DOS FLORES EN LA NIEVE
NOTA ANTES DE INICIAR LA LECTURA.
EN ESTA HISTORIA LOS PROTAGONISTAS HARÁN REFERENCIA A
HECHOS ACONTECIDOS Y NARRADOS EN OTROS RELATOS.
NO ES NECESARIO ESTAR AL CORRIENTE DE LOS ANTECEDENTES.
ESTA HISTORIA SE PUEDE LEER DE FORMA INDEPENDIENTE.
EN CUALQUIER CASO LOS QUE QUIERAN CONOCER LAS REFERENCIAS
AQUÍ CITADAS REMITO ESPECIALMENTE A LA SERIE TITULADA "EL SUEÑO AMÉRICANO".
GRACIAS POR VUESTRA LECTURA Y QUE OS GUSTE.
Ni siquiera me había sentado y el psicópata laboral de mi
jefe ya me estaba metiendo prisa. Joder que se espere. ¿Es que no tiene más
empleados a los que dar el coñazo? Yo no empiezo a trabajar sin antes leer mi
correo. Hay que aprovechar el ADSL de la empresa. En casa con la estúpida
compañía de cable que tengo contratada, leer imeils se hace eterno. Al final
tendré que volver al imperio del mal por mucho que me joda. Son unos auténticos
desgraciados, los de esa compañía Telefónica, pero es que son los únicos que te
dan un servicio algo decente. Bueno, dejémoslo en que te dan servicio, que ya es
algo comparado con los del cable de las narices.
Comprobé con sorpresa que tenía cinco correos ese día. Vaya,
no estaba mal, alguien me escribía. A ver, uno de oferta de viajes, otro con
pinta de virus, uno de mi amigo Alfonso con chistecillos malos, otro del
buscador de empleo, no sé para qué me apunto, no sirve de nada, y... vaya...
Esto sí que es una sorpresa... Arantxa Zúñiga. Asunto: "Mudanza a Madrid."
Arantxa, el primer gran amor de mi vida. Nos conocimos cuando
me fui a Estados Unidos a estudiar inglés, hace ya muchos años. Debía tener yo
16. Vaya relación. Sexualmente fue increíble. Pero además me dejó enamoradísimo
esta chica. Ya en España todavía mantuvimos un par de encuentros pero ella vivía
en Cantabria y la distancia, y más a esas edades, fue una traba insuperable para
nuestro romance. Luego ella se fue a estudiar a su Bilbao natal y allí se quedó.
Ya como amigos, yo le he visitado un par de veces y ella vino a Madrid también
otras tantas. Pero desde que ambos acabamos la universidad no nos hemos vuelto a
ver.
Aún así hemos mantenido todos estos años el contacto. Al
principio hablábamos por teléfono todas las semanas, luego cada mes. Con la
aparición de internet, sustituimos las llamadas por correos esporádicos y
dejamos las conversaciones para cumpleaños y navidades.
Leí su correo en el que me informaba de cambios importantes
en su vida. En su empresa habían decidido ascenderla pero eso suponía un
traslado a Madrid. De hecho Arantxa me contaba que llevaba ya un mes viviendo en
la capital pero con los follones del verano, mudanzas, pisos y adaptaciones
todavía no había podido ponerse en contacto conmigo. Me dejaba su nuevo móvil y
me instaba a llamarla para vernos si a mí me apetecía.
Claro que me apetecía. Arantxa evocaba los años dorados de mi
juventud. No es que ya me sintiera mayor con 29 años, todavía no alcanzaba los
30, el terrible límite psicológico, pero pienso que una vez inicias tu vida
laboral, la decadencia ha comenzado.
Cuando llegué a casa le comenté la noticia a Alba. Ella no
conocía a Arantxa, aunque yo le había contado con pelos y señales mis aventuras
americanas. Alba sabía perfectamente lo que Arantxa supuso para mí aunque fuera
hace tantos años.
El caso es que percibí en mi mujer una reacción inédita. La
noté celosa.
- ¿Y qué quiere ahora ésta chica después de tantos años?
- Pues hija. Fuimos muy amigos, todavía en cierto modo lo
somos. Ella se ha venido a Madrid, donde casi no conoce a nadie y es normal que
quiera ponerse en contacto conmigo.
- No sé. No sé. ¿Y no tiene novio o algo parecido?
- Pues creo que sí que estaba saliendo con un chico desde
hace años, allí en Bilbao. Pero no sé como está ese asunto ahora.
