Conservo todas las cartas de Rip,
docenas de mensajes, esquelas y relatos están celosamente custodiadas por un
pequeño locker de combinación serial en mi ropero. Todavía no sé si es por
resguardar la intimidad de mi amigo o por mi seguridad; imaginate, docenas de
textos calificados de prohibidos, con explicaciones claras sobre su sexualidad,
sus fantasías, sus prácticas. Algunas son realmente oscuras y a veces pienso que
debería tirarlas, pero no, ahí están. A veces imagino qué pasaría si caen en
manos de mis hijas, amigos o familiares.
Siempre las recibía en propias manos.
Algunas, las más viejas, estaban escritas a mano, y hasta tengo dos cassettes
con su voz contándome cosas, pero la mayoría estaba mecanografiada. Luego
aparecieron las computadoras y recibía cartas prolijamente impresas. Más tarde
el auge de internet nos favoreció sobremanera, los mensajes de correo
electrónico comenzaron a llegar con cierta regularidad y recibía documentos
adjuntos encriptados, con un password que solamente él yo conocíamos.
Él me visita personalmente al menos una
vez por mes, no tenemos contacto íntimo, y no habla de su sexualidad. Hoy ya no
insisto con que me cuente cosas, lo intenté varias veces pero no conseguí
sacarle ningún comentario, frase o, siquiera, alusión sobre los temas que me
motivan publicarlos. Rip claramente me decía que cuando tenga algo para contar,
lo haría sólo por escrito y yo lo aceptaba. Además lo escrito por él era
realmente sabroso y sustancioso, y me convenía, me divertía; y ciertas anécdotas
me calentaban. Admito que prefería encontrarme a solas con estos temas, sentía
algo de vergüenza y supongo que él también. Muchas de sus experiencias encajaban
perfectamente en la matriz de mis fantasías y me sentía muy bien. Y como no
podía ser de otro modo, devoraba sus textos en soledad e intimidad. Esto me
resultaba altamente satisfactorio y no es necesario reconocer que me masturbaba;
en algunas oportunidades y cuando estaba sola en casa, lo hacía salvajemente.
Hace un año –todavía yo no tenía acceso
a internet– fue a visitarme a mi trabajo y me entregó una carta impresa con un
mensaje realmente sobrecogedor. Si bien lo consideraba mi amigo, me molestó que
no me haya hecho comentarios sobre esa nueva forma de sexualidad que practicaba,
un lifestyle, como él y su mujer, Diana, lo llaman. Yo conocía sus experiencias
más resonantes y estaba segura del sentido de sus fantasías, pero eso no era
todo. Me llamó por teléfono a los dos días y mi primera reacción fue decirle
“hijo de puta, lo tenías bien guardadito”, me pidió que no me enoje y que me
prepare para disfrutar lo que se venía.
Siempre me hablaba de las
contradicciones que algunas prácticas le generaban, reflexionaba acerca de los
límites. En este punto la pregunta era recurrente, una y otra vez se cuestionaba
lo mismo: “¿Cuál es el límite?, ¿qué es lo realmente prohibido?, ¿lo podré
hacer?, ¿es bueno hacerlo?, ¿y después?”. Muchas preguntas, muchísimas.
No era su meta cruzar límites y lo tenía
claro, su objetivo era sentirse lo mejor posible, sin resistir al erotismo y a
la sensualidad. Más bien se propuso buscarlo y propiciar situaciones, aunque
sabía que eso era peligroso. Su búsqueda de placer y la forma en que lo hacía
era un riesgo absoluto, pues con Diana –su excelente compañera–
incondicionalmente llevaban al plano real las fantasías que se les ocurrían, y
más aún, las que se les presentaban y en las que se veían envueltos. Sin tantas
preguntas lo hacían y punto.
Tenía 34 años cuando conoció a Diana
–ella tenía 27–, y vio la posibilidad de materializar una vieja fantasía que
tenía instalada desde su adolescencia, una fuerte fantasía que empezó a ocupar
los primeros planos de su conciencia y en la que pensaba cada vez más. Rip
perfeccionaba día a día los pensamientos relacionados con estas ideas, imaginaba
situaciones, trataba de ver cómo empezaría, cómo meterse, luchaba por fijar en
su mente imágenes escurridizas y desenfocadas, difusas. Tal vez también a ella
le pasaba lo mismo.
