Introducción:
Fue hace dos años. Hoy se cumplía la fecha exacta. Miré el
calendario pensando en no creer lo que ya hayan pasado dos años sin su
presencia.
El 1 de Agosto de 2002 me encontraba de vacaciones, con mi
novia Angélica, ya que sus multimillonarios padres me habían invitado a ir con
ellos. Al principio me dio un poco de miedo. Más bien se lo podría llamar temor.
Soy una persona tímida, sobretodo a la hora de establecer una comunicación con
mis suegros. Me rehusé. Algo me decía que no tenía que aceptar esa invitación.
Pero cedí. Es de lo que más me arrepiento en toda mi vida. ¿Por qué? ¿Por qué
cedí? ¿Por qué no aproveché esos últimos días para estar con mi padre? No dejaba
de echarme la culpa. Mamá no dejaba de echarme la culpa. Siempre que tenía la
oportunidad, me reprochaba de que: "Si yo hubiera estado con ella, papá seguiría
con nosotros."
Me sentía culpable. Las lágrimas venían cada vez que podían a
invadirme, casi todas las noches. Nunca lo superé. Me aislé del mundo. Corté mi
relación con Angélica. La odiaba por haberme hecho lo que me hizo. La odiaba por
haberme obligado a ir con ella. El llamado anónimo. La búsqueda. Todo, todo
volvía a mí como recuerdos atraídos por un imán. Nunca la perdoné. Nunca me
perdoné, tampoco.
Soy Néstor King, y esta es la historia de mi vida, a dos años
de la muerte de mi padre.
Capítulo I: Retrasado
Hacía ya un año que no pisaba el cementerio. Antes de esa
fecha catastrófica no había ido nunca. Me producía melancolía. Pero ahora me
encontraba allí, frente a una tumba en la que decía: "Eduardo King". La fecha de
su nacimiento, la fecha de su muerte, su foto.
Oh, Dios, como lo extrañaba. Necesitaba su alegría cerca. Sus
consejos y su sabiduría. ¿Quién pudo ser el hijo de puta que lo asesinó? La vida
es sagrada y nadie tiene derecho a destruirla, ni siquiera la de un insecto.
¿Quiénes somos las personas para culminar con la existencia de otro? Sólo Dios
lo puede hacer. ¿Por qué? ¿Por qué un maldito gusano qué ni siquiera puede dar
la cara?
Lloraba. Me encontraba solo frente a la tumba de mi padre y
lloraba sin control. No me importaba quien pase, quien venga, quien me mire.
Nada. Era sólo una conexión entre él y yo.
Recordé por qué había salido esa noche tan oscura a buscarme.
Un llamado anónimo le había anunciado que yo me encontraba secuestrado. Mi padre
salió en la búsqueda y allí fue cuando recibió un balazo en el corazón. ¿Por
qué? ¿Qué mal le había hecho mi padre a alguien para que esto suceda? ¿Cuáles
eran sus motivos? No lo sabía. Por más que hubo meses en que intenté
averiguarlo, no encontré a nadie que me sepa dar una respuesta.
Tenerla a mi madre en mi contra tampoco era tarea fácil, ya
que no facilitaba para nada mi búsqueda por la verdad. Mi hermana, que en ese
entonces tenía unos 16 años, se encontraba conmocionada. Hubo un tiempo en que
hasta perdió la voz. Quedaba dura. De piedra. Como si su mente se encontraba en
blanco y nada podíamos hacer para que vuelva en sí.
Hace tiempo no la veía. Ni a ella ni a mamá. Me fui a vivir
solo. Comencé a trabajar en un periódico y allí me mantuve. Gano bien y me falta
poco para poder comprarme una buena casa y vivir lejos de ese detestable
departamento. Pero ¿qué puede esperar la vida de mí si apenas tengo 23 años?
- Hace tiempo que no te veo. - dijo una voz a mis espaldas.
Giré y me encontré con el bello rostro de mi hermana menor.
Lucía estaba muy diferente a la última vez que la vi. Usaba unos lentes de marco
negro, que le daban una visión intelectual, aunque siempre en el colegio fue un
desastre. Ahora, que cursaba medicina en la facultad, debía de estar repleta de
tareas, y había dejado atrás esas cosas de adolescente. La vida nos hizo madurar
repentinamente.
