Demasiado tímida para oponerme (45)
Por Bajos Instintos 4
POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO
¡¡¡Me escapé!!! Ahora estoy escribiendo desde un cyber.
¡Y lo primero que quiero hacer es tomar contacto con mis amigos a través del
mail! ¡Y por favor, avísenle a mi amado esposo que estoy bien y libre al fin!
Por lo general, mi amado Armando, no se conecta por internet ni lee mis e-mails,
así que cuento con mis lectores para darles noticias mías, al menos hasta que
llegue a casa.
Recapitulación.
Estuve alejada de mi casa por aproximadamente un mes. Pero
adelantándome a sus preguntas les digo que no hubo nada de que preocuparse. Mi
condición de mujer fiel y enamorada no peligró en ningún momento. Como no
hubiera podido ser de otro modo.
Pero seguramente ustedes querrán saber como pude liberarme. Y
para los rezagados que no sabían dónde estaba les cuento resumidamente. Todo
comenzó con un aviso: "Se necesita dama voluptuosa y complaciente para saciar
lujuria de señor mayor bastante depravado. La candidata deberá someterse a una
prueba previa con joven padrillo. La elegida será premiada con dinero en
efectivo y un trabajo con muy buena remuneración. Escribir a..."
1) ¿Qué es un depravado?
Naturalmente, el aviso despertó mi curiosidad, por lo raro.
No es que yo considerara ni por un instante postularme para el trabajo. No sólo
porque soy una mujer casada y felizmente enamorada de su marido, sino porque aún
de soltera nunca me interesaron las depravaciones y mucho menos los depravados.
Me pregunté a qué clase de cosas se referirían con ese concepto. Pero mi falta
de experiencia en las cosas del sexo no me sirvió de gran ayuda para imaginarme
acciones "depravadas"
A la noche le pregunté a mi amado esposo, mientras lo tenía
entre las piernas comiéndome la conchita, pero no supo contestarme. Tal vez
porque le tenía la cabeza por la nuca para que no dejara de chuparme. Puede ser,
pero el caso es que Armando no tenía la respuesta.
Tuve la impresión de que algo muy bueno no sería, pero tenía
que sacarme la curiosidad, así que fingiendo interés le escribí un email.
También le pregunté al detective que Armando había puesto a
seguirme, seguramente por un imperdonable momento de desconfianza y sospechas
sobre su amante esposa. Pero en ese momento me había subido a su coche y me
estaba meando dentro de la boca, y como yo se la estaba chupando, el pobre
estaba falto de concentración, y ni siquiera sé si me escuchó la pregunta.
¡...Las cosas que una hace para conservar la paz en su matrimonio...!
Así que, para salir de dudas, y no por ningún otro motivo,
escribí a la dirección de e-mail que figuraba en el aviso, usando un lenguaje
sobriamente comercial que denotara mi buena educación, fingiéndome interesada.
Lamentaba engañarlos, simulando un Interés en su propuesta
que ninguna mujer felizmente casada con el hombre que ama, podría tener. Pero si
no afectaba un interés creíble y simplemente les preguntaba a que tipo de
actividades depravadas se referían, seguramente no me tomarían en serio, y yo
seguiría en ayunas. A veces, en la vida, es conveniente fingir.
En esos días, mientras esperaba la respuesta, andando por la
calle con el taconear de mis altos tacos aguja, tan coquetos, reflexionando
sobre la felicidad en mi matrimonio, y bamboleando mis perturbadoras redondeces,
un caballero muy gentil me dijo un piropo de esos que no se olvidan: "¡Nena, que
culo! ¡Vení que te como los soretes!" Me pareció un poco procáz y no del todo de
buen tono, porque la palabra "sorete" no me cae muy bien, pero igual le sonreí,
porque un piropo es un piropo, y lo que vale es la intención. El hombre no era
culpable de tener poco vuelo poético. Pero yo sé entender esas cosas.
