A sus 54 años cumplidos, Jaime era un tipo muy desagradable.
Bajo, debía medir en torno a 170, y muy grueso, pude comprobar en la báscula de
baño que pesaba 116 kilos, con una gran barriga, papada y rasgos un poco
brutales, cejas muy pobladas y casi unidas, ojos negros, boca grande con labios
gruesos y crueles, espeso cabello negro engominado y muy velludo por todo el
cuerpo, pecho, brazos, piernas e incluso espalda. Pese a estar tan gordo era muy
musculoso y fuerte y tenía algo muy especial, un pene que, en blando, medía más
de 25 centímetros y casi 4 centímetros de diámetro, y que erecto alcanzaba los
33 de largo y más de 5 de diámetro. Estaba orgulloso de su enorme miembro y le
gustaba mostrarlo colgando o tieso bajo su barriga. Muy activo, no tenía nada de
gay, todo lo contrario, pero había cogido el vicio de follar maricas afeminados
y sobre todo le excitaban a tope los travestis, a los que le gustaba
"calentarles" un poco, siempre sin pasarse: bofetadas, fuertes palmadas en el
trasero, estrujarles los pechos y retorcerles un poco la polla y los huevos,
para verles llorar y gritar un poco.
Rafa me contó después cómo había sido su entrevista matinal a
solas con Jaime. Le pidió todo tipo de excusas por mi desatención, le ofreció
algunas reparaciones y compensaciones y finalmente procuró llevar la charla
hacia mi persona.
Este Enrique es muy buen profesional y por lo general,
responsable. Lo que pasa, don Jaime, es que tiene sus "cosillas" y eso le
pierde. Aquí entre nosotros, y por favor que no salga de aquí, porque ya
sabe usted lo riguroso que es nuestro director en temas morales y le echaría
sin contemplaciones, Enrique es lo que se llama un culo loco, vamos que es
marica y travesti, y en cuanto un tío le pone la mano encima se despendola.
¡Pero qué me dices, Rafael! Cierto que ahora que lo
pienso va siempre muy atildado y con ropas muy ajustadas y todo eso… vamos,
que no me sorprende que sea marica, pero lo de travesti me deja de una
pieza… y eso que, claro, seguramente tiene cuerpo para ello.
¡Ufff! Ya lo creo. Siempre en confidencia, don Jaime, y
sólo porque usted sabe que yo soy muy macho y de hombres, nada. Bueno, de
sobra sabe las buenas juergas con mujeres que nos hemos corrido tres o
cuatro veces cuando he venido por aquí… Aquí entre nosotros, yo he tenido a
Enrique de travesti y me lo he tirado, y bueno, es más tía que muchas tías
de verdad, no sabe cómo la chupa y cómo mueve las nalgas el maricón, y
además le va la marcha… buenos correazos en el trasero y aún pedía más. Y
cómo se viste de tía el maricón: braguitas, sostén, liguero, medias,
tacones… vamos, de todo.
¡Joder!
Pues eso es lo que le ha pasado esta vez, y usted es la
víctima. Se conoce que alguien con buen rabo se lo ligó y estuvo casi una
semana desaparecido del trabajo, incluso un amigo de Málaga me dijo que le
vio haciendo "la carrera", vestido de mujer, en Torremolinos. Me han dicho
que le gusta hacer de puta con desconocidos.
¡Joder, vaya elemento! Pues aquí, Rafael, confidencia por
confidencia, yo no le hago ascos a follar un buen travesti de vez en cuando.
Hacen mejores mamadas que las mujeres. Si llego a saberlo antes igual le
había echado mano al trasero.
Tras unas risas cómplices de Jaime y Rafa, éste consideró
llegado el momento de echar el anzuelo.
Bueno, don Jaime, si a usted le apetece, yo se lo pongo
en suerte, esto como una cosa al margen de todos nuestros temas. Como esta
noche vamos a cenar los tres, si usted quiere organizo la cena en una suite
del hotel, le hago vestirse de mujer y luego usted hace lo que quiera con
él, se lo tira allí mismo o se lo lleva donde le apetezca…
¡Joder, no es mala idea! La verdad es que me apetece…
Pero quede claro que es un tema al margen por completo de nuestros asuntos
de trabajo.
Eso ni decirlo, don Jaime, por supuesto. Y ni que decir
tiene que yo soy una tumba al respecto.
