De mirones a violadores
Tres guardias de seguridad asaltan nuestra casa en vacaciones
y
me obligan a sujetar a mi mujer mientras ellos la violan.
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Después de casi once meses de trabajar, tanto mi mujer como
yo, seis días a la semana, había llegado el merecido momento de regalarnos dos
semanas de vacaciones. Claro que tampoco estábamos como para tirar cohetes,
económicamente hablando.
Con tiempo por delante y paciencia, nos pusimos a buscar un
lugar tranquilo en una zona costera del Mediterráneo, esperando encontrar algo
atractivo y que se ajustara a nuestro presupuesto.
Mi mujer se llama Laura, y yo soy Víctor. Llevamos ya casi
tres años casados, y desde nuestro viaje de novios, rara vez hemos tenido mas de
dos días seguidos de fiesta en común. Los dos trabajamos en el mismo bar
musical, donde nos conocimos hace ya mas de cinco años, situado en la zona de
copas de la ciudad.
Yo era el encargado del local, y una noche quede prendado de
una chica morena, no demasiado alta, pero sí con un excelente cuerpo y muy bien
proporcionado. Aunque al principio se me antojaba con poco pecho, con el tiempo
descubrí que tenia unas tetas sabrosísimas.
Ella entró con un grupo de amigos, con su pelo liso casi
negro colgándole gracioso hasta los hombros, y un culito respingon moldeado por
unos pantalones vaqueros ajustados, que hizo que lo siguiera atentamente con la
mirada durante el pequeño recorrido que hizo desde la puerta hasta la mesa que
ocupo junto con sus acompañantes.
Eran cuatro chicos y tres chicas, pero yo solo me fije en
ella, y lo hice con tanto descaro, que al final se dio cuenta de que no la
perdía de vista. Supongo que debió de ver algo agradable en mi, puesto que
cuando se acerco a la barra a pedir una pajitas, rápidamente entablamos
conversación.
El caso es que empezamos a vernos, y al poco tiempo
comenzamos a salir juntos mas en serio. Además de esto, unos seis meses mas
tarde, surgió en el local la necesidad de contratar a una chica que se ocupara
de la caja, y como Laura trabajaba en un supermercado, con un contrato basura y
un mísero sueldo, le propuse al dueño del local emplearla allí, con la esperanza
de que entre nomina y comisiones, casi doblara los ingresos que percibía en el
súper.
Las cosas nos fueron bien, y ahora tenemos un acogedor pisito
donde compartimos nuestras vidas las pocas horas en que coincidimos en casa,
pero que os aseguro que aprovechamos plenamente.
Estábamos en el mes de octubre, e íbamos a disponer de
vacaciones juntos las dos ultimas semanas de noviembre, así que nos pusimos a la
búsqueda de un lugar agradable para relajarnos después de tantos meses de
intenso trabajo.
Durante todo el tiempo que llevábamos trabajando en el bar
musical, habíamos llegado a verlo casi todo. De hecho, el local tenia fama de
ser un sitio donde la gente iba a buscar rollo, no es que fuera un bar de
alterne, ni mucho menos, pero lo cierto es que rara era la noche en que no se
echaban un par de polvos en los reservados, e incluso de un tiempo a esta parte,
era frecuentado por muchas parejas en busca de nuevas experiencias sexuales con
gente de sus mismos gustos.
Todo esto había contribuido a que Laura y yo hubiéramos
dejado atrás muchos de los perjuicios que teníamos cuando nos conocimos, y nos
habíamos convertido en una pareja bastante morbosa, aun cuando no practicábamos
intercambios con otros matrimonios ni habíamos invitado por el momento a nadie
para compartir nuestra cama.
El hecho es que navegando por Internet, visitando diversas
paginas de agencias de viajes, encontramos un anuncio que llamo nuestra
atención. Se trataba de una urbanización con pequeñas casas unifamiliares, de
esas que a veces te ofrecen para formar una mancomunidad, y disfrutarla durante
unos días al año.
En dicho anuncio ofrecían el alquiler de dichas viviendas por
semanas, a un precio que no llegaba ni a la mitad de otras ofertas que habíamos
visto parecidas. La urbanización estaba situada a unos pocos Km de la costa
Alicantina, en la falda de una montaña, y prometía descanso y tranquilidad
absoluta, así como muy buena comunicación con el pueblo más cercano y las
playas.
Aunque ya no era tiempo de bañarse, tanto Laura como yo
pensamos que era un buen lugar para descansar durante dos semanas, así que nos
pusimos en contacto con él numero de teléfono que indicaban, y al día siguiente
ya teníamos reservada una de las casitas para pasar allí nuestras merecidas
vacaciones.
Cuando llego el momento, cogimos el coche y nos encaminamos
desde Barcelona a Alicante, ilusionados en pasar los próximos quince días
divirtiéndonos, comiendo, bailando, follando, y porque no, si surgía la ocasión,
hacer alguna que otra travesura sexual.
Una vez en el lugar, nos encontramos con un grupo de unas 30
casitas, todas ellas iguales, separadas unas de otras por unos cincuenta metros.
