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Como ciegos de noche
Dominación- 2008-05-02 00:05:11
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El amo Pablo la había azotado a conciencia esa mediodía. Aún notaba el escozor de los latigazos en su espalda, una sensación muy parecida a la de haberse quemado tomando el sol, aunque infinitamente más intensa, tanto por sus connotaciones emocionales, como por el grado de dolor que embotaba sus sentidos. Estaba completamente incapacitada para pensar en otra cosa que en su amo, castigando sin misericordia su falta.

Que estuviera excitada no resultaba irónico. Cuando terminó la tunda, si es que se puede decir que terminó, el amo le había informado de que esa noche un amigo suyo vendría, y se llevaría un recuerdo imborrable. A la esclava Sonia le gustaba el toque de misterio y la teatralidad conque su dueño anunciaba los tormentos o placeres a que luego la sometería, y el anuncio de aquel día tenía tantas posibles interpretaciones en sus fantasías masoquistas que sólo de imaginarlas empezó a humedecerse.

Pero también estaba asustada, pues sería la primera vez que el amo la ofrecería a un tercero. Sabía que ese momento llegaría, y lo deseaba incluso. No obstante, temía no disfrutar complaciendo a su eventual amante, que su amo lo notase y la repudiase. Se sintió sucia, indigna, en el mismo momento en que imaginó la posibilidad de engañar o fingir delante de Pablo.

...

La siesta del señor había tocado a su fin. El pitido de la alarma del teléfono móvil cortó la respiración a Sonia. En media hora llegaría su momento. Tenía hambre, sed y el escozor de los azotes apenas había remitido. Unido al deseo de ser manipulada y usada de nuevo por el amo, el miedo la había cubierto de sudor, uno que ya se había vuelto frío y pegajoso.

Pablo, el dios de su vida, por fin se levantó de la hamaca. Estaba muy silencioso. Apoyó los pies descalzos en el césped del jardín y sólo después de un rato la miró. Con voz grave ordenó:

-Pasado mañana compras una sombrilla. Estoy harto de tener que ponerme el sombrero para echar un sueño.-

-Sí, mi amo y señor.-

-O mejor aún, un quitasol, y así tienes algo que hacer en vez de holgazanear a la sombra.-

-Sí, muy inteligente, mi amo y señor. Compraré uno grande, bien bonito, y con él os abanicaré...- especuló Sonia -si me lo permitís.- y para recabar el consentimiento de Pablo, a gatas se colocó delante suyo, lo miró con respeto y luego le besó el empeine del pie derecho.

-Estás sucia. Voy a lavarte.-

Se había dado cuenta de la capa de brillante humedad que cubría por entero a Sonia. Tomó, pues, la manguera, le dio presión y mojó a la esclava, que aceptó el agua de buen grado, y sonriente y juguetona meneó su cuerpo para mostrar que agradecía el detalle.

-Quítate el tanga y dámelo. Puedes secarte al sol. Yo voy dentro a preparar algo para picar. Cuando estés lista, entra y espéranos en el salón.-

-Como ordenéis, amo.-

...

Pablo había salido a esperar en el porche a su amigo. Sonia, atacada de los nervios, decidió erotizarse para estar lista cuando llegara el invitado. En el sofá, con las piernas bien abiertas, la cabeza echada hacia atrás, comenzó acariciando sus pezones con las yemas de los dedos, hasta ponerlos duros. Dentro de su sexo, el calor y las sensaciones placenteras aumentaban. Chupó su dedo índice y con sumo cuidado de no llegar a separar siquiera los labios, lo pasó por encima de su rajita. Estaba caliente. Mantuvo las caricias durante un tiempo, ejerciendo un nada desdeñable autocontrol, pues lo que más deseaba, en ese estado de tensión y excitación, era masturbarse frenéticamente. Sólo podía rogar que el amigo de su señor viniese pronto y acabara con ese suplicio.

-¿Qué tal los latigazos, esclava?- le preguntó desde fuera de la casa Pablo.