Al final de la reunión, quedaron en que Rafa encargaría que
nos sirvieran la cena en una suite del hotel, que yo acudiría vestido de mujer y
que primero cerraríamos la renovación del contrato, con unos retoques a
introducir, y luego yo quedaría toda la noche a disposición de don Jaime.
"Bueno, zorra, ahora es tu trabajo. A ver cómo te arreglas para esta noche, que
se le ponga dura nada más verte y firme la renovación del contrato", concluyó
Rafa.
Vaya si le hice caso. Rafa encargó que nos sirvieran la cena
en una suite del hotel, que alquiló para esa noche. La suite era preciosa, una
habitación muy bien decorada, con una gran cama cuadrada y un cuarto de baño
separado sólo por un panel de cristal trasparente, y una amplia antecámara donde
dispusieron, en el centro, la mesa para la cena y junto a la pared, una mesa
buffet que nos permitiría servirnos nosotros solos, de forma que los camareros
acudieran sólo cuando se les llamase con un timbre. Intimidad, para que don
Jaime pudiera actuar cómodamente a su gusto.
A las nueve yo estaba ya arreglado y listo en nuestra
habitación, esperando que Rafa me llamase para acudir a la suite, dos plantas
más arriba. Una peluca de rizos rubios y un cuidadoso maquillaje de ojos y
labios, completado con largas pestañas postizas, era el complemento ideal de mi
cuerpo enteramente depilado y mi piel lisa y bronceada. Me puse un mínimo pero
llamativo tanga de lentejuelas doradas con el sostén a juego, con mucho relleno
para que me levantase bien mis carnosos pechos formando un par de tetas no muy
grandes, pero muy aparentes. El liguero, de satén dorado, sujetaba unas medias
de redecilla rosa. Los zapatos, de tacones altos y finos, eran también dorados.
Completaba el atuendo un vestido corto y suelto, de falda muy airosa, de gasa
rosa trasparente que dejaba ver bien el tanga y el sostén, y me dejaba los
muslos casi totalmente al aire. Un cinturón de finas anillas de metal me ceñía
el vestido a la cintura. El amplio escote en pico y los hombros y brazos
desnudos me permitían completar el estilo sexy del conjunto con todo tipo de
adornos: unos llamativos pendientes de hilos de cristales, gargantilla de
cristales y perlitas, un precioso brazalete, pulseras, una esclava de perlitas
blancas en el tobillo derecho y una preciosa flor de cristales de colores que se
sujetaba con un cómodo clip en el ombligo y relucía bajo la gasa trasparente.
Cuando Rafa me dijo por teléfono que subiera a la suite me
eché un vistazo en el espejo y salí al pasillo de los ascensores, cuidando el
movimiento de mis caderas y nalgas. No me crucé con nadie, pero noté el familiar
estremecimiento en el vientre y el ardor en las caras internas de los muslos y
entre las nalgas, que me produce ir de esa manera en público. Subí las dos
plantas en el ascensor y caminé hacia la suite, que tenía la puerta entreabierta
y junto a ella, varios carritos, utilizados por los camareros para servir la
cena. Di un golpecito en la puerta y entre de lo más airosa a la suite. Rafa y
don Jaime estaban sentados en un par de sillones, en animada charla. En una
mesita, ante ellos, había una botella de whisky, una cubitera, dos vasos con
hielo y whisky y un montón de documentos. El corazón me dio un vuelco, porque
adiviné que era el contrato de cuya firma dependía mi trabajo. Dos camareros
jóvenes, uno de ellos negro y otro magrebí, que se afanaban disponiendo el
buffet, se volvieron a mirarme y en sus caras pude ver sorpresa y lo que más me
gustó, deseo.
