Recogí a Susana a eso de
las diez de la noche. Si yo me había vestido de forma espectacular,
ella no se quedaba atrás: Unos tejanos ajustados escondían
los cuadriceps potentes y el culo duro que poseía; un top enseñando
el ombligo, con un escote generoso y una chaqueta tejana completaban su
vestuario. Se había maquillado; no estaba acostumbrada a verla así
aunque, todo hay que decirlo, no renunciaba a su estilo de vestir sport.
Se había recogido el pelo en un moño que le estilizaba bastante
el rostro.
- Estas impresionante, Susana- le
dije mirándola de abajo a arriba mientras le abría la puerta.
Al mirarle a los ojos me sorprendí un poco, su mirada era penetrante,
su media sonrisa asustaba: decididamente íbamos de caza. - Tú
tampoco estás nada mal, Sandra, muy extremada, ideal para cazar
una buena presa. - Subió al coche y nos fuimos directas a la zona
de copas del centro de la ciudad. Como siempre, los coches aparcaban en
doble fila, confiados en que los vigilantes de los locales les avisarán
en el caso de que la grúa amenazara con cambiarles sus flamantes
coches por una felicitación del ayuntamiento solicitando un aguinaldo.
Era temprano. Decidimos ir a comer
algo. Fuimos a una pizzería, no queríamos comer mucho, pero
si bebíamos, teníamos que tener algo en el estómago
para evitar posibles despistes. Mientras comíamos, se acercó
un tipo, un poco gordito, con entradas y cara de vicioso, parecía
nervioso, no paraba de reír para disimular su incomodidad, ya que
llevaban un rato llamando la atención del restaurante. Acababa de
pagar la cuenta en la barra, después de un pequeño cambio
de impresiones con su amigo, sobre quién debía invitar a
quién. Su amigo, algo más atractivo, de unos 35-40 años,
con el pelo un poco largo, nos miraba y acababa de decidir algo hablando
con el gordito.
- Buenas noches guapas, mi amigo
y yo nos preguntábamos si no os apetecería que os invitáramos
a una copa en el ZENIT, justo aquí delante.
Susana, que me contaba cuál
era la mejor forma de abordar a un tipo sin que se diera cuenta de lo que
una pretende, se giró, le miró y siguió conversando
conmigo sin prestarle apenas atención.
- Perdona, parece que no me habéis
oído, que decía que mi amigo y yo... - Oye, mira -le cortó
Susana- estoy conversando con mi amiga y ahora no estamos para tonterías,
así que dile a tu amigo que se olvide de nosotros y haced el favor
de largaros.
El gordito se quedó un poco
cortado, se fue sonriendo, con los colores subidos y andando torpemente.
Al capo de 15 segundos estaba el otro en la mesa, mostrando una seguridad
en sí mismo que convencía.
- Perdonad, os pido que disculpéis
a mi amigo; cuanto toma alguna copa de más va abordando a las chichas
y a veces no sabe lo que dice. Para mostraros nuestras disculpas, permitid
me que os invite a cenar, es lo mínimo que puedo hacer por vosotras.
Mientras decía esto, me miró
fijamente, casi desnudándome con la mirada, pero no me importó
lo más mínimo, me había hipnotizado con su voz. Al
instante, Susana reaccionó y se dio cuenta de mi desliz, por lo
que rápidamente saltó a escena.
- Sí, sí, está
muy bien, mi amiga y yo estamos muy agradecidas, quizás nos veamos
después y nos podréis invitar a alguna copa más, ¿De
acuerdo? ¡Ala, que vaya bien! ¡Adiós!
El tipo nos saludó caballerosamente
y se fue con su amigo del restaurante. Miré a Susana y no sabía
qué decir; inmediatamente ella me miró fijamente, sonrió
y dijo:
- Tranquila, Sandra, los hombres
pueden ser muy seductores y amables cuando quieren, pero los de este tipo
ya me los conozco, lo único que pretenden es llevarte a la cama
y punto, no te dejes engañar
Quizás si, no sé,
me olvidé del tipo ese mientras terminamos nuestra cena a la salud
de nuestros imprevistos invitadores.
