La posguerra española fue
una dura época para las niñas pequeñas, sobre todo
para las que no teníamos padres. Mis recuerdos de la infancia no
alcanzan más allá de unos rostros sonrientes y unos besos
cariñosos. Después, vino un estruendo enorme acompañado
de gritos, carreras y un crujido en mi cerebro precursor de una angustiosa
oscuridad. Semanas de lloros en el hospital, mal alimentada y desesperada,
hasta que, por fin, un rostro amable y enérgico a la vez, me vino
a sacar de todo aquello.
Mi tía Marta, era una cincuentona
todavía de buen ver. Solterona por esos avatares de la vida que
ahora no vienen a cuento, de generosos pechos y amplias caderas, que conservaba
todavía una buena figura camuflada a duras penas por el luto riguroso.
Tenía un rostro bonito, pero triste y adusto, que no sonreía
por nada en el mundo, ni para complacer a su sobrina en sus infantiles
juegos. Católica fervorosa y beata como ninguna, me dio una rigurosa
educación plagada de rezos, rosarios y visitas a la Iglesia. Como
tantas otras niñas, no fui apenas a la escuela del pueblo; pero
fue una decisión llena de sentido común, ya que mi tía
era maestra y se dedicó con un entusiasmo fervoroso a enseñarme
a leer y a escribir. Me adoctrinó en el catecismo y en el espíritu
del glorioso alzamiento nacional, amén de tocar de pasada algo de
cuentas y de álgebra.
Debía yo tener unos diez
años cuando murieron mis padres en la guerra. Entre hospitales,
rezos y rosarios, me planté en los doce sin saber más de
la vida que algún otro comentario que oía en la plaza del
pueblo, en los ratos de juegos que podía compartir con los otros
niños bajo la vigilante mirada de la tiesa de mi tía. Empecé,
por aquel entonces, a desarrollarme de manera desmedida para las niñas
de mi edad. Por lo menos eso creía yo, un poco por comparación,
y otro poco por las extrañas miradas que me dedicaban ya, la mayoría
de los hombres del pueblo, cuando corría por la plaza jugando al
pilla-pilla y otros juegos infantiles.
Y es que mis pechos estaban ya más
crecidos que los de la mayoría de las mujeres hechas y derechas
del vecindario, y mis sujetadores infantiles no estaban diseñados
para controlar tanta abundancia.
La verdad es que estaba acostumbrada
a que los mayores me dijeran lo guapa que era y lindezas similares. Nunca
le di mayor importancia porque pensaba que se lo decían a todas
las niñas. Cuando pasé a ser el centro de atención
de los jovencitos del pueblo lo achaqué, como era natural, a ese
malsano instinto animal y lujurioso de que tanto me había advertido
mi tía. Los chicos se interesaban más en mí que en
el resto de mis compañeras porque tenía más de todo:
era más alta, tenía más caderas, las tetas muchísimo
mayores, y mi cuerpo, en general, había ya perdido esas delgadeces
de la adolescencia que algunas se empeñan en perpetuar casi de por
vida.
Durante los últimos meses
mi cuerpo había sufrido todas esas transformaciones bajo la atenta
y preocupada mirada de mi tía. Poco sabía yo de cuerpos de
mujeres y, por supuesto, nada del de los hombres. Nunca había visto
a mi tía desnuda por mucho que hubiéramos compartido el hogar
familiar sin ninguna otra compañía. Ella sí que estaba
al tanto del mío, ya que desde que me recogió en su casa
se había empeñado en bañarme dos veces por semana
y los domingos para ir a misa.
Teníamos una enorme bañera
de porcelana que mi tía se encargaba de llenar hasta arriba de agua
que calentaba con el contenido de una olla de agua hirviendo. Hacia el
final de la tarde me llamaba para el baño de rigor. Me ayudaba a
desvestirme y, ya desnuda, me hacía colocarme de pie en la bañera.
Ella entonces se despojaba de su vestido para no estropeárselo de
las salpicaduras, y se quedaba en corpiño y enaguas. Eso fue una
suerte, ya que me permitía apreciar las formas del cuerpo de mi
tía y compararlas con el mío, consolándome de esta
manera, ya que pude apreciar que todo lo que crecía en el mío
se parecía a lo que tenía ella. Mi tía me enjabonaba
lentamente y a conciencia, mientras me preguntaba si rezaba y si no cometía
pecados, yo siempre le respondía a todo que sí. Dejaba después
que me frotara con sus manos por todo mi cuerpo para sacarme el jabón.
Me envolvía en una toalla y me mandaba a mi habitación. El
mundo no estaba para despilfarros, y ella aprovechaba para bañarse
a su vez en la misma bañera que yo había utilizado.
