Estaban de vacaciones en Sevilla cuando Lorenzo y Mamen
conocieron a una curiosa pareja. Paseaban delante de ellos por las estrechas
calles del Barrio de Santa Cruz, plegando y desplegando su mapa, andando y
deteniéndose continuamente para consultarlo como si estuvieran perdidos. Su no
saber ir y venir delataba que no eran de allí. Agradeciendo a Lorenzo que le
indicara la entrada a los Reales Jardines del Alcázar, fue como Jorge se dio a
conocer y acto seguido presentó a su esposa María.
Eran mejicanos y estaban en España pasando una temporada
vacacional atraídos por cuantas maravillas habían oído hablar de dicho país. Su
primer destino y aprovechando el buen tiempo, lo habían fijado en Sevilla, una
ciudad que según ellos, siempre habían querido conocer.
Así fue como la suerte les hizo chocar con ellos. Jorge era
un hombre alto, robusto, cercano a los cincuenta pero bien conservado, le
delataban sus plateadas sienes. Presentaba a primera vista un carácter alegre y
divertido, hasta algo travieso a juzgar por las bromas que les hacía aún sin
conocerles. Bromas que ponían en un apuro a su esposa María, una mujer guapa,
muy guapa para su edad, que no sobrepasaría los cuarenta, bella y escultural. La
típica mujer mejicana, de rasgos marcados, pelo moreno, ojos oscuros y piel
blanca, delicada y muy cuidada. Ella se veía más introvertida y tímida pero no
por ello menos simpática.
Les invitaron a tomar algo fresco, el sofocante calor hacía
ya mella en sus gargantas que pedían ser refrescadas con un buen tinto de
verano. Y así, casi sin pensarlo, iniciaron con ellos una amena charla sobre la
ciudad que Mamen también acababa de conocer. Su esposo Lorenzo, y por motivos
laborales, había estado en ella en varias ocasiones con lo que se permitía
hacerles algunas indicaciones y observaciones sobre la misma.
María quería conocer y saberlo todo sobre las costumbres
españolas y no quería perderse un solo monumento de tan bella ciudad. Preguntaba
como una niña curiosa y Lorenzo respondía animado a cuantas preguntas le hacía,
orgulloso de, por esos momentos, saberse guía de tan encantadora pareja.
Después de obsequiar a sus nuevos amigos con una de las más
típicas comidas de la tierra, decidieron tomar allí mismo un coche de caballos y
hacer con ellos un pequeño recorrido por los sitios más conocidos de la ciudad y
que Lorenzo no quería que Mamen se fuera sin ver y sin que ellos dejaran de
conocer.
Los cuatro estaban encantados. Se situaron en el coche las
mujeres sentadas frente a los hombres y entre el cochero y Lorenzo, les
indicaban todos los sitios por los que pasaban. María iba con su cámara en mano,
fotografiando cuantos monumentos le mostraban, La Torre del Oro, la Real
Maestranza, El Palacio de San Telmo, La Universidad…
Jorge apenas miraba los monumentos, rara era la vez que Mamen
no dirigía la mirada a él, que no lo encontrara mirándola directamente a los
ojos o disimulando con la vista puesta sobre su escote. Su forma de mirarla no
le molestaba, todo lo contrario, le hacía sentirme bien, era gracioso ver como
entre miradas le sonreía sin un motivo aparente.
Al llegar a La Plaza de España, le pidieron al cochero que se
detuviera por unos momentos. María sugirió la idea de hacerse una foto todos
juntos y el mismo chofer se ofreció a tomársela. Se colocaron sin orden alguno,
las mujeres en el centro y a ambos lados de ellas los caballeros, con la
casualidad de que Jorge se puso al lado de Mamen y su esposo se situó al lado de
María. Muy decidido y sin malicia alguna, Jorge dejó caer uno de sus brazos
sobre los hombros de ella a la vez que hacía una broma que aprovecharon todos
para soltar una risa y justo en ese instante la cámara de María se disparó,
retratando el momento.