- Ha pasado un buen tiempo. - dije, cortante. - ¿Cómo estás?
- Viva. - reprochó. - A veces hubiera deseado que la muerte
me venga a buscar a mí y no a papá.
Lucía me abrazó. No tuve tiempo de reaccionar cuantas veces,
por los comentarios de mamá, estaba esperando un abrazo de su parte. Pero ahora
nos abrazábamos. Ambos estábamos tan dolidos por la pérdida que nuestras penas
se unían, se elevaban al cielo y desaparecían. Era un feliz reencuentro, aunque
en un lugar muy inapropiado.
- No digas eso. - la contuve. - Algún día sabremos la verdad.
Algún día sabremos qué es lo que pasó.
- ¿Cuándo? - preguntó ella, llorando. - Han pasado dos años
sin respuestas. Sin justicias. Sólo dolor. - ella me miró a los ojos, y una de
sus lágrimas brilló por la luz del Sol. - ¿No me preguntarás por mamá?
- No quiero saberlo. - respondí, enojado.
- Pero...
- Pero nada. - contesté. - El tener a mamá en contra cuando
más la necesitaba fue muy duro. No dejaba de culparme por la muerte de papá. ¡Yo
no quería que muriera y ella lo debe de saber muy bien!
- Te entiendo, pero...
- No quiero que me hables de ella. - volví a decir, enojado.
Suspiré hondo y comprendí que le estaba gritando a mi joven hermana lo que nunca
me atreví a decirle a mamá. - Perdóname. Será mejor que vuelva a mis cosas.
Tengo mucho trabajo y estoy retrasado.
Lucía bajó la cabeza y se mordió un labio. Sabía que siempre
que lo hacía, era porque tenía bronca, pero no se animaba a expresarla.
- ¿Puedo ir a visitarte algún día? - me preguntó.
- Claro. - respondí, caminando hacia la salida del
cementerio. - Te espero.
Capítulo II: Caminata Interrumpida
La noche estaba tan serena, que necesitaba caminar y tomar
aire. Había pasado ya tres días desde que vi a mi hermana en el cementerio, y
como era de esperarse, no tenía noticias sobre ella. Tenía muchas ganas de
volver a verla, pero no me animaba a alzar el tubo del teléfono y llamarla. No
quería encontrarme con la voz potente de mamá. No quería que reconociera mi voz
y me comience a gritar. No podía soportarlo.
Doblé en una esquina y alguien me empujó. Se encontraba de un
hombre, que no debía ser más grande que yo, que caminaba apresurado y no me vio.
Ambos caímos en el suelo, con la diferencia que el cuerpo de este cayó sobre mí,
quedando nuestros labios a unos centímetros de diferencia.
Me aparté al instante, debido al asco que me vio ver la boca
de un hombre a centímetros de la mía. No me importaba lo hermoso que fuera esta
persona, simplemente me dio asco verlo tan cerca de mí.
El sujeto se apartó al instante y sonrió, como si fuera una
de las cosas más graciosas del mundo lo que acababa de pasar. Me extendió una
mano y me ayudó a levantarme.
- Disculpa. - dijo. - Venía muy apurado.
- No hay problema. Sólo que casi me matas de un infarto. -
comenté, enojado. - Bien, sigo por mi camino. Adiós.
- No. Te necesito. - dijo el hombre.
Me quedé mirando con los ojos abiertos, pensando que su frase
sólo se había originado en mi mente. Pero, contrariamente a lo que sospeché, el
sujeto sacó un arma de su cinto y apuntó directamente a mi cabeza.
- ¿Qué estás haciendo? - pregunté, con mi voz que comenzó a
temblar.
- Me está siguiendo la policía y necesito un rehén. -
respondió, en un tono dramático. - Por el momento los perdí, pero no van a
tardar en llegar, tienen toda la zona rodeada.
¿Yo? ¿Rehén? Tenía miedo. No podía salir de allí corriendo
porque seguramente recibiría un balazo en la nuca. ¿Qué podía hacer? Me quedé
inmóvil y tragué saliva. Miré, de reojo, para todos lados. No había ni un alma
en las calles.