Al ver mi sonrisa, el gentil caballero se me vino al humo. Y
comenzamos un agradable intercambio de palabras que terminó con una gentil
invitación del caballero a acompañarlo a su mansión. No tuve problemas en ir
porque mi detective guardaespaldas estaba en su departamento durmiendo a pierna
suelta, tal como lo había dejado. Sino se habría puesto un poco celoso. Lo mismo
le habría ocurrido a mi amado Armando, que es como un novio para mí.
La mansión del caballero resultó realmente lujosa. Y por un
momento, al verme allí, rodeada de todos esos cuadros en las paredes
representando escenas sexuales de corte bastante subidas, tuve miedo de que el
hombre quisiera aprovecharse de mí. Pero hice mal en dudar de su honestidad.
Aún me surgieron dudas cuando me pidió que me quedara con el
culo al aire, pero algo en su mirada me dijo que tenía intenciones honestas, así
que me saqué la faldita y la braguita, rogando que el hombre no me estuviera
engañando y tuviera en realidad intenciones sexuales. Armando, mi amado esposo y
único amor, no se merecía que a su mujercita la abusara otro hombre, por más
caballeroso que este fuera.
Pero no tenía nada que temer. El hombre tenía,
verdaderamente, intenciones honestas. Y tal como dijo, se limitó a tirarse en la
cama boca arriba y pedirme que le pusiera el culo en la cara. Ahí temí
nuevamente que fuera un degenerado de esos que quería que le removiera el culo
en la cara, porque a mí esas cosas me calientan y podría acabar en un orgasmo,
valga la redundancia. Y yo nunca le sería infiel a mi Armando.
Pero mis temores fueron vanos. El hombre sólo me pidió que me
esforzara en sacar un buen sorete. Y a esas alturas de los acontecimientos me
pareció que sería una gran descortesía de mi parte decepcionar sus expectativas
infantiles, a los niños suelen gustarles esas cosas extrañas. Al fin de cuentas,
el caballero no me estaba pidiendo nada sexual. Así que, separando mis redondos
glúteos con mis manitas, hice la fuerza necesaria y fui sacando un sorete. Y el
caballero, pegando su boca a mi ojete, se lo fue comiendo.
Yo me sentí un poco rara, porque si bien la cosa era algo
divertida, y me recordaba las cosas que hacíamos con mis primitps de niña, me
extrañó ver que su polla, aún dentro del pantalón de su traje gris, se sacudió
repetidas veces, para luego proyectar una mancha cremosa sobre la superficie del
pantalón. O sea que para el señor la cosa tenía algo de sexual, concluí. Aunque
también pudiera haberse debido a una casualidad, a una coincidencia, claro. Lo
importante es que lo mío no fue de manera alguna una infidelidad, y por lo tanto
tampoco lo habría sido para mi Armando. Y lo sabía sin haberlo siquiera
consultado. Yo nunca lo consulto cuando estoy segura. Y es más, por lo general
nunca lo consulto.
Cuando acabé de soltarle un largo chorizo, el caballero tuvo
la cortesía de limpiarme el ojete con la lengua, de modo que ni siquiera tuve
que usar papel higiénico. Luego me condujo hasta la puerta de su mansión,
poniéndome un billete dentro de mis tetones, junto con su tarjeta. Me agradeció
"el gran servicio prestado" y me despidió, rogándome que lo llamara nuevamente
la semana siguiente. Una vez en la calle, miré el billete: era un cheque por mil
dólares. Lo llamaría. Porque me había parecido una persona encantadora.
Pero seguí sin tener una respuesta para mi pregunta: ¿qué
significa "depravación"?
A mi me pareció que la conducta del hombre había sido
bastante rara, pero no dejaba de ser un homenaje a mi culo, dentro de todo. Y ni
por un momento tuve sentimientos de infidelidad, aunque eso de tener mi hermoso
culo sobre la cara del caballero mientras le iba largando el sorete, tuvo un
no-se-que de erótico. Seguramente Armando no lo habría aprobado, pero creo que
hubiera sido por que no le gustaría que ponga mi culo desnudo sobre la cara de
ningún otro hombre, salvo él, claro. El eterno egoísmo posesivo masculino.
