DE CÓMO TE HAGO EL AMOR, KATHERINE
Yo tengo un amor: Eres tú, Katherine. Cada vez que veo tu
delgada figura muero de ganas de tenerte en mis brazos y llenarte de besos,
imaginándote que eres feliz de saber que te amo y te deseo como nunca desee a
nadie en esta vida.
Es por eso que hoy para mí es la noche mas hermosa del mundo.
Y es que hoy por primera vez estamos solos y tú estás dispuesta a ser mía. Tú,
dulce e inocente, pero deseosa de ser penetrada por mi masculinidad. Estamos de
pié, mirándonos frente a frente a pocos centímetros y yo, ansioso, te enseño el
camino del placer. Como eres alta, no tengo que bajar casi mi rostro para
encontrarme con tus ojos oscuros. Después de largos besos apasionados, guío tu
temblorosa mano por el cierre de mi pantalón hasta mi miembro y luego que lo
tomas te enseño el ritmo que el sexo masculino requiere para lograr el mejor
gozo, mientras comienzo a estimularte explorando los confines de tu piel con mi
boca ardiente. Empiezo con tus labios carnosos, llenándolos de todos los besos
que no sabías que guardaba para ti. Luego de sentir tu cálido aliento soplar mi
garganta continúo por tu cuello, mientras tú en respuesta te agitas muy sensual,
aunque levemente. Un quejido, muy tuyo, se te escapa mientras entrecierras los
ojos y, sin que lo notes, voy desabrochando tu chalequito marrón, levanto
sutilmente tu polito blanco y con los dedos desprendo tu brasiere, mientras mis
labios gruesos dejan tu cuello y se dirigen a tus pequeños senos que imagino
insignificantes y hasta informes, pero que por ser tuyos son los senos que más
anhelo besuquear. Abro mi boca totalmente, y succiono tus pezones marrones,
sintiendo que se te endurecen, y como son pequeños parecen frutos camino a
madurar. Continúo por tu cintura, llego a tu ombligo y casi sin que lo notes mi
lengua cruza tu talle y alcanza el fin de tu espalda. Es evidente que quiero ir
más allá: explorar tus nalgas.
Así, ya estás lista para empezar la danza del sexo. Demás
está decir que en aquel trance fui despojándote de tus prendas. Es que una vez
libre tu chalequito marrón, levantaste tus brazos al cielo, mientras te subía el
polo, retirándolo totalmente. Sonrío al ver tu cabeza luchando por salir por la
pretina de tu polito y cómo tus cabellos frisados se levantan para dejarme
apreciar tu delgado cuello, mientras te achinas risueña, tal vez por lo gracioso
de tu situación, tal vez por el placer que sabes vas a recibir.
Para entonces ya mi lengua prueba el sudor de tu baja
espalda, inclinándome libidinosamente para alcanzarte, y esta posición es
propicia para que mis manos acaricien tus largas piernas pues tú sigues siempre
de pie, con los ojos bien cerrados y te agachas un poco para no soltar mi falo
que ya sale del cierre de mi pantalón y está a tu vista. Tu falda mini muy corta
y con pliegues, también marrón, la fui levantando cuando mis caricias subieron
buscando tus ligeros glúteos, y estoy feliz de que en el éxtasis me lo permitas.
Tienes una truza biquini color blanco que no protege tus nalgas como entonces
quisieras, pues muestras una evidente vergüenza al saber que observo tu trasero
pequeñísimo, tanto que con tu mano derecha haces un leve ademán para cubrírtelo,
pero ya es tarde: mis labios ya son dueños de tu cuerpo y con mi lengua estoy
levantándote esa parte de la truza que cubre tus orificios, pues quiero saber
del sabor de tu humedad.
Me dices: "Ay doctor, no sigas.." pero los dos sabemos
que quieres que continúe, que quisieras gritarme que estas gozando conmigo y que
ya nada nos detendrá. Tu voz que tanto me gusta suena entrecortada, nerviosa,
despacio, pero firme. Voz de mujer en placer. Voz de mujer alborotada porque
está logrando todo lo que desea de este mundo. Tu mano y tus ojos exploran mi
sexo, embelesados, como si fuera el primer miembro masculino que descubren, y
puedo sentir que tiernamente lo acaricias, un poco con respeto, un poco con
pudor.