Estaba ya bien entrada la tarde cuando Lorenzo y Mamen
quisieron despedirse de sus recientes amigos, pero ellos insistieron en
invitarles a cenar y a tomar una última copa que no pudieron rechazar, así que
se trasladaron todos juntos a un local nocturno, un tablao flamenco, donde
actuaba un cantaor famoso, con un grupo de guitarristas y un cuadro de baile.
Durante la cena, Mamen alcanzó a percibir la mirada
insistente de Jorge sin que por el momento se lograra percatar de la causa de
ese aparente atrevimiento. Poco a poco se dio cuenta de que lo que observaba con
tanto interés eran sus piernas. Ella llevaba una vaporosa falda de gasa, que en
un momento de descuido había remangado, permitiendo dejar sus rodillas y parte
de sus muslos al descubierto. Una vez más, sus miradas no le incomodaban, todo
lo contrario, se sentía excitada. No le dio importancia y hasta llegó a fingir
no darse por enterada. Por la posición en la que se habían sentado, únicamente a
Jorge le era posible visualizar por completo sus piernas, por lo que decidió
dejar su falda subida.
Le resultaba hasta divertido ver cómo los ojos de Jorge se
abrían desmesuradamente, ahora sin recato alguno. La sensación que le causaba su
ardiente mirada y las circunstancias del momento estaban despertando en ella una
rara excitación. Era como si sus ojos le acariciaran los muslos, la taladraran y
la alentaran a dar un poco más de si misma en esa ardiente aventura.
Por un momento se sintió tentada de jugar a su juego y le
correspondió con pícaras e insinuantes miradas, todas ellas ajenas a María y a
su esposo que permanecían enzarzados en una acalorada conversación sobre las
corridas de toros. Sabía que el juego era peligroso, pero navegar en lo
prohibido lo hacía aún más atractivo para ella. Por desgracia, el evento terminó
y con él esos candentes momentos que habían hecho de su velada una reunión en
extremo agradable, inquietante y prometedora de excitantes sucesos.
Antes de despedirse, Jorge insistió en invitarles a comer al
día siguiente en la casa que habían alquilado a las afueras y en la que
permanecerían hasta poder conocer la ciudad con mayor detenimiento. Gustosos
aceptaron y al despedirse, Mamen pudo sentir una leve y sensual caricia en el
beso que Jorge depositó en su mejilla.
Al día siguiente, se levantaron temprano y se trasladaron a
la casa de sus amigos. Mamen quiso ponerse guapa ese día y estrenó un nuevo
vestido y se calzó unas cómodas sandalias que dejaban ver sus pies. A su esposo
no le hizo mucha gracia que se pusiera ese vestido, según él, era demasiado
escotado y atrevido para ir de visita, pero ella se sentía cómoda y
tremendamente sexy. La tela del vestido se pegaba al contorno de su cuerpo como
una segunda piel, haciendo que sus curvas se marcaran y el atrevido escote
permitía sobresalir la parte superior de sus grandes pechos, advirtiéndose un
ligero temblor en ellos cuando caminaba. Se sentía sensual, casi provocativa e
insinuante. Los comentarios de su marido le hacían sentirse segura del impacto
que su vestimenta causaría en su anfitrión. Mientras iban en el coche, pensaba
en la cara que pondría Jorge al verla aparecer así vestida y eso la excitaba, la
enardecía hasta límites que le provocaban el humedecimiento de sus rincones más
íntimos.
Cuando llegaron, Mamen pudo comprobar que estaba en lo
cierto. Al abrirles la puerta, Jorge no pudo articular palabra. Saludó un poco
apenada por ese hecho del que afortunadamente Lorenzo no se dio ni cuenta.
Amablemente les invitó a pasar y en un susurro, secretamente le dijo lo hermosa
que estaba ese día. Sintió como si un fuego le recorriera el cuerpo desde los
tobillos a la nuca., como si cada palabra que había mencionado resbalara por su
cuerpo erizando cada vello y excitando cada poro.