Alrededor de las once y media salimos
del restaurante; la calle empezaba a tener más vida, los coches
abundaban y la gente estaba en la puerta de los bares tomando copas. Estuvimos
entrando y saliendo de locales, bailando y tomando copas sin parar. No
vimos nada interesante, aunque no lo pasamos muy bien. Llevábamos
meses sin salir juntas de marcha por la ciudad, y nos divertíamos
tonteando con los hombres, pero según Susana, ninguno de ellos era
la presa ideal.
Finalmente, y sin darnos cuenta,
entramos en el ZENIT, el local que el gordito nos había mencionado.
Eran las dos y media y estaba bastante lleno. Fuimos a la barra y mientras
Susana se iba al servicio, yo que quedé en la barra pidiendo un
par de copas. Mientras esperaba a que el camarero me sirviera, oí
una voz familiar que me decía:
- Hola, ¿Me recuerdas?
Me giré y le vi allí
detrás, con un poco peor aspecto que antes, los ojos brillantes,
pero con aquella atracción extraña que había sentido
antes.
- Me llamo Esteban, ¿Y tu?
- Yo me llamo Sandra- al instante pensé: "Mierda, Susana me
dijo que nada de nombres, bueno, tampoco será tan importante".
Empezamos a charlar, pagó mi copa y la de mi amiga, y en cuanto
me hube distraído, estaba intentando besarme. Le paré y le
dije que no siguiera.
- Venga, vamos, no seas recatada,
el que viene aquí ya sabe que va a encontrar. No serás tú
una de esas que va por ahí provocando y luego, nada de nada, ¿No?
Intentó de nuevo besarme
pero un tipo que estaba cerca intervino.
- ¡Eh! Vamos, deje tranquila
a la señorita, le ha dicho que no quiere saber nada- En un chico
joven, no muy alto, pero que no estaba ni mucho menos tan bebido como "mi
amigo". Se encararon los dos y de repente apareció Susana...
¡Cogida del brazo del gordito!
- Vamos, vamos, tranquilos, no te
preocupes chaval, a mi amigo a veces se le va la olla y no sabe comportarse,
ya nos vamos.
Me miró, guiñó
el ojo y me dijo:
- Vamos, Sandra, será mejor
que nos vayamos con nuestros amigos.
Mientras estábamos en la
puerta, esperando a que Esteban y el gordito volvieran con su coche, Susana
me lo explicó todo.
- Me he encontrado al gordito en
la puerta del baño, haciendo cola. Ha empezado a contarme que su
amigo había sido muy atento con nosotras, pero que normalmente sabe
como tratar a las mujeres, que está casado y que su esposa va bien
servida cuando no hace lo que debe hacer, y que él todavía
tiene mucho de que aprender de su amigo. - ¡Joder!, Este tipo es
un cabrón, ¿No?- en ese instante me di cuenta que yo misma
estaba contestando a la pregunta que me estaba haciendo desde hacía
rato. -¿Y el gordito?- le pregunté. - No sé, veremos
qué hacemos con él mientras, si acaso tú te vas con
nuestra presa a mi piso y yo me encargo del gordito.
Y así lo hicimos, subí
al coche de Esteban y le indiqué como llegar al apartamento de Susana.
Mientras, ella se llevó al gordito con mi coche y quedamos en encontrarnos
en su casa en una hora.
Susana llevó a nuestro amigo
a un descampado, un lugar un tanto apartado del centro urbano, donde la
gente no solía acudir, ya que había un cartel de propiedad
privada que ya no cumplía su función.
Aparcó justo al lado de un
árbol frondoso, que les cubría de cualquier visita inesperada.
Susana miró fijamente al gordito, que se llamaba Ángel, por
cierto, y empezó a quitarse la chaqueta lentamente, sin dejar de
mirarle a los ojos. El tío alucinaba, nunca había estado
con una chica así de espectacular, y no se lo acababa de creer.
¿Qué té pasa,
Ángel, nunca habías visto a una mujer así?- le dijo
Susana, al mismo tiempo que se desabrochaba los botones del pantalón.
El tipo empezaba a sudar, se desabrochó el botón de la corbata
mientras soplaba y reía son su singular sonrisa estúpida.
- ¡Hombre, no estás nada mal, estás muy maciza, creo
que me lo pasaré bien contigo!- - - Empezó a desabrocharse
la camisa pero Susana le hizo que no con el dedo. - - Deja que lo hagamos
a mi manera- Susana cogió un pañuelo del bolsillo de Ángel,
de forma que notó claramente su erección. El tío estaba
súper cachondo. Se lo puso en los ojos y se lo anudó por
detrás de la cabeza. - - Tú tan sólo debes sentir
el placer que una mujer puede llegar a proporcionarte, para eso estamos,
¿No?
