El amo Pablo la había azotado a conciencia esa mediodía. Aún
notaba el escozor de los latigazos en su espalda, una sensación muy parecida a
la de haberse quemado tomando el sol, aunque infinitamente más intensa, tanto
por sus connotaciones emocionales, como por el grado de dolor que embotaba sus
sentidos. Estaba completamente incapacitada para pensar en otra cosa que en su
amo, castigando sin misericordia su falta.
Que estuviera excitada no resultaba irónico. Cuando terminó
la tunda, si es que se puede decir que terminó, el amo le había informado de que
esa noche un amigo suyo vendría, y se llevaría un recuerdo imborrable. A la
esclava Sonia le gustaba el toque de misterio y la teatralidad conque su dueño
anunciaba los tormentos o placeres a que luego la sometería, y el anuncio de
aquel día tenía tantas posibles interpretaciones en sus fantasías masoquistas
que sólo de imaginarlas empezó a humedecerse.
Pero también estaba asustada, pues sería la primera vez que
el amo la ofrecería a un tercero. Sabía que ese momento llegaría, y lo deseaba
incluso. No obstante, temía no disfrutar complaciendo a su eventual amante, que
su amo lo notase y la repudiase. Se sintió sucia, indigna, en el mismo momento
en que imaginó la posibilidad de engañar o fingir delante de Pablo.
...
La siesta del señor había tocado a su fin. El pitido de la
alarma del teléfono móvil cortó la respiración a Sonia. En media hora llegaría
su momento. Tenía hambre, sed y el escozor de los azotes apenas había remitido.
Unido al deseo de ser manipulada y usada de nuevo por el amo, el miedo la había
cubierto de sudor, uno que ya se había vuelto frío y pegajoso.
Pablo, el dios de su vida, por fin se levantó de la hamaca.
Estaba muy silencioso. Apoyó los pies descalzos en el césped del jardín y sólo
después de un rato la miró. Con voz grave ordenó:
-Pasado mañana compras una sombrilla. Estoy harto de tener
que ponerme el sombrero para echar un sueño.-
-Sí, mi amo y señor.-
-O mejor aún, un quitasol, y así tienes algo que hacer en vez
de holgazanear a la sombra.-
-Sí, muy inteligente, mi amo y señor. Compraré uno grande,
bien bonito, y con él os abanicaré...- especuló Sonia -si me lo permitís.- y
para recabar el consentimiento de Pablo, a gatas se colocó delante suyo, lo miró
con respeto y luego le besó el empeine del pie derecho.
-Estás sucia. Voy a lavarte.-
Se había dado cuenta de la capa de brillante humedad que
cubría por entero a Sonia. Tomó, pues, la manguera, le dio presión y mojó a la
esclava, que aceptó el agua de buen grado, y sonriente y juguetona meneó su
cuerpo para mostrar que agradecía el detalle.
-Quítate el tanga y dámelo. Puedes secarte al sol. Yo voy
dentro a preparar algo para picar. Cuando estés lista, entra y espéranos en el
salón.-
-Como ordenéis, amo.-
...
Pablo había salido a esperar en el porche a su amigo. Sonia,
atacada de los nervios, decidió erotizarse para estar lista cuando llegara el
invitado. En el sofá, con las piernas bien abiertas, la cabeza echada hacia
atrás, comenzó acariciando sus pezones con las yemas de los dedos, hasta
ponerlos duros. Dentro de su sexo, el calor y las sensaciones placenteras
aumentaban. Chupó su dedo índice y con sumo cuidado de no llegar a separar
siquiera los labios, lo pasó por encima de su rajita. Estaba caliente. Mantuvo
las caricias durante un tiempo, ejerciendo un nada desdeñable autocontrol, pues
lo que más deseaba, en ese estado de tensión y excitación, era masturbarse
frenéticamente. Sólo podía rogar que el amigo de su señor viniese pronto y
acabara con ese suplicio.
-¿Qué tal los latigazos, esclava?- le preguntó desde fuera de
la casa Pablo.