Alba y yo formábamos la pareja perfecta, o al menos este es
el concepto que yo tengo de una pareja perfecta. Llevábamos 11 años de relación
y estábamos enamorados. Por eso no entendí esos atisbos de celos. Sexualmente, a
estas alturas lo habíamos probado todo. Juntos y por separado. Habíamos tenido
nuestras orgías, intercambios, noches locas, experiencias homosexuales, en fin,
yo creo que estábamos completitos.
En cualquier, caso al margen de esa suspicacia inicial, Alba
no puso ningún impedimento para que yo llamara a Arantxa al día siguiente de
recibir su correo. Pensé que lo mejor era invitarla a cenar a casa y así de paso
conocería a mi mujer.
La llamada fue muy cordial. Arantxa se llevó un alegrón al
escuchar mi voz. Le pregunté como se decidió por este cambio laboral y vital y
me contó que había pasado por una crisis personal. Lo había dejado con su novio,
con el que estuvo cinco años, cuando le surgió esta oportunidad. Decidió dar un
lavado de cara a su vida, y aquí estaba, en Madrid. Me reconoció que se
encontraba algo desbordada por la esencia caótica de esta ciudad y que su día a
día de momento consistía en salir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Ante
la propuesta de cenar juntos en mi casa ella aceptó encantadísima.
Cuando, el día de nuestra cita, sonó el timbre me encargué yo
mismo de abrir la puerta. Allí estaba ella. Deslumbrante. Desde luego había
cambiado mucho desde la última vez que la había visto. Mantenía igual su cabello
pelirrojo y su pecosa y dulce cara, pero sin duda, ahora era más mujer. Su
cuerpo había ganado unos kilos, ya no mostraba esa delgadez esquelética de su
adolescencia. Comprobé incluso que había nuevos elementos en su figura, por
ejemplo, los pechos. En la época que nos conocimos era completamente plana.
Ahora debajo de la camiseta fina que vestía se notaban dos pequeñas figuras que
alegraban su imagen. Otra novedad era el culo. Sus dimensiones se habían
ensanchado y las curvas se admiraban perfectamente bajo sus vaqueros de campana.
En absoluto esos kilos obtenidos empeoraban su belleza. Ni mucho menos, si acaso
lo contrario. Estaba espléndida.
La velada transcurrió mejor de lo previsto. Yo intenté evitar
el que hubiera sido el tema más lógico entre Arantxa y yo, la evocación del
recuerdo de nuestra estancia en Estados Unidos. Dado que en ese viaje el
componente sexual fue extremadamente intenso, creí poco conveniente hablar de
ello con Alba delante. Pero Arantxa era una gran conversadora, de habla
inteligente, divertida, culta y variada. Lo más importante fue que las dos
chicas congeniaron estupendamente. Se notaba que se agradaban mutuamente. Y no
es extraño. Ambas son muy parecidas de carácter, de forma de ser. Lógico
teniendo en cuenta que las dos son mi tipo de mujer ideal. El caso es que
conectaron e incluso hubo momentos de la cena en que me dejaron un poco al
margen.
Para mí esa noche supuso recuperar una excelente amiga y para
Alba fue el inicio de una buena amistad.
Pasaron las semanas y los meses y Arantxa se fue integrando
en nuestro círculo social. Los fines de semana salíamos a cenar con otros
amigos, al cine, a fiestas, de bares, etc. Llegó el invierno y una tarde tomando
café los tres, Arantxa nos informó de sus planes para las vacaciones de navidad.
- Quiero irme a esquiar a Suiza. Es un viaje que tengo ganas
de hacer desde hace tiempo. Y ahora como me han subido el sueldo y además he
encontrado una oferta baratísima creo que me voy decidir.
- ¿Y con quién vas?- pregunté yo curiosón.
- Pues iré sola. Eso es lo malo, pero bueno, como voy a estar
esquiando todo el día tampoco me importa mucho.
- La verdad es que a mí me apetecería hacer también un viaje
de este tipo. Tirarme por pistas con kilómetros y kilómetros de nieve- Dijo Alba
con cara de niña soñando con visitar un parque de atracciones.
Alba y yo éramos aficionadillos al esquí. Habíamos aprendido
ya con cierta edad a deslizarnos por las suaves pendientes de la sierra
madrileña, y salvo las de Granada, no conocíamos otras pistas.
