Las azafatas nos saludaban amablemente, uno por uno, a medida
que íbamos ingresando en la atmósfera cargada del avión. Bajo mi nariz dos
trajes azules de rayas idénticos, coronados por dos brillantes calvas
ejecutivas, también idénticas, se detuvieron en primera clase, estancándose
frente a los cómodos asientos de la clase Club Cóndor.
Unos metros más adelante, la espalda de una rubia
impresionante se alejaba por el pasillo cabalgando sobre unos fieros tacones de
aguja. El movimiento de sus piernas, el contoneo de sus caderas, su cabello,
hicieron que me atragantase. Era una espalda excesiva, hiperbólica, colosal, una
espalda, sin duda, de animal sexual. Mis instintos animales se manifestaron bajo
la forma de un júbilo insolente dentro de mis pantalones
Mientras esperaba que los directivos trajeados tomasen
posesión de sus butacas, medité sobre si esa pulsión demente que a veces se
apodera de mí por acabar la noche con la visión fugaz de una mujer así, quizá,
no tenga nada que ver con las ganas de follar. A lo mejor tiene que ver más con
una necesidad infantil de colarme por un momento en la vida de otra persona. De
meterme en sus recuerdos, de protagonizar un capítulo supuestamente emocionante
en su vida, de un modo romántico, furtivo, accidental y breve. Bueno, claro que
cuando me hago una paja esa supuesta necesidad se me pasa…
En el breve tiempo que me tomó esta reflexión personal,
desapareció de mi vista la triste perspectiva a la que me había enfrentado: doce
horas de vuelo en clase turista soportando los bocadillos de anteayer, las hojas
de ensalada de puntas ennegrecidas, los pastelillos de goma arábiga que se
quedan adheridos entre los dientes, el "Minute Maid" laxante de naranja, el
carro del catering arrasando todo lo que sobresale del margen del asiento, el
vecino de detrás que se quita los zapatos para compartir los efluvios de su
cuerpo con el resto del pasaje, etc. La visión fugaz de un arcángel en el
pasillo y la fiel respuesta de mis hormonas habían borrado todo recuerdo de mis
futuros padecimientos. La seductora espalda, mientras tanto, continuaba
alejándose por el pasillo.
Los relucientes cráneos ejecutivos se sentaron, por fin, y
bajo ellos el resto de sus dueños. Yo pude continuar mi camino, aguijoneado por
el equipaje de mano de otro competitivo directivo de empresa vestido de traje
azul oscuro, que clavaba su maletín en mis costillas flotantes como si se
tratase de un rejón.
Los asientos estaban casi todos ocupados y las miradas
vidriosas de mis compañeros de viaje, que me recordaron a una excursión
dominical de zombis, reflejaban el nerviosismo que precede a la batalla.
Me lancé tras el rastro de la cabellera rubia —el rastro de
su perfume—, clavé mis ojos en sus pantorrillas, en su cabello, flotando con una
desenvoltura impensable en los mortales. Frente a mí, al llegar a la altura de
la única fila vacía, ella se detuvo y se deslizó hasta el asiento más próximo a
la ventanilla. Miré mi billete y el corazón me dio un vuelco dentro del pecho,
acababa a tocarme la lotería, iba tenerla al lado durante doce horas. Me detuve
en el pasillo y releí una y otra vez el asiento que me correspondía comparándolo
con el que quedaba junto a aquella diosa. Por una vez mi ángel de la guarda
había hecho sus deberes: ¡sí, era mi sitio!
— ¡Hola, me llamo Quim!
—Me presenté desde el pasillo— Creo que está
usted sentada en mi asiento… Pero, por favor, no se levante, si quiere la
ventanilla se la cedo.
— Yo, me llamo Claudia
—respondió ella con una amplia sonrisa mientras me alargaba su mano—
¡Encantada de conocerlo! ¿Realmente no quiere la
ventanilla? Me senté porque el asiento estaba libre y me apetecía mirar fuera
un rato.
— No se preocupe, a mí no
me entusiasma contemplar el paisaje. Yo viajo por negocios, por necesidad
—le contesté con toda la cortesía
de la que fui capaz para evitar que se sintiese incómoda.
— A mí tampoco me
entusiasma, tengo un miedo atroz a volar…
—apostilló
Por su acento ella sin duda era argentina, cosa nada
sorprendente en un vuelo Buenos Aires — Madrid. Claudia debía tener poco más de
treinta años y parecía en plena forma. Comenzamos a charlar. A pesar de que su
escote no era exagerado, yo tardaría más de diez minutos en descubrir de qué
color tenía los ojos.