-Bien, mi señor. Duelen todavía, pero eso me ayudará a
recordar mi falta y no volver a caer en ella. Le doy las gracias por ello, mi
amo.-
Hubo unos instantes de silencio, que a Sonia le parecieron
eternos, y de pronto el aire se quebró con una voz femenina que saludaba
efusivamente a Pablo.
La sangre se le heló en las venas a Sonia. ¡El amigo de Pablo
era en realidad una amiga! Luego tendría que representar...¡no, vivir una
experiencia lésbica! Se sintió perdida, asustada y finalmente furiosa. ¿Quién se
creía Pablo que era? Podía tratarla como a una fulana, prostituirla, pero con
una mujer... eso no entraba en el contrato.
Se levantó y cogió un cojín para cubrirse los pechos, y otro
para su coño. Se iría por la puerta de atrás, por el jardín. Nunca más volvería.
No lo había pactado, ya no tenía sentido seguir allí: él había roto las reglas.
No importaba si se pasaba un mes, o dos, o los que fueran, llorando por su amor.
Pero nada más dirigirse a la puerta de la cocina, que daba al
jardín, entraron Pablo y su amiga. Sorprendido por no encontrar a su esclava en
el sofá, su privilegiado instinto le informó como si de un reflejo se tratara,
que Sonia pretendía irse, y que si lo hacía era por... Daniela, su amiga. Porque
pensaría que él la había traído para...
-¡Alto ahí, Sonia!- y por primera vez en mucho tiempo no se
dirigió a ella con uno de los apelativos usuales.
Sonia se paró de pronto, en parte por una costumbre adquirida
de obedecer sin rechistar a cualquier orden de su dueño, en parte porque el oír
su propio nombre de sus labios era... algo extraordinario y bello. Pero notaba
que sus emociones la dominaban, que la furia la obligaba a salir corriendo y las
lágrimas estaban a punto de saltársele de los ojos.
Fue suficiente el instante de duda. Pablo alcanzó a su presa
y la abrazó, apretándola contra sí. Sonia, al sentir el contacto intenso de su
querido, de su amado señor, ya no pudo contenerse más y comenzó a sollozas
mientras daba grandes voces.
-¡No, no, no! ¡Por favor, mi amo, suéltame! ¡Por favor!-
-Sssshhhh.... Cálmate, Sonia. Cálmate.-
-¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho? ¡No, te lo ruego, esto no,
déjame marchar!-
-Cálmate, que no es lo que tú te imaginas.-
Sonia, que en su histeria se hubiera agarrado a un clavo
ardiendo, abrió los ojos, empapados y brillantes, grandes y hermosos,
infinitamente negros, y miró a los de Pablo, buscando sinceridad y el cariño que
tanto necesitaba para seguir respirando. Balbuceando, osó preguntar:
-Entonces... ¿qué es?-
-¿Te vas a calmar?-
-...-
-¿Te vas a calmar, Sonia?-
-...sí....-
-Está bien.-
Pablo relajó sus brazos y posó las manos en los hombros de
Sonia, mirándola fijamente mientras calculaba las palabras exactas.
-Hoy nuestro contrato cumple siete meses. ¿lo recuerdas?-
-ajá...-
-Y esta mañana te dije que tendríamos un recuerdo
inolvidable, ¿verdad?-
-...sí...-
-Bien. ¡Daniela!- dijo, dirigiéndose a la mujer, que había
esperado en el hall.
Entró una chica joven, de unos veintitrés años. Era guapa, no
muy alta, algo delgadita, rubia, con mirada avispada a través de unas pequeñas
gafas. Vestía un traje de chaqueta y falda hasta las rodillas. Sonia, al verla,
se sintió avergonzada de su desnudez, y retrocedió un par de pasos, volviendo a
dudar de su amo y procurando mantenerse poco visible. no obstante, todo ese
cuidado no parecía impresionar a la otra, que caminó con alegremente hasta
ponerse a su altura.