- Pues si os animáis los precios están muy baratos en la
agencia en la que yo voy a contratar el viaje.
- Pues mira, nos lo pensaremos- Contestó Alba.
Mi mujer estuvo unos días meditando la posibilidad. Yo no
quise meter baza. Aunque los celos iniciales de Alba respecto a Arantxa habían
desaparecido completamente, pensé que si mostraba un mínimo interés por irnos
los tres a Suiza, podrían volver a reaparecer.
El caso es que Alba se decidió y fue ella misma quien llamó a
Arantxa para comunicárselo. Ella se entusiasmó con la idea, le alegraba
sinceramente que le acompañáramos a Suiza.
Contratamos una semana de esquí en los Alpes, hospedados en
una bucólica y pequeña cabaña a pocos kilómetros de las pistas. Nuestro
particular albergue de montaña disponía de dos habitaciones y de un salón
amplio. Incluía además una cocina y un baño equipado con todo lujo de detalles y
equipamientos. Estos suizos se lo saben montar bien, que duda cabe.
Pasábamos los días lanzándonos por las increíbles pistas de
los Alpes. Estábamos horas disfrutando como niños. Nos dimos nuestros leñazos
pero no nos importaba. No dejábamos de subir y bajar pendientes hasta que los
encargados de la estación de esquí nos echaban casi a empujones. Nos estaba
gustando lo de los deportes de invierno.
Por las noches, nuestra cabaña estaba algo aislada de la
civilización, así que pasábamos las veladas en casa, disfrutando de un chocolate
caliente o de alguna copilla y siempre de una buena conversación con la chimenea
encendida.
Alba y Arantxa intimaron todavía más. Tanto es así que al fin
surgió el tema de nuestras aventuras sexuales. A instancias de mi mujer, Arantxa
contó lo que vivimos ella y yo en Estados Unidos, una historia que Alba ya
conocía por mí, pero le interesaba escuchar otra versión. Por su parte mi mujer
le confesó a Arantxa algunas de nuestras locuras como las del verano en La
Gomera y lo que derivó de aquello. En aquellos días en la nieve las dos mujeres
se hicieron todo tipo de confidencias como dos quinceañeras. Entre otras cosas,
ambas relataron sus respectivas experiencias lésbicas. Yo participaba poco,
intimidado por tanta empatía femenina, pero eso sí, bastante excitado. Me sentía
un tanto voyeur escuchando estas conversaciones.
Nos lo estábamos pasando francamente bien, quizá por eso, el
último día de esquí, cuando llegó el horario de cierre de la estación estaba yo
un poco melancólico. Siempre me pasa al final de unas vacaciones.
Cuando los tres llegamos a la cabaña con nuestro todoterreno
alquilado nos dimos cuenta que se nos había acabado la leña. No podíamos pasar
nuestra última noche en los Alpes sin chimenea así que las dos chicas me
mandaron, a mí claro, a buscar madera al cercano pueblo. No tardé mucho en
encontrar un establecimiento que me suministrara la materia prima y regrese
rápido a la cabaña. Anochecía y debíamos estar a menos quince grados bajo cero.
Al llegar no vi a las chicas. Supuse que estarían en la
habitación haciendo las maletas. Las llamé, pero la respuesta me llegó desde el
baño...
- Jaime, estamos aquí, ven- escuché gritar a Alba.
Cuando entré, para mi sorpresa, estaban las dos dándose un
baño juntas.
- Hola- me dijo mi Alba, como si fuera lo más normal del
mundo encontrármela con otra mujer en la bañera- Se nos había metido el frío en
el cuerpo y hemos decidido darnos un baño caliente.
- Ah, pues que bien- me obligué a decir.- Bueno, pues os dejo
para que disfrutéis del baño.
Desde mi posición sólo podía contemplar sus dos cabezas
mojadas, pero me imaginaba sus cuerpos desnudos, rozándose bajo el agua. Los
efectos de mis pensamientos se hicieron notar rápidamente tras la bragueta. Me
di media vuelta pero antes de que pudiera salir Alba dijo con sonido
sugerente...
- No hace falta que te vayas. Total ya conoces nuestros
cuerpos palmo a palmo, no creo que te asustes.
Las miré con media sonrisa, suponiendo que en mi ausencia
habían tramado algo. Desde luego sí lo que querían era iniciar un juego, yo
estaba dispuesto. Alba continuó provocándome...