La casa era pequeña, pero aún así, albergaba un bello jardín
y una pequeña piscina, ideal para el calor sofocante que volvía a hacer ese día.
María salió alegremente de la casa para recibirlos efusivamente y juntos se
sentaron en la mesa del jardín, bajo la sombra de una gran sombrilla.
Amablemente, Jorge se dispuso a preparar unas bebidas sin
poder desviar la mirada del escote de Mamen. Él se sentó intencionadamente
frente a ella, con el propósito de no tener ningún obstáculo que le impidiera
observar a plenitud sus piernas y ella accedió gustosa a ofrecerle un buen
espectáculo. Con el transcurso del tiempo las bebidas empezaron a surtir su
efecto; se sentían más relajados, más en confianza.
Los ojos de Jorge taladraban las profundidades bajo su falda
y ella, ocasionalmente, abría un poco las piernas o las cruzaba y descruzaba
dirigiéndole una mirada provocadora e invitadora. Se daba cuenta de su
inquietud, de su deseo por poseerla. Se sentía excitada, ardiente y húmeda. En
un momento en que Jorge se levantó para servir más bebidas, pudo observar cómo
su paquete había crecido desmesuradamente por la excitación. Se atrevió a
seguirlo a la cocina con el pretexto de auxiliarle en las bebidas. Cuando servía
los hielos, Jorge se colocó detrás de ella para bajar algunos utensilios que se
encontraban en la parte superior de la alacena. Al hacerlo, rozó suavemente con
su inflamado paquete su trasero; entonces, casi instintivamente y sin pensarlo
Mamen echó su cuerpo hacia atrás hasta restregar sus nalgas contra su verga,
totalmente dura.
Sintió una mezcla de vergüenza y de inmenso placer al
hacerlo; no sabían qué hacer ni qué decir, sólo se sentían intensamente el uno
al otro. Sin pronunciar palabra alguna se separaron, pero Mamen no pudo resistir
la tentación de darle un suave beso en la boca, lleno de promesas. Le apeteció,
sintió un deseo enorme de arrancarle de su boca con aquel beso todas aquellas
palabras que adivinaba quería decirle sin atreverse a hacerlo. Momentos después,
con el rostro encendido por el rubor y la lujuria se dirigió nuevamente hacia el
jardín con las bebidas, mientras él traía el hielo en la cubitera que tintineaba
con el temblor de sus manos.
Después de un rato de amena charla y de miradas furtivas,
María les invitó a darse un chapuzón en la piscina. La idea se antojaba
maravillosa por el intenso calor del ambiente; sin embargo, ni Mamen ni su
marido habían tenido la precaución de coger sus trajes de baño. El detalle no
pareció preocuparle a María quien se ofreció a facilitarles para la ocasión unos
de ella y de Jorge. Mamen y Lorenzo accedieron alegremente y rápidamente se
dirigieron hacia el interior de la casa para cambiarse de ropa.
Ya en la recámara, al despojarse María de sus ropas, Mamen
pudo apreciar la magnificencia de su cuerpo; sus pechos eran dos bellos
montículos blancos de buen tamaño coronados por pezones rosados, se veían aún
tiernos y juveniles. Sus nalgas eran tersas y firmes, conservando la dureza que
a buen seguro les proporciona el ejercicio constante y diario. Aunque era
llenita de carnes, no se apreciaba exceso de grasa en sus caderas ni en su
abdomen, lo cual daba a su cuerpo un toque de feminidad y de distinguida
elegancia.
