El camino de retorno a nuestro departamento solo se vió
interrumpido por el ingreso a un supermercado para comprar dos botellas de vino,
una de champagne dulce y dos cervezas bien heladas.
Las dos primeras bebidas formarían parte de la cena, mientras
que la última sería consumida por los inexpertos chef que agasajarían a las
damas.
Comentamos lo sucedido por la tarde en la playa, nos surgía
una y otra vez una duda cada vez más grande ¿habríamos cautivado a las dos damas
o solamente éramos instrumentos y parte de una venganza hacia sus maridos?
Tratábamos de creer que la respuesta adecuada era la primera,
casi descartando de plano la segunda. Pero tras minutos de conversación volvía a
aparecer la duda.
"Mirá Negro, yo les pregunto. No me puedo quedar con esa
espina clavada. Reconozco que fue todo demasiado rápido y ni siquiera hubo
tiempo para pensarlo, pero por más bronca que le tengan a los maridos no creo
que se regalen con tanta facilidad y premura. Algo debió haber para que nos
aceptaran de una" fue la reflexión de Leo.
"Acordate que las encontramos en el Casino, con buena
cantidad de fichas en nuestros bolsillos y bastante pasaditas de alcohol. En
situación de abandono, ¿pensarán que somos dos pendejos de guita?" le respondí.
"No se, quizá lo piensen. Pero la pregunta se la voy a hacer
igual, eso sí después de cenar y agotar la poca carga de leche que me queda. Si
se enojan, será tarde porque pienso gastarme todo el contenido de los huevos
esta noche" dijo mientras se reía.
Continuamos preparando una comida más o menos aceptable,
liviana que solo requiriese de un paseo corto para luego sí atacar hasta que no
hubiese más combustible.
A las 21 horas, colocamos unas telas livianas de color rojo
sobre las tulipas de la luz de las habitaciones y otras azules claras sobre las
del comedor. Apagamos, cerramos todo y fuimos rumbo al departamento de ambas
para recogerlas y tras un breve paseo por la zona de peatonal y pubs, volver a
nuestro castillo.
Al llegar vimos una sola luz encendida, la que iluminaba la
habitación de Silvana. Golpeamos a la puerta y no recibimos respuesta.
Insistimos en dos ocasiones y el mismo resultado. Una señora mayor que habitaba
el departamento contiguo nos informó que las dos señoras habían partido hacía
escasos minutos con dirección al sector céntrico.
Imaginamos que irian por las confiterías o tal vez en busca
de alguna oficina telefónica y partimos como quien sigue el rastro de dos
fugitivas.
Al cabo de media hora de búsqueda, decidimos volver al
departamento de ellas y verificar si habían regresado. Ya no se veían luces en
el lugar, aún así golpeamos y la misma señora que nos había atendido la vez
anterior salió a nuestro encuentro.
"¿Son Leo y el Negro? Las señoras dejaron dicho que los
pasaban a buscar por su casa. Volvieron apenas ustedes se fueron" comentó
Tardó más la vieja en terminar la frase que nosotros en
iniciar el camino de retorno. Al cabo de 10 minutos estábamos llegando al
palacio.
Allí junto al vehículo estaban Silvana y Mercedes, con cara
de enojo y otras dos botellas en la mano.
"Impuntuales, ¿no quedamos que a las 21 en casa? Llegaron
como una hora tarde y nos cruzamos en el camino" vociferó Silvana
"Tranquila negrita, nos atrasamos preparando todo, ya van a
ver cuando entren" respondió Leo.
La negativa de ambas a recibir un beso nos puso una luz de
alerta en el camino. Abrimos la puerta y tras encender las luces cubiertas por
las telas, que brindaban un ambiente cálido esperamos obtener respuestas de
aprobación.
Ingresaron sin notar el detalle y se encaminaron a la cocina.
Leo me miró y con un gesto me hizo entender que quería quedar a solas con
Silvana. Con la excusa de elegir música llamé a Mercedes al living.
Seleccionamos dos compactos con temas suaves al tiempo que me
contaba que habían llamado nuevamente a sus maridos y aquellos las habían
intimado a regresar a su ciudad en un plazo máximo de 24 horas.
Comencé a entender la reacción de la morocha. Instantes
después Leo volvía a aparecer en el living con cara de "se acabó todo".
Pusimos en marcha el equipo de audio, al tiempo que un
silencio grande ocupaba la totalidad de la habitación.
Invité a Mercedes a bailar, mientras Leo fumaba mirando algún
punto del mar por la ventana.
