisa, más deprisa Toni, cariño, más fuerte, así,
así, así, córrete, por favor, córrete dentro de mí, así, cariño, así, que sienta
temblar tu hermosa polla, si, si, si...
Cuando se calentaba era tan mal hablada como yo. Me apretó
contra ella como una loca cuando de nuevo notó los saltos de mi miembro dentro
de su palpitante vaina. Acabé de correrme y ella aún seguía lanzando esperma
sobre la punta de mi verga y esa caricia me resultaba tan deliciosa que aún se
me puso más tiesa. Antes de que acabara de correrse ya estaba bombeándola de
nuevo.
-- Para, para un momento, por favor - respiraba a bocanadas -
Es increíble, hay que verlo para creerlo.
--¿Quieres que lo hagamos otra vez?
Miró su reloj antes de responder:
-- ¡Quién lo diría en un niño de ocho años!
Tuve que aguantarme durante un buen rato hasta que comenzó a
gemir. Esta vez creí que me desmontaba. Me apretaba la verga con tal fuerza que
a no tenerla tan grande y tan apretada en su coño, me la hubiera expulsado con
la fuerza de sus músculos vaginales y eso, fue para mi una sorpresa. Me cogió la
lengua aspirándola hasta la garganta, mientras sus manos apretaban mis nalgas
con una fuerza descomunal. Estaba tan clavado en ella que toda su vulva la
notaba en mi imberbe pubis como una deliciosa y húmeda ventosa. Se corrió a
borbotones, bramando como una loca. Tuve que taparle la boca con la mía y
comencé a correrme dentro de ella mientras le sacaba una preciosa teta para
mamársela con frenesí.
-- Uf, que barbaridad de niño este - respiraba a bocanadas -
lo necesitaba, créeme.
-- Si, se ve que lo necesitas, Megan - comenté besándola
suavemente
-- Si querido, lo necesitaba y mucho.
--¿Quieres que volvamos a corrernos, preciosa?
--¿Es que nunca se te baja?
-- Claro que se me baja, pero aún falta mucho.
--¿Cuánto?
-- Por lo menos otras tres veces.
-- Eso habrá que verlo - comentó mirando de nuevo el reloj de
pared
Cuando notó que iniciaba de nuevo el vaivén de metérsela y
sacársela comentó.
-- No, se está haciendo tarde.
-- Pues déjame que te chupe el coño. Te haré disfrutar
enseguida - y se la saqué metiendo la cabeza entre sus muslos sin esperar su
autorización. Tenía casi una rosquilla de esperma blanquecina y espesa rodeando
la entrada de su vagina, la sorbí aspirando toda la que le había quedado dentro.
Cuando puse la boca sobre su clítoris y lo sorbí con fuerza, respingó
agarrándose a mis cabellos. No tardó ni dos minutos en comenzar a correrse y de
nuevo metí la lengua en su vagina aspirando con ansia toda su emisión, que fue
muy abundante. Tenía un sabor parecido al de Nere, pero algo menos amargo. Gemía
de placer mientras se retorcía bajo mis caricias y casi me ahogaba al presionar
mi cabeza fuertemente contra su sexo rezumante.
-- Uf, niño, ¡es increíble! Pero no puedo más. Basta, basta,
levántate por favor.
Me puse de pie, vistiéndome mientras comentaba:
-- Supongo que no se lo dirás a Nere.
-- Tienes miedo de que se lo diga, ¿ verdad?.
-- No, ninguno, sería una pena que lo hicieras, porque te
despediría y ya no podríamos follar nunca más.
-- Eres muy astuto jovencito. No te preocupes por mí, eres tú
el que tiene que mantener la boca cerrada si quieres que esto continúe.
-- Si que quiero. Mañana, durante las clases disponemos de
tres horas, podemos corrernos cinco o seis veces.
--¿Y si aparece tú Nere?
-- Cerraremos la puerta.
-- Se me ocurre algo mejor.
--¿El qué?
-- Es una sorpresa. Ya lo sabrás, cariño.
-- ¿ De verdad soy tu cariño?
-- Claro, guapísimo. ¿ No soy el tuyo?
-- También. Estás cachondísima, Megan.
-- Hasta luego, granuja. No veremos a la hora de cenar.
-- Adiós.