Mi "plan" nocturno no se anduvo con rodeos. Me recorrió
ansiosamente con la mirada de arriba abajo y se humedeció los gruesos labios con
la lengua, mientras Rafa sonreía divertido. "Anda, nena, acerca esa silla y
tómate una copa con nosotros mientras terminan de preparar la mesa", me ordenó
Rafa. Lo hice, puse la silla junto a don Jaime y me senté lo más femenina que
pude, con las nalgas hacia atrás, los muslos bien juntos hasta las rodillas, el
vientre bien metido y el cuerpo erguido para levantar los pechos. Como el
vestido era cortito noté directamente el cuero del asiento en mis nalgas. Don
Jaime puso una gruesa mano velluda sobre mi muslo derecho, la deslizó hacia
arriba, hasta las ingles y apretó con fuerza mientras se inclinaba hacia mí. El
olor del whisky me llegó con intensidad. "Joder, cómo estás, golfa… ya me ha
contado Rafael tus andanzas mientras me dejabas colgado el trabajo". Su mano
apretaba mi muslo, mientras sus dedos hurgaban entre mis inglés. Introdujo la
otra mano por el escote y me estrujó descaradamente un pecho, apretó con fuerza
el pezón entre el pulgar y el índice y no pude evitar un gritito de dolor.
Uno de los camareros carraspeó, dijo que todo estaba
dispuesto y que si queríamos cualquier cosa tocásemos el timbre, y los dos
salieron de la suite sin dejar de recorrerme el cuerpo con la mirada. Yo estaba
excitado a tope, sintiéndome como una puta que han preparado dos tíos para darse
la gran fiesta. Apenas salieron los camareros y cerraron la puerta, la expresión
de don Jaime cambió, puso cara de enfado y crueldad y me dio dos sonoros
bofetones, tan fuertes que casi me hicieron caer de la silla. "¡Zorra! Así que
mientras yo te llamaba para el trabajo andabas por ahí haciendo la carrera,
mamando pollas y vendiendo el coño ese que tienes entre las nalgas… Quiero oír
cómo me pides perdón y cómo me vas a compensar, golfa".
Me dio otro bofetón. Yo notaba la cara ardiendo y que me
saltaban algunas lágrimas, pero al mismo tiempo mi pequeño pene se había puesto
completamente tieso y asomaba un poco por el tanga. Me notaba a punto de
correrme y don Jaime se dio cuenta. Tiró del tanga de lentejuelas y sacó mi pene
tieso y mis huevos. Se echó a reír. "¿Qué es esta miniatura tan mona, golfa? ¿Ya
se te ha puesto duro el clítoris?". Su mano gruesa y velluda apretó el pene y
los huevos y el orgasmo me llegó incontenible. Me corrí en su mano, asustado por
la reacción que podría tener. Se limitó a enseñarme la mano llena de semen a
pocos centímetros de mi cara. "Mira lo que has hecho, guarra. Te corres como una
jibia. Ya estás lamiendo todo esto y limpiándome bien la mano". Obediente, lamí
todo mi semen de su mano y se la limpié cuidadosamente con la lengua. Cuando
terminé, me dio otro bofetón. "No te he oído aún pedirme perdón, guarra. ¿Es que
quieres que te de un buen puñetazo entre las ingles?". Me dejé caer de rodillas
entre las piernas entreabiertas de don Jaim.
No, por favor. Ya se que me lo merezco. Perdóneme, soy
una puta, todo mi cuerpo es tuyo y haré todo lo que quieras para que
disfrutes. Puedes follarme todo lo que te apetezca y pegarme y castigarme,
soy tuya, soy tu puta y tu esclava…
Rafa nos miraba sonriente, dando sorbos a su whisky. Don
Jaime estaba colorado de excitación y su enorme barriga subía y bajaba con una
respiración agitada.
Sácame el rabo, zorra. Quiero ver cómo lo haces.
Arrodillado como estaba entre sus piernas, le bajé la
cremallera, le abrí la correa y le desabroché el pantalón, le baje el
calzoncillo y con una mano saqué al exterior su enorme pene, mientras con la
otra le sacaba los huevos. Se cogió el pene tieso y golpeó varias veces mi cara
con sus 33 centímetros. Gotitas de líquido aparecieron en la cabeza del pene y
me apresuré a lamerlas. Luego seguí lamiendo todo el pene y los huevos. El bajo
vientre de don Jaime olía a un agrio sudor de macho, pero en lugar de repugnarme
acentuaba mi excitación de sentirme completamente con una puta dando servicio a
un cliente. Deseaba que aquel enorme pollón se vaciara en mi boca, pero al mismo
tiempo quería sentirlo rompiendo mi esfínter y penetrando en mi intestino. Yo
estaba tembloroso, sentía vibrar mi cuerpo de excitación, mis pezones tiesos, el
ardor entre las nalgas, las corrientes de placer que recorrían mi vientre, mis
muslos, mi espalda…
Don Jaime se levantó del sillón y me dijo que me levantara
también. Me llevó hasta la mesa dispuesta para la cena y me hizo apoyar el pecho
sobre ella. Mi culo quedó muy levantado en pompa e instintivamente separé los
pies para ofrecerme mejor. Me levantó el vestido y me bajó el tanga hasta medio
muslo, dejando mi agujero descubierto. Me di cuenta que esa penetración que
tanto deseaba iba a ser muy dolorosa por el tamaño del pene de don Jaime.