Todas tenían su correspondiente jardín, rodeado enteramente por una valla
metálica y unos frondosos abetos que ocultaban a los ojos de los transeúntes lo
que ocurría en cada parcela.
En esa época del año, solo estaban alquiladas media docena de
casitas, y las que estaban a ambos lados de la nuestra, estaban vacías. Sin
embargo, el lugar era precioso, al igual que tranquilo. Se veía muy poca
actividad por las cercanías, tan solo habíamos visto a varios matrimonios
mayores de vez en cuando en la parte más baja de la urbanización.
De todos modos, nosotros estábamos muy a gusto. Paseábamos
por la playa, comíamos en buenos restaurantes, visitábamos los pueblos cercanos
y todos los días echábamos al menos un buen polvo. Incluso en una ocasión se nos
antojo echar una follada rápida durante la noche en la playa, y digo rápida
porque tampoco hacia mucho calor que se diga, como para estar en bolas sobre la
arena a esas horas de la noche.
Una tarde en la que lucia un generoso sol, yo casi dormitaba
en una de las tumbonas que había en el jardín, vestido únicamente con una
camiseta y un pantalón corto, descubrí que una sombra cruzaba sobre mis ojos
cerrados. Era Laura, y parecía que tenia ganas de juegos.
Ataviada únicamente con la parte de abajo de su bikini
amarillo y una camiseta ancha que apenas cubría su hermoso culito, puso sus
piernas a ambos lados de la tumbona y se sentó justo encima de mi tranquilo
paquete, abrí los ojos y vi en su cara una expresión de gata caliente y empecé a
acariciar sus caderas por debajo de la camiseta con suavidad.
De pronto distinguí una cara que nos observaba desde detrás
de una pequeña abertura que había entre los abetos aproximadamente a un metro de
la puerta de la valla.
Hay alguien mirando desde detrás de la valla. Le dije a
Laura
Ella giro la cabeza al tiempo que yo la hacia levantar de
encima de mí para dirigirme al lugar donde estaba el curioso. Cuando estuve mas
cerca distinguí a un hombre de cabeza grande y sin un solo pelo en el cuero
cabelludo, cubierto con una gorra parecida a la de un chofer.
Abrí la puerta de la valla y salí a la calle que cruzaba toda
la urbanización y me encontré con dos hombres uniformados de lo que parecía una
empresa de seguridad.
¿Ocurre algo? – Les pregunte.
No, perdone. – Contesto el que había estado mirando. –
Somos del servicio de vigilancia de la urbanización. Oímos unas voces y me
asome por el hueco entre los árboles. Espero no haberles molestado.
Era un tío de al menos un metro noventa, con una espalda que
parecía un armario ropero, totalmente calvo y con acento extranjero. Su
acompañante era un poco más bajo pero también estaba un rato cachas, y no dijo
ni una sola palabra. Los dos iban vestidos de uniforme, incluida la gorra, y de
su cintura colgaban una porra, una pistola y en la parte posterior unas esposas.
No, no. – Les conteste yo. – Me alegro de verles por
aquí, esto esta muy solitario estos días.
Bien, que tengan un buen día, usted y su esposa. Ya nos
vamos. – Volvió a decirme el armario ropero.
Regrese tranquilamente al jardín de nuestra casita, donde me
esperaba Laura de pie al lado de la tumbona, y volví a acostarme para seguir
disfrutando del sol.
¿Quién era? – Me pregunto mi mujer.
Los guardias de seguridad de la urbanización. No te
preocupes, no pasa nada, deben de estar haciendo su ronda.
Ya, pues han estado a punto de contemplar un espectáculo
inesperado. Menos mal que los as visto a tiempo. – Dijo Laura.
Como por instinto, volví a girar la vista hacia el lugar
donde antes había visto al guardia de seguridad, y por un instante pude ver como
rápidamente retiraba la cara del hueco entre los abetos y se escondía a un lado.
Era el mismo que nos había estado observando antes.
Sentí como si en ese momento me hubieran inyectado una
jeringuilla de puro morbo, cogí a mi mujer de la mano he ice que se sentara de
nuevo sobre mí diciéndole:
¿Te gustaría darles ese espectáculo, cariño? Aun están
mirando.
Laura se quedó un momento sorprendida, sin saber como
reaccionar. Mientras yo había deslizado mis manos bajo su camiseta y ya le
acariciaba los senos con suavidad al tiempo que mi pene aumentaba de tamaño bajo
su sexo cubierto únicamente con el bikini.
Ella me dirigió una sonrisa cómplice, sin volver la cabeza
hacia la valla y comenzó a mover sus caderas en circulo, restregando su coño
contra mi polla por encima de la ropa, haciendo que mi herramienta adquiriera su
máxima erección. Al mismo tiempo, yo empecé a jugar con sus pezones bajo la
camiseta, presionándolos entre los dedos pulgar e índice de cada mano, lo que
contribuía a que Laura empezara a calentarse tanto como yo.
De tanto en tanto, yo dirigía una disimulada mirada hacia el
hueco de los árboles, y comprobaba que nuestro guardia mirón no perdía detalle
de nuestras maniobras. No pude descubrir desde donde nos observaría su
acompañante, pero estoy seguro de que no se estaba perdiendo nada de la pequeña
travesura que les estábamos montando.