Empezó a poner en marcha una compleja
forma de vida de pareja el tercer día que salió solo con Diana. Una fresca
madrugada de octubre el parque infantil Paraíso de los Niños fue el lugar en el
que, unos tragos de whisky mediante, fue superado sin previo aviso por las
tremendas imágenes que se le presentaron, producto de un sencillo y adulto
diálogo con la que sería su futura mujer.
Habían estado hablando de gustos
personales y lo que cada uno espera de su pareja. Lo normal. Intercambiaron
formalmente información sobre comidas y bebidas preferidas, hábitos personales,
horarios, amigos y gustos musicales y de vestimenta. Rip hizo una pregunta casi
inocentemente:
—¿Qué querés de mí, Diana?”.
Recibió por respuesta algo que lo
sacudió espectacularmente:
—Todo.
El siguió hablando, disimulando su cada
vez más creciente nerviosismo y ansiedad:
—¿Qué es todo? —preguntó casi
insistiendo—. Tendríamos que definir lo que es todo. Suena romántico lo tuyo,
Diana. Puede que el concepto de todo no sea el mismo para los dos.
Le había clavado la mirada. Las palabras
no fluían amablemente. Estaba presionando desde lo oscuro porque temía haberse
encontrado otra vez con una de esas jovencitas que mucho tienen para recibir y
poco o nada ponen de sí para mantener interesante una relación, por pasajera que
sea. Pero algo había en esta mujer.
—Eso mismo: todo —dijo Diana—. Si una
está bien con una persona, más si la ama, es posible que lo de todo o casi todo,
o que ponga todo o casi todo en una mesa de juego donde dos adultos están en
condiciones de respetar las reglas, por más complicados que sean esos juegos. Y
si estas dos personas se quieren, pues mucho más fácil es encarar juegos
difíciles. Por más difíciles que sean los juegos, si las reglas son claras, vale
la pena arriesgarse y meterle para adelante, más aún sabiendo que no estás sola.
Rip estaba quedó algo desencajado con
esta respuesta.
—¿Y el sexo? —lanzó sin misericordia.
—¡También, por supuesto!— respondió ella
sin quitarle la mirada.
En pocas horas, y con una simple
conversación Rip mató un problema que arrastró por años, pero también supo que
lo que se venía, por añadidura, presentaba un difícil tratamiento. Había que
pensar, había que plantarse, era necesario manejarse con gran lucidez para pasar
al próximo evento. Al año de estar viviendo juntos, ambos ya estaban convencidos
de lo que querían hacer. Habían dedicado mucho tiempo de ese año a informarse y
tratar un tema que los llevaría a una realización sexual considerada por Rip
imposible, o al menos difícil, de concretar.
Decidieron, como pareja, vincularse
sexualmente con otras personas. El buceo en aguas profundas les mostró que era
posible compartir erotismo, y brindarse sexualmente. En algunos círculos se los
conoce como swingers, otros, simplemente confundidos, los llaman fiesteros. Y
los más, piensan que son degenerados, enfermos, sexópatas, chiflados,
calentones; y, por lo tanto, deben ser merecidamente discriminados. En fin, a lo
que se estaba aproximando peligrosamente la pareja Diana-Rip, al menos en el
plano social, era a una oscura doble vida.
Es una definición bastante conocida:
“doble vida”. Muchísimas personas llevan una doble vida: maridos y esposas
“ejemplares”, hombres y mujeres que mantienen prósperos negocios familiares,
personas con poder político y reconocimiento popular, maestras, policías,
profesionales, pobres, ricos, intelectuales, eruditos, analfabetos y hasta
religiosos; todos engañando, mintiendo, y siendo, al mismo tiempo, engañados y
manipulados por sus cónyuges y respetables parejas. Esto no es aceptado, pero sí
es tolerado e, incluso, propiciado por muchos miembros de esa misma sociedad, y
favorecido por los medios masivos de comunicación, de los que internet es su más
alto exponente. Y no es necesario describir lo que ocurre cuando se destapan
estas ollas a presión en las que se cocina la podredumbre de la deslealtad, la
vileza y la traición extrema; los resultados están perfectamente difundidos:
crímenes, suicidios, muertes y, en el mejor de los casos, tribunales de familia.
