El Despertar VI
(Amanacer adolescente al sexo. De cómo conocí la pija de
Alberto)
Éramos pocas las masculonas, masturbadas o simplemente marías
en el colegio de varones que nos cobijó en la secundaria, formalmente formadas e
informalmente cogidas.
Como íbamos al mismo cole, Martín sabía de las manoseadas,
afirmadas y apoyadas de las que era alegre víctima, como todas nosotras, así que
me preguntó porque dejaba que me orteen todo el tiempo.
— Porque me gusta, dije sin recato. Me gusta que me toquen el
culo, percibir el calor de otros cuerpos a mis espaldas, el tamaño de sus penes
que se apoyan en mi traste contagiándome su ardor y dejando impreso en mis
glúteos la hermosa sensación de su estancia.
— ¿Así me sentís?
— Contigo es más profundo y largo. Cada vez que me apoyas
todo mi cuerpo se calienta y me entrego a vos, saboreo con delectación tus manos
en mis nalgas y siento tu choto como penetrándome el esfínter. Me abro y me mojo
como si me estuvieras culeando en serio. Y me encanta. En cambio, de ellos solo
siento su vehemencia y adivino la posible forma de sus vergas a través de la
ropa. Pero, si querés saber, la de Alberto parece bien grande y siempre está
semierecta, la de Héctor es chica y siempre parada y la de Antonio es más o
menos y blanda. Mientras ellos me calientan haciéndome sentir sus porongas, tu
pija es la única que me culia cuando quiere y me saca orgasmos de donde no
tengo, dije.
— Es cierto que la de Alberto es bien grande, enorme diría yo
—me contestó— Me la mostró en el baño, dan ganas de tocarla: creo que te
gustaría. Alberto me preguntó si eras mi mujer, yo le dije que solo éramos
amigos, así que me confesó que le gustas, que se hace muchas pajas pensando en
vos (se notaba que decía la verdad porque ante esas palabras su pija empezó a
pararse). Me pidió que le hiciera el gancho contigo. Quiere salir con vos.
— Pero yo soy tuya, le dije.
— Bueno, yo te lo digo y cumplo con Alberto. Además, que te
des un gusto o que le hagas el favor no significa que dejes de ser mía ni que yo
quiera perderte.
El bicho del morbo con Alberto me había entrado y, a partir
de entonces, me sorprendí masturbándome pensando en él, cuando había iniciado la
sesión solitaria concentrada en Martín.
No faltaron oportunidades en la que Alberto me decía al oído
"cada vez estás más linda", "como me calentás" y cosas por el estilo o que
Martín me comentara "Alberto te manda saludos", "anoche se puñeteó contigo", "ha
soñado que hacía el amor con vos y se despertó todo mojado".
Alberto me hizo prometerle que bailaría con el, al menos una
pieza, en el baile del colegio.
Me preparé esa noche con una camisa entallada, calzones y
pantalones ajustados de botamanga ancha, que realzaban mi cola y mis muslos, y
zapatos con tacones. Mi cabello lacio y largo llegaba casi hasta los hombros. Mi
figura en el espejo me hizo sentir atractiva.
En la fiesta, aprovechando los lentos, Martín me llevó hasta
una galería oscura y allí nos dimos a una franela sin par.
Me abrazaba, me besaba, me tomaba por el traste, acariciaba
mi sexo manoteándome sobre y bajo los pantalones, pellizcaba mis pezones,
chuponeaba mi carne encendiendo mi piel. Yo no me quedaba atrás, colgada como
estaba de su cuello, bajaba una mano y le encabritaba su aparato con vehemencia.
Estábamos ardientes.
"Vamos al 5º A", me dijo, indicándome un aula alejada del
patio en que se realizaba el baile, bastante difícil de llegar porque había que
atravesar un laberinto de pasillos.
Mi ropa ajustaba realzaba mis curvas. Me sentía rozagante y
caliente.
Me llevaba tomada de la cintura, con mi cabeza apoyada en su
hombro, y los dedos de su mano rozándome la entrepierna.
Cuando llegamos me sorprendió al decirme "yo te espero acá,
Alberto te aguarda: entrá".
Lo hice y era cierto. Apenas franqueé la puerta, con los ojos
ya acostumbrados a la oscuridad, en la penumbra vi la figura de Alberto, sentado
en un pupitre: "Te esperaba", dijo y se acercó para recibirme con un tierno beso
en la mejilla. "Estás radiante", agregó.
Lo miré incrédula de arriba abajo. Nunca lo vi tan alto: yo
le llegaba solo a la mitad del pecho. Estaba enfundado en su traje dominguero y
conservaba aún la cara de niño de sus quince años, con la barba incipiente.
Despertaba una inmensa ternura.
"Me ha costado mucho tiempo lograr que Martín se preste a
este encuentro contigo. Tenía vergüenza de hablarte directamente, miedo de que
me rechazaras, porque me gustás mucho", dijo.
Por toda respuesta le tomé las manos, le miré a los ojos de
niño grande, inmenso, y le ofrecí mi boca para que la sellara con beso. Sentí su
aliento fogoso y sus labios posarse sobre los míos tímidamente.
