Karla solicitó permiso para acceder al despacho, golpeando
suavemente con los nudillos en la puerta. Al no obtener respuesta, la abrió y
pasó al interior de la sala. SeaLord le había dado instrucciones precisas: una
vez dejara a Miriam, volvería a la casa y le informaría de todo. Le dijo que la
esperaría en el despacho, al que tenía absolutamente prohibido acceder sin
autorización. No obstante, SeaLord le indicó que esa tarde tenía que resolver
algunos asuntos de manera urgente, por lo que era probable que no estuviera
cuando Karla llegase. Le autorizó a entrar en el despacho, ordenándole esperar
allí su regreso.
Karla nunca había estado sola en aquel despacho. Recordó la
primera vez que entró en él, aquella noche en que se presentó ante SeaLord, en
respuesta al anuncio en que solicitaba una empleada de hogar. Tenía dieciocho
años y vagaba sin rumbo, huyendo de la miseria de un país devastado por la
guerra. SeaLord le ofreció trabajo y cobijo, le enseñó, pacientemente, un idioma
del que no conocía más allá de diez o doce palabras y le mostró un mundo
insospechado de perversión y de placer. Aquel era un lugar extraño, gobernado
por un ser extraño, donde ocurrían cosas extrañas. Pero Karla sentía cada vez
más atracción por aquel hombre del que nunca había llegado a conocer su nombre
verdadero, al que mostraba absoluta obediencia, al que veneraba como maestro y
como dueño de todo su ser.
Paseó por la estancia, entreteniéndose en leer los títulos de
algunos de los libros de la inmensa biblioteca de SeaLord. Karla nunca había
imaginado que pudieran existir tantos libros que hicieran referencia al mar.
Tomó uno de ellos y fue a sentarse en el sillón de SeaLord. Sonrió
traviesamente. Apoyando la cabeza y la espalda sobre el amplio respaldo, se
sintió por un instante dueña de todo aquello. Observó los cajones de la hermosa
mesa de caoba y una inevitable curiosidad se apoderó de ella. Los dos primeros
estaban cerrados con llave. El tercero no. Karla comenzó a abrirlo pero lo cerró
instintivamente, temiendo ser descubierta por SeaLord. Se levantó y fue hasta la
puerta, abrió lentamente una de las hojas, tan solo una ranura, y aguzó el oído
para advertir su posible llegada. No parecía que hubiera nadie en la casa. Cerró
la puerta y se encaminó con rapidez hasta el sillón, sentándose en él y abriendo
nuevamente el cajón. Miró los papeles que había en su interior, sin sacarlos.
Descubrió que eran los mensajes de correo electrónico que SeaLord y Miriam
habían intercambiado.
No tuvo tiempo de reaccionar cuando SeaLord abrió la puerta y
entró en el despacho. Sobresaltada, Karla se preocupó más de levantarse del
sillón que de cerrar completamente el cajón. SeaLord fue hacia ella, la miró sin
decirle nada y observó que el cajón estaba entreabierto. Lo cerró sin
brusquedad. Karla, azorada, miraba al suelo sin atreverse a dar ni un paso.
SeaLord le ordenó que se sentara en una de las sillas, tras la mesa, frente a
él. Karla hizo lo que le ordenaba.
– No creí haberte dado permiso para sentarte en mi sillón y
mucho menos para rebuscar en mis cajones. Tampoco para tocar mis libros.–
SeaLord le hablaba dulcemente, sin estridencias, aparentemente sin enfado.
– No, señor. No sé por qué lo he hecho. No quería mirar tus
cosas. Me pudo la curiosidad y abrí el cajón. Pero no he visto nada de lo que
había dentro – respondió Karla nerviosamente, con la mirada baja. No podía mirar
a SeaLord, sin permiso de éste.
– Sabes que no me gusta que mientas, Karla. – La voz de
SeaLord se hizo más grave. – Y me estás mintiendo.