Mientras sus manos separaban mis nalgas y sus dedos hurgaban en mi agujero,
procuré abrir el culo todo lo posible y relajar mis esfínteres. Rafa le
aconsejó: "Dale unos buenos correazos en las nalgas, ya verás lo cachonda y
húmeda que se pone". Don Jaime se sacó la correa, me ordenó que levantase bien
las nalgas y empezó a descargar fuertes correazos sobre ellas. De nuevo brotaron
las lágrimas de mis ojos, mientras la correa descargaba sobre mis nalgas una y
otra y otra vez. Mi pollita se puso tiesa, uno de los correazos alcanzó mis
huevos, lancé un grito de dolor y sin que pudiera evitarlo volví a correrme,
aunque ya casi sin leche.
Don Jaime dejó caer la correa, sus manos agarraron mis
caderas y apoyó la cabeza de su enorme pene en mi agujero. La penetración fue
menos dolorosa de lo que había temido y del primer empujón me metió más de la
mitad del miembro. Empezó a meter y sacar el pene en mi culo. A pesar de su
gordura, don Jaime era sorprendentemente ágil y su polla entraba y salía no sólo
con fuerza sino con mucha velocidad. Durante varios minutos siguió así, mientras
yo me sentía en plena felicidad. De pronto, sus manos volvieron a cerrarse como
garfios en mis caderas, inmovilizándome, y con un vigoroso empellón el pene
siguió avanzando en mis entrañas, hasta que noté que sus huevos se aplastaban
contra mis nalgas. Los 33 centímetros estaban dentro de mi intestino y el dolor,
aunque intenso, era soportable.
Volvió al ritmo sostenido de meter y sacar, mientras yo gemía
de dolor y placer en cada embestida. Estuvo así durante un buen rato, hasta que
se detuvo, con todo el pene dentro de mi y los huevos aplastados con fuerza
contra mis nalgas. Noté los estremecimientos del pene y los chorros de semen que
descargaba en mi interior, al tiempo que su jadeo se convertía en un pequeño
rugido de placer. Permaneció así, con el pene completamente dentro de mí, hasta
que, poco a poco, su respiración se fue haciendo menos agitada. Lentamente sacó
el grueso miembro y al salir por entero noté la humedad gelatinosa en mis
esfínteres dilatados y los hilos de semen que resbalaban al exterior entre mis
nalgas y caían por la cara interna de mis muslos. Permanecí esperando sus
órdenes, hasta que descargó un sonoro azote en mis nalgas: "Venga, zorra, vete
al baño, límpiate bien el coño, súbete las bragas y arréglate un poco, que
tenemos que trabajar y cenar", me dijo.
Le obedecí y apenas acaba de terminar de arreglarme en el
baño, cuando entró, todavía con la polla al aire, ahora blanda. Me ordenó
limpiársela cuidadosamente con la lengua y luego él mismo terminó de limpiarse
con agua y jabón, la guardó y se colocó bien el pantalón. "Veo que sabes
prepararte como una buena puta, tenías el culo bien limpio, seguro que te habías
puesto una lavativa antes de venir". Le expliqué que siempre llevo una cánula de
plástico adaptable a las mangueras de ducha, y que me limpio bien el intestino
con agua caliente a presión para que cualquiera me pueda comer el culo sin
repugnancia. "Yo se quién te va a comer el coño esta noche, putona", me contestó
riéndose.
