Culeo bajo el sol caribeño
Por: Hugo
No era la primera vez que visitaba la isla. Anteriormente la
compañía para la que trabajo me había enviado a ese país a prestar mis servicios
de asesoría técnica administrativa en hoteles de centros turísticos.
Siempre me ha gustado. Es un país de clima agradable, como en
todas las islas del Caribe, los artículos son relativamente baratos, y puedo
usar ropa ligera a mis anchas. El aire limpio y puro que se respira allá me hace
olvidar mis problemas, y me recuerda cuan importante es gozar la vida.
Pero lo que más me ha agradado, por lo lascivo que soy, es la
promiscuidad de sus mujeres. Allí es muy fácil llevar a una hembra a la cama. En
los años que llevo viajando a esa isla, he comprobado que el calor tropical
enciende en las mujeres las ganas de ser penetradas. Ese es uno de los encantos
del trópico. Las mujeres de allá son tan bellas como las judías: blancas, de
cabellos y ojos claros, y de gruesas carnes; también las hay morenas de grandes
tetas, sedientas de sexo.
Al llegar al aeropuerto alquilé un auto bastante nuevo. Las
chicas de allá se impresionan fácilmente con los autos, así que el costo del
alquiler lo valía.
No llevaba mucho tiempo conduciendo por la desolada carretera
principal rumbo a mi destino (un complejo turístico a 250km de la capital),
cuando noté que una voluptuosa chiquilla en short y suéter de tiritas me hizo
señas para que le diera el bote. Me detuve junto a la carretera, y por el
retrovisor la vi corriendo hacia el auto. Abrió la puerta del pasajero, se
inclinó un poco y me preguntó con su simpático acento del Caribe:
¿Pasa pol Caldenosa?
Bueno, yo voy a Vasallero, - respondí - pero si no me
equivoco, paso por ahí…
Sí, está en su camino…
¡Sube, entonces! – le dije, haciendo un ademán para que
entrara al auto
¡Gracias! – me replicó con una linda sonrisa.
Confieso que me sentía preocupado de que ella se percatara de
la forma lasciva en la que la miré. Al inclinarse para pedirme el favor pude
contemplar las enormes blancas tetas que se vislumbraban gracias a su escote.
Cuando se subió al auto no pude evitar el babearme al ver sus piernas, blancas,
gruesas y carnosas, como solían ser las de mi mujer, cuando ella era joven. Su
lindo rostro adolescente de ángel me hipnotizaba, con esos ojos azules, y sus
cabellos rubios enmarcando su tierna faz. El baño de sol que recibió esperando
junto a la carretera por un aventón le sonrojó la piel de los brazos y las
piernas.
Durante largo rato estuvimos en silencio. Nos faltaba mucho
trecho por recorrer para llegar a Cardenosa, y ya caía la tarde. Yo no paraba de
babearme cada momento que miraba sus tetas o sus piernas. Me era difícil
conservar el auto en el carril de la carretera. Comencé a masturbarme con la
mente. Me imaginé haciéndole el amor en todas las posiciones que conozco. Mi
pene iniciaba la erección, cuando súbitamente ella rompió el silencio:
Y, ¿Usté visita la isla por tulismo?
En verdad, la compañía para la que trabajo me ha enviado
aquí, pero aprovecharé el tiempo para visitar sus hermosas playas. No es la
primera vez que vengo; he venido otras veces y me han enviado a otros países
– respondí, sin poder evitar contemplar sus hermosos ojos
¡Ño, caballero! ¡Se debe conocer mucho con un trabajo
como el suyo! – replicó ella, con una bella sonrisa
No es necesario que me trates de usted – le hice notar -
Vamos a viajar juntos por largo rato, y las formalidades nos quitarán
comodidad – le dije, con la obvia y lasciva intención de ganarme algo de su
confianza
¡Eso es veldá! – me replicó con su acento caribeño,
regalándome otra de sus tiernas sonrisas
A partir de entonces conversamos cómodamente sobre nosotros.
La verdad es que la gente de allá es tan amigable, que no me costó mucho entrar
en confianza con ella. Supe entonces que tenía 16 años, y viajaba a su pueblo
natal para visitar a sus abuelitos por parte de padre, entre otras cosas.
Durante la amena conversación no paré de devorar con la
mirada sus suculentas piernas y tetas. Pasadas un par de horas tuve ganas de
orinar, por la prolongada erección que tanto me esforzaba por ocultar.
