El Museo (III)
Nota: Las dos protagonistas de este relato: Silvia y Moli
están inspiradas en actrices porno reales. Silvia es evidentemente la
archifamosa Silvia Saint a la que siempre imagino en escenas de bondage. Moli es
Molly Mathews (también conocida como Emily Marilyn), una actriz especializada en
fetish y bondage.
Recordemos que la propia Silvia pidió a Miguel que "jugara" a
torturarle los pechos. La chica se excitó tanto que se corrió con la ayuda de su
amiga Moli.
Tras usarla con Silvia, Miguel dejó la garra de las brujas en
el armario, y fue al botiquín para buscar con qué curar las pequeñas heridas que
había causado accidentalmente a la muchacha.
Entretanto, Moli se desentendió de Silvia y volvió a recorrer
la sala inspeccionando los instrumentos de tortura. De reojo, Miguel la miraba
moverse lentamente entre todos aquellos trastos deleitándose de las curvas de la
esbelta joven, de sus movimientos cadenciosos y de cómo aquel mono de látex
resaltaba toda su belleza.
Miguel se acercó a Silvia con una algodón empapado en agua
oxigenada y se puso a curarle sus heridas. ¿Te ha gustado la demostración,
cariño?. Sí, susurró ella aún maniatada, pero quiero más. Miguel la miró
pensando que era una ninfómana masoca y dio gracias por ello.
Moli les interrumpió desde el centro de la sala. Sigo sin
entender muy bien qué es todo esto. ¿Es un museo o algo así?. No, dijo Miguel,
mientras le terminaba de curar los pechos a Silvia. Ya te he dicho que éste es
mi cuarto de juegos, Moli, aquí no entra mucha gente. ¿Cómo os lo explicaría?.
Formo parte de una especie de club o de secta. ¿Una secta?. Sí llámala como
quieras. El caso es que todos los que pertenecemos a ella compartimos una
afición. Torturar a jovencitas sumisas como vosotras que se entregan
voluntariamente a sesiones de sado duro. ¿Qué?, dijo Moli, también Silvia se
quedó mirando a Miguel anonadada. Lo que oyes, contestó Miguel. Yo tengo la
teoría de que la mayor parte de las mujeres, sino todas, tienen fantasías
sadomasoquistas aunque quizá no lo sepan. Eso les hace disfrutar más del sexo.
¿Nunca habéis tenido fantasías masocas?. Las dos chicas se pusieron muy rojas
pero no afirmaron nada. Les daba vergüenza admitirlo pero él tenía razón, las
dos tenían fantasías sadomasoquistas bastante fuertes.
De pronto Miguel vio a Moli junto al potro de tortura. Te
noto muy interesada por el potro, y mientras tanto fue hasta el armarito y sacó
una mordaza formada por una bola de goma negra con tiras de cuero. Moli, se vio
sorprendida por Miguel y soltó los mandos del potro. ¿Quieres que te acueste en
él?. Preguntó como de pasada. Moli negó sonriendo, con poca convicción Abre la
boca Silvia. Silvia pensó que le iba a soltar, pero Miguel no tenía ninguna
intención de liberarla. ¿Qué me vas a hacer ahora?. Tranquila, sólo se trata de
un poco de bondage, abre la boca. Silvia dudó un momento, pero al final lo hizo
y dejó que Miguel le encajara la mordaza entre los dientes. A Silvia nunca le
habían metido una mordaza como esa en la boca. De hecho le hizo daño y se sintió
humillada por ese sabor a goma, pero le gustó la perversión. Me gusta amordazar
a las esclavas a las que torturo, dijo Miguel. Silvia respondió con un gemido.
Así me evito de oír sus gritos y sus molestas quejas. Ven preciosa ¿has oído
hablar del estrapado?. Miguel arrastró con cierta violencia a Silvia hasta unas
cadenas que colgaban del techo, entonces ató un gancho a las esposas de la
chica. Silvia miraba a Miguel con ojos de cordero degollado. Ya no controlaba la
baba que le caía por las comisuras de la boca por efecto de la mordaza y ésta le
estaba cayendo por los pechos. Y sin embargo, estaba cachonda de estar desnuda e
indefensa en aquella cámara de tortura por lo que permitía con sumisión que
Miguel la trajera y llevara sin resistencia ni oposición. Repentinamente Miguel
empezó a accionar una manivela y Silvia sintió que algo tiraba de sus muñecas
hacia arriba. Consiguientemente tuvo que ir subiendo sus brazos hacia atrás, y
para evitar el dolor en su espalda, se fue inclinando hacia delante y al final
no le quedó más remedio que ponerse de puntillas sobre sus zapatillas de
deporte. Miguel estiró la cadena casi al máximo y la rubia quedó en una postura
muy incómoda y dolorosa por lo que empezó a quejarse y a gemir. Cuando terminó
de izar a la joven Miguel la miró y le dijo, esto es el estrapado, querida. Es
una de las torturas más frecuentes de la Inquisición, aunque puede ser mucho más
bestia si te levantan en vilo y te cuelgan pesos de los pies. Miguel dijo eso
mientras le arrebataba el vestido a Silvia y la dejaba completamente desnuda.
Moli seguía entretanto, viendo lo que Miguel estaba haciendo a su compañera.