-¡Hola Sonia! Soy Daniela. Pablo me ha hablado mucho de ti.-
Antes de que la fecunda imaginación de Sonia volviera a
elaborar retorcidas, aunque no por ello realistas, hipótesis sobre la presencia
de aquella mujer, Pablo habló, aclarando todo el misterio:
-Daniela es fotógrafo, y le he pedido que nos haga una foto
especial para no olvidar el día de hoy y lo que significa.-
Sonia suspiró de alivio, y tímidamente se atrevió a musitar
un saludo a la chica, que sonrió.
-Bien, ahora que ya está todo aclarado...- dijo Pablo.
Uniendo la acción al verbo, tomó los cojines que aún sostenía Sonia y los dejó
en su sitio, bien ordenados en el sofá. -... dime, esclava, ¿qué crees que
debemos hacer?-
La pobre chica estaba confusa. Avergonzada por lo que acababa
de suceder, su amo le exigía que pusiese a trabajar la estricta lógica que le
había inculcado, en un momento de particular tensión emocional. No era fácil,
pero al menos, la necesidad de responder de inmediato se impuso al sentimiento
de pudor que la ataba cada vez que Daniela examinaba su desnudez. Ya otras veces
había sido expuesta a terceros, quizás no tan obscenamente, pero si con la
suficiente potencia como para que pudiera sobreponerse a su cándida timidez y se
esforzase por tornarla, en sus gestos sobre todo, en voluptuosidad, tal y como
la había enseñado Amo Pablo.
Por fin, contestó:
-Suplico a mi amo que me castigue de nuevo.-
Y adoptando de nuevo por completo su rol de sumisa, se
arrodilló, colocó las manos en la nuca y esperó.
-Bien, bien. Aunque aún eres demasiado temperamental, tienes
el suficiente sentido común para reconocer tus errores. Por eso no seré
excesivamente duro. Daniela, ahora sí que me complazco en presentarte a mi
esclava Sonia.-
Daniela no respondió. Ya estaba sacando la cámara de fotos y
poniéndole un carrete nuevo. Cuando lo tuvo listo, preguntó:
-¿Queréis que me vaya mientras arregláis lo del castigo y
vuelvo luego para la foto?-
-No sé, no sé. ¿Tú qué opinas, esclava?-
Sonia ahora estaba sorprendida con la naturalidad conque
Daniela había aceptado aquella situación. Como si la hubiera vivido antes. Eso
la tranquilizó. Así que respondió con absoluta honestidad:
-Mi amo, tengo un poco de vergüenza.-
-¿Entonces le decimos a Daniela que espere arriba?-
-No, no es necesario, mi señor. Pero... -
-Ejem... Podría, si me permitís la sugerencia- intervino
Daniela -hacer una estupenda sesión de fotos del castigo. Os pagaría 40 euros
por foto. Y podríais, si tanta vergüenza le da a Sonia, que es comprensible,
usar máscaras, o algo así, que seguro que tenéis entre vuestros juguetes.-
-¡Sí, amo!-contestó espontáneamente Sonia. No había prestado
demasiada atención a lo que Daniela decía, pues había empezado a sentirse mal
por haber dudado de él, y no pensaba más que en el modo de satisfacerle, y el
dinero que sacarían de las fotos sería un excelente presente de reconciliación,
la mejor muestra de arrepentimiento que podía mostrar en aquel momento.
-Sea. Ve a por un antifaz para ti y otro para mí.-
Disparada y alegre, Sonia subió al piso de arriba, y al rato
regresó con dos sencillos antifaces. El amo se había quitado la camisa, y no
pudo evitar fijarse en su atractivo torso, musculado, firme, duro. No bien se
hubo cubierto el rostro, Sonia retomó su posición de rodillas. Estaba radiante.
La primera foto que Daniela hizo se fijó en ella, en sus pechos con los pezones
erectos, el vientre terso y los muslos brillantes de piel satinada.
-¡Lista!- anunció Daniela, y el amo como un resorte, descargó
una bofetada sobre el rostro de su esclava. Pillada por sorpresa, no supo
contenerse e hizo ademán de protegerse, separando las manos de su nuca, pero se
detuvo y volvió a ofrecer la cara a la cruel palma del señor, quien la tomó por
el mentón, le regaló una mirada compasiva, y volvió a descargar su fuerza, esta
vez con el dorso, sobre la otra mejilla.