En los últimos meses el rito
se había modificado algo. Ya he mencionado que mis pechos estaban
creciendo mucho, mis caderas aumentaban también considerablemente
y empezaba a mostrar un leve vello púbico que coronaba graciosamente
mi entrepierna. Mi tía se concentraba ahora más y más
en frotarme las tetas y la vagina. Decía que eso no podía
ser, que sólo tenía doce años y que no era normal
tal desarrollo. Con todos esos tocamientos mis pezones se ponían
siempre duros y alcanzaban un tamaño considerable. Aquello debía
de ser la imagen más soñada del más vil de los pederastas,
ya que no dejaba de ser yo una niña de dulces facciones, ojos azules
y pelo negro todavía peinado en largas trenzas, con unas enormes
tetas coronadas de unos pezones erectos a más no poder. A todo esto
mi tía no dejaba de abrir los ojos y manosearme más todavía,
rezando muchas veces al mismo tiempo, para que ese desarrollo se detuviera
y pidiendo por mí a lo más alto, porque yo no había
hecho nada malo y no me merecía tales desgracias.
Fue para mí una época
de confusión y desasosiego. Recuerdo que mi cuerpo empezaba a manifestar
una serie de sensaciones hasta ahora desconocidas para mí. No puedo
precisar bien si llegue a sentir verdadero placer en la bañera.
Lo que sí recuerdo son momentos de jadeos y de mucha turbación
mientras mi tía me frotaba el clítoris con una esponja vieja,
al tiempo que me aclaraba con la otra mano los pezones trémulos
y a punto de estallar, aunque ya hubieran dejado de tener jabón
hacía tiempo.
Ahora recordando aquella imagen,
estoy convencida de que mi tía no era lesbiana ni nada parecido.
No era más que una mujer reprimida por sus propios fantasmas y que
veía en mi cuerpo el suyo propio, cuarenta años más
joven. Una tarde de ese verano y después de haber pasado una mañana
de perros, antes de la merienda, observé horrorizada como mis bragas
estaban manchadas de algo parecido a sangre y que, además, la cosa
parecía grave porque un leve chorro bajaba ya por mis piernas.
Fue uno de los momentos más
horribles de mi vida. Eran los albores de la España franquista,
mi tía era una mojigata, y ninguna de mis compañeras de juegos,
mucho más niñas que yo en todos los aspectos, me habían
avisado. Mis lloros se oyeron por toda la casa y mi tía acudió
presurosa.
- ¡Ya sabía yo que
esto tenía que pasar!. ¡Dios mío, qué hemos
hecho nosotras para merecer tal castigo!
Aquellas palabras fueron las definitivas
y caí desmayada al suelo. Me veía ya condenada a todos los
infiernos, muerta y desangrada, por culpa de mis espantosos pecados que
hacían que mi cuerpo sufriera estos castigos.
Mi tía que era, ante todo,
una buena mujer se comportó bien aquella noche. Recuerdo que desperté
tumbada en la cama de su habitación con una toalla húmeda
en la sien. Me había cambiado las bragas y la falda, y me había
colocada una compresa que, como mínimo, me daba una sensación
de cierta seguridad. Recuerdo que, entre lloros, me acarició los
cabellos y me dijo que toda la culpa era suya, que tenía que haberme
avisado antes, que eso le pasa a todas las mujeres y que no es ningún
castigo. Es un mensaje que nos manda el cielo para que sepamos que ya podemos
engendrar hijos en nuestras entrañas. Cosa que, lejos de ser mala,
es una bendición que nos manda el Señor. Yo balbucía
todo el tiempo y no hacía más que repetir que era mentira,
que a ella no le pasaba nada de eso, que ya me había advertido en
la bañera de mis abundancias, y era porque yo era mala, y Dios me
castigaba de esa manera.
- No, Anita no - que así
me llamo yo por cierto -, perdona por todo lo que te he dicho pero no es
cierto - dijo mi tía apesadumbrada -. Lo que te ha pasado es el
período, y sí que es cierto que a mí no me pasa; pero
es que a las mujeres mayores se les quita y eso significa que ya no podremos
tener hijos nunca más. No te preocupes, cariño, que tú
aún tienes toda la vida por delante - la lágrima que cayó
por su mejilla fue lo que me convenció de que todo lo que decía
podía ser cierto -. - Sí tía, pero entonces, lo de
mi cuerpo sigue sin ser normal. Ninguna niña es como yo. Ninguna
tiene tantos bultos ni tantos pelitos. - Sí hija, eso es verdad,
y es posible que no los tengan nunca: pero eso es porque nuestra familia,
tu madre, en paz descanse, y yo somos así, estamos más desarrolladas
de lo normal. Entonces me dio un dulce beso y levantándose de la
cama empezó lentamente a desnudarse.