Miguel se movía con seguridad, se notaba que había practicado eso muchas veces,
y Moli dedujo que era todo un experto en la práctica del sadomasoquismo. Qué
culito tienes zorra, dijo Miguel palmeando el trasero de Silvia. Efectivamente
lo tenía redondo y suave y entre las nalgas se podía apreciar perfectamente el
arranque de los labios exteriores de la vagina, recién depilados y brillantes de
la humedad. Encima de ellos se veía el agujerito del culo de Silvia, pequeño,
redondo y un poquito abultado hacia fuera. Miguel le olió la entrepierna a la
muchacha imaginándose perfectamente su sabor.
Entretanto, Moli se acercó curiosa a ver lo que le hacía
ahora. Miguel tuvo entonces una idea y sacó un cesto de pinzas de la ropa. Se lo
alargó a Moli y le dijo. Toma, vete poniéndole pinzas de éstas a tu amiga.
Recuerda que si coges pellizcos demasiado pequeños le dolerá mucho, así que mira
su rostro y gradúa tú misma el sufrimiento que le quieres causar. Silvia miró
suplicante a su amiga gimiendo y babeando, pero a ésta le encantó la idea, y
cogiendo una pinza se la enseñó burlonamente a Silvia abriéndola y cerrándola
delante de sus ojos.
Entretanto, Miguel volvió al trasero de Silvia y se puso a
acariciarle los labios vaginales. Estás muy mojada putita, se nota que te gusta
esto. Silvia contestó con un quejido, pues Moli le puso una pinza en el costado
derecho, entre las costillas. Miguel volvió a ver el agujero del culo, y primero
acarició a aureola del ano con un dedo seco. Miguel pensó que Silvia lo tenía
muy suave y anticipó el placer que sentiría al sodomizarla. ¿Te gusta que te den
por el culo preciosa?, preguntó de improviso. Silvia había vuelto a gemir pues
Moli seguía colocándole pinzas aquí y allá, pero cuando vio que Miguel le
empezaba a introducir por detrás un dedo pringado de saliva, la chica intentó
volver la cabeza gimiendo algo incomprensible.
Moli cogió otra pinza, y estirando con los dedos uno de los
pezones de de Silvia se dispuso a ponerle una pinza allí. A esta zorra le
encanta que la enculen, dijo, no deja que nadie folle con ella si no le promete
previamente que le va a dar por el agujero pequeño. Miguel sonrió llamando zorra
a Silvia y enterrando la cara entre sus glúteos para chuparle bien el coño y el
agujero del culo. Silvia gemía por el dolor y el placer a un tiempo, su amiga le
había colocado sendas pinzas aprisionando los pezones y aquello dolía de verdad.
Moli también se estaba poniendo muy cachonda torturándola y disimuladamente se
metía la mano por dentro del mono para acariciarse los pechos.
Por fin, tras un rato de gemidos y quejas, Miguel volvió al
armario y sacó una fusta y dos consoladores con vibrador incorporado. El más
gordo se lo metió a Silvia por el coño. Ella lanzó un largo gemido por la
penetración. El otro, un poco más pequeño, lo embadurnó bien de vaselina antes
de ir introduciéndoselo por el ano. Mientras hacía esto, y a juzgar por la
facilidad con la que le entró el consolador anal, Miguel se imaginó la cantidad
de pollas que habían visitado ya el conducto estrecho y oscuro de la bella
muchacha. Esta cerda se merece un castigo ejemplar, ¿no crees?, dijo Miguel
haciendo zumbar la fusta en el aire. Moli afirmó con la cabeza sonriendo. Silvia
miró angustiada hacia atrás, ya le dolía toda la parte superior de la espalda y
los brazos, Moli le había puesto una docena de pinzas por todo el cuerpo y
algunas de ellas le habían cogido pellizcos muy dolorosos, encima tenía ahora
sus dos agujeros perforados por consoladores. ¿Qué vendría ahora?.
La respuesta llegó inmediatamente cuando Miguel accionó los
vibradores. Silvia se tensó como una cuerda de violín cuando las descargas
empezaron a recorrer su cuerpo. La chica empezó entonces a gemir y quejarse. De
repente la fusta silbó y con un violento chasquido golpeó las nalgas de la
joven. Silvia gritó con fuerza y sus ojos se crisparon de dolor. Miguel miró la
marca roja en el culo de Silvia y observó las reacciones de ella al dolor. El
segundo fustazo se lo dio sin apresurarse pero con bastante fuerza, y luego le
propinó otros dos bastante seguidos. Silvia gritó ahora sin control suplicando
al joven que parara. Las lágrimas empezaron a deslizarse por su rostro y de su
boca caía la baba a borbotones. Moli la miraba admirada, con una mezcla de
sadismo y envidia.
Pensó que Miguel era un maravilloso pervertido, así que fue
donde él y le abrazó besándole con pasión. Mientras se besaban Miguel se
desentendió de Silvia y se ocupó de Moli, así le fue bajando la cremallera del
mono hasta llegar al vello púbico, y entonces se lo empezó a acariciar con
delicadeza haciéndole cosquillas. Moli retiró su cintura pero de la misma dejó
que Miguel le metiera los dedos hasta el fondo, bien adentro de la raja del
coño. Moli suspiró por la penetración con los gemidos de Silvia de fondo. De
repente miró las cuatro marcas en el trasero de su amiga y levantó sus bellos
ojos a Miguel que no dejaba de masturbarla. ¿Y a mí?, preguntó con un suspiro.
¿No me vas a castigar?.