Con una convulsión repentina, que interrumpió nuestra
conversación, el avión empezó a despegarse de la plataforma dirigiéndose por sus
propios medios hacia la cabecera de la pista. Me percaté de que las azafatas
estaban interpretando la ceremonia ritual del chaleco salvavidas en el pasillo,
tratando en vano de mantener el equilibrio, mientras los pasajeros apartaban la
vista misericordiosamente del triste espectáculo.
El rugido sordo de los motores se intensificó cuando la
aeronave empezó a moverse por su propio impulso; luego, carreteó lentamente
hasta colocarse en posición de despegue. Las azafatas acabaron apresuradamente
su exorcismo braceando en el aire como simios dementes, guardaron los chalecos
salvavidas y las máscaras de oxígeno en un compartimiento y se encaminaron
trastabillando a sus asientos.
Tan pronto recibió autorización de la torre de control, el
piloto dio plena potencia a los motores, el avión brincó hacia delante y empezó
a ganar velocidad. La pista, las montañas y los edificios del aeropuerto de
Ezeiza se deslizaron hacia la cola con vertiginosa rapidez. A mi lado, Claudia
estrujaba los reposabrazos del asiento y cerraba con fuerza los ojos mientras la
aceleración nos empujaba contra el respaldo de nuestros asientos. Yo disfrutaba
el espectáculo del despegue e intentaba no perder detalle observando a través
del vidrio salpicado de la ventanilla, por encima de su monumental escote.
Treinta centímetros por encima de éste, sus ojos permanecían cerrados a
cualquier información que pudiese llegar del mundo exterior.
— Claudia, abre los ojos.
¡Mira qué maravilla! ¡Cómo nos estamos elevando!
—dije con admiración, refiriéndome al espectáculo tras la ventanilla, no a su
extraordinario escote, que era la auténtica maravilla de elevación
— Sí, sí…bueno…bueno…
—respondió ella con voz temblorosa
— No te pierdas esta vista.
¡Observa qué belleza! —Insistí
insensible, sin percibir el miedo en el timbre de su voz
— Ahorita, dejame que estoy
un poco mareada —repuso,
dándome a entender que era mejor que cerrase la boca durante un rato
El avión continuó su ascenso e inició un giro suave hacia la
derecha. Un par de minutos después el avión estabilizó su curso. La señal
luminosa que obligaba a tener el cinturón abrochado se apagó con un pitido y una
de las azafatas se levantó de su asiento dirigiéndose a un compartimiento junto
a la cabina de pilotaje. Unos minutos más tarde, empezó a recorrer el estrecho
pasadizo del avión arrastrando un carrito del que sacaba unos bocadillos
infectos y ofrecía el conocido sucedáneo de café y bebidas carbónicas variadas.
Yo intentaba hacer todo lo posible por distraer a Claudia. No obstante ella
permanecía callada, sin dejar de triturar los brazos del asiento con las manos
crispadas.
— A ver Claudia, ¿a qué no
sabes en qué te pareces a Chita?
—le pregunté, forzando el segundo chiste más viejo del mundo
— Pues claro, en que soy
muy mona y tú eres Tarzán... Ya lo sabía
—me cortó con voz hastiada— Solo es la
milésima vez que lo escucho… Lo siento, estoy muy nerviosa, ¿me podés pedir
una copa?
Llamé a la azafata:
— Por favor, señorita,
¿podría traernos dos copas de champagne?
— En seguida, señor…
—respondió con una sonrisa, miró a Claudia una fracción de segundo y se hizo
cargo de la situación.
Apareció al punto con las dos copas en una bandeja. Una vez
hubo engullido la suya, Claudia pareció relajarse un poco. Súbitamente el avión
entró en un banco de nubes y las ventanillas quedaron cubiertas por una
esponjosa gasa blanca. La suave trepidación proveniente de los motores era el
único signo de actividad.
— ¿Vas a Madrid?
—pregunté para tratar de saber algo de ella, aunque era evidente que "todo" el
pasaje se dirigía, al menos momentáneamente, a Madrid
— No, a Barcelona
—me respondió— Vine a la Argentina únicamente
a visitar a la familia. ¿Y vos… vos sos gallego, no?
—Me miró a los ojos buscando confirmación y después continuó—
...Y por el acento, además debés ser lo que los
gallegos llaman un polaco.