Así acabó aquella tarde y me las prometí muy felices. En vez
de una mujer tendría dos, una por la noche y otra por el día. No podía prever lo
que iba a pasar y de haberlo previsto, no hubiera podido evitarlo. Cené entre
las dos mujeres que me estaba follando. Megan, que es la única de la servidumbre
que come en nuestra mesa, se comportaba como si nada hubiera ocurrido. Mi
hermana todavía disimulaba mejor que ella. Con su carita de ángel y sus
preciosos ojos verdes llenos de ingenuidad parecía la imagen de la inocencia y
daba la impresión, para el que no estuviera en el ajo, de no haber roto nunca un
plato. Yo, que sabía lo mucho que le gustaba follar y que le chupara el
hirviente coñito, me reía interiormente pensando si estaría tan modosita si
supiera lo ocurrido entre Megan y yo. Seguro que la despediría y no podría
volver a follármela ni chuparle el coño y tragarme su delicioso licor. También
yo debía disimular, pero no podía detener mis pensamientos por mucho que lo
intentara.
Se me ocurrió una idea que casi hace desternillarme. Tuve que
contenerme porque se hubieran podido enfadar tanto una como la otra,
interpretando mal mi risa. Me imaginaba a mí mismo bajo la mesa, pasando de una
a la otra después de lamerles el coño y hacerlas gemir de placer. A las dos les
gustaba, aunque Megan, que tenía cuatro años más que Nere y quizá por eso su
leche no era tan espesa, resultaba una nueva experiencia que no estaba dispuesto
a perder.
Bueno, pensé, así no voy a rebajar mi erección. Temía por las
preguntas de Nere a la hora del baño. Pero encontré la solución y dejé de
preocuparme. Disimulaba la hinchada verga como siempre aprisionándola bajo el
cinturón, era la forma en que menos se me notaba.
Cuando llegó la hora de retirarnos a nuestras habitaciones,
nada más cerrar la puerta, puse en practica lo que había pensado. Le metí a Nere
la mano por debajo de la falda. Tampoco llevaba bragas y le apreté el coño con
fuerza, hundiendo un dedo en la húmeda y tierna carne de la vulva.
-- No, déjame, cariño. Ya habrá tiempo.
Y por Dios que lo hubo, porque antes de llegar al cuarto de
baño ya la había desnudado sin ninguna oposición por su parte. Comencé a lamerle
las tetas y los pezones mientras me desnudaba.
-- Estás ardoroso, ¿eh? - comentó cuando nos metimos en la
bañera.
Ella misma se la metió dentro en la posición de siempre,
mientras seguía lamiéndole los erguidos pezones. Su vagina empezó a ordeñarme
mientras me rascaba suavemente la espalda con las uñas. Era una caricia que me
ponía más caliente que los Altos Hornos de Vizcaya. Comenzó a gemir al notar
como empezaba a saltar en su caliente coño mi verga congestionada. Se corrió con
los ojos cerrados, mientras yo, juntándole las tetas con las manos, le chupaba
los dos pezones al mismo tiempo. Tenía unas tetas divinas y sabrosísimas y eso
me hizo pensar en las de Megan. Me corrí al instante al pensar en ella.
-- Dios mío... ha sido larguísimo, cariño. No puedo
aguantarme, me corro cada vez que siento como te late dentro de mí. Creo que
cada día te aumenta de tamaño.
-- Claro, cada día soy mayor ¿ o no?
No contestó, limitándose a besarme y meterme la lengua
chupando la mía con ardor creciente, comenzaba a correrse y se detuvo, quería
alargarlo.
-- Algún día te cansarás de mí - comentó de pronto mirándome
con ojos lánguidos.
-- Eso no ocurrirá nunca - y le metí la lengua en la boca
mientras pensaba " no ocurrirá mientras folles tan bien como ahora " - porque
cada día te quiero más y te encuentro más hermosa y cachonda. ¿ Me dejas que te
lo chupe ahora?
--¿Debajo del agua? Estás loco. Te ahogarías. No, no me la
saques, quiero sentirte otra vez antes de irnos a la cama. Luego tendrás todo el
tiempo que quieras.
Le lamí todo el contorno de las tetas despacio para ponerla a
tono otra vez, acabando por succionarle una teta mientras le acariciaba la punta
del otro pezón rizándolo con los dedos. Su vagina comenzó a muñirme otra vez la
dura verga y supe que comenzaba a correrse cuando sentí como palpitaba la
entrada de su vaina sobre la dura raíz de mi verga y hundía la dulzura de su
lengua hasta lo más profundo de mi boca. No pude aguantarme y, de nuevo, nos
corrimos juntos aunque, como siempre, a ella le duró más que a mí.