Ya no sólo es mi boca. Mis dedos también aprisionaron tu
truza estirando su entrepierna hacia un lado. Ya no es misterio tu sexo. Tienes
vellos negros y abundantes que oscurecen tus orificios. Ya sabes, tienes las
piernas muy flaquitas, pero en contraposición tus caderas son amplias. Yo
siempre me pregunté cómo es posible eso, y buscando respuesta te veía con
minifaldas y observé que tus piernas estaban extremadamente separadas, dejando
una gran abertura entre ellas, por lo que tu sexo debía ser enorme y altamente
excitante. No me equivoqué. Así casi desnuda veo que tu pubis es imponente y
domina la escena en tu delgado cuerpo. Tal vez nunca he tenido tanta oscuridad
entre mis labios y eso me excita. Me digo en silencio: ¿de verdad eres
virgen, flaquita? Y pienso en todos los amores que pasaron por tu vida, en
Leo, aquel compañero de trabajo casado al que amaste y de seguro entregaste tu
virginidad, pero también en la sana educación que pareces haber recibido de tu
hogar, pero veo: ya no eres virgen, ya no hay un velo de piel, tu inocencia no
es real, es una imagen que emites casi sin proponértelo, pues eres ya una mujer
completa que ahora espera ser traspasada por mi espada de carne ardiente en una
nueva aventura de placer.
En ese instante salgo violentamente de mis pensamientos al
oír un gemido fuerte de tu garganta, novedad para mis oídos que soñaban con
escucharte cantar una canción así. Es que mi lengua tocó la puerta de tu sexo y
para ti fue contundente. Siento que tus manos aprisionan con fuerza mi cabeza y
parece que quisieras alcanzar nuevamente mi pene, es que, si bien sigues de pié,
te agachas un poco para buscármelo. Mi glande, colorado, sufre levemente el
dolor de estar aprisionado entre tus dedos que tiran violentamente mi largo
prepucio, pero no me importa, todo es delicioso si viene de ti.
Tesoro, en ese instante es el placer el que te dobla y te
hace perder la cordura. Casi arrodillándote, buscas mi pene con locura y te lo
introduces en la boca, mientras me yergo para facilitar tu arremetida. Quizás no
es tu primera vez, pues de seguro ya sabías lo que es sentir los jugos de un
sexo en las paredes internas de tu cavidad bucal, pero estás feliz al sentir la
dureza de mi glande empujar desesperadamente hacia el fondo de tu garganta. Veo
que no eres experta, porque, a pesar de encontrarte presta a recibir mi pene, tu
forma de succionarlo deja entrever total desconocimiento. Por un momento pienso
que al parecer no llegaste a probar el miembro de Leo, quizá por falta de
oportunidad, quizá porque con él nunca te atreviste. Si es que me equivoco y sí
lo probaste seguro te habría sorprendido comprobar que su pene es muy parecido
al mío, esto lo sé porque lo he visto desnudo cuando nos duchamos en los
camarines luego del deporte, y yo envidioso deseaba estar en su lugar para que
me ames. Entonces yo le veía el miembro pensando: "Leo, ¿ya penetraste con
eso a mi Kathy?". Ahora ante estos pensamientos me lleno de más placer, y es
este placer el que me hace levantar más el cuerpo y erguirme completamente de
pie, reposando sobre la pared, para sentir como aprendes a succionar un miembro
viril conmigo. Tú, agachada como yegua en celo, buscas con tu otra mano mis
testículos y los anidas con amor, mientras entiendes lo que quiero de tu boca,
los espasmos que logras con tu garganta. Mi glande, colorado, sufre levemente el
dolor de estar aprisionado entre tus labios que tiran violentamente mi largo
prepucio, pero no me importa, todo es delicioso si viene de tu boquita hermosa.