Comprendí la torpeza de su falta de experiencia.
Tomé la iniciativa prendiéndome de su cuello, besándole
apasionadamente con un beso de lengua, saboreando el gusto levemente alcohólico
de su saliva, acariciando cada pliegue de su interior.
Aprendía rápido y sus manos gigantescas apretaron mi cuerpo
contra el suyo, sentía en mi estómago su miembro férvido erectándose.
Me sabía abrigaba en la inmensidad de su cuerpo, segura y
detraída del mundo.
La diferencia de altura no nos favorecía, pero el largo de
sus brazos le posibilitaba una amplia cobertura de mis carnes y pronto sus
manazas hicieron blanco en mis nalgas y senos.
Le saque el saco —que fue a parar a algún banco— y con las
puntas de mis dedos dibujé su contorno y etéreamente colorée sus músculos.
La sutileza de mis yemas dio resultado: se lanzó a
acariciarme con vehemencia. Suplía su falta de experiencia con la ansiedad de
tenerme rápido y aphender todo mi cuerpo entre sus manos.
Sin ninguna delicadeza me bajó el pantalón y el calzón para
calentarme a carne viva.
Desabroché su cinto, bajé su pantalón y calzoncillo. Saltó a
mis manos su inconmensurable verga hirviente, acaricié su inmenso caño y sopesé
sus enormes y pesados huevos.
Como era demasiado alto lo senté en un pupitre y me arrodillé
entre sus piernas.
A pesar de la penumbra pude ver y sentir ante mí la verga más
grande que hasta entonces había visto. Una descomunal estaca ígnea, dura como la
roca.
Era una mole ansiosa y ardiente, un verdadero obelisco de
casi tres de mis puños de aquel tiempo. La aprendí con ambas manos y aún quedaba
todo el glande y un poco más sin cubrir: Mis dedos apenas alcanzaban a cerrarse
por su grosor.
Me dio escalofríos aquel tamaño, pero la calentura era mayor
y con mi lengua, suavemente, libé el líquido preseminal que ya salía de un
enorme ducto.
El suave contacto de mi lengua le produjo un estremecimiento
de placer, así que inicié mi tarea exploratoria, lamiendo a cada cédula de su
carne. Aprehendí los pliegues su glande, las venas hinchadas de su tronco, los
breves pendejos, la piel de su escroto y los enormes huevos que me presagiaban
una acabada interminable.
Como pudo se las arregló para extender sus manos hasta
alcanzar mi trasero, pellizcarme las nalgas, navegar por mi raja y destinar un
dedo a dilatarme el ano, torpe y ansiosamente.
Besándole le envaseliné el dedo y le indiqué cómo lubricarme,
para yo dedicarme a su paquete.
Su dedo era de piel suave, pero inmenso. Todo en él era
inmenso y dos de sus apéndices unidos alcanzaban o superaban el tamaño de la
pija de Martín.
Mi boca no daba a vasto para comer semejante aparato, solo
podía introducir el glande y un poco más, así que me ayudaba mesándole con las
manos, mientras le envolvía su cabeza entre mis labios.
Gemía y se retorcía de placer y no descansaba de abrirme el
ojete con su índice y medio.
Cuando se supo lo suficientemente caliente me paró, me llevó
al escritorio del profesor, abrió mis piernas, me afirmó en la tarima, me quebró
en dos dejándome de bruces sobre la mesa y con el culo en pompa.
La plataforma equilibraba la diferencia de alturas.
Me apoyó ese enorme y caliente pedazo en la puerta del ano ya
extendido por la calentura y el trabajo de sus dedos.
Esa sensación única que se percibe cuando una pija te apoya
el ojete, buscando el centro de tu agujero y presionando levemente para
penetrarte, se extendió por todo mi se haciéndome vibrar.
A pesar de tener el culo abierto por las abundantes cogidas
de Martín, el choto de Alberto era demasiado grande y su potencia inmensa.
"Despacio", supliqueé. Logró abrirme lo suficiente para
colocar su punta y entró, pausadamente, centímetro a centímetro, agrietando mi
esfínter a lo largo y ancho, penetrándome como una lanza de fuego, haciendo caso
omiso a mis ayes y sollozos.
Sentí mi conducto al rojo vivo: me quemaba, me ardía, me
dolía y me quejaba y lloraba, pero Alberto seguía introduciendo su cosa
lentamente, venciendo toda resistencia en mi orificio, rasgándome las entrañas.
Su enorme verga me agrandaba el esfínter desde adentro,
provocádome un padecimiento superior al de mi desfloración, al que no podía
controlar con mi habilidad en relajarme.
De nada valía que me abriera: el grosor de aquella tranca
superaba toda dilatación.
Comprendí que lo tenía todo adentro cuando sus enormes bolas
chocaron en mis nalgas. Besó suavemente la mejilla y secó las lágrimas.
"Quédate quieto, por favor", supliqué. Se quedó inmóvil.
Sentía su estaca ardiente dentro mío y un intenso dolor.