-Bien, mi señor. Duelen todavía, pero eso me ayudará a recordar mi falta y no volver a caer en ella. Le doy las gracias por ello, mi amo.-

Hubo unos instantes de silencio, que a Sonia le parecieron eternos, y de pronto el aire se quebró con una voz femenina que saludaba efusivamente a Pablo.

La sangre se le heló en las venas a Sonia. ¡El amigo de Pablo era en realidad una amiga! Luego tendría que representar...¡no, vivir una experiencia lésbica! Se sintió perdida, asustada y finalmente furiosa. ¿Quién se creía Pablo que era? Podía tratarla como a una fulana, prostituirla, pero con una mujer... eso no entraba en el contrato.

Se levantó y cogió un cojín para cubrirse los pechos, y otro para su coño. Se iría por la puerta de atrás, por el jardín. Nunca más volvería. No lo había pactado, ya no tenía sentido seguir allí: él había roto las reglas. No importaba si se pasaba un mes, o dos, o los que fueran, llorando por su amor.

Pero nada más dirigirse a la puerta de la cocina, que daba al jardín, entraron Pablo y su amiga. Sorprendido por no encontrar a su esclava en el sofá, su privilegiado instinto le informó como si de un reflejo se tratara, que Sonia pretendía irse, y que si lo hacía era por... Daniela, su amiga. Porque pensaría que él la había traído para...

-¡Alto ahí, Sonia!- y por primera vez en mucho tiempo no se dirigió a ella con uno de los apelativos usuales.

Sonia se paró de pronto, en parte por una costumbre adquirida de obedecer sin rechistar a cualquier orden de su dueño, en parte porque el oír su propio nombre de sus labios era... algo extraordinario y bello. Pero notaba que sus emociones la dominaban, que la furia la obligaba a salir corriendo y las lágrimas estaban a punto de saltársele de los ojos.

Fue suficiente el instante de duda. Pablo alcanzó a su presa y la abrazó, apretándola contra sí. Sonia, al sentir el contacto intenso de su querido, de su amado señor, ya no pudo contenerse más y comenzó a sollozas mientras daba grandes voces.

-¡No, no, no! ¡Por favor, mi amo, suéltame! ¡Por favor!-

-Sssshhhh.... Cálmate, Sonia. Cálmate.-

-¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho? ¡No, te lo ruego, esto no, déjame marchar!-

-Cálmate, que no es lo que tú te imaginas.-

Sonia, que en su histeria se hubiera agarrado a un clavo ardiendo, abrió los ojos, empapados y brillantes, grandes y hermosos, infinitamente negros, y miró a los de Pablo, buscando sinceridad y el cariño que tanto necesitaba para seguir respirando. Balbuceando, osó preguntar:

-Entonces... ¿qué es?-

-¿Te vas a calmar?-

-...-

-¿Te vas a calmar, Sonia?-

-...sí....-

-Está bien.-

Pablo relajó sus brazos y posó las manos en los hombros de Sonia, mirándola fijamente mientras calculaba las palabras exactas.

-Hoy nuestro contrato cumple siete meses. ¿lo recuerdas?-

-ajá...-

-Y esta mañana te dije que tendríamos un recuerdo inolvidable, ¿verdad?-

-...sí...-

-Bien. ¡Daniela!- dijo, dirigiéndose a la mujer, que había esperado en el hall.

Entró una chica joven, de unos veintitrés años. Era guapa, no muy alta, algo delgadita, rubia, con mirada avispada a través de unas pequeñas gafas. Vestía un traje de chaqueta y falda hasta las rodillas. Sonia, al verla, se sintió avergonzada de su desnudez, y retrocedió un par de pasos, volviendo a dudar de su amo y procurando mantenerse poco visible. no obstante, todo ese cuidado no parecía impresionar a la otra, que caminó con alegremente hasta ponerse a su altura.

