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El Estero (16 - Final)
Gays- 2008-03-07 09:15:00
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El Estero 16

Capítulo final

En ocasiones simplemente voy al estero a descansar. Busco un espacio apartado, solitario y allí me tiendo en busca de paz. El sitio está lleno de lugares así, tranquilos y alejados del mundanal ruido, especialmente en primavera, en que durante los días de semana la mayor parte de la gente se encuentra trabajando y los chicos en sus colegios.

Era uno de esos días de primavera, precisamente, en que me encontraba descansando y reflexionando acerca de la importancia de los pelitos del ombligo, cuando me vi interrumpido en mis profundas cavilaciones filosóficas destinadas a cambiar al mundo.

Estaba en uno de esos refugios naturales que me brinda el estero cada temporada, rodeado de abundante y frondosa vegetación. El lugar se ubicaba en las orillas de un pozón de agua algo profundo, pero de pequeña superficie, quizás unos tres metros de ancho por unos cinco de largo, donde el agua penetraba abundante y limpia por un extremo.

En una de sus riberas un grueso tronco sobresalía semi horizontal a unos 50 cms. del agua, permitiendo zambullirse espléndidamente desde allí, ya que la profundidad sería de unos tres metros fácilmente; es decir, era una piscina natural, de aguas transparentes y recorrida por grandes carpas (peces) que se lograban distinguir en el fondo.

Al parecer el sitio ya había sido descubierto, puesto que al llegar por la mañana advertí muchas huellas descalzas de pies en la seca arena de la orilla. Ya habían transcurrido muchas horas desde mi llegada y el sol se encontraba más allá de la línea del mediodía. Como única prenda, vestía mi sugestiva soutien de lycra con diseño tropical, que me permitía lograr un bronceado sensual al dejarme una clara marca en mi piel.

Como el día era perfecto, sin nubes, con una suave brisa fresca y los cantos de los pájaros en las cercanías, el sueño me invadió después de almorzar y refrescarme un poco en las cálidas aguas.

¡Aquí está! –me despertó una voz juvenil atrás de mí.

Está súper bonita la poza locos

¿Dónde están chiquillos? – se escuchó una voz algo más lejana

¡Ven por acá! –respondió un mocoso que aún no distinguía

Yo me voy a bañar al tiro – dijo alguien y un chico apareció tras unos arbustos algo sorprendido por mi presencia

Ambos nos miramos y balbuceamos algunas palabras de saludo. El chico se sacó la camiseta que vestía, liberó sus pies y se lanzó con alegría a las aguas. Pronto comenzaron a aparecer sus amigos, todos entre sorprendidos y molestos con mi presencia, pero igualmente deseosos de disfrutar de una tarde de esparcimiento en el precioso lugar.

Era un grupo de cinco mocositos de alrededor de quince a dieciséis años, en la plenitud de su adolescencia, que no dejaban de lanzar miradas furtivas hacia mi, quien permanecía aparentemente indiferente a su presencia, aunque entre mis piernas mi sexo estaba ansioso por mostrar sus atributos.

Luego de algunos minutos que se me hicieron eternos, los chicos dejaron de jugar en el agua y se dispusieron a descansar en la arena justo en la ribera opuesta. Allí se hizo evidente que mi presencia no les parecía en absoluto desagradable, ya que dos de ellos se empezaron a entretener en acariciar sus sexos por dentro de su pantalón. Allí me pareció reconocer a un morenito que había divisado desde el puente algunos días atrás.

Pronto los chiquillos ya me miraban directamente y me sonreían con cierto descaro. El morenito decidió romper el hielo que aún subsistía.

Hola amigo –me dijo mientras alzaba su mano y me saludaba sonriendo pícaramente

Hola –respondí como con desgano

¿Se acuerda de nosotros? El otro día en el puente... –hice como que no me acordaba

Eh, no me acuerdo –respondí mintiendo

El otro día cuando estaba con el Gonzalo y el Manolo ¿No se acuerda? –insistió alegremente

¡Ah! Si, si me acuerdo –le respondí – ¿Y ellos no vienen hoy día?

No, se quedaron jugando a la pelota. Espérese, voy a cruzar para allá mejor –y el chico se lanzó al agua, siendo seguido por dos de sus amigos, cada cual más hermoso

¡Hola! –me volvió a saludar extendiendo su mano. Yo le respondí estrechándosela y rascándole al mismo tiempo su palma con mi dedo índice, lo que en mi país es un gesto de invitación sexual.