-Gracias amo.- susurró Sonia, y besó los nudillos que recién
la habían fustigado. Daniela apretó de nuevo el obturador, inmortalizando la
humildad de la sumisa.
Luego vino el cilicio. Pablo tomó uno corto, formado por
varias tiras de cuero, finas, lacerantes, dolorosas. Las tensó un momento para
que Daniela le fotografiara, y luego las tensó, preparando un golpe espantoso.
Sonia cerró los ojos instintivamente y mordió su labio inferior. todo su cuerpo
estaba tenso, conmocionado ante la perspectiva de la sensación que pronto la
llenaría. Sólo el click de la cámara la sacó de ese estado, exponiéndola en su
desconcentración a un daño desmesurado e insoportable.
Pero en vez de ello, notó que caían sobre sus pechos, apenas
acariciándolos, los extremos del cilicio. Abrió los ojos y entendió: el amo la
quería atenta, concentrada, lista, receptiva. Volvió a alzarse la mano
ejecutora, y esta vez Sonia no sóno no cerró los ojos, sino que ni siquiera
pestañeó, la mirada fija en el instrumento de castigo, aunque le horrorizaba el
temor a sufrir en el rostro el arañazo de éste.
El amo, demostrando una pericia y un dominio absoluto del
oficio y la herramienta, revoleó su muñeca en el último instante de modo que el
ángulo de impacto de las tiras se alteró, sorprendiendo a la esclava en un punto
que no esperaba ver atacado. Gimió, al notar el dolor invadir a toda velocidad
en forma de picadura su costado derecho, pero no por ello dejo de decir, en voz
bien alta.
-¡Uno! ¡Gracias amo!-
Y así, ya preparada y completamente atenta a su amo y el
cálido beso del cilicio, se olvidó de la cámara y de Daniela, que seguían su
implacable labor testimonial.
-¡Quince! ¡Gracias mi amo!-
Ya había empezado a llorar. Las lágrimas que no virtió
minutos antes cuando pretendía renunciar a esa vida por un malentendido, las
vertía ahora copiosamente, extasiándose al ser azotada en pechos, lomos, muslos
y vientre por su adorado señor. PAblo paró, y se pasó la mano por el pelo. Hacía
calor. en su pantalón, un bulto enorme atrajo el último de los disparos de la
cámara.
-¿Ya?- preguntó Daniela.
-Sí, creo que la lección no se le olvidará. Levanta,
esclava.-
Sonia obedeció. Sentía su corazón latiendo a cien, y unas
incontenibles ganas de echarse a los pies de su dueño y colmarlos de besos para
que viera cuán agradecida quedaba de haber sido corregida, pero se tuvo que
contener estando Daniela delante.
-Bueno, pues ya sólo queda la vuestra. ¿Cómo la hacemos?-
Pablo ya había pensado lo que quería. Mientras se abrochaba
la camisa dio instrucciones a Sonia, que volvió arriba, dejó ambos antifaces, y
bajó con una correa larga de perro, la más bonita y lujosa, con una argolla
dorada. La utilizaba sólo en las ocasiones más señaladas, y se enorgulleció de
que el amo le permitiese exhibirse como su esclava con la más preciosa.
Sentado en el sillón de cuero marrón, con una pierna sobre la
otra, una media sonrisa irónica, sostenía el extremo de la correa, mientras
Sonia permanecía de pie a su derecha, muy feliz y muy sumisa. El objetivo los
enfocó y un flash sancionó su simbólico recuerdo.
...
Daniela prometió revelar las fotos y enviarles una copia de
todas las que se publicarían en la revista, además del original y los negativos
de la que era para el recuerdo. Añadió, y ese comentario para Sonia fue el más
bello piropo, que "nunca había visto en una esclava tan claramente el amor
incondicional y apasionado por su dueño como en ella".
Sentada sobre el regazo de su señor, atendiendo sus
caprichos, sus fantasías, su amor hecho de dolor, Sonia siempre se permite un
instante de distracción para mirar aquella foto sobre el aparador.