Nos pasamos mas de un cuarto de hora restregando nuestros
sexos y acariciando nuestros pezones mutuamente, hasta que nuestro estado de
calentura fue tal que decidimos meternos en casa para desfogarnos en la cama, y
cuando estaba punto de cerrar la puerta de entrada, mi mujer me sorprendió
volviéndose hacia la valla, y dándose un beso en las yemas de los dedos, con una
maliciosa sonrisa puso la palma de su mano hacia arriba y soplo suavemente
dirigiendo el morboso beso hacia el lugar donde nuestros espectadores debían de
estar ya totalmente empalmados.
Esa tarde echamos un polvo mágico, debido sin duda al morbo
que nos había producido la travesura del jardín. Después de un buen rato en la
cama practicando diversas posturas sexuales, y tras vaciarnos cada uno de
nosotros un par de veces, nos aseamos y nos fuimos al pueblo a dar una vuelta y
a cenar.
Ya casi nos habíamos olvidado de los agentes de seguridad,
cuando un par de días mas tarde, ya bien entrada la tarde, yo me encontraba en
el sofá viendo la televisión, y Laura leía un libro recostada sobre el césped
del jardín, con la espalda apoyada contra la pared de la casa, justo al lado de
la puerta, cuando su voz llamó mi atención:
Cariño, volvemos a tener visita.
¿Cómo? – Dije yo, que estaba más atento a la tele que a
lo que me decía Laura.
Los de vigilancia. Están otra vez detrás de la valla,
debió de gustarles el otro día el espectáculo, y vienen a ver si hoy hay
función.
Va... No les hagas caso. Sigue leyendo y no seas mala. –
Conteste yo al notar un tono pícaro en su voz.
¿Acaso a ti no te gusto la función, cariño?
Esta ultima frase la pronuncio Laura con ese tono de voz de
gata salvaje que ella sabia que me despertaba la libido. Así que me olvide de la
televisión y me dirigí a donde se encontraba ella. Cuando llegue a la puerta,
dirigí una disimulada mirada hacia el lugar donde sabia que se apostaban
nuestros voyeurs, y tal como había dicho mi mujer, allí estaba oculto tras los
abetos el grandullón del otro día, atento a lo que pudiera pasar en nuestro
jardín.
Laura me cogió la mano y me guió a que me situara frente a
ella. Tal como estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, abrió
sus flexionadas piernas y me arrodille entre ellas, apoyando mis nalgas en los
talones.
Estaba seguro de que el breve instante que paso desde que mi
mujer abrió las piernas y yo me coloque entre ellas, las bragas blancas que
llevaba no habían pasado desapercibidas a los ojos de nuestros mirones, y eso,
sumado a la visión que yo tenia de su entrepierna, ya estaba haciendo que se me
empezara a endurecer la polla.
Mi mujer estaba decidida a que nuestro publico se marchara
contento, y sin casi darme tiempo a acomodarme, echo mano a mi paquete y comenzó
a magrearme por encima del pantalón corto de deporte que yo vestía, y a los
pocos segundos mi rabo hacia esfuerzos por salir de la prisión de estos.
Era indudable que desde su posición tras la valla, los
guardias de seguridad no podían ver como Laura me masturbaba, sin embargo, era
fácilmente imaginable deducirlo por el movimiento de sus brazos y la cara de
vicio que ponía.
No puedo negar que el saber que nos observaban, a mí también
me producía un inmenso morbo, así que empecé a deslizar una de mis manos por la
parte interior de sus muslos, hasta que llegue a posar dos de mis dedos sobre
sus bragas, justo a la altura de su vagina. Solo con una leve presión de estos,
conseguí que del pecho de mi mujer escapara un profundo suspiro, al tiempo que
apretaba sus manos contra mi polla y mis huevos.
Sin mas preámbulos, llevó sus manos a mis caderas y agarro al
mismo tiempo mis pantalones y mis calzoncillos y los hizo descender hasta mis
rodillas. En ese momento mi culo debió de quedar unos instantes a la vista de
los guardias, aunque rápidamente fue cubierto nuevamente por la camiseta
deportiva que llevaba, puesto que arrodillado como estaba, la sentía rozar en la
planta de mis pies.
Laura no perdía el tiempo, una de sus manos jugueteaba
suavemente con mis genitales mientras con la otra agarraba mi erecta polla y
comenzaba a hacerme una prometedora paja. Estábamos frente a frente, mirándonos
directamente a los ojos, masturbándonos mutuamente, y yo ya luchaba con sus
bragas para hacer llegar mis dedos hasta su clítoris, con la idea de darle
placer metiendoselos hasta el fondo del coño.
Ella se inclinó un poco y aparto sus bragas hacia un lado,
indicándome así que deseaba que yo siguiera metiendole mano. Mi pulgar empezó a
jugar con su clítoris y mis dedos corazón e índice empezaron a abrirse camino
lentamente en el interior de su coño. Laura me demostraba el placer que
experimentaba mordiéndose el labio inferior y emitiendo contenidos gemidos,
mientras que a cada instante me acariciaba los huevos y me pajeaba con mas
rapidez.