Poco a poco mi esfínter fue adaptándose al enorme tamaño de
su choto y el sufrimiento fue cediendo para dar lugar a la inenarrable sensación
de regodeo que produce un macho en las entrañas.
Lentamente comencé un movimiento circular con mi culo,
haciendo rotar en mi interior su masa ardiente, provocando el placer de acomodar
mi intestino a su instrumento.
"No doy más", dijo presionándome por los hombros y metiendo
su ariete hasta el fondo, sacándome un ay. "No doy más", repitió y en dos o tres
estocadas no muy profundas su cabeza se expandió para reventar en una
interminable y profusa eyaculación en medio de gemidos, contracciones de gozo y
movimientos convulsivos.
Quedó laxo y sin saber qué hacer, sentí como su pene perdía
parte de su dureza y le obligué a quedarse en mi interior.
Mi calentura no había sido saciada y la enorme pija aún hacía
sentir su presencia, ya deliciosa, en mi ano que se había adaptado a su
palpitar.
Me acaricié el sexo y mecí con mi culo ese pedazo que me
penetraba.
Masturbándome activé movimientos que se reflejaron en mi
trasero y se transmitieron directamente a esa enorme verga cobijada en el culo,
la que captó el sentido de mi vaivén y en instantes nuevamente se endureció como
el acero.
Mi culo succionaba esa poronga, lo abría al enchufarme y lo
cerraba al expulsarlo, causando en Alberto sensaciones insospechadas que se
volcaba en sonidos leves y guturales expresiones de delicia.
MI calentura iba en aumento al igual que la de Alberto, pero
esta vez fui yo la que no aguanté y tuve mi primer orgasmo con él, tan intenso y
extendido que sus agites se expandieron en oleadas por todo el cuerpo. Casi me
desmayo.
Alberto comprendió mi venida, esperó mi relajada y continuó
con su bombeo, metiendo y sacando su aparato, con una leve rotación en mi
agujero.
Cada vez lo sacaba más y cada vez lo metía más profundo, en
un incansable ir y venir que me hacía sentir cada vez más hembra.
Con sus poderosas manos me jalaba hacia él, me abría el culo,
me pellizcaba y acariciaba los pezones.
Fue aumentando su presión, creciendo la hondura de su
enculada, acelerando su pistoneo, aumentando sus sones hasta que se vino en
lechadas interminables que ahogaron mi culo con su esencia. Era su segundo polvo
al hilo, sin sacarlo.
Apenas repuesto, retiró de mi cueva su poronga aún parada,
dejándome el hueco de su ausencia.
Quedé desecha, apoyada de bruces en la mesa, doblada en ele,
sostenida únicamente por mi torso, el culo en oferta, las piernas débiles, las
rodillas que no soportaban mi peso y los pies levemente apoyados en la tarima.
"Quiero que lo hagamos de nuevo", dijo. Asentí con la cabeza
y se despidió con un beso en la mejilla, dejándome semivestida en esa posición
con el culo al aire y florecido.
Cuando entró Martín me encontró así. "Era enorme, le dije, me
destrozó entera" Por toda respuesta me abrazó y yo me encogí en su pecho.
"Pobrecita", murmuró. Y lloré, no sé si por dolor, por el inmenso placer que me
había causado Alberto, o para saciar la ansiedad acumulada por la calentura del
segundo polvo inconcluso de mi parte.
Martín me mimoseó para calmarme. "Esta noche no doy más, no
soportaría otra cogida", dije. "No importa", contestó y continuó arrullándome.
Me acomodó como me había encontrado, de bruces en la mesa y
con el culo en oferta, quebrada, y concienzudamente se abocó a relamer mi
trasero libando esa mezcla humores que salían de mi ano: un líquido espeso
compuesto de espermas de Alberto, sangre y humores propios.
"Tenés el ojete bien abierto, florecido, un argollón", dijo,
y sentí su pala trabajando cómoda en el interior de mi canal, extrayendo esa
mezcla de fluidos acumulados, y percibí el tamaño de la hendidura que había
dejado la poronga de Alberto en mi agujero.
El trabajo de Martín dio resultado y a poco mi temperatura
había subido. Dirigió su experta lengua a mi genital y, en una chupada de
antología, me llevó al clímax detonando en un orgasmo de mil colores y
turgencias.
Martín me vistió. Subió mis calzones y pantalón que estaban
enrollados a los tobillos, arregló mi camisa semiabierta, desenmarañó mis
cabellos, me compuso entera y me ayudó a caminar sosteniéndome: estaba
desarmada.
— ¿Te gustó la cogida de Alberto?, preguntó.
— Me enloqueció, respondí, pero la tiene enorme. Estoy
desarticulada, no puedo ni moverme.
En uno de los pasillos nos encontramos con María que nos
saludó con afecto.
De vuelta a la zona de la fiesta nos sentamos a nuestra mesa.
De a poco fui reponiéndome. Alberto trajo cervezas y, como estaba dicharachero y
locuaz nos hizo reír toda la noche con sus salidas y monerías. Me sentí
responsable de su alegría.
Agradeceré comentarios.
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