Anda con ganas parece –y soltó una sonora carcajada – Hágaselo a los chiquillos también –me pidió, mientras sus amigos me extendían sus manos y yo repetía el gesto.

¡Cabros vengan! –invitó a los dos niños que aún permanecían en la ribera opuesta, los cuales atravesaron a nado el pequeño charco y pronto estuvieron alrededor de mí, sonriendo maliciosamente

¿Cómo se llama usted? –preguntó un recién llegado

Manuel –y le tendí la mano repitiendo el gesto anterior sobre las palmas.

¿Y porqué no nos hace lo que le hizo a los chiquillos el otro día? –preguntó Ismael, el moreno que dijo conocerme

¿Qué cosa?

¡Ah, si usted sabe! –insistió el chico tomando sus genitales con la mano y apretándolos sensualmente

Los demás chicos se miraron entre ellos, luego se revolcaron sobre la arena como avergonzados, para regresar enseguida:

A ver, dése vuelta para verle el poto –pidió Dante atrevidamente

Si, si, dese la vuelta –clamaron los otros con entusiasmo y con evidentes signos de excitación en sus pantalones y calzoncillos, lo cual me mostraba que no eran ningunos inocentes en sus intenciones

¿Y para que quieren que me de vuelta –inquirí en tono aparentemente inocente.

Para que el Aroldo te muestre el pico –y los chicos rieron

Ante tan maravilloso panorama que se me abría y viendo que el sol continuaba su peregrinaje al horizonte, me puse de pie al tiempo que me alejaba unos pasos de ellos.

Todos los muchachitos se pusieron de pie, detrás de mí y comenzaron a elogiar lo que veían. Yo comprimí repetidamente mis nalgas, brindando un espectáculo sexy que consiguió sacar sonidos de exclamación por parte de los niños, al tiempo que erecciones evidentes en cada uno de ellos.

Luego, siempre manteniendo cierta distancia, bajé mi diminuta prenda hasta mis muslos según me pidieron, lo que les permitió apreciar la notoria marca de mi traje de baño y no pudo evitar que un pecoso rubio se acercara y me diera un apretón en un cachete.

Las condiciones ya estaban dadas. Cinco hermosos efebos con deseos de gozar del sexo sin tapujos se encontraban ahora frente a mi. Yo les sonreía al tiempo que acariciaba mi pene con delicadeza. Lentamente los chicos, siempre riendo, se despojaron de sus respectivas prendas, permitiéndome disfrutar de sus excitantes cuerpos en desarrollo.

Como es habitual entre niños del campo, ninguno mostraba señales de pilosidad excesiva en sus cuerpos; a lo más, unos pelos oscuros más abundantes en su sexo y pantorrillas, pero el resto del cuerpo lucía el espectacular aspecto moreno propio de mi tierra, con la excepción de Aroldo, el pecoso que ya señalé.

Ante la sugerencia de Ismael, los mocosos comenzaron a masturbarse alegremente, pero alejándose con cierta timidez cuando me acercaba a ellos. Finalmente fue Milton quien no se movió de su sitio cuando yo hice ademán de ponerme a su alcance. Nos miramos un momento a los ojos, el soltó su precioso falo y se acercó a mi, en una evidente invitación.

Mi mano se apoderó enseguida de su carne, la cual encontró ardiendo y palpitante. Era un miembro robusto, brillante, de unos 16 cms. de largo y unos 10 cms. de grueso. Arqueado hacia el lado, dejaba ver una cabeza algo pequeña pero apetitosa. Pronto los cuatro pequeños estaban alrededor nuestro maniobrando sus enhiestas vergas y ansiosos porque le hiciera un mamón a su amigo.

Con cierta aparente reticencia, masturbé al chicuelo unas cuantas veces y luego me puse de rodillas frente a él. Ante mi vista tenía un pene duro como el hierro y con unos pocos granos de arena que retiré con mis dedos.

Límpielo con la boca mejor –me sugirió Milton, colocando su mano en mi nuca y empujándome hacia su garfio.

Si, si, chúpeselo –exclamaron los demás chicos.

Mi respuesta fue inmediata, aproximé mis labios a la rojiza carne del niño y le di repetidos besos en diversas partes. Los chicos alucinaban. Luego separé mis labios y me entretuve largo rato en saborear el extremo brillante del sexo, el cual dejó escapar enseguida una gota de placer, que cogí en la punta de mi lengua y luego extendí por largos centímetros alejándome del mocoso. La luz del sol hizo brillar la deliciosa hebra de plata, la cual luego fui recogiendo hasta nuevamente alcanzar al ariete de mis sueños.