- Por cierto, que aquí en la bañera, Arantxa ha recordado
aquélla vez que te excitó en un jacuzzi en San Francisco, delante de todos tus
amigos.
El jacuzzi de San Francisco, que recuerdos. Aquel día Arantxa
y yo todavía no nos habíamos enrollado pero en aquella inmensa bañera mantuvimos
un morboso juego sexual practicando lo que ella llamaba "piececitos." Después de
transcurridos tantos años todavía me excito al recordarlo.
-¿Qué fue exactamente lo que le hiciste con los pies?-
preguntó Alba dirigiéndose a Arantxa.
- Pues mira se los pasé por el pechito así- Y para
demostrarlo elevó uno de sus pies, lo sacó del agua y se lo colocó a mi mujer en
la mencionada parte de su cuerpo.
No veía bien la escena desde mi posición pero supuse que
Arantxa estaba masajeando con sus pies las tetas de Alba. Ésta sonreía
pícaramente. También ella estiró sus piernas llevando sus pies a los pechos de
Arantxa. Estaba estupefacto. Ambas se estaban sobando las tetas. No me lo podía
creer. Esto no podía haber surgido así, de repente. Seguro que las dos se habían
confabulado en mi ausencia para calentarme.
- Jaime, cariño, ¿por qué no vas encendiendo la chimenea para
que cuando salgamos esté el salón calentito?- me sugirió con voz melosa Alba.
Yo, la verdad, hubiera preferido quedarme y seguir siendo
testigo del espectáculo que me daban las dos chicas, pero decidí seguirlas el
juego e irme a preparar la chimenea.
En ello estaba cuando a los pocos minutos aparecieron las dos
envueltas cada una en su toalla. Se quedaron mirándome sonrientes, hasta que
Alba me dijo:
- ¿Sabes? Ya sé porque te enrollaste con Arantxa, aparte de
que está muy buena y es una tía estupenda, es que besa muy bien.
- Y yo ya sé porque te casaste con Alba. Es tan sensual que
me pone caliente hasta a mí que no soy lesbiana- replicó Arantxa.
Tras sus cumplidos, que seguro traían ensayados del baño,
dejaron caer las toallas, quedándose las dos completamente desnudas, y se
fundieron en un tórrido morreo.
Su juego me había colocado ya en una situación de máxima
excitación sexual. No sé hasta donde pensaban llevarlo, pero yo estaba dispuesto
a llegar hasta el final. Pero antes de poder reaccionar me quedé mirando la
belleza de la estampa que tenía delante. El beso de dos preciosas flores. Dos
ninfas desnudas ofreciéndose recíprocamente amor.
El cuerpo de Alba ya lo conocía a la perfección. Con sus
facciones rebosantes de belleza juvenil. Con su culo hermoso y tetas redondas y
generosas, con esos pezones inmensos que me ponían a 100. Con su marcada cadera
y sus piernas, no muy largas que desembocan en unos finos y delicados tobillos
que presentaban a sus pequeños y paradigmáticos pies, inspiradores de cualquiera
que se precie fetichista.
El cuerpo de Arantxa, a pesar de haber compartido horas con
él, si aportaba más novedades. Se confirmaba lo que había podido intuir a través
de su ropa. Tenía más pechos. Sin ser grandes habían adoptado unas formas
suaves, afables con pequeños y rosaditos pezones en el centro. Ahora ofrecía
curvas, antes inexistentes dando paso a un culo que podría calificarse de
hermoso, de similar tamaño e incluso apariencia al de mi mujer. Los años habían
mejorado a mi amiga vasca.
Estaba decidido a pasar a la acción en cualquier momento pero
seguí embelesado admirando como el primer amor de mi vida y el gran amor de mi
vida se besaban sin detenerse a respirar. No sé si esto lo iniciaron como un
simple juego pero ya habían cruzado la línea, se las notaba excitadas y
hambrientas una de la otra.
Fue Alba la que sacó la lengua de la boca de Arantxa. Se
acercó hacia mí, que seguía estando sentado en la alfombra, a los pies de la
chimenea. Se montó encima y empezó a besarme con furia, sin que apenas pudiera
defenderme. Arantxa se había posicionado detrás de mí. Con la cabeza boca abajo
aprovechó un momento en el que Alba dejó libre mi boca para poseerla. Volvía a
probar su dulce sabor, sus fluidos cálidos y jugosos, su lengua esponjosa y
juguetona.