Rafa nos esperaba sentado ya a la mesa, incluso se había
servido el primer plato y había puesto vino en las copas. Sin decir nada, don
Jaime fue hacia la mesita pequeña, recogió unos papeles y los trajo. "Bueno,
esto es el contrato de renovación. Me habéis convencido y lo voy a firmar. Tiene
incluso algunas mejoras y eso sí, una pequeña cláusula adicional, y es que
Enrique atenderá personalmente, como agente, cualquier tema o cláusula de que
queramos hablar, desplazándose a Alicante siempre que lo necesitemos. Supongo
que estáis de acuerdo". Rafa y yo asentimos y don Jaime firmó los dos
ejemplares, luego lo hice yo, Rafa se echó uno al bolsillo y el otro fue a parar
a la carpeta que don Jaime tenía sobre la mesita pequeña. Luego se volvió hacia
mí: "Me parece que te vamos a necesitar mucho por aquí, zorra".
Durante la cena yo procuré comportarme como una mujercita.
Don Jaime, sentado a mi lado, me sobaba los muslos y las tetas, incluso dejó
unas cuantas marcas de chupetones en mi cuello y mis hombros, y de vez en cuando
llevaba mi mano a su bragueta para que le acariciase la polla. Una de las veces
lo hizo mientras estaban los camareros, a los que había llamado para pedirles
otro vino, y que pudieron ver cómo yo le tenía mi mano dentro de su bragueta
mientras él me acariciaba las nalgas por debajo de la falda. Le gustaba
mostrarme en público como una puta y a mí me excitaba a mil que me vieran
ejerciendo de puta. Cuando terminó la cena, Rafa se levantó y se despidió:
"Bueno, don Jaime, me voy a descansar y les dejo, que usted tendrá ganas de
disfrutar la zorra que se ha comprado". Nada más marcharse Rafa, don Jaime me
ordenó ponerme de nuevo con el pecho sobre la mesa, el culo en pompa y las
bragas bajadas a medio muslo. Volvió a tocar el timbre y los dos camareros
regresaron. Alguien, el propio don Jaime o Rafa, había hablado con ellos porque
no se sorprendieron cuando me vieron en esa postura.
Don Jaime tendió unos billetes al joven negro y les dijo:
"Venga, que quiero ver un buen espectáculo. A ver si sois tan buenos folladores
como me han dicho. A ver cómo os lo montáis con este putón". No se lo hicieron
repetir dos veces. Me desnudaron por completo y urante más de media hora me
follaron por la boca y por el culo en todas las posturas, poniéndome a cuatro
patas, otras veces boca arriba con las piernas levantadas y abiertas, sentándome
otras veces sobre el rabo del magrebí… mientras don Jaime nos contemplaba
sentado en un sillón, fumando un grueso cigarro y bebiendo un whisky. Tenían dos
pollas de campeonato, no tan grandes como la de don Jaime, pero las dos largas y
gruesas. Al cabo de un rato se habían acoplado a su gusto, el camarero negro
prefería follarme la boca y el magrebí el culo. Yo procuraba lamer y chupar con
ganas el rabo negro que entraba y salía de mi boca y procuraba apretar mis
esfínteres para dar más placer al otro chico. Cada uno de ellos se corrió tres
veces, antes de que don Jaime diera por terminado el espectáculo.
Los dos camareros se vistieron y se fueron. Don Jaime me
ordenó lavarme bien en el baño y vestirme de nuevo. Cuando salí del baño, de
nuevo vestido como una mujercita, era medianoche. "Vamos a dar una vuelta, he
quedado en llevarte a la casa de campo de un buen amigo que también le gustan
los travestis. Ahí podemos cerrar la noche con unos buenos polvos, zorra". Le
seguí sumisa y femenina hasta el coche, excitándome las miradas de algunos
noctámbulos con los que nos cruzamos.
Eran casi las doce y media cuando llegamos a la verja de una
casa de campo. Nos estaban esperando, porque las verjas se abrieron y el coche
entró, por un camino de grava, hasta la puerta principal de un gran caserón. En
la puerta nos esperaba un hombre que era todo lo contrario que don Jaime: flaco,
alto, vestido informalmente con unos pantalones de pana y una camisa de manga
corta. Cuando salí del coche me recorrió apreciativamente de arriba abajo con la
mirada a través de la gasa trasparente del vestido. "Vaya, Jaime, es tan
apetecible como me dijiste" A mi lado, Jaime me ordenó quitarme el vestido. Lo
hice, lo dejé caer al suelo y quedé allí, ante los escalones de entrada, con
todo mi cuerpo al aire, sin más que el tanga, el liguero, el sostén, las medias,
los zapatos de tacones y la bisutería. El flaco silbó y se pasó la lengua por
los labios. "¡Vaya ricura! ¿Se deja hacer de todo de verdad?". "Ahora lo
veremos", contestó don Jaime con una sonrisa inquietante.