— Sí, soy de Barcelona,
vine a la Argentina por negocios. Soy representante de material deportivo
—le expliqué sin entrar en demasiados detalles
— Yo trabajo como azafata
de congresos… En realidad soy actriz… Pero es que, uno piensa las cosas de un
modo y luego todo sale distinto. Cuando recién llegué a Barcelona… me acuerdo
y me parto de la risa… Mi iba a llevar el mundo por delante, fijate vos, y ahí
tenés, azafata de congresos
—respondió Claudia en un tono amargo.
Después se quedó en silencio con aire meditabundo. Los
segundos se deslizaron con lentitud en un océano de silencio hasta que ella
despertó de su letargo diciendo:
— Quim, ¿podés pedir otra
copa?... Creo que la necesito… Y también una manta, siempre hace frío ahí
arriba.
Le pedí un par de copas más y unas mantas a la azafata. Ésta
apareció de nuevo un minuto después con las mantas, una almohada y el champagne.
Claudia, como había hecho con la primera, la ingirió de un trago. Se cubrió con
la manta y colocó la almohada entre su cabeza y la pared del avión. Permaneció
en silencio durante unos minutos, con los ojos abiertos, hipnotizada, con la
mirada clavada en el respaldo del asiento delantero, sin pestañear ni una sola
vez. En el silencio que nos separaba fui consciente de la vibración del motor y
la letanía somnífera que para mí eran las conversaciones murmuradas de los
pasajeros. Finalmente, ella bostezó, se giro hacia mí y dijo:
— ¿Puedo apoyarme en tu
hombro para dormir? Necesito reposar la cabeza para conciliar el sueño… y la
pared del avión está helada.
— Por supuesto
—respondí incorporándome en el asiento para situar mi hombro a una altura que
le fuese cómoda.
Levanté el reposabrazos que nos separaba, ella se aproximó,
cogió mi brazo y descansó su cabeza con delicadeza. Aspiré la fragancia del
perfume que emanaba de su persona y que ya había percibido con anterioridad; el
insustancial roce de su cabello sobre mi rostro me provocó unos lascivos
escalofríos. Traté de volver la cabeza, y ella me rozó la mejilla con los
labios, levemente, casi con respeto. La caricia de su boca sobre mi cara fue tan
liviana como el recuerdo del sueño de un beso y, no obstante, quedó cálidamente
labrada sobre mi pómulo. Su piel, semejante a la porcelana, era más suave que
una pluma.
Sentí su flexible cuerpo oprimido contra el mío: la sólida
turgencia de sus pechos debajo de la camisa, imaginé la suavidad de los esbeltos
muslos bajo la falda, soñé con su la lengua lamiendo mis labios. No logré
contener el deseo que había hecho presa en mí; fui incapaz de detener las
exquisitas sensaciones que se deslizaban sobre mi hombro, mi brazo y entre mis
piernas. Pero, a pesar de la excitación, el murmullo de las conversaciones fue
como una canción de cuna. Cerré los ojos y yo también me dormí con mi cabeza
apoyada sobre la suya.
Me desperté un buen rato después, compartiendo la misma
manta. Ella cogía mi mano con firmeza. Su respiración acompasada y lenta me
indicaba que aún estaba dormida. Entreabrí los ojos dolorosamente, una película
iluminaba a llamaradas la penumbra del aparato. Sentí que se me había dormido el
hombro y, de improviso, fui consciente de que tenía unas ganas tremendas de
orinar y una erección descomunal. Recordé haber soñado con Claudia, un sueño
húmedo, sin duda. Acaricié con dulzura la tibieza de su mano e intenté moverme,
solo lo justo para que la sangre volviese a circular por mi cuerpo inmóvil, pero
aquel movimiento liviano la sobresaltó. Apartó la cabeza, me miró con los ojos
entreabiertos, me besó en la mejilla y se retiró a su asiento sin soltarme la
mano.
— ¿Cuánto rato dormí?
—me preguntó
Miré mi reloj, hice un cálculo aproximado y le respondí:
— Unas dos horas
— ¿Y tú no te pudiste en
mover en dos horas? —inquirió
con curiosidad, acariciando mi mano por debajo de la manta.
— Yo también he estado
durmiendo —confesé—
Desde el momento en que te has apoyado, he estado
durmiendo como un bendito.
— Tuve un lindo sueño…
—susurró
— Yo también…
—afirmé, esperando que no preguntase en que consistía.
Me hubiese gustado prolongar la situación, pero era
imposible, mi ingrata vejiga jugaba en mi contra. Necesitaba imperiosamente ir
al excusado o me mearía encima. Las palabras salieron de mi boca con excesiva
dureza.
— Debo ir al lavabo,
disculpa —le dije, oprimiendo
su mano.