Cuando Mamen se quitó la ropa, María soltó una exclamación de
admiración al ver el tamaño de sus pechos; según sus palabras, le parecían
extraordinariamente bellos y apetitosos. Sin embargo, lo que más le gustó fueron
sus caderas y sus nalgas, cuyo tamaño se encontraba en perfecta armonía con el
resto de su cuerpo. Como era de esperarse, el bikini que le facilitó le quedaba
algo pequeño. Parte de sus senos sobresalía por ambos lados del sujetador y las
bragas apenas lograban ocultar su trasero. Se sentía rara, pero sensual. Al
verla con el traje puesto, María no pudo reprimir una expresión de admiración
por su atrevida vestimenta. Te ves extraordinaria – le decía al tiempo que
recorría con su mirada las redondeces de su cuerpo- ; les vas a causar un
infarto a nuestros maridos. El verse en el espejo le hizo sentirse bella,
lujuriosa, provocativa, llena de lascivia. Sin saber porqué, sintió la necesidad
urgente de mostrarse de esa manera ante Jorge, en presencia de su marido.
Cuando salieron al jardín, la casi desnudez de Mamen dejó
mudos a su esposo y a Jorge. Ambos se habían quedado boquiabiertos ante la
sorpresa de su vestimenta. María sonreía divertida - pero sin malicia - por la
reacción de sus cónyuges. Muy sorprendido pero sin atreverse a decir nada,
Lorenzo dejó de prestar atención al incidente al habituarse poco a poco a las
nuevas circunstancias de la reunión. No obstante, Jorge no se recuperaba de la
sorpresa; la veía con los ojos inyectados de lujuria.
Nadaron y juguetearon en la piscina durante un buen rato. En
un momento dado, el efecto de un chapuzón hizo que el sujetador del bikini de
Mamen se deslizara hacia un lado dejando al descubierto la mitad del pezón de
uno de sus pechos; ella fingió no darme cuenta y quiso mostrarse así,
maliciosamente frente a Jorge. Su cara perdió entonces toda expresión y no podía
despegar la vista de sus senos. Después de aquello, siempre que estaba frente a
él procuraba echar su cuerpo hacia delante para que sus pechos colgantes se
mostraran con plenitud ante los ojos desorbitados de Jorge. Su juego iba tomando
ya horizontes peligrosos, pero increíblemente excitantes.
Exhaustos por el ejercicio salieron de la piscina para
empezar a picar algo y tomar un aperitivo. Se trataba de una comida informal,
pero aún así, María quiso preparar la mesa del jardín y ayudada por Lorenzo,
empezaron a disponerlo todo, ordenando las sillas, colocando el mantel y
distribuyendo en la mesa todo lo necesario para la comida y que María había
colocado previamente en un mueble auxiliar junto a la mesa, para no tener que
estar entrando y saliendo a la cocina cada vez que necesitaran algo.
Mamen se ofreció a ayudar nuevamente a Jorge en la cocina.
Entró y le preguntó qué podía hacer y enseguida la puso a cortar en juliana la
lechuga y a preparar una refrescante ensalada mientras que Lorenzo y María
estaban atareados poniendo la mesa y con una conversación que no acertaba a oír
desde la ventana de la cocina.
Estaba con las manos metidas bajo el agua enjuagando unos
tomates para picarlos después, cuando Mamen sintió las manos de Jorge en su
cintura; la acariciaba suavemente, con infinita delicadeza. Sus labios rozaban
su espalda y su lengua húmeda se desplazaba por sus hombros hasta su nuca.
Ni siquiera se atrevió a darse la vuelta, solo acertaba a ver
que María y su esposo seguían en el jardín, ajenos a todo cuanto estaba pasando
dentro de la casa. Sabía que Jorge la tenía dominada, a su merced, y que podía
hacer lo que quisiera con ella con la certeza de que por su parte, no habría
oposición alguna. Y le dejó hacer. Sus manos empezaron a acariciar su culo por
encima de la tela, provocando que entreabriera sus piernas y que de su boca
salieran pequeños y ahogados gemidos de gozo.
El placer que en esos momentos experimentaba era intensísimo.
De pronto, un choque eléctrico recorrió su cuerpo al sentir como Jorge deslizaba
la braga del bikini hacia un lado, dejando sus nalgas totalmente al descubierto
y las manoseaba con sus manos, apretándolas y con la yema de sus dedos, dibujaba
la raja de su culo desde el cóccix hasta casi rozar su vulva. Estaba muy
nerviosa; pensaba que de un momento a otro María o su marido podrían darse
cuenta de lo que estaba sucediendo. Pero el placer era más grande que el temor.