Al cabo de unos minutos, los nudillos de mi mano chocaban
contra su piel y dos de mis dedos hurgaban en el fondo de su vagina, mientras,
con el pulgar describía rápidos círculos sobre su clítoris y en su cara notaba
la inequívoca expresión de la que esta a punto de tener un orgasmo.
Laura tenia ahora la boca entreabierta y los ojos cerrados, y
su respiración era mas entrecortada que nunca. Aun así, no cesaba un instante en
la paja que me estaba haciendo. Sentía como sus uñas recorrían mis huevos y su
otra mano había adquirido una considerable velocidad en él sube y baja que me
aplicaba a la polla.
Al momento, mi mujer adivino que me iba a correr y encerró la
cabeza de mi pene en una de sus manos, mientras la otra no dejaba de menearme el
miembro. Descargue todo mi semen en sus manos, que quedaron impregnadas con el
viscoso liquido justo cuando notaba que una gran cantidad de flujos inundaban el
coño de mi mujer. El orgasmo había sido prácticamente simultaneo.
Nos quedamos así durante unos minutos, hasta que nuestra
respiración volvió a la normalidad. Laura dirigió una fugaz mirada hacia los
abetos y me confirmo que nuestros espectadores se habían quedado a ver toda la
función. Disimuladamente, me subí los slips y los pantalones y mi mujer acomodo
sus bragas entre sus piernas. Me levante y cuando me disponía a entrar en casa
le advertí:
Ni se te ocurra lanzarles otro beso.
No te preocupes, no pienso hacerlo. – Me respondió Laura.
Entonces, ante mi atónita mirada, y estando encarada hacia la
valla, se llevó a la boca la mano que estaba impregnada con mi semen, y con su
característica sonrisa felina se metió lascivamente dos dedos entre sus labios,
chupandolos de la manera más provocadora que se le ocurrió.
Tanto Laura como yo admitíamos ya abiertamente que nos
agradaba el juego de exhibicionismo que practicábamos ante los guardias de
seguridad. Nos complacía enormemente el saber que otras personas disfrutaban
contemplando nuestras aventuras sexuales, y ya teníamos convenido, que si se
presentaba una nueva ocasión, volveríamos a deleitar a nuestros curiosos amigos
con un nuevo espectáculo.
Pero pasaron varios días sin que dicho encuentro aconteciera,
ya fuere porque nuestros mirones hubieran cambiado de turno, lo cual
desconocíamos, o porque cuando ellos se acercaban a nuestra casita de alquiler,
nosotros nos encontrábamos haciendo turismo por la región.
No fue hasta él ultimo día de nuestra estancia en Alicante,
cuando a media tarde yo me encontraba en la tumbona del jardín, reposando la
comida antes de preparar nuestro equipaje para la vuelta a Barcelona al día
siguiente, que un leve ruido tras los abetos llamo mi atención. Allí, en el
lugar de siempre, estaba el gigantesco guardia de seguridad con menos pelo en la
cabeza que el choco de una muñeca.
El se dio perfecta cuenta de que yo le había descubierto,
pero en vez de ocultarse rápidamente como hiciera en la primera ocasión, aparto
un poco mas con la mano las ramas de los abetos y se me quedo mirando
descaradamente y sonriendo, como preguntándome con la mirada si esa tarde no iba
a recrear la vista.
A menos de un metro de distancia, unas manos aparecieron
entre los árboles, y tras ellas distinguí la cara del acompañante del armario
ropero que conocí el primer día. Lo que me sorprendió, fue que un tercer hombre,
al que no había visto nunca, se encaramaba por encima de los abetos que cubrían
la puerta de la entrada de la verja, y su cabeza oteaba curiosa nuestro jardín,
en busca sin duda de lo que sus compañeros le habían contado.
Aunque estábamos a finales de noviembre, era una tarde
bastante cálida, y tanto mi mujer como yo llevábamos poca ropa encima. Yo tan
solo cubría mis vergüenzas con un bañador negro, y Laura deambulaba por la casa
vestida únicamente con su escueto bikini amarillo.
Entre y la encontré en la cocina metiendo los últimos platos
en el lavavajillas. Me acerque a ella por detrás y acomodando mi paquete entre
sus nalgas al tiempo que le acariciaba suavemente las tetas por encima de bikini
le dije:
Querida, tenemos visita. ¿Qué te parece si les damos una
buena despedida?
Laura se quedó un momento callada, saboreando el magreo que
mis manos aplicaban a sus pechos mientras notaba que un gran bulto crecía tras
su culito.
Espérame en la tumbona. Salgo en dos minutos. – Me
contesto.
Me dirigí de nuevo al jardín y me acomode en la tumbona, con
las manos entrelazadas bajo mi nuca. Los tres vigilantes seguían en el mismo
sitio, a la espera de los acontecimientos. Ya no trataban de ocultarse de modo
alguno, mas bien parecían impacientes por que comenzara el espectáculo.
Me quede mirando de nuevo al grandullón calvo, y temiendo que
fueran a abandonar su posición de vigilancia le sonreí descaradamente y le guiñe
un ojo, como dándole a entender que pronto empezaría la función.