-¡Hola Sonia! Soy Daniela. Pablo me ha hablado mucho de ti.-

Antes de que la fecunda imaginación de Sonia volviera a elaborar retorcidas, aunque no por ello realistas, hipótesis sobre la presencia de aquella mujer, Pablo habló, aclarando todo el misterio:

-Daniela es fotógrafo, y le he pedido que nos haga una foto especial para no olvidar el día de hoy y lo que significa.-

Sonia suspiró de alivio, y tímidamente se atrevió a musitar un saludo a la chica, que sonrió.

-Bien, ahora que ya está todo aclarado...- dijo Pablo. Uniendo la acción al verbo, tomó los cojines que aún sostenía Sonia y los dejó en su sitio, bien ordenados en el sofá. -... dime, esclava, ¿qué crees que debemos hacer?-

La pobre chica estaba confusa. Avergonzada por lo que acababa de suceder, su amo le exigía que pusiese a trabajar la estricta lógica que le había inculcado, en un momento de particular tensión emocional. No era fácil, pero al menos, la necesidad de responder de inmediato se impuso al sentimiento de pudor que la ataba cada vez que Daniela examinaba su desnudez. Ya otras veces había sido expuesta a terceros, quizás no tan obscenamente, pero si con la suficiente potencia como para que pudiera sobreponerse a su cándida timidez y se esforzase por tornarla, en sus gestos sobre todo, en voluptuosidad, tal y como la había enseñado Amo Pablo.

Por fin, contestó:

-Suplico a mi amo que me castigue de nuevo.-

Y adoptando de nuevo por completo su rol de sumisa, se arrodilló, colocó las manos en la nuca y esperó.

-Bien, bien. Aunque aún eres demasiado temperamental, tienes el suficiente sentido común para reconocer tus errores. Por eso no seré excesivamente duro. Daniela, ahora sí que me complazco en presentarte a mi esclava Sonia.-

Daniela no respondió. Ya estaba sacando la cámara de fotos y poniéndole un carrete nuevo. Cuando lo tuvo listo, preguntó:

-¿Queréis que me vaya mientras arregláis lo del castigo y vuelvo luego para la foto?-

-No sé, no sé. ¿Tú qué opinas, esclava?-

Sonia ahora estaba sorprendida con la naturalidad conque Daniela había aceptado aquella situación. Como si la hubiera vivido antes. Eso la tranquilizó. Así que respondió con absoluta honestidad:

-Mi amo, tengo un poco de vergüenza.-

-¿Entonces le decimos a Daniela que espere arriba?-

-No, no es necesario, mi señor. Pero... -

-Ejem... Podría, si me permitís la sugerencia- intervino Daniela -hacer una estupenda sesión de fotos del castigo. Os pagaría 40 euros por foto. Y podríais, si tanta vergüenza le da a Sonia, que es comprensible, usar máscaras, o algo así, que seguro que tenéis entre vuestros juguetes.-

-¡Sí, amo!-contestó espontáneamente Sonia. No había prestado demasiada atención a lo que Daniela decía, pues había empezado a sentirse mal por haber dudado de él, y no pensaba más que en el modo de satisfacerle, y el dinero que sacarían de las fotos sería un excelente presente de reconciliación, la mejor muestra de arrepentimiento que podía mostrar en aquel momento.

-Sea. Ve a por un antifaz para ti y otro para mí.-

Disparada y alegre, Sonia subió al piso de arriba, y al rato regresó con dos sencillos antifaces. El amo se había quitado la camisa, y no pudo evitar fijarse en su atractivo torso, musculado, firme, duro. No bien se hubo cubierto el rostro, Sonia retomó su posición de rodillas. Estaba radiante. La primera foto que Daniela hizo se fijó en ella, en sus pechos con los pezones erectos, el vientre terso y los muslos brillantes de piel satinada.

-¡Lista!- anunció Daniela, y el amo como un resorte, descargó una bofetada sobre el rostro de su esclava. Pillada por sorpresa, no supo contenerse e hizo ademán de protegerse, separando las manos de su nuca, pero se detuvo y volvió a ofrecer la cara a la cruel palma del señor, quien la tomó por el mentón, le regaló una mirada compasiva, y volvió a descargar su fuerza, esta vez con el dorso, sobre la otra mejilla.