– Lo siento, señor. No volverá a suceder, señor.
– Ten por seguro que no volverá a suceder.
Las últimas palabras de SeaLord hicieron que Karla levantara
su cabeza. Necesitaba encontrar en los ojos de SeaLord una mirada compasiva.
Aquel silencio la hería más que el peor de los castigos. Por un instante, se
miraron fijamente. Karla sintió que aquella mirada penetraba en su alma y le
helaba el aliento. El seguía callado. Ni siquiera le recriminaba que le
estuviese mirando, sin haberle autorizado para ello. Karla temblaba de
vergüenza. Era consciente que había arañado la confianza de su dueño. Nunca
debió abrir aquel maldito cajón.
SeaLord abrió el cajón y sacó los papeles. Con una irritante
parsimonia los hojeó, musitando algunos párrafos. Karla le veía sonreír y cómo
la sonrisa le dulcificaba el semblante. SeaLord dejó los papeles sobre la mesa,
tomó el libro que Karla había cogido de la biblioteca y se levantó. Como un
resorte, Karla hizo lo mismo. Ella no podía permanecer sentada si él no lo
estaba. Agachó de nuevo la cabeza y se mantuvo inmóvil. La embargaba un
sentimiento extraño, desconocido, inquietante. El aire le pareció enrarecido e
insuficiente. En su interior, algo le oprimía el pecho y el estómago.
SeaLord dejó el libro en una de las estanterías y tomó otro.
Lo abrió por una de las páginas que tenía marcadas con pequeños indicadores de
cartón que sobresalían de las hojas. Y, con voz suave, leyó en voz alta: "Los
marineros son las alas del amor, son los espejos del amor, el mar les acompaña.
Y sus ojos son rubios lo mismo que el amor rubio es también, igual que son sus
ojos. La alegría vivaz que vierten en las venas rubia es también, idéntica a la
piel que asoman. No les dejéis marchar porque sonríen como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar. Si un marinero es mar, rubio mar amoroso cuya
presencia es cántico, no quiero la ciudad hecha de sueños grises. Quiero sólo ir
al mar donde me anegue, barca sin norte, cuerpo sin norte, hundirme en su luz
rubia".
Karla le miró con extrañeza. Sus ojos le parecieron más
verdes y sus cabellos más rubios que de costumbre. Sonreía abiertamente. Ella
hubiera dado todo por poder besar en ese momento aquellos labios que sonreían.
SeaLord cerró el libro, lo colocó en la estantería y volvió al sillón.
– Los marineros son las alas del amor. Luis Cernuda. ¿Sabes
cómo se llama el libro, Karla?. "Los placeres prohibidos". Sugerente título. –
Miraba a Karla con ternura mientras le hablaba. – Dime, ¿cómo ha ido todo?.
– Conforme tú ordenaste, señor. Ya deben estar llegando.
– ¿Algún tipo de resistencia?.
– Ninguna, señor. Al menos conmigo, ninguna.
– ¿Cómo es ella, Karla?.
– Bueno, señor. Ella es...
– ¡Cállate! – la atajó SeaLord. Cállate, Karla. Pronto estará
aquí. Ya iremos desvelando los secretos. Puedes retirarte.
– Como tú ordenes, señor.
Karla se dirigió hacia la puerta. Estaba a punto de salir de
la estancia cuando la voz de SeaLord la hizo detenerse y girar sobre sí misma.
– ¡Ah, Karla!. Vete preparando para el castigo.
– Como tú ordenes, señor.
Karla salió del despacho y cerró la puerta. Se cruzó por el
pasillo con Miriam y los dos hombres. Miriam la miró pero Karla no le devolvió
la mirada. Oyó el golpe de unos nudillos en la puerta del despacho. Siguió
caminando, sin mirar atrás. Y subió la escalera que llevaba a su habitación, con
la vista nublada por un llanto que, amargamente, brotaba a borbotones de sus
ojos.
Marcelo Luna