Enseguida apareció Laura, con su bikini amarillo y una toalla
azul colgándole del hombro. Se quedo de pie a mi lado observando la valla, y
tras mirar uno a uno a los vigilantes dijo:
Vaya, hoy tenemos mas publico. Eso quiere decir que somos
buenos actores.
Se dirigió a los pies de la tumbona y se sentó a horcajadas
entre mis piernas a la altura de mis tobillos. Entonces se coloco la gran toalla
de playa sobre la cabeza, como si fuera una larga capa que le cubría casi la
totalidad de la espalda. Sin preámbulo alguno, hizo descender mi bañador un
palmo, hasta la mitad de mis muslos, agacho la cabeza, me agarro la polla con
las dos manos, y se la metió entera en la boca.
Yo estaba recostado en la tumbona justo de frente a la valla,
y veía como los tres voyeurs observaban atónitos la felación que me estaba
haciendo mi mujer bajo la toalla, por no hablar del excelente panorama que debía
ofrecerles el culito de Laura escasamente tapado por el minúsculo bikini y las
piernas completamente abiertas a los lados de la tumbona.
Se la veía subir y bajar la cabeza a un ritmo pausado bajo la
toalla, y notaba como sus dedos jugaban hábilmente con mis pelotas. Yo me
aferraba a la tumbona con mis manos, observando alternativamente como mi polla
desaparecía en su boca y a los tres mirones que a esas alturas debían de estar
mas calientes que el rabo de una sartén.
Laura chupaba cada vez con mas avidez, tanto es así que no
pude reprimir el impulso de agarrar su cabeza por encima de la toalla y
acompañarla en sus movimientos. No sé que es lo que más placer me estaba dando,
sí el roce de sus labios y de su lengua sobre mi verga, o la atenta mirada de
los tres vigilantes.
Era tan intenso el placer que estaba sintiendo, que a los
pocos minutos descargue toda mi leche dentro de la boca de mi mujer. Laura la
acogió sin que se derramara una sola gota, y mis gemidos y convulsiones, así
como mis manos aferrando la cabeza de mi mujer, habían indicado sin lugar a
dudas a nuestros invitados que el producto de la mamada ya recorría su garganta.
Me relaje sobre la tumbona y Laura volvió a colocar con
cierto disimulo mi bañador en su sitio, pero antes de levantarse, se acerco a mi
boca y me propino un profundo beso, y su pastosa lengua se hundió en mi boca,
haciéndome saborear el amargo gusto de mi propio semen. Sin quitarse la toalla
de la cabeza, se acerco a mi oído y me dijo:
Ahora soy yo la que quiere tu cabeza entre mis piernas,
pero eso lo haremos en privado.
Se levanto, y colocándose nuevamente la toalla colgada de un
hombro, se dirigió al interior de la casa, moviendo insinuantemente su culito y
sus nalgas, que ahora quedaban casi enteramente al aire por el hecho de que el
bikini se había metido entre ellas.
Tras dirigir una rápida mirada a los guardias de seguridad,
entre en la casa detrás de Laura, y en la habitación de matrimonio le hice una
comida de coño de campeonato, acompañada por varios de mis dedos que se
introducían alternativamente en su vagina y en su culo, hasta que a los pocos
minutos, mi cara estaba completamente llena del semen que mi mujer expulsaba al
correrse a base de mis intensos lametazos.
Después de ducharnos los dos, preparamos nuestras maletas
para regresar a nuestro domicilio al día siguiente. Era nuestra ultima noche en
la urbanización y decidimos ir a cenar al pueblo, mas que nada para no tener que
volver a limpiar la cocina.
Nos dirigimos a un restaurante en el que ya habíamos comido
varias veces y nos agradaba bastante. Allí coincidimos con uno de los
matrimonios mayores que también ocupaban una casita en la urbanización y nos
sentamos los cuatro a cenar en una misma mesa.
Era una pareja muy agradable, los dos ya jubilados, que
residían en Madrid y que habían decidido pasar allí un mes entero. Estuvimos
hablando de temas banales, hasta que a eso de las once de la noche nos
despedimos de nuestros acompañantes diciéndoles que nos íbamos a costar, ya que
a la mañana siguiente, bien temprano, debíamos regresar a Barcelona.
En un momento llegamos a la casita, y yo me dispuse a
preparar todas nuestras cosas al lado de la puerta de salida, mientras Laura
tomaba un baño antes de acostarnos. Cuando ya me disponía a meterme en la cama
para esperar allí a mi mujer, escuche el timbre de la puerta, y
despreocupadamente me dirigí a abrir pensando que eran nuestros compañeros de
cena, que querían darnos una ultima despedida.
Nada mas girar el pomo de la cerradura, la puerta se abrió
violentamente, y lo primero que vi fue una pistola ante mis narices que me
apuntaba directamente a entre los ojos. Tras ella estaba el gigantón guardia de
seguridad, con toda su calva reluciente, puesto que en esta ocasión venia sin
gorra, y con el significativo gesto de poner su dedo índice ante sus labios, me
indicaba que no dijera una sola palabra.