Ella aceptó y prácticamente me atrapó en sus brazos sin la
más mínima intención de dejarme escapar, sus labios eran lazos que atraparon los
míos con desesperación, jugueteaba con mi cabello y se despegaba de mis labios
para pedir que la acariciase y le diera una buena dosis de amor para guardar por
un buen tiempo.
Silvana llegó a la estancia con cuatro copas, una de las
botellas ya destapada, miró el panorama y tras llenar dos de las copas fue hacia
mi socio. Trató de hablarle y convencerlo de unirse a nosotros pero no lo
lograba.
Vació su copa de un solo trago, y se nos aproximó. Nos abrazó
y nuestra pareja se transformó en un trío danzante. A la distancia Leo solo
observaba.
Distribuí las caricias que solo Mercedes recibía, haciéndola
participe también a Silvana de aquellas incitaciones a perder el control.
Era aquello un enredo de manos que se esparcían por los tres
cuerpos, recorriendo todo el territorio que encontraban a su paso. Cayó al suelo
primero la blusa de Mercedes, luego mi camisa, tras ello la falda de Silvana y
así seguía el proceso hasta quedarnos en ropa interior.
Allí reaccionó de su letargo Leo y se abalanzó sobre
Mercedes, la tomó por los pechos pues situado desde atrás de ella solo eso le
quedaba disponible. La atrajo hacia él y sin mediar palabra alguna metió su mano
por debajo del tanga blanco para acariciar el sexo de ella. La sorpresa y la
intensidad del manoseo la hicieron perder la vertical, cayendo sobre él mientras
sujetaba firmemente su mano hundida en todo su interior.
Conciente del momento, Silvana tomó posesión de mi y de cada
milímetro de piel disponible para besar y acariciar. Nos tumbamos en uno de los
sillones y comenzamos a devorarnos íntegramente.
Giró Mercedes sobre Leo y comenzó a besarlo bajando desde sus
labios hacia el resto del cuerpo mientras le quitaba la ropa.
Semidesnudos los cuatro intercambiamos parejas, besos,
caricias y cuanta situación nos produjese placer. Al cabo de unos minutos el
calor se había tornado abrasador y ya no había brassiers en el pecho de las
damas, solo tangas y slips eran la vestimenta imperante.
En un momento dado, volqué el contenido de una de las copas
sobre el cuerpo de Silvana y comencé a beber el champagne desde su piel.
Mercedes imitó mi accionar para con su pareja. Ardíamos los cuatro, absorbí el
escaso líquido que quedaba aprisionado en el tanga de Silvana y dejó escapar un
gemido indicando que su clítoris ya inflamado había sido víctima de mi succión a
través de la tela. Abrió sus piernas y roció su sexo con la botella, llevando mi
cabeza a aquel lugar para que siguiese bebiendo. Le extendió el envase a
Mercedes, que repitió la operación sobre el slip de mi socio y se dedicó a
saborear el líquido allí depositado al tiempo que comenzaba una mamada.
Retiré la única prenda que cubría a mi acompañante y fui yo
quien se tendió de espaldas al piso para recibir un tratamiento similar al que
propinaba Mercedes. Pero no fue así, cambiaron de parejas, Silvana siguió
recibiendo una mamada clitoriana y vaginal por parte de Leo, mientras Mercedes
se ocupaba de mi miembro.
Aquel accionar se prolongo por casi una hora, donde ellas
intercambiaban posiciones cuando notaban que estaban al borde del orgasmo, par
así poder extender aquel recibo lingual.
Cuando todo hacía suponer que el ritmo aumentaría hasta el
final, se detuvieron. Se incorporaron dejándonos solos en el living. Fueron
rumbo a la cocina para volver totalmente desnudas, con una nueva botella de
champagne y una lata de chocolate líquido. Nos sentaron en el sillón principal,
se colocaron frente a nosotros y arrodillándose esparcieron chocolate por
nuestros miembros, primero a uno y luego al otro para, una vez concluida esa
operación, tomar nuestras herramientas y comenzar a mamarlas al unísono.
Cuando el oscuro líquido desaparecía de nuestros miembros,
cambiaban de pareja y repetían la operación. Lo hicieron por tres intercambios
aproximadamente. Cuando la cuarta rotación se consumó, efectuaron un trabajo
total tan profundo como sus bocas y el tamaño de nuestros miembros lo permitían,
hasta llegar al punto máximo de cada uno de nosotros y ser saturadas por una
explosión de semen que colmó sus bocas.