La magia se rompió cuando me separé de ella. Lo supe en
cuanto me puse en pie y corrí hasta el lavabo del avión. Necesité cinco minutos
de profunda concentración para conseguir que la erección disminuyese y me
permitiese orinar sin duchar el minúsculo retrete. Cuando regresé ella había
retirado la manta y se estaba cepillando el pelo.
— ¡Hola! ¿Mejor ahora…?
—me saludó con frescura— Ahora la que tiene
que cambiar el agua a las aceitunas soy yo
—afirmó riendo, mientras se levantaba de su asiento.
"¿Cambiar el agua a las aceitunas? ¿Qué clase de expresión
era aquella? ¿En España solo los hombres "cambian el agua a las aceitunas"? ¿Qué
aceitunas podía tener Claudia?" Medité, haciendo gala de una perspicacia
lingüística inusual en mí.
Al cruzarnos en el pasillo sus nalgas, redondas y sólidas de
bailarina, rozaron mi cintura y el aroma sutil de su perfume me poseyó
nuevamente. Dentro de mi slip, mis genitales brincaron alborozados. Me hice el
firme propósito de buscar una forma de reconducir la conversación cuando ella
volviese y así lo hice. Dos horas y algunas copas después, con la charla
encarrilada, conseguí situarme a la distancia íntima en que el más pequeño
impulso provocaría que saltase la chispa entre mis labios y los de Claudia.
Presentía que el momento que tanto anhelaba estaba ya
próximo. Sentía un cosquilleo en los labios, la premonición de un beso. Soñaba
con los suyos, besarlos debía ser tan dulce como besar una nube. Y, de repente,
el milagro tuvo lugar. No sé cuáles fueron las palabras, o el tono que empleé al
decirlas, pero sus ojos centellearon, su parpadeo constituyó más una sensación
que un espectáculo que yo pudiera contemplar, y ella dibujó una sonrisa que
hasta entonces no había visto, únicamente para mí. Su mirada sostuvo la mía la
décima segundo extra que indicaba que aquel el momento exacto en que los astros
se habían confabulado para que todo sucediera.
Sucumbí al embrujo irresistible de sus carnosos labios.
Entorné los ojos, y como un cometa atrapado en la gravedad de un planeta masivo,
aproximé con extrema lentitud mi boca a la suya y… y… y… ¿Qué?... ¿qué pasa
ahora…?
— ¿Puede pasar la bandeja a
la señora? —solicitaba por
encima de mi cabeza la voz melosa de la azafata
Una bandeja plastificada, conteniendo sucedáneos sintéticos
de alimentos en forma de figuras geométricas puras, cruzó ante mis ojos. ¡No,
por Dios, ahora no! El momento ansiado se desmoronó como un castillo de naipes.
Ella retiró sus labios, se aclaró la garganta mientras se retrepaba en el
asiento y me lanzó una mirada descorazonadora ya desde lejos…
Tomé la bandeja que se me ofrecía a mí también y procedí a
retirar con precisión quirúrgica el aséptico celofán que envolvía nuestra cena.
El contenido prefabricado de la bandeja que había servido para interrumpir aquel
instante divino tenía únicamente color, una temperatura glacial y era al mismo
tiempo inodoro e insípido; todo un logro combinado de la química inorgánica y la
física de las bajas temperaturas. Cerrando los ojos era difícil deducir qué tipo
de sólido era lo que estaba ingiriendo. Lo peor fue, sin duda, la pesada tarta
de piña, un ladrillo gelatinoso, que al deshacerse fue ocupando todas las
oquedades que quedaban entre mis dientes. Afortunadamente, el agua respondía a
las expectativas que había depositado en ella y era únicamente agua, así que
pude enjuagarme la boca y apagar la sed que me había producido la maratón de
plática.
Una vez hubo terminada la cena, la megafonía anunció el
inicio de la proyección de la segunda película. Unos segundos después disminuyó
la intensidad de la iluminación interior.
— "Troya", tenía ganas de
verla —traté de iniciar una
nueva conversación
— Yo ya la ví, Brad Pitt es
uno de mis actores favoritos, seguro que te gustará
—respondió, esta vez mostrando un cierto interés. A continuación me guiñó un
ojo, se encasquetó los auriculares y se concentró en la película.
En la minúscula pantalla del avión las escenas se sucedieron
por espacio de una hora, pero yo no me podía concentrar en los desvaríos de
Aquiles y larga sucesión de masacres heroicas. Las cuchilladas, muertes,
lanzazos y épicos ríos de sangre de griegos y troyanos me dejaban indiferente.