¿No son la perfidia y la hipocresía, acaso, perversiones?
Pero el caso de la doble vida de parejas
como la de Diana y Rip es sustancialmente distinto porque, paradójicamente, esa
doble vida tiene sus cimientos precisamente en la confianza y en el placer
erótico y sexual que ofrece la condición de ser, al mismo tiempo, jóvenes,
enamorados y amantes librepensadores con fantasías dignas de ser llevadas a la
práctica. ¿Por qué no habrían de hacer carne sus deseos si ambos transitan el
mismo camino? ¿Qué les impediría avanzar, experimentar, al saber que son
correspondidos en un común universo de ideales?.
Rip estaba en su casa y ella llegaba del
trabajo, saludó a Rip con un beso en la boca; no con uno de esos estúpidos
piquitos, sino con un beso grande y abierto. Se acercó, lo abrazó fuerte, apoyó
su cuerpo contra el de su marido, movía el bajo vientre para todos lados y,
mirándolo a los ojos, trataba de sentir la deseada y semierecta pija. Sintió
cómo él, también apretándola, respondía al movimiento del hermoso cuerpo
femenino. Ambos se miraban fijamente, no se decían nada, sólo se miraban y se
movían. Ella pasó su lengua por sus labios para mojárselos y un fino hilo de
saliva se le deslizó por la comisura labial y lo besó impúdicamente. Abrió la
boca y se tragó la de él. Ella le metió la lengua en la boca y comenzó a jugar
entre los dientes de él. Se mordían los labios. Ambas lenguas trataban de cubrir
todo lugar a su alcance. El desparpajo con el que se chupaban era casi
prohibido. El sonido de las lenguas entrelazándose, los chasquidos que producían
los calentaba más. Cuando podían abrían los ojos y se miraban fijamente y así se
quedaban por un instante; e inmediatamente volvían los chupones y cada vez que
separaban sus labios, ambos se veían unidos por hilos de saliva. Y se relamían.
Estaban calientes, se metían las manos entre las ropas para tocarse algo de
piel. Lo que en un principio fue un suave y casi distraído roce de las manos de
él en las tetas de Diana se transformó en un manoseo indecoroso; él le
desprendió la blusa, ella no llevaba corpiño; a los dos la ansiedad los hacía
temblar. Rip le apretaba los dos pezones, uno con cada mano, los estiraba hacia
delante con los dedos pulgar e índice y alternaba con un manoseo obsceno de las
tetas, mientras se miraban. Ella tenía sus manos en el cierre ya abierto del
pantalón de él, hurgaba entre sus piernas, le tocaba los testículos y la pija,
lo pajeaba mientras lo miraba. Tenían los rostros totalmente desencajados por el
placer. Decidieron dejar para más tarde lo que sea que se aproximaba. Se
aflojaron un poco.
—Me voy a bañar, prendé la compu. Vamos
a internet que te quiero mostrar algo que encontré hoy —dijo ella.
Cuando Diana salió del baño, Rip ya
estaba desnudo y con la compu prendida y conectada. Ella pasó desnuda frente a
él y se detuvo frente a un espejo vertical que colgaba en la pared y llegaba
hasta el piso. Se secaba el pelo. Él se levantó de la silla y se acercó a ella,
se paró y la abrazó desde atrás. Se miraban en ese espejo. Le tocó las tetas y
comenzó a lamerle casi asquerosamente la espalda. Ella se levantó el pelo y
cuando él comenzó a pasar la lengua por la nuca Diana tuvo un estremecimiento en
todo el cuerpo, un temblor sensible hizo que soltara un gemido y se le puso la
piel de gallina.