Fue la pregunta clave, ya que el
gordito asintió repetidas veces con la cabeza. Susana le desabrochó
la camisa empapada en sudor, y se la levantó por detrás pasándosela
por encima de la cabeza. Le dejó los puños de la camisa abrochados
a propósito. Le sacó el cinturón, se lo pasó
alrededor del cuello y clavó el pasador de la hebilla en el cuero,
de manera que hizo un agujero que apretaba bastante el cuello de Ángel.
- Perdona bonita, pero me aprieta
un poco el cuello esto que me acabas de poner, ¿te importaría...
Y entonces Susana tiró de
la camisa y del cinturón, arrastrando a aquel tipo fuera del coche.
Intentó ponerse de pie al mismo tiempo que se llevó las manos
a la cara para quitarse el pañuelo, pero Susana le golpeó
fuertemente en la barriga, lo que hizo que se quedara completamente doblado
en el suelo. Casi lo arrastró por el suelo hasta que le puso de
pie y pasó la camisa por encima de un tronco cortado que sobresalía
del árbol. El coche enfocaba los faros al árbol, por lo que
Susana tenía una visibilidad total del tipo que estaba de puntillas
colgado de los brazos sin saber que narices pasaba.
-¡Oye, oye, que coño
está pasando... vamos, suéltame, esto ya no me hace gracia,
vamos, suéltame, por favor! - Mira, chico, si no te callas va a
ser peor para ti, así que... -¡Cállate, zorra, suéltame
o te acordarás de mí, te daré una paliza que la recordarás
toda la vida!- al mismo tiempo que intentaba soltarse de los brazos, sin
mucho éxito, debido a lo rechonchos que los tenía.
Susana le golpeó de nuevo
en la barriga, lo provocó que el tipo gritar desesperado de dolor.
Susana se quitó los zapatos, luego los pantalones y finalmente las
bragas. Volvió a ponerse los pantalones y los zapatos, se acercó
al tipo y le quitó el pañuelo. Como es de suponer, Susana
se había empezado a excitar con la situación, lo que había
provocado que sus líquidos vaginales hubieran empapado de forma
generosa sus bragas que, si tenemos en cuenta que no se había cambiado
desde hacía dos días, pues tenían un aroma de mujer
bastante pronunciado.
Las acercó a la cara del
gordito, se las dejó oler y acto seguido se las metió en
la boca, a modo de mordaza. Con el pañuelo le acabo de amordazar,
dejando que parte de ellas quedaran al descubierto para que la presa oliera
el olor del cazador.
Sandra le desabrochó el pantalón
y le bajó los calzoncillos. El tío tenía una erección
bestial, lo que puso todavía más cachonda a Susana. Quitándole
el cinturón del cuello, le separó las piernas y le pasó
la polla por entre medio de las mismas, atándole los muslos con
el cinturón para que no pudiera separarlas. El tipo empezó
a retorcerse de forma brutal, como un cochinillo apunto de ser degollado.
Lo que el no sabía es que mientras no perdiera la conciencia, la
erección no le disminuiría y que no podría dejar de
sufrir un daño horrible.
Ante tal espectáculo Susana
no pudo resistir la tentación, se quitó los pantalones y
se sentó en el capó del coche, acariciándose el coño
lentamente, viendo el sufrimiento de aquel tipo como se retorcía
y se medio ahogaba con el olor terrible de las bragas de Susana. Aumentó
el ritmo de su masturbación a la vez que los gemidos de Ángel
disminuían ya que se estaba agotando con el esfuerzo. Al mismo tiempo
que el gordito quedaba sin conocimiento colgado del árbol, Susana
tuvo un orgasmo brutal que le hizo correrse entre medio de gritos de placer.
Había sido una gran forma de empezar la noche.
Cogió el coche de Sandra
y dejó a aquel tipo allí colgado, extenuado con el esfuerzo.
El problema sería si volvía a recobrar el conocimiento antes
de que le encontraran, ya que si volvía a ponerse cachondo volvería
a sufrir como un cerdo, es decir, como lo que era.