El delicado perfume de Claudia me consumía en oleadas impulsado por el aire
acondicionado, y la excitante visión de sus largas piernas envueltas en medias
blancas brotando de su minifalda de cuero me parecía mucho más interesante que
la orgía de violencia que se me ofrecía. Hasta que en un momento ella se
aproximó a mi oído y separando el auricular me susurró:
— ¿Viste que bien le sienta
la minifalda a Brad Pitt?
— La verdad es que hay que
reconocerlo, sí —confirmé yo.
— Si le dijesen que son de
una mujer, ¿le gustarían sus piernas?
—continuó musitando Claudia
— Sí, aunque nunca más que
las tuyas —repuse intentando
mostrarme interesado en ella sin llegar ser descortés.
— ¿Le gustan más mis
piernas que las de Brad?
—reiteró, abundando en el mismo tema
— No hay comparación
posible…
— ¿Y si fuesen de un
hombre, aún le atraerían?
—preguntó enigmáticamente mordiéndose el labio inferior
¡Aquello no podía ser cierto! La sangre abandonó lo que
normalmente suele ser mi cerebro de cromañón y se dirigió como un torrente a mis
partes nobles. Ella no lo sabía pero se estaba avecinando a una de mis pasiones
ocultas: mi adoración absoluta e incondicional por los transexuales.
Mientras mis sedientas neuronas, faltas de riego sanguíneo,
buscaban desesperadamente una respuesta adecuada a su pregunta, que sin duda
tenía trampa, me vino a la mente el recuerdo de "Iceman", un estupendo colega de
juergas. Él había tenido una musa transexual que respondía al nombre de Claudia,
como la chica que ahora esperaba una respuesta mostrándome la innegable salud de
su blanquísima dentadura tras la ventana de una sonrisa pícara. Sin que supiese
muy bien porqué, tuve la corazonada loca que la mujer que estaba frente a mí
podía ser ella.
— Ningún hombre nacido de
mujer puede tener unas piernas como las tuyas
—repuse, tratando de ganar tiempo
— Con eso no respondiste a
mi pregunta —machacó,
mirándome directamente a los ojos
— No… No me importaría
—respondí con sinceridad— No me importaría lo
más mínimo —apostillé con toda
la gravedad de la que fui capaz
Respuesta errónea, pensé. Ésta era la pregunta trucada de la
noche, ahora solo me quedaba esperar que comenzara a carcajearse como una hiena
desquiciada. Sin embargo, al contrario de lo que yo esperaba, ella acercó sus
exquisitos labios a los míos y me besó con dulzura en la oscuridad de la
proyección, mientras Héctor y Aquiles retozaban en minifalda frente a las
murallas de Troya. Siempre recordaré aquel primer beso porque todo el mundo sabe
besar, pero muy poca gente sabe como Claudia transmitir que toda su vida va en
cada beso.
No pude reprimir mi gozo, hubiese abrazado al mismo Príamo,
si hubiese aparecido por allí. ¡Había acertado! Era la respuesta correcta. En el
tiempo que el bueno de Héctor sucumbía en la pantalla y el psicópata de Aquiles,
transmutado en monosabio en faena de arrastre, ataba su cuerpo inerte al carro,
me abalancé sobre Claudia. Tras más de ocho horas de infernal calentura junto a
aquel cuerpo de campeonato no me podía contener.
Sus besos eran como beber agua del mar, cuanto más bebía más
sed tenía. Así que para apagarla continué besando a Claudia durante un tiempo
infinito. Perdida la vergüenza inicial, nuestras manos empezaron a tentar las
zonas más sensibles de nuestros cuerpos. Percibí que la sinuosidad de sus
pechos, esféricos, sólidos y turgentes bajo la blusa era simplemente perfecta.
Su tacto era suave y duro a la vez.
A cubierto de miradas indiscretas, en la tibia clandestinidad
de la manta, deslicé mis manos hasta su cintura. Su curva serpenteante anunciaba
un cuerpo de gimnasta, esbelto y atlético. La cadera, como una suave colina de
cálida piel, dejó paso a sus muslos compactos. Un poco más abajo, en la frontera
tropical que separaba el cuero de la falda de la sutil media, ella se separó de
mí unos centímetros.
— Este… ¿Vos estás seguro
de que no os importaría si yo fuese un hombre?
—susurró—
Pero… ¿completamente seguro?
Cegado por la lujuria, le confesé mi pasión:
— No, solo no me
importaría, sino que sería un sueño
Sus pupilas refulgieron cálidamente a escasos centímetros de
mis ojos.