Ya es demasiado. Has querido retribuirme lo que mis labios te
hicieron gozar, y luego de un comienzo para el olvido lo haces tan bien que me
vas gestando un orgasmo que amenaza derramarse en tu boca golosa mojando tus
labios carnosos, pero me resisto pues quiero más de ti. Después de deleitarme
escuchando el sonido que hace tu boca remojando mi virilidad ya no puedo más y
te aparto delicadamente con una mano sobre tu hombro. "Ahí nomás, mi amor"
te digo y bajo los niveles mientras tú te mantienes al máximo. Te levantas y yo
te tomo del talle para acercarte a mí. Desato mi tonta correa y mis pantalones
caen como muertos hasta mis zapatos. Empiezo a bajar mi calzoncillo rojo y tú en
silencio pero con un leve apuro me ayudas. Te me acercas más y juntas tu cuerpo
al mío para que yo pueda sentir otra vez que no llevas perfume, que hueles a
mujer de campo, que tienes el olor natural del sexo.
Me emociono y te aprieto hacia mí. Te beso profundamente la
boca queriendo morder tus labios que segundos antes aprendieron lo que es
succionar mi sexo masculino y empujo suave pero decididamente tu cadera derecha:
quiero que te voltees. Tú, flaquita como eres, te das vuelta y me entregas tu
espalda completa desde el cuello hasta las pantorrillas. Yo descubro algo que no
esperaba: tienes vellos en la espalda, bajo el cuello. Sonrío dentro de mí y no
sé si me agrada o desagrada, si aumenta mi excitación o la disminuye, solo sé
que me dan muchas ganas de besarlos. Tu ríes con tu risa chillona que ya conozco
y me dices "ahh, me das cosquillas" y retiras violentamente tu cuello de
mí, lo que hace que tus huesudas nalgas se aprieten contra mi erguido pene.
Claro que yo lo siento, y un poco para que no te alejes tanto y un poco para
acomodarlo justo entre tus nalgas, te aprisiono la cintura y te atraigo hacia
mí.
En ese instante entiendes una cosa: vas a ser mía. El hombre
maduro que tanto tiempo te asedió logrará el propósito que hace mucho tiempo se
trazó y será la primera vez que lo sentirás dentro de ti. No lo dudas, él merece
este momento y tú estás feliz de que ocurra así. Entonces no separas tu espalda
de mi pecho y con tu mano izquierda, por sobre tu cabeza, empiezas a acariciar
mis cabellos, mientras tu nuca se acurruca en mi regazo esperando coqueta mi
reacción ante tan sensual posición. Yo descubro que ya no existe pudor en ti,
que asumiste tu condición de mujer dispuesta y, mientras acerco mi mejilla a la
tuya, con mi mano derecha tomo mi pene y lo paseo placenteramente por tu línea
divisoria. Tú, acomedida, pones tu mano derecha sobre la mía que aprisiona mi
pene, y aquietándola, siento como quiebras tu cintura, lo que levanta más tu
trasero que se pone durito, para que yo entienda que ya no debo esperar más y
que tú tampoco quieres hacerlo.
Con tu otra mano retiras delicadamente la entrepierna de tu
calzón que no bajé y colocas mi sexo en la posición de inevitable introducción.
Yo descubro que eres mía y estás dispuesta a todo lo que quiera hacerte.
Descubro que eres mi esclava y que así como otro pudo robarse tu virginidad en
un momento de éxtasis, yo puedo robarte también otra virginidad que esperaba por
mí. Estoy viendo que ya te quebraste, que pensaste "me quiere penetrar y yo
quiero que lo haga" y no te percatas que me ha nacido un deseo libidinoso
que no esperabas, pues yo busco tu orificio pequeño, aquel que sólo algunos
dichosos pueden desvirgar alguna vez.