Genaro no puedo desaprovechar la oportunidad que se le presentaba. Se colocó detrás de mi y me preguntó casi en un susurro "¿Se lo meto?". Hice un gesto de aprobación con mi mano y enseguida sentí como el extremo de un aparente palo intentaba encontrar mi agujero. Me asusté, pero pronto advertí que efectivamente era el falo del chico el que trataba de encontrar la escurridiza entrada.

Genaro era un morenito encantador. De cabello largo casi hasta los hombros, tenía unos dientes perfectos. Mediría 1,60 y pesaría 50 kilos. Delgado como todos los chicos, sólo se le divisaba su oscura mata de pelos en la base de su polla, la cual se erguía orgullosa en un arco hacia arriba que formaba un ángulo de 45º. El chico era un maravilloso exponente de la raza chilena.

Mis labios no dejaban de trabajar en la zona que más me gusta, que es el glande. Los demás chicos observaban curiosos y excitados cada uno de mis movimientos, pero incapaces de aguantar mucho tiempo más una escena como la que se les ofrecía. Así fue como el aparentemente más frágil de todos, Dante, se fue cortado en uno de mis hombros, ante las risas de los presentes, quienes se rieron de él, ante la incapacidad de resistir la paja que se brindaba.

Aunque quise saborear el semen que se deslizaba por mi hombro, no abandoné la tarea en que estaba afanado. Sin embargo, ante lo que había acontecido, estiré ambas manos y me apoderé de sendos penes en cada una de ellas, mientras Dante, el chico de catorce años, 1,55 de estatura y un pene derecho de unos 13 cms. y delgado, comenzaba una nueva paja mientras nos observaba sonriente.

Por detrás Genaro ya había encontrado la entrada de mi culo y empujaba con ansiedad sobre el, sin conseguir avanzar un centímetro, dado que aún estaba seco, quizá por la inexperiencia y el nerviosismo.

Solté un momento el falo de Milton y los arietes que mantenía apresados. Ya con las manos libres, humedecí mi ano con saliva, inclinándome un poco para permitir que el chico lograra penetrar mi anhelante agujero. Poco a poco el chico logró ingresar la cabeza y cuando hubo vencido la resistencia de mi esfínter, le dejé proseguir por su cuenta.

Nuevamente con el pico de Milton en mi boca, fui bajando lentamente mi cuerpo, hasta que estuve sentado entre las piernas de Genaro, consiguiendo una penetración total por parte del mocoso. Allí el muchachito empezó a taladrarme con cierta maestría, sacándome quejidos que provocaron las risas nerviosas del resto, que no se perdía detalle de la enculada.

Milton mostraba evidentes signos de un inminente orgasmo. Abrazó a los amigos que tenía a ambos costados y los acercó hacia el, con lo que ahora tenía frente a mi rostro dos vergas más, palpitantes, que soltaban débiles gotas de un lubricante que tenía otro destino, pero que yo no estaba dispuesto a perder.

Genaro pasó sus brazos y me cogió de los hombros. Allí comenzó un enérgico mete y saca que me produjo extraordinarias sensaciones ya conocidas. Pero como el chico parecía primerizo, no solo no me avisó su descarga, sino que esta fue tan repentina, que no me dio tiempo para apretar mi esfínter como acostumbro hacerlo.

En este trance, primero Aroldo y luego Ismael, dejaron salir sus tiernos jugos encima de mi cara; esto excitó otro poco más a Milton, quien alzándose en sus pies, empujó su cuerpo contra mi mientras me afirmaba la nuca con ambas manos. Ahí sentí que mi boca se llenaba de sus jugos seminales. Pero para no quedarse atrás de sus amigos, sacó su verga de mi boca y envió los últimos chorros de su esperma a mi rostro, ocasionando una explosión de risas que me hizo sentir en la gloria, dada la desvergonzada respuesta de todos.

El silencio se apoderó durante algunos instantes del lugar, siendo Dante el primero en romper la quietud. El chiquito estaba con su modesto ariete en posición firme y me pidió que se lo mamara igual que a los demás. Yo sugerí que se recostara en la arena, en donde me acosté sobre su lampiña barriga y acaricié con ternura sus suaves piernas.

Los demás muchachos se acercaron a observar el espectáculo y los miembros comenzaron otra vez a erguirse.