— ¡Gallego, esta noche, vos
sos mi hombre! —murmuró su
aliento húmedo junto a mi oído
Así que mi corazonada había resultado ser cierta. Ella separó
un momento las piernas y yo introduje la mano, palpando por un instante un
férreo miembro en erección. Ella lanzó un suspiro de aprobación. Descubierto el
secreto, nos volvimos a besar aún con más apasionamiento que antes.
La película finalizó bruscamente, sorprendiéndonos en
nuestros lúbricos juegos. Las luces volvieron a iluminar la cabina del pasaje.
Las azafatas aparecieron paseándose por el pasillo. El comandante nos comunicó
lo que todos estábamos esperando:
— Señores pasajeros, dentro
de diez minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Madrid — Barajas. La
temperatura exterior es de veinticinco grados y la humedad del cuarenta por
ciento. El comandante Brunetti y toda su tripulación les agradecen…
Entre Claudia y yo levantó un gélido muro de silencio. La
aeronave comenzó la aproximación al aeródromo con un descenso brusco que hizo
que me doliesen los oídos. No sabía como pedirle que me diese su teléfono.
Ahora, de golpe, todo parecía extraordinariamente precipitado. Por otra parte,
ella tampoco parecía tener ningunas ganas de hablar: se había abrochado
apresuradamente el cinturón, cerrado los ojos con fuerza y volvía a clavar las
uñas sobre las muescas dejadas en el despegue.
Unos minutos y algunos saltos por la pista más tarde,
desembarcábamos en Madrid. Después de arrastrarse unida por los pasillos, la
densa columna de pasajeros somnolientos se disolvió al salir de la aduana.
— Esto… Bueno, para mí es
muy tarde. Mañana continuaré el vuelo hasta Barcelona
—le dije— ¿Tú que piensas hacer? ¿Te esperarás
aquí al primer avión del Puente Aéreo o te quedas esta noche en Madrid y
volverás mañana?
— Ahorita no se me apetece
quedarme en este aeropuerto ¿Querés que pasemos esta noche juntos?
—me propuso, agarrando mi mano con dulzura.
— Vamos a pillar un taxi
—le dije cogiéndola por el brazo— Esta noche,
para mí solo existes tú.
Salimos a la noche de Barajas, donde algunas personas que
habían viajado con nosotros ya esperaban en una cola ordenada que un taxi
nocturno les recogiesen. Nos situamos en la última posición. Delante nuestro,
una maleta a punto de reventar, precedida por una mujer de perfil cetáceo avanzó
lastimosamente entre bostezos hasta ocupar un Mercedes que al abrir sus puertas
nos mostró su asientos de cuero reluciente, dejando escapar en la noche el
perfume condensado de todos los cedros del Líbano.
Al llegar nuestro turno, sin embargo, delante nuestro se
detuvo entre estertores un taxi raquítico con un tubo de escape tuberculoso.
Mientras Claudia se contorsionaba para entrar a través de la puerta encallada,
yo fui a la parte trasera para dejar nuestro equipaje en el maletero. Al
abrirlo, frente a mis ojos, me saludó una enorme pegatina en la polvorienta luna
trasera que pregonaba: "I love Atleti" En el interior, las hiperproductivas
axilas del taxista habían dado un lugar a una atmósfera incompatible con la
vida.
— Llévenos al hotel "Miguel
Ángel", por favor —le ordené
al taxista cuando conseguí fluir hasta el interior del habitáculo, dejando
algunos trozos de piel adherida a la puerta recalcitrante.
El conductor arrancó y en contra de lo que su apariencia
externa hacía presagiar, el vehículo acelero rápidamente hasta aproximarse a la
barrera del sonido.
— ¿Por dónde quiere ir, jefe?
—me preguntó el taxista arrastrando las palabras
Iba a responder, cuando Claudia me interrumpió con una risa a
destiempo.
— ¿Qué carajo dijo ese
pelotudo? —inquirió en voz
baja, ya que debía ser la primera vez que se enfrentaba a este dialecto
neolatino, que desde sus humildes orígenes en Vallecas se ha expandido y ha
acabado colonizando la capital.
— ¡Joder con la tía esta!
—Exclamó con disgusto nuestro chofer— ¿Qué no
habláis español en tu país? ¡Qué por don-de quie-res ir!
—repitió separando las sílabas —¡Coño, si
hasta el "Chordi" me ha entendido!