-Gracias amo.- susurró Sonia, y besó los nudillos que recién la habían fustigado. Daniela apretó de nuevo el obturador, inmortalizando la humildad de la sumisa.

Luego vino el cilicio. Pablo tomó uno corto, formado por varias tiras de cuero, finas, lacerantes, dolorosas. Las tensó un momento para que Daniela le fotografiara, y luego las tensó, preparando un golpe espantoso. Sonia cerró los ojos instintivamente y mordió su labio inferior. todo su cuerpo estaba tenso, conmocionado ante la perspectiva de la sensación que pronto la llenaría. Sólo el click de la cámara la sacó de ese estado, exponiéndola en su desconcentración a un daño desmesurado e insoportable.

Pero en vez de ello, notó que caían sobre sus pechos, apenas acariciándolos, los extremos del cilicio. Abrió los ojos y entendió: el amo la quería atenta, concentrada, lista, receptiva. Volvió a alzarse la mano ejecutora, y esta vez Sonia no sóno no cerró los ojos, sino que ni siquiera pestañeó, la mirada fija en el instrumento de castigo, aunque le horrorizaba el temor a sufrir en el rostro el arañazo de éste.

El amo, demostrando una pericia y un dominio absoluto del oficio y la herramienta, revoleó su muñeca en el último instante de modo que el ángulo de impacto de las tiras se alteró, sorprendiendo a la esclava en un punto que no esperaba ver atacado. Gimió, al notar el dolor invadir a toda velocidad en forma de picadura su costado derecho, pero no por ello dejo de decir, en voz bien alta.

-¡Uno! ¡Gracias amo!-

Y así, ya preparada y completamente atenta a su amo y el cálido beso del cilicio, se olvidó de la cámara y de Daniela, que seguían su implacable labor testimonial.

-¡Quince! ¡Gracias mi amo!-

Ya había empezado a llorar. Las lágrimas que no virtió minutos antes cuando pretendía renunciar a esa vida por un malentendido, las vertía ahora copiosamente, extasiándose al ser azotada en pechos, lomos, muslos y vientre por su adorado señor. PAblo paró, y se pasó la mano por el pelo. Hacía calor. en su pantalón, un bulto enorme atrajo el último de los disparos de la cámara.

-¿Ya?- preguntó Daniela.

-Sí, creo que la lección no se le olvidará. Levanta, esclava.-

Sonia obedeció. Sentía su corazón latiendo a cien, y unas incontenibles ganas de echarse a los pies de su dueño y colmarlos de besos para que viera cuán agradecida quedaba de haber sido corregida, pero se tuvo que contener estando Daniela delante.

-Bueno, pues ya sólo queda la vuestra. ¿Cómo la hacemos?-

Pablo ya había pensado lo que quería. Mientras se abrochaba la camisa dio instrucciones a Sonia, que volvió arriba, dejó ambos antifaces, y bajó con una correa larga de perro, la más bonita y lujosa, con una argolla dorada. La utilizaba sólo en las ocasiones más señaladas, y se enorgulleció de que el amo le permitiese exhibirse como su esclava con la más preciosa.

Sentado en el sillón de cuero marrón, con una pierna sobre la otra, una media sonrisa irónica, sostenía el extremo de la correa, mientras Sonia permanecía de pie a su derecha, muy feliz y muy sumisa. El objetivo los enfocó y un flash sancionó su simbólico recuerdo.

...

Daniela prometió revelar las fotos y enviarles una copia de todas las que se publicarían en la revista, además del original y los negativos de la que era para el recuerdo. Añadió, y ese comentario para Sonia fue el más bello piropo, que "nunca había visto en una esclava tan claramente el amor incondicional y apasionado por su dueño como en ella".

Sentada sobre el regazo de su señor, atendiendo sus caprichos, sus fantasías, su amor hecho de dolor, Sonia siempre se permite un instante de distracción para mirar aquella foto sobre el aparador.

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