Bueno, no tendría por qué enterarse. Además él nunca me había propuesto comerme
un sorete, y no por eso yo pensaría que no me ama. Aunque tendría que hablarlo
con él.
Si yo, alguna vez, llegara a serle infiel, pienso que
entonces sí tendría que enterarse mi amado esposo, y yo misma se lo diría. Pero
una tontería como esa con un caballero excéntrico no era el caso. Y que yo
hubiera sentido cierto placer al poner mis nalgas desnudas sobre la cara del
hombre, tampoco era el caso. Sino una no podría hacer nada por temor a las malas
interpretaciones de su pareja.
Como sea, a los tres días me llegó la respuesta del señor del
aviso. Al fin tendría una idea de lo que era la depravación.
El señor mayor depravado y su padrillo.
Me contestó el representante del señor mayor, explicándome
que su jefe era un excéntrico millonario, cuyo nombre debía reservarse, pero que
tenía una fortuna que hubiera hecho palidecer a la de Onassis. Me alegré por el
pobre hombre.
Me proponía un encuentro pues las fotos que le había enviado
le habían parecido interesantes. Elogió el modo en que mis grandes tetones se
mantienen parados aún sin sostén, y muy entusiasmado por el tamaño de mis
pezones. Me sentí halagada, claro, pero me dio un poco de pena el hombre. Debía
de haberse hecho ilusiones, sin saber que aunque yo jamás envío fotos mías, le
había enviado estas sólo para asegurarme la respuesta. La de mi culo, según él,
lo había alucinado. Cortesías que dicen los hombres. Es gracioso ver como se los
puede manejar con un par de fotos...
Por su parte, en reciprocidad, él me envió una foto suya
desnudo. De tres cuartos de perfil, de modo que podía notársele muy bien el
tamaño de su erección, la abundante musculatura de su robusto cuerpo, y el vello
en el pecho, vientre y genitales. Lo digo como una observadora clínica. Porque a
mí la foto no me movió un pelo. De cualquier modo la imprimí, para mirarla con
más detenimiento en el baño.
Estuve tentada de mostrársela a mi Armando, para reirnos
juntos de la tontería de este hombre, que creía que mostrándome una foto suya
conseguiría que me interesara en él. ¡Qué tontos que son algunos hombres que
piensan que las mujeres nos impresionamos por un cuerpo, sin saber que lo que
nos interesa es la sensibilidad, los sentimientos, la ternura...! Pero pensé que
mejor no comentaba el asunto con Armando, porque podría sentirse incómodo al ver
el tamaño de la polla del señor de la foto. Y al marido nunca hay que
acomplejarlo. Así que me limité a volver a ver la foto yo sola, en diversos
momentos, para reirme a solas de su ingenuidad.
Pero al final me sentí un poco culpable. ¿No estaba yo
jugando con los sentimientos de ese desconocido? ¿No lo había yo provocado
inocentemente, en cierto modo, al mandarle mis fotos? Está bien, había servido
para conseguir su respuesta. Pero sentía que de algún modo lo estaba
defraudando. Y cuando fui al baño por décima vez para mirar la foto, decidí que
le escribiría nuevamente. Por suerte no lo había teniendo sufriendo mucho tiempo
al pobre individuo, ya que sólo habían pasado dos horas.
Así que le escribí, pidiéndole que me explicara lo del señor
mayor depravado, pues no entendía el concepto. Y le mandé media docena de fotos
más, como para mantenerlo interesado. La del primer plano de mi concha pensé que
le gustaría mucho, al fin de cuentas una es coqueta, como toda mujer... Y la
coquetería no significa infidelidad.