En apenas un segundo, los dos acompañantes que nos habían
estado observando durante la tarde, se introdujeron en el interior de la casa, y
mientras uno echaba una rápida mirada al salón, el otro se coloco a mi espalda,
y en un rápido movimiento, me izo juntar las manos en mi trasero y me coloco
unas esposas que ya traía preparadas.
El gigante de la pistola se acercó a mi cara hasta casi
tocarme la mejilla con la nariz y me dijo sin levantar la voz pero con un tono
de muy mala leche:
Como digas una sola palabra te meto un tiro en la boca,
carbón.
Dio también una mirada rápida al interior de la casa, y al no
ver a mi mujer se dirigió a sus compañeros:
Buscar a la zorra, y no hagáis ruido. Rápido.
Los otros dos vigilantes desaparecieron entre las puertas que
daban a la cocina y a las habitaciones. Los tres vestían sus uniformes
reglamentarios, pero ninguno de ellos llevaba la gorra puesta. El que me
apuntaba con la pistola me parecía ahora mucho más grande que cuando lo había
visto la primera vez. Yo no le llegaba ni a los hombros, además de que tenia una
espalda que era mas del doble de la mía.
Los otros dos debió de encontrar a mi mujer aun en el baño. A
los pocos instantes aparecieron de nuevo por el pasillo, sujetando cada uno un
brazo de Laura, que venia tapada únicamente con unas minúsculas bragas, el pelo
aun mojado y despeinado, y unos ojos que denotaban que estaba totalmente
aterrorizada.
Tal como habían hecho conmigo, le habían esposado las manos a
la espalda, y tal como la traían hacia el salón, descalza y casi corriendo, sus
pechos desnudos iban dando pequeños saltitos a cada paso. Cuando llegaron frente
a nosotros, Laura me miro con cara de pánico, y de sus ojos estaban a punto de
brotar las primeras lagrimas.
El grandullón ya había cerrado la puerta y había corrido los
dos cerrojos que tenia. Entonces guardo la pistola en su cartuchera y saco la
enorme porra que colgaba de una de sus caderas, al tiempo que me empujaba hacia
el centro del salón. Uno de sus compañeros se dirigió rápidamente hacia las dos
ventanas que daban al exterior y bajo completamente las persianas. Mientras, el
otro, cogió una pequeña mesa que había frente al sofá y la coloco pegada a una
de las paredes.
Cuando el salón estuvo a su gusto, los otros dos guardias
también sacaron sus porras de los cinturones, y se colocaron respectivamente a
mi espalda y la de mi mujer. Entonces, mientras el grandullón golpeaba la palma
de su mano con la porra, y sin quitar los ojos de las tetas de mi mujer nos
dijo:
Vaya, Vaya. ¿Qué tenemos aquí? Una parejita que le gusta
poner cachonda a la gente.
Aun no habíamos escuchado la voz de los otros dos, pero este
estaba claro que era extranjero, con un acento típico de los países del este de
Europa. Tras una breve pausa, siguió hablándonos:
Todo esto se podría haber evitado si nos hubierais
invitado a una de vuestras fiestecitas. Pero no. Tu quieres a esta zorra
para ti solito, ¿Verdad?
Dijo las ultimas palabras mirándome fijamente a los ojos, y
yo estaba totalmente acojonado. Nos encontrábamos entre eso tres pedazos de
tíos, cada uno con una porra, los dos con las manos esposadas a la espalda, mi
mujer en bragas y yo únicamente con un pantalón corto de deporte.
Bueno, no importa, a todos nos llegara nuestro turno, y
esta noche vas a ser tú el que mire. Vas a ver como los tres nos follamos a
esta puta. – Repitió el grandullón mirándome otra vez a mí.
El tío que estaba detrás de mi, me agarró fuertemente del
pelo y me dijo que me arrodillara en el suelo. Después me atravesó la porra en
la boca, como si fuera el arnés de un caballo, y se coloco detrás de mí
sujetándola con fuerza. Yo notaba su barriga tras mi cabeza, y no cabía duda de
que me tenia totalmente inmovilizado.
El otro guardia sujetaba a mi mujer por las esposas, y el
grandullón se acerco y empezó a magrearle las tetas con cara de satisfacción,
mientras deslizaba la porra por entre las piernas de Laura, que aunque intentaba
cerrarlas al máximo, no pudo evitar que aquel cachirulo entrara en contacto con
su coño por encima de sus braguitas.
Cuando se canso de sóbrale las tetas y de pellizcarle los
pezones a Laura, y mientras su compañero la sujetaba por los brazos a la espalda
y por el pelo, de un tirón le bajo las bragas hasta los tobillos, le hizo
levantar alternativamente los pies y se las quito haciendo una pequeña pelota de
tela con ellas en su enorme mano.
Abre la boca, zorrita, esto puede que te duela un poco. –
Le dijo a mi mujer.
Agarrandola por las mandíbulas la obligo a abrir la boca y le
introdujo las bragas en ella. Yo contemplaba la escena de rodillas sin poder
hacer nada, con la porra del guardia de seguridad que estaba a mi espalda
atravesada en la boca, y haciendo este fuerza con sus manos para impedirme
cualquier movimiento.