Concluida la faena, se tumbaron en el suelo y colocaron sus
piernas abiertas sobre los sillones dejando su sexo totalmente expuestos,
alargaron a nuestras manos la lata del chocolate. No hizo falta que mencionaran
que deseaban, nos colocamos entre las piernas de una y otra (Leo y Silvana,
Mercedes y yo), dejamos caer chocolate en el sexo de ambas y comenzamos a
comernos aquellas conchitas jugosas, con un sabor dulce y salado producto de sus
jugos y el oscuro líquido.
También nosotros intercambiamos posiciones pero solo una vez,
pues queríamos dedicarles un gran trabajo a ambas. La primera en llegar a su
orgasmo fue Mercedes en labios de Leo, luego lo hizo Silvana en los míos.
Limpiamos los restos con champagne que también bebimos y cuyas burbujas
cosquillearon a nuestras hembras en celo.
Rendidos por el cansancio, nos acostamos los cuatro en el
suelo. Reíamos y comentamos sobre lo bien que habíamos disfrutado de aquel
juego.
Luego, cenamos como para reponer energías. Tras la cena llegó
la noticia menos agradable: a las 4:15 partía el colectivo, por lo que a las 3
sería el momento de la despedida.
Concientes de las escasas dos horas que le quedaban a nuestra
aventura, decidimos que cada uno tomaría una de las habitaciones disponibles por
sorteo y debería satisfacer el pedido que su pareja le hiciese sin poner
reparos.
Con un dado que hallamos, echamos a suertes la habitación a
ocupar (los ganadores a la pieza mayor), previamente en un papel cada uno
escribió aquello que pediría en caso de ganar.
Las mujeres arrojaron el dado, ganando Silvana con 4 sobre el
2 de Mercedes. Entre los varones vencí a mi socio 6 a 5. Luego los ocupantes de
cada habitación disputaron entre si el deseo a cumplir como prioridad.
Mercedes venció a Leo, que debió satisfacerla lingualmente en
varias ocasiones, hasta que ella finalmente le prodigó una cabalgada que lo dejó
totalmente exhausto y satisfecho.
Silvana y yo partimos rumbo a nuestra habitación. Una vez
allí trató de persuadirme de no echar a suertes la actividad a realizar mientras
proponía las mil y una formas de hacer el amor. Pero tal lo habíamos establecido
había que cumplir lo pactado.
Tiró el dado y obtuvo un 5, estaba radiante mientras
desdoblaba el papel con su escrito. Luego ejecuté yo y obtuve la misma cifra.
Cambió un tanto su cara, pero aceptó que arrojáramos nuevamente solo que
cambiando el orden. Obtuve un 2 y su alegría se hizo notoria. Cuando el dado
impulsado por ella dejo de rodar y mostró un as, enmudeció.
Desdobló el papel con mi nombre y leyó el contenido. Abrió
grandemente sus ojos, como no dando fe a lo que leía. Solo un número y cuatro
palabras formaban el texto "69 completo y tu cola".
Tragó saliva, intentó un último esfuerzo por deshacer la
prenda, pero comprendió que sería imposible.
Se dirigió a la cama, quitó las sabanas y murmuró "yo voy
arriba".
Comenzó su trabajo de erguir mi herramienta, dando profusos
lengüetazos y chupones. El crecimiento se hacía notar segundo a segundo. En
tanto yo abría sus labios y los recorría desde su nacimiento hasta alcanzar el
pequeño hoyito de su cola.
Le costó tomar ritmo, pero cuando su clítoris se empezó a
inflamar y sus jugos comenzaron a brotar muy lentamente mejoró su perfomance de
succión, haciendo llegar mi pene hasta lo más hondo de su boca. Cada vez que el
recorrido de mi lengua llegaba al final de su raja para rodear su cola, trataba
de hundirse mi herramienta hasta el fondo.
La lubricación aumentaba, sus jugos ya eran una catarata y mi
lengua un balde que los levantaba para descargarlo en su ano. Empecé a dilatarle
aquel agujerito pequeño con un dedo y trabó mi herramienta con sus dientes,
cuando coloqué el segundo dedo gimió ahogada por tener su boca ocupada
comenzando un movimiento frenético simulando una cogida por la boca, con el
ingreso del tercer dedo llegó a su primer orgasmo e hizo chocar la punta de mi
miembro contra su garganta. Esa sensación me hizo explotar, derramé en su boca
semen en abundancia hasta hacerla ahogar definitivamente.
Pese a ello cumplió con el trato y tragó la totalidad de la
carga. Las gotas que habían escapado de su boca las succionó de cuanto lugar
halló.
No dejé que abandonara su posición de cuatro patas, y
desplazándome por debajo de ella, me retiré aún con mis tres dedos en su cola.