Y me llevé su foto a la cama, para reflexionar en como haría
para decepcionarlo sin producirle un impacto emocional doloroso. Me ayudaron mis
deditos, y creo que de algún modo se había establecido una conexión telepática
entre nosotros, porque en menos de una hora tenía su respuesta en mi casilla de
e-mail.
Me decía que no podía explicarme nada sobre la depravación
hasta que nos encontráramos. El pobre hombre insistía. Realmente me dio pena. Y
encima, con la ilusión de convencerme, envió media docena de fotos suyas. Todas
de su polla. Era una secuencia de una paja que se había hecho, al parecer en mi
honor. En las primeras tres se veía como con su mano corría el forro de su
tranca en un típico movimiento de paja, dejando a la vista un glande como para
concurso. En la cuarta se veía como le salía un gran chorro de semen de la
ranura. En la quinta se veía otro chorro de semen saliendo de su gran polla
erecta, todos primeros planos. Y en la última se veía la foto de mi concha, que
acababa de enviarle, donde habían impactado los chorros de semen. Sentí como que
me estaba diciendo algo. Así que imprimí todas las fotos y me fui a verlas al
baño. Faltaba menos de una hora para que llegara mi marido, así que tuve que
apurarme.
Las estuve viendo una y otra vez, y luego salí del baño y las
escondí bajo el colchón, porque ya estaba llegando Armando.
Esa noche le monté la cara y le estuve restregando la concha
casi toda la noche, tratando de olvidarme de las fotos. Hasta que me quedé
dormida.
Armando quedó hecho un guiñapo, pobre. Creo que abusé un poco
de él.
Esto no podría seguir así. Decidí que le pondría fin en el
próximo e-mail, así tuviera que encontrarme con ese pobre hombre. Para que no
continuara haciéndose ilusiones conmigo.
La entrevista con el padrillo.
Después de un breve intercambio de emails convinimos en
concertar una cita con el secretario del señor mayor. Me puso muy contenta
resolver esto sin consultar con mi amado Armando, pero el pobre quedó de cama y
tuvo que avisar que iba a llegar tarde, porque tenía que reponerse.
Me fui vestida de un modo discreto pero atractivo. Al fin de
cuentas se suponía que debía verme así para el tipo de empleo que me estaban
proponiendo. Así que me puse una faldita más cortona que lo habitual, y mi
remerita sin sostén que tan bien me queda.
Nos encontramos en una confitería de lujo, y cuando llegó lo
reconocí inmediatamente. No sólo por su noble estatura y su musculoso cuerpo
moreno, sino por su inocultable erección bajo sus jeans. Tragué saliva y procuré
disimular la enorme impresión que me producía. Como la mesa de la confitería era
de cristal, no tenía más remedio que seguir viendo ese tremendo bulto, apenas me
descuidaba y miraba hacia abajo, cosa que hacía más de lo conveniente para una
esposa fiel.
El hombre era muy viril y entrador. Estrechó mi mano
calurosamente y me echó una mirada en los melones que era todo un piropo.
Involuntariamente sentí que me humedecía. Así que decidí ser directa y
desilusionar de entrada al apuesto caballero. "Sepa usted que yo soy una mujer
casada y muy enamorada de su marido, señor", le aclaré mientras miraba el grueso
cilindro en su pantalón. Debía sufrir alguna forma de priapismo, pensé. "Y yo
soy el padrillo del millonario depravado que me ha enviado para contratarla",
dijo acariciándose el bulto. Bueno, por lo menos habíamos dejado las cosas
claras. "Yo espero que pueda al fin explicarme lo de la depravación de su
patrón", pasé directo al tema. Una vez que me hubiera dado su explicación podría
dejarlo y terminar la cita. "Desde luego, preciosa" dijo, tomando mis manos como
para que pudiera sentir el calor de sus fuertes manos, "pero para eso tendrá que
acompañarme a la mansión de mi patrón, así le muestro." Las caricias de sus
manos eran tan calientes y persuasivas que sentí que mis pezones se habían
endurecido. "¿Y eso nos llevaría mucho tiempo, joven?" Yo empezaba a ceder un
poquito. Pero es que la seducción de ese hombre era muy intensa. Por suerte,
estoy enamorada de mi marido, pensé, que si no...