Sintió entonces la tibieza de otra piel que se pegaba a su trasero y de una
barra candente que ahora hurgaba entre sus nalgas. No lo podía creer. Algo duro
comenzó a distender los labios de su vagina tratando de penetrarla. Entonces
comenzó. Jorge estaba metiendo su gruesa y caliente verga en el interior de su
sexo... Sentía claramente cómo se deslizaba lentamente hasta el fondo de su
concha completamente lubricada por sus propios jugos. Era increíble.
Instintivamente echó el cuerpo hacia adelante y paró el trasero, dando a sus
caderas un movimiento oscilatorio para facilitar la entrada. Al poco tiempo su
polla dura como el acero entraba y salía de su coño con suave ritmo. La llenaba
totalmente metiendo su miembro hasta que sus testículos chocaban contra sus
nalgas. Sus manos -que ahora la abrazaban fuertemente- se deslizaban desde su
vientre hasta su cuello, liberando en su camino de la opresión del sujetador a
sus palpitantes pechos. Los amasaba y los oprimía, pellizcándole los pezones,
haciéndola gemir y levantar una de sus piernas que logró apoyar sobre el filo de
la encimera, junto al grifo del fregadero del que manaba el agua a borbotones.
Su momento se acercaba. Sentía que las piernas le flaqueaban
a medida que se aproximaba el orgasmo. La polla de Jorge estaba cada vez más
dura e inflada dentro de su vagina y sus embestidas eran cada vez más fuertes y
rápidas, haciendo que sus bolas casi se metieran entre la raja de sus nalgas
temblorosas.
De pronto, Jorge empezó a correrse; de su verga salían
chorros hirvientes de semen que le inundaban las entrañas haciéndola sentir un
placer intenso y de manera simultánea su orgasmo llegó. De su garganta sólo
salían sonidos apagados, tenía miedo que María o su esposo pudieran oírla gemir
y susurrando le pedía a Jorge casi suplicante que no se la sacara, que
continuara dentro de ella, y así lo hizo. Su verga seguía dentro totalmente
erecta, lanzando chorros interminables de semen en su interior. Creyó hallarse
en el paraíso.
Entre estertores de agonía retornó nuevamente la calma.
Amorosamente, sin dejar de abrazarla y de besar su espalda, Jorge deslizó poco a
poco hacia afuera de su vagina su todavía erecto pene, completamente impregnado
en ella.
Mamen tomó como pudo unas servilletas y le secó los
genitales, al tiempo que tomando su miembro entre sus manos le estampaba un
húmedo beso en su roja cabeza. Después tomó otras tantas servilletas,
colocándoselas en su concha para detener el semen que salía de su interior y se
dirigió apresuradamente al baño; pero antes, Jorge tomó su cara entre sus manos
y estampó en su boca el más tierno y sensual beso que le hubieran dado jamás.
Cuando se apartó de él, todavía sentía encima su mirada de
lujuria al verse con las bragas del bikini casi arrancadas y con los pechos
bamboleantes por las prisas. Se sentía feliz, profundamente llena y satisfecha
con su nuevo amante. Él la hacía sentir amada, deseada, completa, como nunca lo
había sentido.
Cuando regresó al jardín con la ensaladera en la mano, las
cosas no habían cambiado. Aparentemente ni María ni su esposo se habían dado
cuenta de lo ocurrido. Jorge se había reincorporado al grupo y todos juntos se
sentaron a comer.
Durante el resto del día, no acertaba a pensar en otra cosa
que no fuera en lo sucedido y desde ese momento, Mamen empezó a ver en Jorge a
su amado, a su hombre, a su todo y solo ansiaba repetir lo que había tenido
lugar entre ellos en la cocina de esa casa, deseando que el destino les diera
una nueva oportunidad para volver a repetirlo.