Mis labios se abrieron y otra vez me dediqué a saborear la delicada carne que me hace perder el control. Pronto el chicuelo me acompañaba en mis intentos por sacarle sus juveniles jugos. Pero mi desguarnecida retaguardia pronto llamó la atención de los mozalbetes, siendo Aroldo el primero que aprovechó la oportunidad para poner en práctica su tiro al blanco. El chico tendría unos dieciséis años, un pene proporcional a su cuerpo de 16 cms. arqueado hacia arriba, con una sonrosada cabeza de forma puntiaguda. Mediría 1.70 y tenía el cuerpo cubierto por una suave pelusa, la cual se engrosaba entre sus muslos y pantorrillas.

El muchacho comenzó primeramente a acariciar mis caderas y glúteos, en tanto su pene se apoyaba suavemente en mi baja espalda. Luego de pasar sus ásperas manos una y otra vez por mis nalgas, me hizo separar levemente las piernas y con una mano cogiendo su falo, empezó a buscar la escurridiza entrada.

Cuando halló lo que buscaba, presionó con fuerza contra mi, consiguiendo alojar su ardiente carne en mi ansioso ano, el cual contraje gustoso para deleite de mi amante.

Dante ya había soltado una pequeña descarga de semen, que yo engullí goloso, pero que no anuncié, dada la mirada suplicante del pequeño, que me señaló que siguiera mamándole. Dedicado como estaba a extraer una segunda eyaculación del mocoso, dejé que Aroldo me penetrara con absoluta libertad, ante la mirada expectante de sus amigos, que manifestaban abiertas intenciones de reemplazar a su amigo.

Empalado como estaba y ocupado en conseguir una nueva descarga del pequeñín que me ofrecía su verga, no había advertido que dos nuevos muchachos se habían agregado al grupo. Eran Hernán y Agustín, dos chiquillos de unos diecisiete años, que observaban atentamente lo que ocurría, escuchando las explicaciones de los otros chicos. Pronto también se desprendieron de la poca ropa que vestían y se acercaron hasta donde me encontraba, para exhibir orgullosos sus erectas pollas.

Deseoso de saborear y sentir más experiencias en mi cuerpo, apreté repetidamente mi esfínter anal, al tiempo que ayudaba con mi mano a Dante, quien no tardó en repetir su orgasmo y caer abandonado sobre la arena, anunciando alegremente su victoria.

Aroldo estaba ensimismado en su tarea. Me taladraba con fuerza el ano, pero sus manos me acariciaban con aparente ternura, como para obtener un placer mayor que la simple eyaculación. Llevé una mano hacia atrás comenzando un masaje a sus piernas que aumentó la excitación y la potencia del muchacho.

Cuando me di cuenta que la eyaculación era inminente, saqué su pene de mi agujero, le puse de espaldas en el suelo y engullí goloso toda su carne, ante la atenta mirada de los recién llegados, que sin masturbarse, exhibían unas vergas que deseaba hacer mías cuanto antes.

En el poco tiempo de que dispuse, subí y bajé mi boca repetidamente, al tiempo que apretaba suavemente las pelotas del lolito. No anunció su descarga, pero su mano apoyada en mi nuca me indicó que me preparara a recibir su caliente leche.

Gritos de triunfo fueron los que acompañaron la eyaculación del chico, como para hacer notar a sus amigos quien era el que mandaba en ese momento. La reacción no se dejó esperar:

Ya po loco, déjanos seguir a nosotros ahora –exigió Hernán, un lolo de 1,70, moreno en todo su cuerpo, con una preciosa verga de unos 18 cms. que se bamboleaba mientras se aprestaba a ponerse en posición.

Oye nano, ponte de espaldas mejor, que el loco se te siente ¿cierto? –sugirió Agustín, propuesta que acepté enseguida.

Hecho. Ya loquito, ahora te vamos a dar de la buena. Oye, pero pégale una chupadita antes ¿ya?

Miré a Agustín, como pidiéndole permiso. Él respondió acostándose al lado de su amigo, mientras los cinco pequeños se agolpaban sonrientes a nuestro alrededor a observar la nueva batalla.

Me puse entre ambos muchachos, lo cual me permitía chupar a uno y a otro sin dejar de acariciarlos sucesivamente. Las manos de los adolescentes no permanecían ociosas, ambos se entretenían en apretar mis glúteos y explorar mi humedecido ano. Sus penes, de tamaño muy apetecible, mostraban la plenitud de su erección, recorridas por venas azulosas y frenillos sosteniendo su prepucio. Les pasaba la lengua en toda su longitud, caricias que ellos me correspondían con sendas caricias a mis glúteos y entrepiernas.