Entonces, entre los otros dos, colocaron a mi mujer enfrente
de mí y la obligaron también a arrodillarse, cogiendola del pelo hasta que su
frente casi tocaba el suelo. Al mismo tiempo, el vigilante que me tenia sujeto a
mí, me empujo un par de pasos, hasta que la cabeza de Laura, con la frente
apoyada en la alfombra que había en el suelo, quedo justo entre mis piernas.
Sujétale la cabeza con las piernas, pedazo de carbón. –
Dijo el tío que estaba sujetándome con un acento parecido al del grandullón.
Yo junte un poco las rodillas, hasta notar que el pelo de mi
mujer rozaba la parte interior de mis muslos. Pero inmediatamente, el vigilante
que estaba junto al grandullón me dio un tremendo golpe con la porra en la parte
exterior de la pierna diciéndome:
Aprieta fuerte las piernas, hijo de puta. Que no se
mueva, o te meto la porra por el culo.
Junte las piernas hasta que note las orejas de mi mujer
aprisionadas entre mis muslos. La sentía sollozar, aunque no podía articular
palabras por tener las bragas dentro de la boca. A continuación, el grandullón
también se arrodillo he izo que Laura abriera las piernas todo lo que su
flexibilidad permitía dándole pequeños golpes con la porra en el interior de los
muslos.
Con la mayor impotencia tuve que observar como aquel gigante
manoseaba con satisfacción el coño de mi mujer, metiendole con saña varios de
sus dedos, mientras mis propias piernas sujetaban su cabeza para que no se
moviera. No contento con meterle mano, agarrandola por una de sus caderas, le
metió de golpe la porra hasta el fondo de su agujero, lo que produjo una fuerte
sacudida del cuerpo de Laura, al verse invadida en su interior por aquel
garrote.
Empezó a follarla con la porra a una velocidad de vértigo.
Laura emitía ahogados sonidos bajo mis piernas en lo que parecían entrecortados
gritos, mientras el arma del vigilante se introducía mas de un palmo en el
interior del coño de mi mujer. Yo seguía inmovilizado por el tío que estaba a mi
espalda, con el culo de mi mujer totalmente expuesto a menos de cincuenta
centímetros de mis ojos, y aquella estaca recubierta de cuero que no dejaba de
entrar y salir cada vez más rápido.
El guardia que estaba junto al grandullón, ya se tocaba el
paquete descaradamente. De pronto se arrodillo a un lado de mi mujer y
escupiéndole en el culo, comenzó también a hacer fuerza con su porra para
metersela a Laura por el ano. Ahora si que no había duda de que mi mujer
intentaba gritar, aunque las bragas en la boca seguían sin permitírselo.
Poco a poco, la segunda porra fue abriéndose camino en el
culo de Laura, y las dos armas se introducían a la vez salvajemente por los dos
agujeros de mi mujer. El grandullón incluso iba haciendo pequeños círculos con
su mano, provocando que el coño de Laura se dilatara mas todavía.
Tuve que estar mas de un cuarto de hora viendo como aquellos
dos cabrones se divertían violando a mi mujer con sus porras. Se intercambiaban
los agujeros, tan pronto el gigantón le hundía la porra a Laura en el coño, como
cambiaba y le taladraba con ella el culo, sin disminuir para nada la fuerza y la
violencia con que se la metía.
A todo esto, Laura ya apenas oponía la más mínima
resistencia, ni siquiera la oía sollozar. Me imagino que se habían agotado sus
fuerzas, y el tío que me inmovilizaba a mi espalda, se cuidaba bien de que no
separara las piernas para liberar la cabeza de mi mujer.
Por fin se cansaron de jugar con las porras, y entre los dos
acompañantes del grandullón me llevaron a empujones al sofá. Me hicieron sentar
justo en el centro y uno de ellos me volvió a sujetar desde atrás atravesándome
de nuevo la porra en la boca. Era el que primero le había metido a Laura la
porra en el culo.
Entre los otros dos, levantaron a mi mujer del suelo. Tenia
las mejillas llenas de lagrimas, y fácilmente se le notaba que tenia un fuerte
dolor en el coño y en el culo. Por un momento pensé que allí acababan nuestros
suplicios, pero estaba totalmente equivocado.
Le sacaron a Laura las bragas de la boca. – Vamos a necesitar
también este agujero. – Le dijo el gigante. Entonces la arrastraron hasta el
sofá y la sentaron a mi lado. Apenas la tuvieron allí, cogiendola del pelo, la
hicieron tumbarse boca arriba sobre mis piernas, hasta que su cabeza quedaba
apoyada en el sofá y su espalda se arqueaba sobre mis muslos, lo que hacia que
yo tuviera sus tetas justo frente a mi cara.
Sin mas preámbulos, el vigilante que me había estado
sujetando mientras los otros dos se la follaban doblemente con las porras, se
desabrocho los pantalones y mostró un enorme falo totalmente erecto, debido sin
duda a lo que había estado contemplando desde detrás de mí.