Mientras, Arantxa continuaba comiéndome, Alba me iba
desvistiendo. Me quitó el jersey y la camisa sin que Arantxa y yo separábamos
nuestras bocas más que lo imprescindible. Mi amiga de la juventud había
convertido su lengua en ventosa. Se dio la vuelta y se colocó frente a mí,
siempre sin dejar de besarme. Yo alargué mis manos hacia sus pechos. Recordé lo
sensible que era esa parte de su cuerpo. Separé mi boca de la suya y me abalancé
sobre sus pezones para chupárselos y mordérselos de forma suave y comprobé que
pese a que habían aumentado de tamaño seguía siendo uno de los puntos mágicos de
Arantxa. Echando la cabeza hacia atrás comenzó a jadear como si ya la estuviera
penetrando.
Y mientras yo provocaba a Arantxa un ataque de sensaciones
con mis mordiscos en los pezones, mi mujer me había despojado del resto de mi
ropa. Ahora estábamos los tres en igualdad de condiciones. Alba se acercó a
nosotros, puso su cabeza entre Arantxa y yo y lamió nuestras bocas, primero la
de ella, luego la mía. Tras ese beso me fui directo hacia su pezón. A mí mujer
también le encanta que esa parte de su cuerpo sea agasajada. Arantxa aprovechó
para apartarse dejando lugar para que Alba me tumbara sobre la alfombra y me
colocara la vulva sobre mi boca. Sin dudarlo comencé a lamer su tesoro.
Arantxa se situó de pie con su pubis a la altura ideal para
que Alba iniciara otra sesión de lametones. Estábamos los tres desenfrenados. Mi
mujer se movía al ritmo de mis chupadas en el clítoris repercutiendo
directamente en la lamida que le practica a su compañera. Ambas jadeaban, gemían
e incluso gritaban.
Arantxa se dio la vuelta y mostró sus nalgas. Ella misma
separó los muslos con sus manos, curvando ligeramente la espalda. Le estaba
ofreciendo el agujero del culo a mi mujer y Ésta lo aceptó sin tapujos. Metió su
lengua en lo que casi podríamos denominar una enculada oral.
Yo decidí apartarme de allí. Levanté el pubis de Alba para
que me dejara salir y colocarme a su espalda. Quería cambiar de posición para
tener una visión privilegiada del espectáculo que me estaban ofreciendo estas
dos grandes mujeres.
Coloqué a Alba a cuatro patas mientras ella seguía lamiendo
el culo de la vasca. Bajo la impresión que provocaba aquélla imagen comencé la
penetración a mi mujer que acogió con un largo gemido. Follaba con ganas. A lo
largo de mi vida he gozado de situaciones inmensamente excitantes pero no me
recordaba a mí mismo en un estado tan exacerbado como éste. Sujeté fuerte a Alba
de las caderas y empujaba con decisión. Trasladé las manos a sus nalgas que
apreté con pasión desmedida. Ella dejó el culo de su amiga y se abandonó al
placer. Arantxa mientras se alejó hacia el sillón y se sentó en él. La miré y
ella me sonrió tocándose su vagina con suavidad, masturbándose a la vez que nos
miraba.
Estaba demasiado excitado como para aguantar mucho tiempo sin
llegar al orgasmo. Alba me debió leer el pensamiento porque se separó y mi pene
quedó a la intemperie. Pero por poco tiempo. Se sentó sobre mí y volvió a
insertar mi verga en su coñito en una posición que le gustaba especialmente.
- Tócame el culo, amor, tócamelo- Me dijo con la mirada
perdida.
Me follaba ella a mí con ansias, mientras yo sujetaba sus
nalgas y mordía sus tetas. Separé una de las manos que apretaba su culo y le
metí un dedo en el ano. La combinación de pezón, nalga, ano y polla es
definitiva para Alba. En pocos segundos se corrió de forma tajante, aullando,
gritando y revolviéndose. Cuando terminó se dejó caer hacia atrás quedando
tumbaba sobre la alfombra.
Arantxa se levantó reclamando su turno. Se fue a por Alba y
ambas se besaron de nuevo cual dos enamoradas.
- Déjame seguir chupando tu culo- le pidió mi mujer. Nunca
había visto a Alba tan entusiasmada con alguien de su mismo sexo.
- Sí, por favor chúpame entera- respondió Arantxa.