"¡No se haga problema, señora! Lo que pasa es que para que
entienda lo del señor depravado, será necesario que lo conozca?" Sus manos
habían ido avanzando deliciosamente por mis brazos desnudos, rozando de paso el
costado de mis tetones. Yo reprimí un involuntario gemido, procurando que el
hombre, que al fin de cuentas era un desconocido, np lo advirtiera. Me pareció
que su razonamiento era válido, y al fin de cuentas, aunque mi amado Armando no
lo supiera, esta entrevista también tenía por objeto, comprender el concepto de
"depravado" para evitar que mi matrimonio pudiera caer en algún riesgo por
desconocimiento.
"Sin duda comprenderá usted, que debo ratificar mi condición
de padrillo delante de mi jefe. Es importante que yo introduzca mi tranca en su
cuevita y le dé unos cuantos empellones, hasta tenérsela bien enterrada, aunque
pueda dilatarle su intimidad un poco más de lo que está acostumbrada. Pero su
marido no tiene por qué enterarse. Y estoy seguro de que lo disfrutará. Yo, sin
duda, lo disfrutaré mucho." No entendí muy bien de qué estaba hablando porque
mientras sus fuertes manos continuaban con la caliente caricia de mis brazos,
sentí que mi visión se enturbiaba un poco. Así que me pareció mejor no oponerme
a las sensaciones que semejante tratamiento me estaban produciendo. Así que
afectando un aire distraído dejé que el caballero siguiera acariciando mis
brazos, supongo que para no arruinar la entrevista. Al cabo de un ratito de eso,
un hilillo de saliva me caía por la comisura de mis labios. Señal que mi
reciente amigo interpretó en el sentido de que ya era oportuno llevarme a su
mansión. Mejor, porque los gemidos se me estaban haciendo un poco ostentosos y
los colores me habían subido a la cara. Pensé en Armando, seguramente habría
comprendido que su mujercita hiciera una visita caritativa a un señor mayor,
acompañada de alguien que debía ser como un hijo para él.
Así que, bajo el férreo apretón en mi brazo, salí de la
confitería sintiendo algunas punzadas en mi intimidad, y por más que traté
seguir al hombre con pasos cortitos, el roce entre mis muslos había sido
demasiado para mi resistencia de mujer fiel, así que inevitablemente y poco a
poco, sin que pudiera evitarlo, me corrí y de paso me hice un poquito de pis.
Por suerte no debió notárseme, si bien terminé el recorrido hacia el auto del
hombre con pasitos algo tambaleantes. El hombre debía pensar que me estaba
seduciendo, porque no sabía la clase de esposa bien portada que soy.
Ya en el lujoso coche procuré mantener la mayor compostura,
en correspondencia con mi rol de posible futura empleada. El padrillo, en
cambio, liberó su tranca del encierro, aprovechando que teníamos un viaje un
poco largo. Pude comprenderlo, ya que el pobre no había tenido ningún orgasmo.