Ahora soy mi pene. No siento nada en este mundo que no sea mi
pene. No me importa nada en la vida más que mi pene que siente la resbaladiza
humedad de tu vulva. Es un camino que es fácil de caminar y que me dirige a tu
puerta como un bote a la deriva del río. Pero no lo introduzco. Doy tres sobadas
refrescantes, y con esa humedad prestada levanto ligeramente mi glande para
dirigirlo al camino que he elegido. Tú estás excitadísima a no más pues todo me
toleras, dices algo así como "ay, qué haces.." pero no retraes tu
trasero, yo comienzo a procurar la penetración prohibida y tú te sueltas a la
aventura. Parece que no sientes dolor alguno cuando empujo decididamente.
Percibo en ti un par de segundos de desconcierto, pero pronto lo asimilas y
tratas de mostrarte mujer audaz, pues no dices nada, no evitas mi sablazo.
Más que seguro te dolió algo, porque yo siento cómo atravieso
terrenos no explorados y que se abren a la luz a fuerza de mi arremetida, pero
eso dolor fue también placer para ti, porque no te negaste ningún centímetro de
mi falo. Y es que cuando mi glande penetró victorioso en tus intimidades anales
tú instintivamente te torciste y facilitaste mi ingreso. Yo que estaba apoyado a
la pared entendí que ahora tú requerías del apoyo y casi sin que lo notaras ya
estabas posando primero una y después tus dos manos contra la blanca pared.
Sí. Gracias Dios mío. Le agradezco tanto placer al lograr en
cada arremetida penetraciones profundas que tú recibías con ansias. En buen
ritmo te tomo la cintura y entro y salgo sin ninguna discreción. Mis dos manos
abandonan de vez en vez tu cintura y se posan en tus delgadísimas y tubulares
piernas y jadeamos tanto que rompemos el silencio de la noche.
Introducir mi masculinidad por tu orificio menor era lo menos
que esperaba en un comienzo, pero no niego que al saberte ya mujer con pasado me
aventuré a más y como vinieron dándose las cosas, ahora me veo fornicándote como
si fueras una ramera insaciable. En algunos momentos te lo introduzco
completamente para sentir cómo tus músculos rectales aprietan fuertemente el
cuerpo de mi falo mas no mi glande, pues él está más adentro, en otra dimensión,
donde no tienes como estrujarlo. En otros momentos lo retiro casi por completo y
te lo introduzco lentamente, para ver cada detalle de mi deliciosa penetración.
Pienso: "Katherine, eres mía, eres la hembra de mi sexo y
todas las ansias que guardaba son hoy realidad", y te comienzo a acariciar
el clítoris para que la contranatura sea para ti también gozo. Tú jadeas como
loca y eso me hace feliz, pues veo que has descubierto un placer nuevo, del cual
de seguro escuchaste alguna vez, pero nunca esperabas tener el atrevimiento de
experimentar.
Yo muero por los traseros. Yo gozo horrores con el coito anal
en un trasero bien proporcionado, pero jamás pensé que el tuyo, tan huesudo y
poco agraciado, me haga gozar con tanta intensidad. Diría que me atraes no por
tu físico, sino por ti, mujer, porque toda tú es una delgada figura
proporcionada que manejas como una muñeca de vestir. Porque eres dulce y tienes
unos labios sensuales, porque tu voz suena inocente y tu estatura es ideal para
mí. Además, pasé muchas horas deseando poseerte.
Tal vez estoy abusando de ti. Pienso que puedo dañarte
físicamente si sigo penetrándote así por tu pequeño orificio. En esa posición no
debemos continuar. Además tú quieres más de mí y yo más de ti. Quiero tu cuerpo
entero. Haciéndote el amor razonablemente, retiro mi falo y aprovecho para
quitarme definitivamente mis pantalones ya pisoteados y mi camisa entreabierta,
siempre con tu ayuda, porque parece que deseas que no te deje de amar. Te digo:
"Kathy, que rica eres" y luego de corresponderme con una sonrisa, en voz
baja me preguntas: "¿me volteo?" y me das frente, para que yo vea que tus
pequeños senos tienen alguna forma, que caen un poco sobre tu pecho, que no son
tan feos como en un principio me parecieron. Yo no te respondo, pero con las dos
manos empiezo a bajar tu cazón blanco. Tú levantas una y otra tus largas piernas
para que retire tu truza y la lance al suelo, mientras velozmente, con una
sacudida yo me desprendo de mi calzoncillo rojo, encontrándonos ahora sí ambos
con los sexos desnudos y frente a frente.