Alba. Se colocó en su trasero, mientras ella lo encumbraba.
Le lamió el ojo del culo con ansia desbordada, buscando el maná en el oscuro
agujero de Arantxa. Le introdujo un par de dedos. Mi mujer estaba follándose el
culo de mi amiga con su mano. Yo seguí admirando de nuevo el espectáculo que me
brindaban las dos mujeres. Alba se giró hacia a mí sin dejar de abrir el ano de
su compañera.
- Tú desvirgaste este culo ¿Te acuerdas?
- Como olvidarlo- dije yo intuyendo lo que pretendía mi
mujer.
Tras mi respuesta Alba preguntó a Arantxa...
-¿Quieres que mi marido vuelva a follarte el culo mientras yo
te lamo entera?
- Siiiii, hacedme eso, por favor, hacédmelo...
Alba dejó libre el agujerito de la pelirroja. Mi esposa se
había trabajado bien el culo y lo había dejado considerablemente abierto. Se
recolocaron en posición de 69 con Alba debajo, bien situada para lamer su coño.
Arantxa también puso de su parte y con la cabeza posada sobre el vientre de mi
mujer elevaba el culo para facilitarme la entrada.
Inicié lentamente la penetración, recordando el momento en el
que desvirgué aquel hermoso y sonrosado ano. Arantxa me lo entregó aquel día, a
pesar del dolor que le produjo, a pesar de que no pudo reprimir las lágrimas. A
pesar de todo, insistió en que yo terminara en aquella cavidad.
Y ahora volvía a ofrecerme su más preciado tesoro. No fue tan
difícil introducirle el pene como en aquel entonces. Logré insertarle hasta la
mitad de un solo golpe mientras Alba simultáneamente iniciaba el cunnilingulis.
- Aaaaaaaah, que placer me estáis dando- dijo entre suspiros.
Animado por sus gemidos, se lo metí hasta el fondo.
-Aaaaaaay.
Ahora el grito era de dolor. Suavice las embestidas pero no
lo saqué. Alba comía el coño de Arantxa con verdadera pasión, introduciendo su
lengua lo más que pudo en su vagina al tiempo que con la mano palpaba su
clítoris.
Arantxa se iba amoldando a mi pene y la entregada lamida de
mi mujer empezaba a causarle un turbulento mar de sensaciones. Se revolvía,
jadeaba, nos animaba...
- Mas, por favor, Más Alba... más Jaime.. Folladme...
Alba y yo nos sincronizamos perfectamente. A cada una de mis
crecientes embestidas ella aumentaba la intensidad de su chupada. Arantxa movía
la cabeza de un lado a otro. De vez en cuando la bajaba hacia el coño de mi
mujer y lo besaba como si fuera la boca de un amante.
- Me voy... me voy... - dijo en un momento dado, y yo decidí
acompañarla.
Me concentré en mis sensaciones, que ya eran imparables.
Empujaba rápido y con toda mis fuerzas. Al tiempo que Arantxa estallaba en un
grito de placer yo me corrí dentro de su culo sin detener el impulso de mis
movimientos.
Saqué el pene y dejé su ano chorreante de semen mientras ella
se derrumbaba sobre el cuerpo de Alba. Volvió a besar su vagina en un gesto de
agradecimiento y se quedaron las dos tumbadas, extenuadas.
Yo me quedé también acostado unos instantes en la alfombra,
pero al poco me incorporé. Le di un morreo a Alba y le di otro a Arantxa. Y
mientras todavía recuraban la respiración, yo caí en la cuenta...
- A todo esto no me habéis dejado terminar de encender la
chimenea- Dije muy serio observando el hueco con leña.
Ellas se miraron y reaccionaron con una sonora carcajada a mi
surrealista observación. Se incorporaron y las dos me metieron la lengua en mi
boca como gran epílogo a nuestro desfogue carnal.
A día de hoy, no hemos repetido la experiencia. Pero Arantxa
Alba y yo seguimos siendo grandes amigos.
Y como siempre tras una nueva experiencia mi matrimonio se
hizo más fuerte. Nuestras relaciones sexuales alcanzaban cotas insuperables.
A estas alturas Alba y yo habíamos satisfecho buena parte de
nuestros más ocultos deseos. La esperanza mutua era que esas vivencias fueran
solamente el principio de una larga senda. Seguro que sí...
...Nuestras fantasías son hidras. Por cada una que se hace
realidad renacen cien.
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