Me voy a detener un momento – le avisé
Como no – dijo ella, como si entendiera la razón de la
parada
Detuve el vehículo a un lado de la solitaria carretera. Me
bajé, y de espaldas al auto, comencé a orinar. Por el alivio de vaciar mi
vejiga, cerré los ojos. Cuando terminé y abrí los ojos, Yusmarys (como es su
nombre) se hallaba a un par de metros a mi derecha, mirando al horizonte. Me
asusté, pues no me había percatado de que se había bajado del auto. Por
supuesto, también me excitó el tener mi pene descubierto frente a ella.
Es bello mi país, ¿veldá? – dijo sin dejar de mirar al
horizonte
Dirigió entonces su mirada hacia mí, y por unos instantes
contempló mi pinga. Me regaló una sonrisa morbosa, contempló una vez más mi
falo, y regresó al vehículo.
De vuelta en el camino, esporádicamente teníamos
conversaciones cortas, simulando que lo ocurrido no era nada; pero estaba más
que claro lo que ambos teníamos en la mente: hacer el amor.
Ya había anochecido, y me desesperaba la idea de perder la
oportunidad de comerme semejante hembra. Sin poder contener las ganas, desvié el
auto súbitamente por una carretera adjunta a la carretera principal y, después
de avanzar unos metros, detuve el carro detrás de un robusto árbol que estaba
junto a la carretera. Yusmarys protestó:
¡Qué te pasa, chico! ¡Nos vas a matal! ¿Qué es lo que
quieres!
¡Tú sabes qué es lo que quiero, buenona!
¡No, chico! ¡No!
La abracé por la fuerza, a pesar de que la resistencia que
puso fue ficticia: estoy seguro de que ella tenía tantas ganas como yo. Besé sus
carnosos labios, la libido la tenía a cien. Pasé mis manos por sus tetas, por
sus piernas, por su cálido rostro. Al rato, ella me correspondió acariciando mi
espalda y mis brazos.
Salí del auto y corrí al otro lado. Tomé su brazo y la metí
en el asiento trasero. Le quité el short, y los pantis. Su vulva estaba
completamente húmeda. Pude ver sus líquidos. Veloz como el rayo, me quieté la
camisa, me bajé los pantalones cortos que tenía puesto, y me abalancé sobre
ella.
Fue delicioso sentir mis genitales sobre los suyos. Ambos
estábamos agitados por las ansias de placer. Nos abrazamos y besamos como si
quisiéramos fundirnos el uno con el otro. Lentamente me deslicé hasta que mi
boca llegó a su vulva y se la lamí con todo gusto. La muy zorra no paraba de
jadear por el gozo; apretaba mi cabeza hacia su micha.
¡Oh, qué rico! ¡Así, papi, así! – gritaba la culona
Al cabo de un rato, aproximé mi pinga a su boca. Ella la tomó
con sus tiernas manitas, me la sacudió con mucha habilidad, y comenzó a mamarme
con tremenda maestría. Se notaba que ya tenía experiencia chupando. Tuve que
hacer gala de mucho autocontrol para no venirme cuando me pasaba la lengua por
los testículos. Metía mis huevos en su boca, como si se los fuera a tragar, y de
vuelta succionaba fuertemente todo mi pene. Yo la tomaba por la cabeza, y la
empujaba contra mi entrepierna, para asegurarme de que se tragara toda mi pinga.
Después le ordené:
¡Abre las piernas!
Como quieras – me respondió sumisa
Le enterré de un solo viaje mi pinga en su lubricada micha.
La muy zorra no paraba de pedirme más, más, más, y más.
Eres como todas las de aquí – le dije jadeando por el
esfuerzo – No pueden estar tranquilas sin que un macho se las coma
¡Sí, papi, sí! ¡Hacía tiempo que no me templaban! ¡Dame,
dame!
¡Toma, putita! ¡Toma!
¡Ah! ¡Ah!
Mis envestidas fueron despiadadas, sobre todo desde el
momento en que me pasó sus manos por mi espalda y me apretó las nalgas. Pasados
varios minutos, el éxtasis me había sobrecogido, y descargué grandes chorros de
semen dentro de ella.
¡Oh, está calientito! – dijo gustosa de sentir mi leche
en su cuerpo
Descansamos un rato. Desnudos y abrazados, conversamos unos
minutos. Me comentó que desde que su antiguo novio y ella rompieron, no había
vuelto a hacer el amor, y que su primera vez fue con uno de sus tíos, cuando
ella tenía 10 años.