Pude comprenderlo, sí, pero tener ese enorme pollón al lado mío me puso un poco
nerviosa. Temía que el señor interpretara mi actitud como algo permisiva, así
que adopté me mejor actitud modosita. El hombre aminoró la marcha, y seguramente
para premiar mi actitud, me dio un largo y caliente beso de lengua, apretándome
los tetones, que me resultó un poco perturbador, debo confesarlo. Como premio no
estuvo mal, pero a continuación inclinó mi cabeza y me encajó la polla en la
boca. Iba a decirle que todavía no teníamos que hacer la demostración ante su
anciano patrón pervertido. Pero en la situación en que estaba no pude hablar,
así que me consolé elevando mis pensamientos hacia la imagen de mi amado
Armando, y con los ojos turbios dejé que el padrillo me la hiciera mamar. No es
que me pareciera mal, dado el rol que se suponía que estaba fingiendo. Y
mientras mi lengua se enroscaba en ese sabroso glande, sentí que no estaba nada
mal. Y que ni siquiera hacía falta que tuviera en mente a mi marido, claro que
en esos momentos no hubiera podido hacerlo, ese joven tenía algo de salvaje y no
tenía caso resistir su fascinación. La polla de padrillo exigía que abriera
mucho la boca, pero por suerte igual podría seguir succionándole el miembro, que
cada vez emitía más y mejores sabores. Así que se la chupé que era un gusto.
Claro, mi entusiasmo se hizo sentir, y el hombre comenzó a largarme sus chorros
de espeso semen, llevándome hasta el punto, casi de un nuevo orgasmo. A medida
que los iba tragando entre gemidos, chupando para sacarle todo lo que cargaba,
lamenté en cierto modo el no haber alcanzado un segundo orgasmo. De cualquier
modo me quedé con la cabeza inclinada sorbiendo su polla, mientras el hombre
seguía manejando. Por alguna causa no quería abandonar a mi gustoso visitante,
dispuesta a seguir honrándolo hasta que hubiera recuperado sus dimensiones más
modestas, dentro de mi boca.
Creo que el hombre advirtió que me había encariñado con su
polla, y quizá eso debió motivarlo, pues su miembro no había decrecido, y él me
acarició la cabeza como para animarme a seguirlo mamando. Ahí entendí qué quería
significar con eso de "padrillo". Yo, muy contenta y agradecida, seguí honrando
con mis lamidas y succiones ese enorme pedazo, recordando que triste quedaba en
comparación lo que Armando tenía para ofrecerme. Y ahí me inundó la compasión
por la poca suerte que había tenido mi marido, y cuando el caballero, sin dejar
de conducir, comenzó a dar pequeñas entraditas como si me estuviera cogiendo la
boca, lo que me resultó un poco erótico, tanto que se me volaron los ojos para
arriba, y aferrándole la enorme tranca con ambas manitas, me corrí, al tiempo
que recibía una nueva y copiosa emisión de mi anfitrión. Me tragué todo, por
supuesto, y muy contenta, y por mí hubiera seguido sorbiéndole el nabo, pero
habíamos terminado el viaje y el chofer, gentilmente retiró mi golosa boca de su
rey, y me ayudó a incorporarme, con aire un poco desmayado.
El hombre condujo el auto dentro de un gran garage y bajó la
puerta de entrada. Se quedó al lado mío, mirándome tiernamente, a medida que iba
reponiéndome.
Pensé que ahora debería ver al anciano. Pero no me pareció
mal, cuando mi reciente amigo, rodeó mi boca con la suya y penetró su lengua,
dándole una apasionada retozada dentro de mi boca. Yo me quedé inerme en sus
fuertes brazos, dejando que sus apasionados besos me fueran devolviendo el tono
vital. Eso y sus caricias a mis tetones. Y cuando me levantó la remerita para
mamármelos con boca apasionada, me pareció que no habría sido adecuado
detenerlo. Que el viejo esperara, pensé.
Y sentí su caliente mano abriéndose camino entre mis muslos,
llegando hasta mi cuevita, que comenzó a acariciar con sus gruesos y sabios
dedos. Agradecí que mi rol de posible futura empleada, aunque fuera falso, me
evitara la sensación de estarle siendo infiel a mi Armando.
No pude pensar gran cosa al respecto, debo reconocerlo, ya
que la cogida que me estaban dando los dedos de mi amigo, con la faldita
completamente subida, y los muslos abiertos, me tenían viendo pajaritos de
colores, y la chupada a mis tetones había vencido toda resistencia que pudiera
haber querido oponerle, Que no quería.