Yo ya sabía por lo que había
podido entrever que mi tía era también de generosas medidas,
aunque hasta ahora no le había dado importancia porque su corpiño
apretado y su faja, como los que llevaban todas las mujeres de su edad,
ocultaba mucho. Abrí los ojos desorbitadamente cuando mi tía
desabrochó su corpiño y me mostró unas enormes tetas
casi el doble que las mías, aunque bastante más caídas,
coronadas por unos estupendos pezones. Después se despojó
de su falda y enaguas, y pude ver también su pubis cubierto de un
vello fuerte, negro y rizado. Se quedó, de esta manera, delante
de mí tal como llegó al mundo. Comprobé que sus proporciones
eran muy diferentes al del resto de las mujeres del pueblo. Su cuerpo aunque
algo entrado en carnes era precioso y opulento, y su rostro ahora sonrojado
del todo por la situación era hermoso. Entonces acercándose
me dijo:
- ¿Ves cariño, como
nos parecemos? . Aunque tú - me dijo con una pícara sonrisa-
eres mucho más guapa de lo que yo he sido nunca. Y, además,
- añadió mientras acariciaba con sus manos uno de mis pechos-
tienes tantas tetas como yo tenía a los dieciséis.
Algo cambió en mi tía
a partir de aquel día. Ya no me bañaba. Decidió que
ya era mayor para hacerlo sola. Aunque, alguna vez, venía antes
de tiempo y me miraba, respirando entrecortadamente, mientras esperaba
que yo acabara de secarme, para luego pasar a desnudarse en mi presencia
para no perder tiempo y poderse bañar ella.
Yo estaba un poco liada con esto
de las desnudeces de mi tía hasta que un día, cuando era
su turno, me acerqué a la habitación del baño. Quería
comprobar si ella se frotaba también la entrepierna como me hacía
a mí antes. No las tenía todas conmigo y pensaba si no sería
pecado todo eso de espiar al prójimo, cuando oí una respiración
alta y jadeante que salía del cuarto. Me asomé intrigada.
Mi tía estaba sentada fuera de la bañera con el cuerpo aún
mojado y observé estupefacta como se acariciaba una y otra vez el
clítoris, con las piernas totalmente abiertas. Su respiración
subía en intensidad y sus tetas se bamboleaban del esfuerzo de un
lado a otro. Tenía los labios entreabiertos, las aletas de la nariz
palpitantes y parecía pasárselo de muerte. Empezó
ponerse tensa y todo su cuerpo se puso en tensión, y mientras sus
pezones parecían estar a punto de reventar, emitió un grito
ahogado mientras su cuerpo entero se convulsionaba.
Creo que fue la mayor masturbación
que he tenido el placer de observar en mi vida. Ni yo misma he conseguido
nunca algo similar. Yo tenía los ojos abiertos como platos, y mi
corazón latía precipitadamente. Volví corriendo a
mi habitación. Me desnudé y me miré en el espejo.
Con casi trece años tenía un cuerpo impresionante. Mis tetas,
los últimos meses habían aumentado pero muchísimo
más lentamente, empezaban a luchar contra la ley de la gravedad
aunque sin perder la batalla. Giré despacio observando mi cuerpo
en el espejo y tomando conciencia por primera vez de él. Tenía
la piel algo oscura y sin manchas, lo cual le daba una apariencia satinada
y suave, mis piernas eran esbeltas y bien proporcionadas, mi culo redondo,
grande y respingón, mi vientre plano y mi cintura estrecha. Cuando
levantaba la mirada aparecían mis pechos enhiestos y generosos.
Mis pezones continuaban sonrosados y erectos, desde que viera la masturbación
de mi tía. Pasé mis manos por ellos pellizcándolos.
Un estallido de placer recorrió mi cuerpo y noté una humedad
en mi vagina. Bajé la mano hacía mi clítoris, estaba
mojado. Me tumbé en la cama desnuda y ronroneando, y abriendo las
piernas empecé a masturbarse como había visto hacer a mi
tía. Oleadas de placer me recorrieron el cuerpo y, mientras mis
dedos frotaban el clítoris, algo subía y subía en
mi interior. No podía sacar de mi mente la imagen de mi tía
abierta de piernas y ahíta de sexo. Noté, que iba a pasar
algo y una oleada de placer estalló en mi cerebro, mientras notaba
como mi vagina se llenaba de flujos. Me corrí por primera vez en
mi vida y fue maravilloso.