Ya se hace talde. Deberíamos leanudal la malcha – dijo
mientras tomaba su short, con ademán de ponérselo
Todavía no hemos acabado – le dije
¡Ño, caballero! ¡Si que te gusta templal! – exclamó con
su bella sonrisa
¡Sí, me gusta mucho! Pero ahora quiero el culo
¿Qué? Tu tas loco, chico.
¡Vamos! Me vas a decir que nunca te lo han hecho por ahí
¡Jamás! Nunca lo he permitido. Además, mis amigas me han
dicho que una sangra mucho cuando se hace por ese hueco
Te pagaré, si quieres.
Por un momento permaneció callada. La situación económica en
esa isla hace que cualquier entrada económica sea bienvenida.
Te pagaré. Tu culo lo vale – le insistí
Y, ¿cuanto vas a pagal? – me preguntó con voz temblorosa
Veinte dólares. No seas tonta. Sé que aquí veinte dólares
es mucha plata
Meditó durante un par de segundos y me dijo:
Está bien. Pero me pagas primero
Como gustes – respondí
Le extendí el pago. Luego se volteó lentamente, entregándome
las gruesas carnes de sus nalgas y su diminuto ano. Ella respiraba con ansiedad.
Pondré saliva en mi pinga, para lubricar – observé, para
tranquilizarla
Dale suave, pol favol – me replicó, casi suplicando
Pasé algo de saliva en la roja cabeza de mi ya erecto pene,
la puse frente a su culito, y lentamente fui empujando mi miembro dentro de
ella. Pude sentir cómo se iban estirando sus pliegues anales, y de seguro ella
lo sintió también, pues pegó un desgarrador grito:
¡Ooooh! ¡Me mataaas! ¡Ñoo! ¡Me mataaaas!
¡Siénteme, mamita, siénteme! – fue lo que alcance a
decir, abrumado por el placer
¡Ya, para! ¡Para, para! – suplicó - ¡Me está doliendo!
¡No voy a parar! ¡Te pagué y me vas a aguantar! – le
ordené
Al ver que tenía la mitad de mi pene la había penetrado, noté
un hilo de sangre que emanaba desde sus nalgas y llegaba hasta su muslo derecho.
La seguí penetrando y finalmente todo mi miembro había
invadido aquella diminuta cavidad. Mi nalgona pareja apretaba los asientos del
auto, para ayudarse a desahogar el dolor. Inicié entonces mis movimientos
rítmicos, con los que los gritos de la hembra fueron más fuertes que antes. Era
poco probable que alguien en la solitaria campiña la escuchara, así que no me
importaba. ¡Oh, cuanto placer sentí! Me hizo recordar la primera vez que culié a
mi mujer. Era fenomenal sentir mi pene rozando sus tejidos anales y mis huevos
golpeando la parte baja de sus nalgas. Al cabo de un rato noté un fluido anal
que le brindaba algo de lubricación, pero igual los cartílagos de su culo
seguían estirándose para poder dar espacio a mi pinga, de modo que los gritos y
los insultos no acabaron hasta cuando no pude contenerme más, y le hice una
entrega de leche en sus intestinos.
Eres un cabrón – me dijo en confianza, con una sonrisa en
sus labios, después un reposo de varios minutos – El culo todavía me alde
Y de seguro te arderá por mucho tiempo más – repliqué con
tono sarcástico y orgulloso – Además, no te quejes, porque te pagué
¡Cabrón! – dijo una vez más sonriente – Debe sel difícil
tenel un marido como tú
Si tu fueras mi esposa, te daría por el culo todos los
días
¡Ay, no! ¡Qué espanto!
Luego, nos vestimos. Inspeccioné el vehículo por si lo había
dañado en las osadas maniobras que había ejecutado anteriormente, pero no le
causé desperfecto alguno.
Retomamos nuestro camino, y llegamos sin novedad a Cardenosa.
Conduje a Yusmarys hasta el frente de la casa de sus abuelos. Antes de bajar, me
preguntó:
¿Te gustaría tenel una esposa en la isla?
Claro, siempre y cuando seas tú.
O.K. Entonces, déjame aquí, llega a Vasallelo, y me
buscas mañana en la noche. No es mucho camino de aquí a allá. Me llevas a tu
hostal, y me quedo allí contigo por el tiempo que estés en la isla.
¡Perfecto! – repliqué, encantado
Desde entonces ella ha sido mi concubina cada vez que viajo a
la isla.
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