Me quedé helado. Lo último que esperaba era una respuesta
así. El violento me miraba, haciendo oscilar un palillo entre los labios con
aire desafiante por el retrovisor mientras continuaba acelerando a lo largo de
la carretera de salida del aeropuerto, dirigiéndose a Madrid, cual Luke
Skywalker rumbo al interior de la Estrella de la Muerte.
— ¡Vaya noche de mierda,
una sudaca y un polaco!
—murmuró entre sus amarillentos dientes para sí mismo.
No sé si Claudia lo oyó, o al menos entendió lo que había
dicho, pero por si acaso, le indiqué con el dedo guardase silencio. Aquella
noche no quería empezar una pelea que acabara con una estancia en comisaría. Me
dirigí al energúmeno que nos había tocado en desgracia y le indiqué cual era el
camino que debía seguir. Afortunadamente, aparte de sus siniestros problemas de
higiene y racismo, conocía su oficio y nos llevó hasta el hotel sin un solo
comentario más.
Por el camino quise satisfacer mi curiosidad y le pregunté a
Claudia:
— ¿No conocerás por
casualidad a un chico en Barcelona que se hace llamar "Iceman"?
— ¡Pero, qué boludo! ¿Vos
también conocés a "Iceman"?... ¡El mundo es un pañuelo!... ¿Y cómo sabés que
yo lo conozco a él?
— Siempre está hablando de
Claudia. Ya lo conoces, cuando algo le gusta mucho, no puede callarse.
Claudia rió con ganas. El resto del trayecto, ignorando a
nuestro deplorable conductor, charlamos animadamente sobre nuestro amigo común.
En la recepción del Hotel, a una hora tardía de la madrugada,
a nadie se le ocurrió que tuviéramos que haber hecho una reserva. El
recepcionista se quedó nuestra documentación para rellenar los papeles de
registro y un botones nos condujo a la suite que nos habían dado sin cruzar
palabra con nosotros.
En la habitación todo estaba, como siempre, perfecto. Después
del viaje, lo que a ambos más nos apetecía era ducharnos.
— Pasá vos primero
—me dijo Claudia— Voy a telefonear a la
familia que me quedo en Madrid, no sea que me telefoneen a casa…
La ducha fue una bendición. Una vez que hube acabado, me
tumbé a esperar que ella volviese de donde quiera que hubiese ido a telefonear.
Claudia entró en la habitación y se fue derecha al cuarto de
baño. Desde allí me dijo:
— En un minuto salgo.
Esperame —se acercó y me dio
un beso fugaz en los labios.
Casi me había dormido cuando oí el sonido de sus pies aún
mojados paseando sobre la mullida moqueta de la habitación. Me levanté a
recibirla. Ella, como yo, se había envuelto en una de las esponjosas toallas
blancas del hotel. Su larga cabellera rubia flotaba sobre sus hombros enmarcando
su rostro de ángel. La besé con ternura en los labios, pero ella puso su mano
sobre la toalla que me cubría la cintura y de un golpe seco me la quitó.
— Ya no podía más
—me dijo— No veía la hora de que llegase este
momento.
Iba a responder, cuando ella se arrodilló frente a mí sobre
la moqueta, agarró mi miembro que ahora quedaba a la altura de su cara y se lo
llevó a la boca. La sensación de líquida tibieza de aquel orificio, después de
todo el tiempo que había estado soñando con él, se reveló una emoción difícil de
soportar con estoicismo. Sus labios, su lengua y su garganta formaban una cálida
maquinaria de succión que Claudia utilizaba con una pericia inigualable.
Hice todo lo posible por resistirme: pensé en mi ex suegra,
enumeré mentalmente la serie de los números primos, traté de recordar el himno
del colegio e incluso traje a mi memoria la tétrica imagen del Caudillo que
había presidido todas las clases de mi infancia y que era para mí el depresor
por excelencia, pero ni siquiera aquel remedio drástico sirvió; cuando ella puso
su dedo en mi ano y lo pulsó hacia el interior con suavidad, copiosos chorros de
hirviente esperma cayeron en su boca y yo agonicé de placer, de pie, en el
centro de la habitación, sin un punto de apoyo. Me relajé un poco para
recuperarme e intenté ponerla en posición para poder corresponderle, pero ella
no me dejó.
— Tumbate boca abajo en la
cama —murmuró con ternura—
Quiero que seas vos el que disfrute… Voy a
darte un masaje que te va a dejar nuevo para que podás seguir cogiendo la
noche entera.