Así que con tres de sus gruesos dedos bien adentro de mi
concha, me corrí entre jadeos, gemidos y gritos apenas reprimidos. A su segunda
paja con los dedos ya ni siquiera pensé en oponerme, porque estaba completamente
entregada. Y dejé que me hiciera seguir corriéndome, totalmente dependiente de
su poder.
Cuando tanteé en medio de mi lujuria, encontré que esa enorme
tranca caliente seguía al palo, así que me aferré a ella con desesperación.
Hasta que me obsequió sus chorros, dejándome completamente despatarrada.
Estaba como entre sueños, pero pude advertir que el hombre
había volcado el asiento para convertirlo en cama, y subiéndose arriba mío,
comenzó una cogida en mi conchita entregada, haciéndome sentir su virilidad
hasta el fondo. Tenía razón el hombre en cuanto a la dilatación que me hizo
sentir, pero aunque agotada, lo secundé lo mejor que pude. Cuando me sobrevino
el siguiente orgasmo, pensé que a mi esposo podría no gustarle la situación en
que se encontraba su mujercita, así que hice lo único que podía hacer, le rodeé
la cintura con mis muslos, y lo dejé que me cogiera bien cogida.
Entre tanto, y seguramente por la simpatía que sentía por ese
joven, comencé a decirle cosas tiernas. "Te adoro, nene, dámela hasta el fondo"
"Qué tranca, papito, me volvés loca" Todo eso entre besos y beso y lamiéndole la
cara. "Soy tu puta, corazón, hacémela sentir por el orto" Seguramente él
pensaría que le decía esas cosas porque me gustaba, ignorando que estaba
desempeñando un rol, ya que sólo deseo a mi marido, pero cuando le chupaba la
lengua estoy convencida de que logré que me creyera.
Después de una cantidad incontable de orgasmos mi empleador
me dio vuelta, poniéndome el culo en pompa. Después de sus primeros lambetones
en mi ojete, al sentir su lengua penetrándome una y otra vez, comencé a decirle
otra vez cosas apasionadas. "Entrame bien esa lengua, mi machote, que te voy a
entregar el culo" "Haceme tu exclava, abrímelo bien, mi vida". Y esas cosas que
una dice cuando quiere hacerle creer a su hombre que está interesada en él.
Bueno, que por suerte no tuve que acordarme de Armando, porque no hubiera
podido, con el culo tan abierto y el traqueteo que me estaba dando este
muchacho. Así que cuando aferrado de mis tetones, me empezó a coger estilo
doggy, me hizo echar hasta el último aliento, y cuando me llenó los intestinos
de leche, me corrí, dando gritos apasionados. Me sentí muy puta y su total
exclava, o al menos traté de hacérselo creer a él.
Estaba admirada, ¡esa garcha no se bajaba nunca! Así que
siguió dándome por el culo, me hizo una cubana entre las tetas y se posesionó de
mí, como si fuera mi amo y señor.
Volvió a pasar por mi concha, me la lamió hasta que me corri
varias veces, y cuando pareció haberse aburrido, gateé hasta agarrarle la tranca
y me dormí mamándosela con total devoción. Apenas si pude sentir los chorros que
depósito en mi boca.
En el entresueño escuché la voz de un hombre mayor preguntar
"¿Cómo te fue con la candidata?" "Muy bien, patrón, ahí la dejé en su
habitación, bien dormidita. La dejé hecha un guiñapito, pero mañana, a más
tardar pasado, estará en condiciones para que usted se divierta, jefe."
En realidad estuve tres días durmiendo hasta reponerme.
Pero debía de haber quedado media tarumba, ya que ni me
acordé de Armando hasta dos días después,
Pero claro, seguramente puede comprenderse si uno considera
lo que siguió a partir del momento en que conocí al señor mayor depravado.
En la próxima, si te interesa, te seguiré contando.
Entretanto puedes escribirme
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