Sin ningún miramiento, agarro a Laura por los tobillos, le
separo las piernas, y de un golpe le hundió la enorme polla en el coño. Mi mujer
estaba a punto sé soltar un estruendoso grito cuando el gigantón, que también se
había desabrochado los pantalones, la agarro por el cabello, y tras girarle la
cabeza hacia él, le metió en la boca un espectacular rabo de unas medidas
perfectamente acorde con su complexión.
Tanto uno como otro, se follaban a mi mujer con rabia. Yo
tenia la espalda de Laura sobre mis piernas, y los dos seguíamos esposados con
las manos a la espalda. A mi derecha, aquel bruto le metía aquella descomunal
polla hasta el fondo de la garganta, lo que en algún momento incluso producía
que Laura tuviese algunas arcadas. Sin embargo, aquel bestia seguía follandole
la boca sin ninguna contemplación.
A mi izquierda, el otro guardia le daba por el coño con unos
golpes de cadera tan violentos, que incluso hacían que yo me moviera a cada
envite, aun estando sujeto desde detrás del sofá por el tercer violador.
En unos minutos, el grandullón que tenia la polla en la boca
de mi mujer, le agarro la cabeza con las dos manos y vació toda la carga de
leche que llevaba en el interior de la garganta de Laura. La sujeto firmemente
sin sacarle el miembro de la boca hasta que su erección empezó a disminuir.
Entonces tomo el relevo del que me estaba sujetando y se puso
a mi espalda. El otro vigilante, saco la polla del coño de mi mujer y se fue al
otro lado del sofá, dejando el sitio libre al que ya se acercaba con los
pantalones medio bajados.
Este, inmediatamente se puso a follarle también el coño a
Laura, mientras el otro ya le metía su polla en la boca hasta que la nariz de mi
mujer chocaba con su pelvis. Estos dos casi se corrieron al mismo tiempo en los
agujeros de mi mujer. Nuevamente tubo que tragarse el semen del violador que se
corría en su boca y la sujetaba fuertemente por el pelo.
Al mismo tiempo, su compañero le inundaba el coño de leche,
manteniendo también la polla en su interior hasta que quedo totalmente
satisfecho. Continuaron girando por turnos alrededor de mi mujer hasta que cada
uno descargo su leche en la boca y el coño de Laura, mientras a mí me sujetaban
desde detrás del sofá con la porra atravesada en mi boca, obligándome a no
perder detalle de las seis corridas que cuando terminaron mi mujer llevaba
dentro.
Casi a las tres de la mañana, después de volver a ponerse sus
uniformes, el gigantón saco de nuevo su pistola y antes de quitarnos las esposas
me dijo al oído:
Ahora sed buenos y olvidaros de nosotros, tened en cuenta
que en las oficinas de la urbanización esta vuestra dirección en Barcelona.
¿De acuerdo?
Sin dejar de apuntarme con la pistola, nos quitaron las
esposas y salieron rápidamente de la casa. Ni siquiera se me paso por la cabeza
seguirles. No me hubiera servido de nada, ellos eran tres y muy fuertes y yo
estaba solo.
Me abrace a mi mujer y nos quedamos un rato tal como nos
habían dejado. Ella desnuda sobre mis piernas, con el coño y el culo doloridos,
y la boca totalmente pastosa debido a las tres corridas que se habían vaciado
allí dentro. Yo totalmente impotente por no poder haber hecho nada por
impedirlo.
Nos duchamos los dos y sin dormir, cogimos el coche y nos
marchamos hacia Barcelona. Hicimos prácticamente todo el trayecto en completo
silencio, ni siquiera llevábamos puesta la radio. Queríamos olvidar cuanto antes
lo sucedido.
Al amanecer llegamos a nuestra casa. Tras descargar nuestro
equipaje nos echamos a dormir, Al día siguiente volvimos a nuestro trabajo en el
bar musical, y tan solo una mañana, antes de bajar a la calle a desayunar,
comentamos lo sucedido en Alicante. Los dos estuvimos de acuerdo en que la vida
continua, y que lo sucedido ya no tenia remedio por mucho que nos pesara. Así
que lo único que podíamos hacer era continuar con nuestra vida normal.
Casi un mes después de que sucedieran estos hechos, viendo
los informativos del medio día, nos sorprendió una noticia en la que se veía una
imagen de la urbanización donde habíamos pasado nuestras vacaciones.
Según comentaba la presentadora, la policía había detenido a
todos los trabajadores de dicha urbanización. Al parecer formaban parte de una
banda que se dedicaba al trafico de armas y el robo de coches de lujo, y usaban
aquellas casas como tapadera para el blanqueo de dinero. En total había quince
detenidos, incluidos los vigilantes de seguridad, así como innumerables arma
incautadas y una docena de coches.
Escuchamos la noticia en silencio y con la máxima atención.
Posteriormente, dieron otras noticias, hablaron de deportes y contemplamos
pensativos la previsión del tiempo.
Solo después de que hubiera terminado el informativo, Laura
rompió el silencio preguntándome:
Cariño, ¿Tu sabes donde se puede comprar una porra?
FIN
Si os ha gustado este relato, o si no os ha gustado,
agradecería comentarios en mi dirección de correo:
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Saludos, Víctor Galán.