Tu piel es más oscura que la mía. Eso podemos notarlo ambos.
Con mis palmas comienzo a acariciar tibiamente tu vientre y tu espalda y te beso
los labios tiernamente. Luego de profundos besos tú me muerdes el labio inferior
evidentemente excitada, yo entonces te acerco a mí, mi falo erguido lo fricciono
sobre el frondoso bello de tu pelvis y te aprisiono con mis brazos, los cuales
se prenden de tus nalgas siempre huesudas. Es notable tu rostro feliz, gozoso,
pero también asustado, con las mejillas llenas de color que me dejan adivinar la
gran tensión que vives, como una niña que camina por senderos jamás explorados.
Veo tus labios que se han hinchado de placer, tal vez por la mordida que te di,
por la fricción de mi pene contra ellos, o quizá porque son así, propicios para
el amor.
Mi pene duro se levanta ante tu carne y mi glande mira al
cielo mientras mis testículos se aprietan sobre tu pelvis. Tú también me abrazas
y comienzas un movimiento rítmico que me embarga, apretándote contra mí de vez
en vez, mientras nos besamos, mientras mis dedos se introducen por tu línea
trasera llegando a tus orificios cada vez más atrevidamente. Así de pié, estamos
juntando nuestros cuerpos todo cuanto podemos, hasta que tus manos en mis nalgas
se animan a aprisionar mi miembro viril.
Lo estás acariciando otra vez. Lo estás anidando nuevamente.
Pero yo te estoy casi levantando en peso desde las nalgas. Tú te levantas sobre
los dedos de tus pies, lo que te hace más quebrada y levanta tu vulva a la
altura de mi sexo, entonces siento que lo tienes enorme, totalmente inflado, y
me digo que ya te debo introducir.
Tal como ya lo dije, tu sexo es grande y tu estatura es
perfecta. No existe pretexto, pienso que estás hecha para ser penetrada de pié,
porque mi pene te introduce profundamente y sin embargo la posición es cómoda.
En situaciones similares y con otras mujeres he tenido que quebrarme hacia atrás
para introducirlo y aún así no puedo lograr mucha profundidad. Pero tú, Kathy,
eres fácil de penetrar así de pié.
Nos movemos los dos, yo para sentir tu vagina hirviente que
me aprisiona, tú para gozar cada milímetro de mi penetración. Somos dos personas
delgadas que en esa postura no tienen problemas para juntar sus sexos y eso nos
hace feliz. Así, clavados, no pierdo la oportunidad de detenerme por un
instante, detener tu movimiento frenético y en un largo instante mirarte a los
ojos de mujer sorprendida, posar mis manos sobre tus brazos, sentir tus senos
sobre mi pecho y con una sonrisa decirte: "Te amo, Katita". Tú me
respondes casi al instante, "yo también, doctor" reiniciando el
movimiento penetrante, revelándote como una mujer sensual, altamente erótica,
que sucumbe ante los placeres de la carne.
No quise cambiar de posición porque era perfecta, tú tampoco
lo pediste nunca, eras feliz así, sintiendo mi aliento en tu boca, soltando tus
quejidos en mis oídos. Casi al clímax me detengo y con los ojos busco tu rostro
y al mirarnos otra vez te detienes también conmigo, entonces te digo: "mi
amor, voy a mojarme.." entonces en tus ojos vidriosos descubro que acababas
de tener ya un orgasmo con mi pene introducido, reparo entonces en que estás
jadeando y sudando más que nunca, despidiendo tu olor natural, y entiendo que
con los ojos me dices "y qué, si eso estoy haciendo yo ahora, si eso es lo
que quiero, si quiero hacerte feliz, si eso me está haciendo feliz..", pero
eres tan tímida en el amor que sólo me dices: "¿ya quieres mojarte?" y yo
te sonrío, te sonrío amorosamente y te beso más apasionadamente que nunca,
porque me estoy soltando en un explosivo orgasmo dentro de ti, ahogando mis
quejidos en tu boca. Tú lo entiendes porque empiezas a moverte frenéticamente,
como para darme el mayor gozo posible y también para retomar la ola del nuevo
orgasmo que contenías y que interrumpí cuando te hablé, y así ambos llegamos al
clímax juntos, como si todo el universo se hubiese puesto en movimiento sólo
para hacer posible este orgasmo, llegamos juntos porque nos amamos, porque desde
el comienzo de los tiempos estaba previsto que ibas a ser mía esta noche.