Pasamos dentro de la casa. Estábamos en un salón enorme, como
de cien metros, con suelo de cerámica de vivos colores y dibujos y varios
tresillos distribuidos en distintos ambientes. Dos grandes perros doberman, de
pelo gris azulado, se levantaron de una alfombra y vinieron despacio hacia
nosotros. Don Jaime me miró con sorna: "A que son bonitos, fíjate los pollones
que les cuelgan". Entendí el mensaje. Los doberman se acercaron a mi y empezaron
a olerme el trasero, noté la humedad de sus hocicos entre mis nalgas, se notaba
que no era la primera vez que olían un culo humano. Me di cuenta que don Jaime y
su amigo se habían preparado, conmigo y los dos perros, un espectáculo especial.
Y vaya si lo fue. Don José, el flaco amigo de don Jaime, me fue dando
instrucciones para que me desnudase por completo, cogiera las pollas de los dos
doberman y las meneara hasta que se pusieron duras como piedras. Luego hizo que
uno de los perros se echara boca arriba y me ordenó ponerme a cuatro patas y
lamerle la polla. Apenas había empezado a hacerlo cuando noté en mi culo en
pompa el hocico del otro doberman y casi en seguida se me montó encima y empezó
a penetrarme. Me costaba trabajo lamer la peluda polla del doberman, pero lo
hice y la introduje en mi boca. Al cabo de un momento, los dos perrazos estaban
intensamente dedicados a follarme, uno en la boca y otro por el culo, mientras
don José y don Jaime observaban la escena, excitados y complacidos. "¡Quiero que
te lo tragues todo!", me ordenó don José. Los doberman estuvieron follándome un
buen rato. Primero se corrió el que tenía la polla en mi boca y yo, obediente,
me tragué los chorros de semen. Luego noté como el otro perrazo descargaba su
semen en mi culo, permaneció un rato con la polla en mi intestino, hasta que se
ablandó y la sacó. Entonces me dio unos lametazos entre las nalgas y finalmente
se apartó y se fue a la alfombra donde estaba cuando entramos. El otro perro le
siguió y se echó apaciblemente a su lado.
Una vez más me tocó ir al baño, para limpiarme bien por fuera
y por dentro. El resto de la noche lo pasé dando servicio a don Jaime y don
José. Este último tenía un pene más corto, pero muy grueso. Me follaron varias
veces más y ya por la mañana, de nuevo vestido como una mujercita puta, don
Jaime me dejó en la puerta del hotel. A esa hora, a diferencia de por la noche,
había mucha actividad, y tuve que cruzar el vestíbulo entre miradas
sorprendidas, otras de disgusto y algunas de deseo. Subí en el ascensor y llamé
a la puerta de nuestra habitación, sabiendo que aún ahora tendría que entregarme
un rato a Rafa, y satisfacerle bien, antes de emprender regreso a Madrid, eso
sí, con los contratos recuperados. Los dos, porque durante la vuelta Rafa me
explicó que don José era el dueño de la otra empresa cuyo contrato yo había
puesto en peligro, y que don Jaime le había traído por la tarde el contrato
firmado, de forma que yo había "trabajado" en la casa de campo ya sobre seguro.
Sentado junto a Rafa en el coche, durante el regreso, sentía
mi culo como acorchado por tantas pollas como lo habían penetrado en pocas
horas: el propio Rafa, los dos camareros, don Jaime, don José e incluso los dos
perros doberman de este último. Las marcas de chupetones y mordiscos en el
cuello, los hombros, los pechos y los muslos me durarían varios días. Hasta mi
pequeño pene se había corrido varias veces y al recordarlo, aún sentía el ardor
de las bofetadas en la cara y el intenso placer de los dolorosos correazos en
las nalgas. Ahora sabía, sin la menor duda, que mi placer de marica femenino y
puta era entregarme a las penetraciones y castigos de hombres cuanto más duros,
mejor. Mi orgasmo era sentir su excitación y sus orgasmos al pegarme y
penetrarme con dureza.