Él le pasó suavemente la mano por la
concha recién afeitada, la tenía suave y además estaba bastante mojada. Ella le
sonrió, él se arrodilló en el piso y quedó con la cara a la altura de los
glúteos. Diana se inclinó hacia delante, con lo que su rostro quedó a pocos
centímetros del espejo, extendió las manos, que quedaron a ambos costados del
espejo, y llevó la cola más atrás. Rip se zambulló en ese hermoso y carnoso
culo; lo besó, lo mordió, lo apretó; abría los glúteos con las manos. Después
con la mano derecha él comenzó a masturbarse, ella se movía y él seguía
manoseándole el culo con la otra mano.
Con el dedo mayor llegó hasta el
apretado agujero anal y comenzó a rodearlo, lentamente lo metía, lo sacaba, lo
olía, se lo llevaba a la boca para mojarlo y volvía a introducirlo en el
estrecho orificio. Se deleitaba con tener un dedo aprisionado, allí, adentro de
ella, en su culo, le resultaba placentero, se deleitaba en sumo grado. Consiguió
meterlo hasta la mitad mientras ella gemía y se abría más. Rip fue bajando con
el dedo, llegó a la húmeda concha y se dio cuenta de que también Diana se estaba
tocando; se daba suaves masajes en el clítoris y él aprovechaba que su dedo se
mojaba con la humedad vaginal y volvía a meterlo en el culo. Diana estaba muy
caliente y tuvo tres orgasmos. Le encantaba que Rip esté allí, detrás,
mirándola, jugando; y también le calentaba ver lo que podía de la escena a
través del espejo. Además se disparaba cada vez que ponía la boca y la lengua en
el espejo, jugando con su propia imagen. Diana especialmente tenía la impresión
de que había allí dos parejas, ¿podría reemplazar su imagen en el espejo por la
presencia real de otra mujer? Cuando esta fantasía le afloraba, emitía un gemido
e inevitablemente todo su cuerpo y su mente se inundaba de placer, una
perceptible sensación de bienestar la invadía. Él se asomaba de tanto en tanto
para mirar y ver lo que pasaba. Levantaba la vista y miraba el espejo, donde se
reflejaba el cuerpo de ella. Se relamía al ver su cara, sus pezones parados, los
vestigios de besos y lengüetazos en el vidrio y la forma en que se masturbaba. Y
advertía que ella también lo miraba. La obscenidad era total. A ella la
posición, la excitación y los sucesivos orgasmos que tuvo le aflojaron las
piernas. Él se incorporó y se olió el dedo que había metido dentro de ella.
Ambos se sonrieron y fueron a la computadora.
Diana y Rip saben manejarse con
computadoras e internet; es prácticamente imposible para ellos trabajar sin
estos dos recursos. Aunque navegan diariamente, no son adictos, y los chats no
llaman su atención. Los dos investigan los temas relacionados con el intercambio
sexual de parejas y dedican suficiente tiempo a encontrar respuestas para las
numerosas preguntas que tienen, y para las que se presentarán día a día.
El mayor problema a superar era,
naturalmente, los celos, sobre todo los de ella. Pero Diana no quería abandonar
lo que, al menos en el plano fantástico, le producía gran placer: mirarlo, ver a
Rip cogiendo, metiéndose dentro de otra mujer; de igual forma no quería perderse
la posibilidad de mostrarse ante él entregada, desnuda, abierta, con otro
hombre, con la certeza absoluta de que a ambos, prácticas de este tenor, los
dispararía y se ubicarían en un nivel muy alto de sensualidad y apertura, que
aprovecharían de la mejor forma en su relación como pareja.
Encontraron varios websites que trataban
con merecida seriedad el asunto, bajaron textos, entrevistas, fotos, consejos y
hasta música alusiva. Incursionaron con gran curiosidad, pero pocos resultados,
en salas sexuales de chats pero encontraron tres páginas swingers donde se
pueden colocar avisos de búsqueda, una española y dos argentinas. Se metieron a
uno de los chats swingers y pudieron hacer contactos. Todavía conservan activa
una casilla de correo electrónico que crearon hace cuatro años, y la usan para
sus contactos con parejas o personas que libremente ejercitan este estilo de
vida.