- Está bien. - contesté. - Cálmate. Seré tu rehén.
- Perfecto. - respondió. - Esperaba a que no te resistieras.
¡Arrodíllate!
Sin comprender mucho a que se refería, me arrodillé. Mi
cabeza quedó justo frente a su bulto. Tenía miedo. No quería ni pensar que se le
estaba pasando por la cabeza a mi asaltante. No podía ser.
El hombre bajó su mano hasta su bragueta y bajó el cierre de
un tirón. Me quedé con la boca abierta, paralizado del terror. Mi asaltante se
metió la mano en el interior de su abertura del jeans, y en pocos segundos soltó
un gran pedazo de verga. Me quedé impresionado por su tamaño y forma, pero era,
sin duda, la cosa más asquerosa que podía haber visto en la vida.
- ¿Qué estás haciendo? - pregunté.
- ¿Qué es lo que crees? - preguntó, irónico. - ¡Trágatela!
- Ni lo sueñes. - respondí.
El hombre no respondió. Sin embargo, esta vez, puso su arma
entre medio de mis ojos.
- ¿Lo harás?
Con duda y temor, agarré con mi mano derecha esa grandísima
verga. La masturbé un poco, sin mucho esmero y en mi rostro, se notó
perfectamente una mueca de asco. Abrí grande la boca y probé la punta. Tenía un
gusto salado, que sería delicioso si estuviera comiendo una ensalada, pero no
una verga. El hombre gimió de placer. Volví a abrir mi boca y nuevamente me comí
una porción más grande de su verga. El hombre, esta vez, comenzó a penetrarme
por la boca, con movimientos tan apresurados que me eran imposibles de
seguirlos. La verga se me salía de mi cavidad bucal, cada dos por tres, y me la
pasaba por todo mi rostro. Trataba de no atragantarme, ya que me daban arcadas
cuando decidía metérmela hasta el fondo y chocaba su punta con mi campanilla.
- Vamos, puta, hazlo. - gemía de placer el hombre. - Sé que
te gusta, putita.
Eso, sin duda, me daba más asco. Deseaba, por todos los
medios, que la policía no tarde en llegar. Ya no sabía cuanto tiempo más iba a
poder resistir esa tortura sin vomitar. La verga me estaba violando. Entraba y
salía como si fuera un chupetín. No podía soportarlo más.
- Alto. Policía. - gritó una voz a mis espaldas.
El ladrón no tuvo tiempo de reaccionar. Me paré como pude y
lo empujé hacia atrás, haciendo que se cayera y que su arma volara a varios
centímetro de él. Cuando quiso agarrarla, el policía se apresuró y se encontraba
apuntándolo. Yo no pude aguantar más, vomité ahí mismo del asco que me dio la
situación.
Capítulo III: Ayuda
- Entonces le tenemos que sumar el cargo de violación. -
comentó el policía, anotando todo en una libreta, después de escuchar mi
testimonio sobre como fueron las cosas. - ¿Tú te encuentras bien?
- Me encuentro bien. - respondí.
- ¿Néstor King, me dijiste? - verificó el policía. - ¿Eres el
hijo de Eduardo King?
- Sí. - contesté, mirando el suelo disgustado.
- Hace tres días fue el aniversario de su muerte, ¿verdad? -
preguntó. - Quiero que sepas que tu padre y mi padre eran grandes amigos.
Lamento mucho lo que pasó.
- Lamento más que la policía no haya encontrado a nadie por
su asesinato. - reproché, y por primera vez la timidez se me había borrado del
cuerpo.
- No me digas así. - dijo el policía. - Está bien. Te
propongo que ambos busquemos al asesino de tu padre. ¿Está bien? Voy a buscar
indicios y voy a hacer, de este, mi caso. Ven mañana a la comisaría y pregunta
por Alan Weir. Vamos a encontrarlo. Te lo prometo.
Asentí. No creía que dos años después encontráramos algo,
pero aunque sea ya era una ayuda que me fue negada por tanto tiempo. Por fin
veía una luz, al final del túnel negro por el que estoy pasando.