Como todas las noches se sentó desnuda delante del espejo de
su tocador para cepillarse su larga cabellera rubia. La miraba desde la cama,
con mi verga tiesa como un garrote y se me ocurrió que bien podía cepillárselo
yo. Así que me levanté y me puse detrás de ella, con mi dura verga apoyada en su
espalda. Me miró sonriendo cuando le quité el cepillo y comencé a cepillarla
despacio de arriba abajo en lentas pasadas, haciendo tal y como ella lo hacía.
De pronto se dio la vuelta y se metió en la boca toda la verga. Sentir sus
labios sobre la piel de mi pubis y la punta del capullo dentro de su garganta me
produjo un placer inmenso. Comenzó a lamer la barra de carne sacándola hasta el
capullo y su lengua me hizo estremecer cuando acarició el frenillo del prepucio.
Seguí peinándola aún más despacio, mientras ella seguía lamiéndola con fruición.
Le gustaba sentir en la boca como me palpitaba cuando me corría. Quise
contenerme para prolongar el deleite de la mamada, pero su sabia lengua y su
mano acariciando mi escroto me arrastraron a un orgasmo incontenible.
Levantó los ojos risueños hacia mí cuando notó mi rígida
picha latiendo incontenible dentro de su boca y comenzó a sorberla con tanta
fuerza que tuve que apoyarme en su cabeza para poder aguantar de pie las
sacudidas de gusto que me producía después de correrme. Como mi tranca seguía
dura ella siguió mamándome sin querer soltarme. La caricia de su lengua me hacía
temblar violentamente al presionarla arriba y abajo contra la base del frenillo
mientras me sostenía contra ella con una mano en mi nalga y la otra acariciando
el escroto. Aquella caricia tan prolongada después de haberme corrido acabó
haciendo que casi perdiera el sentido derrumbándome sobre ella medio desmayado.
Me abrazó por la cintura y, arrodillada en la moqueta, con la polla en su boca,
me llevó hasta la cama. Me colocó boca abajo sobre ella con mi cabeza entre sus
muslos y siguió mamándome con frenesí. Separó los muslos y le abrí el pequeño
coño con los dedos para hundir mi boca en su tierna y húmeda carne rosada.
Me apoderé del clítoris, sorbiéndolo con todas mis fuerzas
mientras lo rozaba violentamente con la lengua, gruñó de placer retorciéndose
como una lagartija y adelantando su pelvis hacia mi cara, frotando todo su coño
contra mi boca. Cuando comenzó a correrse hice lo que siempre hacía, tapé su
vagina con mi boca abierta recibiendo en la lengua su espeso y caliente licor,
hasta que dejó de salir, luego sorbí la vagina logrando extraer las últimas
gotas de su prolongado orgasmo.
Y así seguimos más de dos horas, durante las cuales me corrí
cuatro veces en su boca y ella me dio su abundante leche en seis ocasiones,
hasta que se giró de espaldas diciéndome que ya no podía más. Seguía con la
verga tiesa y se me ocurrió colocarla boca abajo sobre las sábanas separándole
los muslos y obligándole a levantar su precioso culo. Se la metí en el coño
hasta los huevos al estilo perro mientras mis manos le amasaban las tetas y le
pellizcaba los pezones erguidos como pequeños champiñones. Supe que volvería a
gozar en aquella posición, con la punta de la polla tan hundida en su coño que
le rozaba la cérvix del útero. Yo quería correrme tantas veces como ella, pero
cuando mi verga comenzó a palpitar violentamente dentro de su hirviente vaina,
ella comenzó a culear con el principio de un nuevo orgasmo mientras los músculos
de su estuche amasaban toda la barra de carne con violentas contracciones.
Comencé a correrme cuando noté la algodonosa y húmeda caricia de su leche
golpeando mi capullo.
Bramaba de placer y respirábamos los dos a bocanadas con la
violencia del orgasmo. Cuando su coño dejó de palpitar se dejó caer sobre las
sábanas con mi verga dentro de su vagina, respirando como yo a bocanadas. Nos
dormimos en aquella posición, aunque amanecimos separados.
Y así acabó otro año. Tenía dos muchachas de lujo a mi
disposición. Ya comprendo que relatar siempre lo mismo puede resultar
reiterativo, pero es que por aquel entonces, y durante muchos años más, yo no
pensaba más que en el sexo de las mujeres. No podía mirar a ninguna fémina de la
casa sin imaginármela desnuda, con la vulva abierta, gimiendo de placer.