Como en Formosa las posibilidades de
encontrar una pareja con los mismos ratones son definitivamente remotas,
decidieron pagar a una chica. Había que probar, aunque no era exactamente eso lo
que buscaban, pero era una aproximación. Iban a ser tres en un mismo lugar,
expuestos, desnudos. Un mes de paseo en auto por las zonas apropiadas de la
ciudad, todas las noches, con dudas, con una ansiedad creciente y muchísimas
preguntas, al menos generaba más placer que frustración. Esas recorridas los
ponía en una efervescencia sensual formidable, un ardor los envolvía y la
perturbación erótica los ponía invariablemente en tensión sexual. Dentro del
auto, en las calles, mientras buscaban a la invitada, Diana y Rip se masturbaban
cuando podían, paraban en alguna oscuridad y terminaban cogiendo y volvían a su
casa saludables, cómplices de fechorías y con una sensación de poder que los
ponía en la seguridad de poder enfrentar, tal vez, cualquier situación. Era como
una droga.
Uno de los lugares preferidos era el
puerto nuevo. Las noches de verano, cálidas y favorecedoras de acciones al aire
libre en la costa del río eran aprovechadas por ellos. Con música, gaseosa o
tragos mediante, una de esas noches allá fueron. A pesar de ser un lugar
concurrido, era posible que las parejas tengan algo de intimidad y poder estar
solos y muy cerca uno del otro. Buscaron un lugar y estacionaron el auto. Era un
día de búsqueda y ambos estaban calientes. Fueron, primero, a coger y luego a
disfrutar del lugar. No hubo muchos preliminares allí, Diana se había masturbado
en la calle y cuando llegaron al lugar ya Rip tenía el cinto desabrochado y el
pantalón medio bajo, la pija bien parada, mojada porque por momentos ella se
agachaba mientras él manejaba y se la metía en la boca, la escupía, lo pajeaba,
la ponía muy dura. Diana quería ser penetrada en ese mismo instante, tenía la
vagina y toda la zona de la entrepierna mojadísima, fruto del manoseo frenético
que se había dado durante veinte minutos; hasta se metió una birome en el culo.
Estaba extremadamente caliente. Ella hacía rato que tenía la remera levantada,
mostrándole a él sus tetas, sus pezones, tocándose, apretándose, calentándose
aún más. Tenía una corta pollera de jean con botones al frente, ahora todos
desabrochados, menos el primero; y no usaba bombacha. Él retiró el asiento del
volante, ella se sentó arriba de él, y la pija se le metió hasta el fondo en una
sola arremetida. Ella experimentó una especie de escalofrío, tuvo un espasmo y
soltó un largo gemido, un prolongado quejido ahogado y comenzó a moverse como
loca, fregándose contra el cuerpo de Rip, el la agarró del culo y comenzó a
apretarlo con mucha fuerza, ella lo montaba increíblemente, estaba totalmente
desquiciada, se apretaba, se tocaba. Empezó a insultarlo y a decirle palabrotas.
—¡Hijo de puta! —exclamaba entre jadeos.
—Culeame fuerte, por favor, te amo mi amor. ¡No dejes de moverte, metémela, dame
con todo!
No saltaba, pero se movía con fuerza, su
pelvis iba y venía violentamente, y Rip podía sentir los orgasmos de Diana, uno
tras otro. Gemía y daba gritos ahogados, todo el tiempo tenía la boca abierta y
dos o tres hilos de saliva que se le escurrieron por el costado de la boca
fueron a parar a la cara de Rip
—¡Estoy acabando tanto! Mi amor, no me
la saques —decía con la voz entrecortada.
Rip la miró y vio que con su lengua se
limpiaba las dos lágrimas que corrieron desde sus ojos abandonados y se
desplazaron por los costados de su nariz. Seguía moviéndose, gruñía suavemente,
se controlaba para no gritar. Estaba para cualquier cosa.
—¡Me gusta tu pija! ¡Pervertido,
degenerado! ¡Puto de mierda! —decía una y otra vez, entre sollozos, llanto
suelto y grititos. Era increíble.