Me coloqué tal y como me había dicho y ella continuó
susurrando:
— Cerrá los ojos y relajate
Pude oír como la toalla que llevaba enrollada se deslizaba
hasta el suelo. Solo de imaginarlo mi miembro, aún goteante, empezó a reaccionar
bajo mi vientre. Ella se sentó sobre mi culo y aplicándome una crema hidratante
empezó a friccionar mi espalda y brazos en un impalpable masaje circular. Lo
hacía con la suavidad y pericia de un espíritu celeste. Sus rígidos pezones
acariciaban mi piel cuando se apoyaba sobre mí y yo cada segundo que pasaba
estaba más excitado.
Claudia se sentó un poco más abajo y empezó a masajear con
dulzura mis nalgas, pasando y acercando cada vez más sus dedos por mi ano. Me
vino a la mente la escena de la mantequilla bienhechora en el "Último tango en
París". La mantequilla siempre ha sido mi perdición. Cuando era niño gozaba
haciendo que el cuchillo avanzara con ligereza sobre la superficie blanca, como
un esquiador sobre la nieve, levantando una estrecha lámina que se enrollaba
varias veces sobre si misma antes de acabar aplastada contra la rebanada de pan.
En aquel momento el dedo de Claudia era el cuchillo de mi infancia, patinando
sobre la crema, aplastando el tibio gel sobre las paredes de mi ano, en un suave
descenso en "slalom" hacia su interior.
Estaba disfrutando de aquella lúbrica sensación, cuando ella
se incorporó, me pidió:
— Separa más las piernas…
El cosquilleo insustancial de su cabello deslizándose primero
por mis muslos y luego sobre mis nalgas precedió a una explosión de sensaciones
cuando su lengua patinó húmedamente alrededor de mi esfínter en delicados
círculos. Aquel era, sin duda, el beso negro más extraordinario que jamás nadie
me hubiera regalado. Separando mis nalgas con las manos, su lengua me penetró
con exquisita dulzura.
Tumbado sobre la delicada colcha del color del oro viejo con
el anagrama del Hotel bordado, gozando de la bendición de Claudia en mi ano, me
acordé del bueno de "Iceman". Cuando volviese a Barcelona, lo primero que iba a
hacer sería llamarlo. El muy ladino siempre nos había contado historias sobre
Claudia, pero nunca nos había dicho que se tratase de aquella criatura celestial
que me estaba llevando al Paraíso.
Atrapado entre mi cuerpo y la cama, a medida que pasaron los
minutos, mi miembro reaccionó y volvió a la vida con inusitada firmeza, haciendo
que me olvidase de "Iceman". Yo estaba dejándome llevar por aquel océano de
impresiones cuando ella cesó de lamer mi ano. Iba a protestar, pero mi queja se
vio cortada de raíz cuando un objeto orondo, candente y rígido presionó contra
mi culo, deslizándose con soltura gracias a la saliva de Claudia. El ano no es,
ni más ni menos, que un agujero. Y como cualquier agujero, orificio, puerta a
placeres insospechados y ventana a una dimensión desconocida del placer, sirve
tanto para entrar como para salir. Es lo que tienen los agujeros, y el mío
estaba deseando probarlo todo.
Claudia se quedó mirándome un momento, esperando una
respuesta que yo le di relajándome y acomodándome sobre el lecho para permitir
que su enorme tranco penetrara con facilidad dentro de mis entrañas. Ella agarró
con firmeza mis caderas y empezó a meter y sacar aquella polla sabia. El precio
de un mal uso del esfínter pueden ser unas almorranas; pero el precio de un buen
uso del mismo, es entrar en una nueva dimensión del placer. Con Claudia, una
maestra del enculamiento, mi ano se transformó en el órgano más sensible de mi
cuerpo, permitiéndome sensaciones que hasta aquel momento no hubiese creído
posibles. Mientras sus pétreos pezones taladraban mi espalda con cada embestida,
sus manos aferraban mis caderas con autoridad y percibía la húmeda calidez de su
aliento sobre mi nuca, yo me agarraba la polla y me masturbaba como un
endemoniado. Habiendo descargado una primera vez, no me hacía falta traer a mi
mente la deprimente calva de nuestro ex Caudillo observándome con ojos porcinos
desde la pared. El goce en mi interior era absoluto y podía hacerlo durar tanto
como quisiese. Al final, con un alarido de placer, Claudia me hizo saber que era
ella quien se iba a venir. Al punto percibí como mis intestinos se inundaban de
semen, con una corrida tan monstruosa que casi hace que nos cayéramos de la
cama, ella me dio lo mejor de sí misma.
Yo no me llegué a correr por segunda vez, pero poco me
importó, ya que la noche no había hecho nada más que comenzar.