Mordía la almohada, para evitar gritar por la incomodidad que sentía. Una vez
ubicado tras ella, quité mis dedos y observé su agujero dilatado y enrojecido.
Dediqué unas lengüeteadas a su raja para traer humedad a su cola y lentamente le
fui introduciendo el miembro.
Me detenía cada tanto, para que su cuerpo se amoldara a esa
nueva sensación hasta que se lo embutí en la totalidad. Repetí mi espera, y muy
lentamente comencé a moverme dentro de ella al tiempo que con mi mano derecha
acariciaba su raja y clítoris.
Comenzó a mojarse y a moverse un poco más. Los gemidos de
dolor fueron reemplazados por otros de placer. En el máximo de su excitación, el
metesaca se hizo más y más rápido hasta provocarle un orgasmo largo y duradero
al tiempo que llenaba sus intestinos con el escaso semen que quedaba en mi
interior.
Me oprimió con su esfínter anal hasta casi estrangular mi
herramienta como queriendo exprimir el total del semen para evitar seguir en
aquella posición.
Cayó rendida de bruces en la cama y yo sobre ella.
Apenas unos minutos después una explosión similar a un gas,
expulsó mi miembro de su interior. De ahora no tan pequeño hoyito brotaba semen
con un hilillo de sangre.
Le costó unos 20 minutos recuperarse. Cuando lo logró me dio
un beso y me dijo:"es hermoso que te hagan la cola, pero es muy doloroso. Para
ser mi segunda vez en 10 días, estuvo bastante mejor."
Se acomodó un poco, probó de caminar con naturalidad, le
costaba pero lo logró. Nos levantamos de la cama y mirando el reloj dijo "Quedan
25 minutos para las tres, esperá a Mecha acá. Ya te la mando, hacele el amor con
delicadeza, como un regalo."
Salió de la habitación, al cabo de 5 minutos mi acompañante
original estaba entrando a mi habitación. Con cara de culpa se acercó y tras
acostarse me besó y sin mediar palabra se colocó sobre mi. Abrió sus piernas y
me regalo el mejor sexo que había tenido hasta allí, incluso mejor que la prenda
cumplida.
Nos abrazamos y nos prodigamos tantos besos y caricias que la
llamada de nuestros acompañantes nos interrumpió al punto de querer hacer oídos
sordos a su requerimiento.
Fastidiados por la situación nos levantamos, nos vestimos en
medio de un silencio que presagiaba un final poco grato.
Fuimos al encuentro de ellos, nos encontramos en la cocina y
sin mediar palabra nos encaminamos al vehículo. Partimos rumbo al departamento
de ellas y al llegar fue Silvana quien tomando la voz de mano nos dijo: "Chicos,
no hagamos esto más complicado, nos despedimos aquí y se vuelven a casa. Ok?"
Muy a desgano aceptamos la propuesta. Cuando estábamos por
partir, Leo dijo: "Chicas ¿por qué nosotros?"
"Primero, por venganza a nuestros indiferentes maridos que
nos echaban de su lado cuando la ganancia era buena y se volteaban pendejas que
andan a la caza de viejos con plata. Pero cuando los conocimos un poco y los
vimos aparecer en la terminal al instantes de irse ellos, nos dimos cuenta que
sería muy bueno una compañía que nos apreciara al menos como mujeres.
Simplemente por eso" Respondió Mercedes.
"Es cierto, si bien los habíamos corneado algunas veces este
tiempo junto nos pareció más lindo, lo disfrutamos más. Casi te diría que nos
habíamos empezado a encariñar" confirmó Silvana.
"Vayan, no hagan esto más difícil. Los vamos a extrañar"
murmuró Mercedes mientras entraba en la casa.
Nos despedimos con un beso, cada cual a su preferida y nos
fuimos.
En el camino de vuelta a casa, casi no hablamos. Solo
palabras de compromiso.
Primero fui yo quien se duchó y luego Leo. Encendimos un
cigarrillo cada uno y al fín rompimos aquel silencio.
"Me estaba empezando a enganchar con la negra. Tenías razón
no hay que volverse loco" comentó Leo.
Asentí con la cabeza y dije "Son buenas hembras pero nos
estaban taladrando la cabeza. Hay que tratar de olvidarlas aunque cueste"
Entre una bocanada de humo, se incorporó mi socio y dijo
"Rajemos de acá así no pensamos. Vamos a un boliche"
Nos vestimos sobriamente y salimos a recorrer la noche
nuevamente. Una nueva historia nos esperaba...
CONTINUARÁ....
Alejandro Gabriel Sallago
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