—¡Meteme el dedo en el culo! —dijo
mientras le agarró una mano a Rip y ella misma se ubicó el dedo mayor de él en
la puerta de su agujero. Rip empujó un poco, toda esa zona estaba enchastrada
con los jugos de ella, flujo vaginal y saliva de los dos y el dedo desapareció
casi por completo dentro del culo.
—¡Meteme todo el dedo en el orto! —Ella
no paraba.
Rip estaba muy caliente y entregado a lo
que ella se le ocurría. No oponía resistencia más que las propias del juego
coital. Una penetración vibrante y feroz. También le decía a Diana muchas
palabrotas.
—¡Puta! Me gusta metértela, me gusta
tenerte empalada así… sé que te gusta —jadeaba y suspiraba; por momentos
temblaba, se le ponía la piel de gallina y se babeaba igual que ella.
Todo estaba muy mojado dentro del auto.
—¡Sos una puerca de mierda! Dame tu
hermosa conchita mojada y abierta… te amo, mi vida… me gusta… me encanta. Mi
amor, te quiero… puta degenerada.
Todo el tiempo se hablaban así, se
mordían, se estiraban el cabello, ella seguía pidiendo, más y más.
—Escupime, puto y seguí bombeando mi
concha… me gusta tu poronga dura.
Comenzaron a escupirse alevosamente, se
mordían y se lamían antojadizamente; en la nariz, la oreja y los ojos. Él le
mordía los pezones a ella, le mordía el costado de las tetas y se lamían
mutuamente las axilas. Estaban desesperados. Era impresionante. Ella le apretaba
el pecho y le estiraba los vellos; podían escuchar los ruidos sexuales, el de la
concha soltando y cobijando esa pija. Diana fue más allá mientras continuaba
cogiendo como loca.
—Tengo ganas de mear, quiero mearte ¡te
quiero mear! Rip… mi amor… amor de mi vida… me gusta que me culees así… pegame…
maltratame… ¡Ay! mi amor.
Eso lo llevó a él a un estado de
calentura extrema y estuvo a punto de eyacular, pero ella abrió la puerta, salió
y sin importarle que hubiesen podido verla, se sentó en el zócalo del auto
mientras seguía tocándose y chorreándose con su saliva; le pidió
desesperadamente a él que se ponga de rodillas frente a ella y que se pajee
mientras ella le orinaba encima, en cualquier parte del cuerpo y que a su vez él
soltara su semen en su boca, tetas, cara y cabeza. Rip así lo hizo y ella empezó
a orinar y a enchastrarlo a él, le mojó primero los muslos y la pija, luego él
se agachó más y unos chorros de la intensa meada de Diana fueron a parar
directamente a su boca, ella no podía más; él jadeaba. Él se pajeaba
tremendamente y ponía las manos en el continuo chorro de orina caliente. Ella
orinó mucho, al menos un litro y medio.
Él estaba totalmente mojado y cuando
ella terminó, el se paró y mientras ella seguía tocándose y apretándose, él
acercó su durísima pija a la boca de ella y soltó seis potentes y voluminosos
chorros de semen, de los cuales dos hicieron que Diana se atragante, tosió para
expulsarlos y desde la boca abierta salió, mezclado con la saliva, burbujeante,
parte del esperma. Los otros chorros dieron en el pelo, los ojos, la nariz, las
tetas. La pija de Rip todavía soltaba algunas gotas. Ella agarró la pija con una
mano y se la fregó por las tetas, los pezones, la cara, los ojos, el pelo y la
oreja. Ahora estaba floja, temblando y llorando descaradamente y riendo al mismo
tiempo. Inconfesable. Rápidamente se metieron en el auto se vistieron y quedaron
así, durante un buen rato, mojados, abrazados. Pusieron música, tomaron una
cerveza bien fría, fumaron un cigarrillo entre los dos, disfrutaron la vista del
río y volvieron a su casa.
Tenían la certeza de que al día
siguiente, sábado, saldrían en busca de otra situación intensa. Cualquiera que
se cruce en su camino.