Pronto los observadores exigieron que los adolescentes me penetraran por turnos, exigencia que yo acepté gustoso, modificando mi posición y sentándome ágilmente en la erguida carne de Agustín. Hernán se puso de inmediato de pie, acercando su púa a mi boca, que la recibió ansiosa en casi toda su extensión.

Comencé a subir y bajar, hasta sentir que todo mi recto se llenaba de la carne del lolo, el que me acompañaba con movimientos pélvicos de cierta habilidad. Sentí un cierto dolor al fondo de mi recto cuando el chico empujaba con fuerza, pero no quise decir nada para no interrumpir la magia del momento. Pero llegó un momento en que, igual que en una ocasión anterior, un aparente obstáculo cedió dentro de mí, y esa pequeña molestia dió paso a un placer que imagino otros también han sentido.

Fue como si un anillo estrecho se hubiera abierto, dejando pasar toda la envergadura del falo del muchacho. Fue una segunda abertura que cede, similar a cuando se abre la entrada al ano y una sensación de placer le invade a uno, después de un dolor que resulta inevitable en los primeros instantes.

A partir de allí aprendí a distender mis músculos anales con mucha habilidad, evitando que los penes más grandes resultaran prohibitivos como me había ocurrido en ocasiones anteriores, en que una penetración dio paso a una mamada para evitar incomodidades.

Y allí seguía yo, brindándole el espectáculo de sus vidas a ese grupo de mozalbetes imberbes, mientras dos adolescentes casi adultos me daban una culiada de antología a las orillas del estero de mis sueños.

Aparentemente los lolos se pusieron de acuerdo para eyacular casi al unísono, ocasión que yo no desaproveché, para junto con recibir los jugos en mi boca y la leche en mi recto, lanzar una descarga espectacular, que debe haber llegado fácilmente a los cuatro metros de distancia, para admiración de los jóvenes observadores.

El resto de la tarde chupé los penes de los siete chicos algunas veces más y me penetraron otras tantas, hasta que tanto ellos como yo decidimos retirarnos dado lo avanzada de la hora. Esta vez les di mi número telefónico a todos los chiquillos y acepté seguir viniendo cuando llegaran las vacaciones.

Creo que ese verano y los siguientes durante diez años, además de algunas visitas furtivas en otras épocas del año, me hicieron conocer por lo menos a unos cien adolescentes, sin que nunca nadie haya puesto en riesgo lo maravillosa de la aventura.

Así es como doy por concluida esta serie de aventuras, reales en la mayor parte y sólo resumida para hacer más excitante el relato.

 

Epílogo

Actualmente resido en Ecuador y espero ansioso el momento de regresar a mi tierra, ya que aquí jamás he encontrado lo que me dio mi país de nacimiento. De hecho recomiendo a todos los amantes de adolescentes que ni siquiera se acerquen a Ecuador, dado lo homófoba de su cultura. El riesgo de morir acuchillado es verdadera.

Ojalá que todos nosotros fuéramos más unidos, para darnos cuenta que no estamos solos en la tierra y que habemos muchos más de los que la gente se imagina.

Veo, a través de los relatos, que el auténtico teen lover cuida y protege a sus chiquillos, muy diferente a lo que dan a conocer la prensa, que nos hace aparecer como violadores, psicópatas y otras aberraciones.

Espero que todo este conjunto de relatos les haya estimulado y también les haga luchar junto conmigo, para que los teen lover tengamos un espacio en este hipócrita y prejuicioso mundo.

Y para los que piensen en viajar a Chile a buscar el estero en cuestión, no se los recomiendo. La situación de mi país ha cambiado muchísimo desde el año 2002. Ahora existe una legislación muy rigurosa respecto a sexo con menores de 12 años. En todo caso igual me parece lógico, ya que los niños menores de esa edad, casi siempre son inmaduros sexualmente, y si son menores de 12 años, francamente ni siquiera están produciendo hormonas sexuales. Pero si aún así deciden visitarnos, les advierto que el estero ya está prácticamente habitado, aún cuando los adolescente siguen igual de calientes como antes. Sólo es cuestión de paciencia, prudencia y ternura, mucha ternura.

Que tengan mucha suerte y ...cuídense.

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