Luego de algunos minutos en que seguimos abrazados, tú
penetrada y feliz, yo sintiendo tus piernas que se cruzan como queriendo retener
mi pene dentro tuyo vamos volviendo al mundo que por estos instantes olvidamos.
Yo soy casado y tengo familia, tú eres la recepcionista de nuestro centro de
trabajo. Yo busqué por todos los medios esto porque me enamoré de ti, tú te
rendiste ante mi cortejo porque aprendiste a amarme también. Volvemos al mundo
real y pienso que entonces podrías arrepentirte de esta entrega, y en actitud
esquiva tomarás prontamente tus prendas y buscarás refugio lejos de mis ojos,
pero me equivoco. Tú me besas coquetamente los labios y con un delicado
movimiento pones tu palma derecha en mi vientre y te retiras mi falo aún duro de
tu orificio, para luego, ante mi sorpresa, agacharte en cuclillas e
introducírtelo en la boca como una mujer experta lo haría, y con tu lengua
limpias todo rastro de semen sobre él. En esa posición en que te agachas puedo
ver que una gruesa gota de semen se escapa por entre tus labios vaginales, pero
no lo notas o no te importa, porque estás reconfortándome aún después de amarnos
y eso me emociona, me hace feliz. Por un momento pienso que me equivoqué
contigo, que eres una experta y que muchas veces habrás hecho lo mismo con el
pene de Leo, y me embargan los celos y una pena al no saberme el único a quien
te entregaste así, pero otra vez descubro que me equivoco, porque al terminar
reposas tu cabeza en mi falo y mi bajo vientre y casi con un sollozo e
implorando me dices: "como te amo, ahora te amo más que nunca..", con
lágrimas en los ojos, como temiendo la gran verdad que acabas de descubrir, como
sabiendo el futuro que nos espera cargado de grandes jornadas de pasión, pero
también de muchos momentos de tristeza, desazón y amargura. Descubro que has
actuado con espontaneidad pues vuelves a decirme que me amas y que no podrías
vivir sin mí, que soy el hombre más maravilloso del mundo y que estás dispuesta
a vivir conmigo, pero que no me quieres compartir con mi esposa.
Yo lo pienso, me gusta la idea de tenerte siempre porque sé
que a tu lado me esperarían explosivos orgasmos como el de esta noche, pero soy
cobarde, quiero que seas mía, pero no estoy dispuesto a abandonar mi familia. Te
amo, pero amo también a mis hijas, no, yo te quiero sólo para mí, pero como
querida, dispuesta a mí cuando yo lo desee, pero en la oscuridad del amor
clandestino. Entonces te digo: "sí mi amor, ya veré como lo hago", pero
es mentira, sé que estamos condenados a vivir a medias, a ser felices a medias,
al placer a medias. Entonces, tú sonríes feliz, como si creyeses en mis
palabras, te limpias con el dorso de una mano los labios húmedos de mi semen y
los ojos llorosos y como si ya fueras mi mujer buscas mi calzoncillo rojo que
está en el piso, lo levantas delicadamente y entregándomelo me dices: "ya
doctor, vámonos que es tarde". Yo me sorprendo, mi pene sigue erguido como
si pidiese más placer, y mientras recibo mi calzoncillo en la mano, con los ojos
señalo mi miembro y te digo:"Kathy, dale otra chupadita". Tú sonríes y
espontánemente dices "ay doctor.." con un tono de reproche, pero sé que
no lo es tanto, porque inmediatamente te acercas a mi falo y lo introduces en tu
boca otra vez...