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Clarisa y Andrea, Estudio y Amor (2)
Lésbicos- 2008-03-07 08:32:17
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Clarisa y Andrea, Estudio y Amor II

 

Desde que se conocieron, Clarisa y Andrea, rara vez habían dejado de verse por más de dos o tres días, se sentían muy bien cuando estaban juntas, ya que compartían muchos intereses además, obviamente, del amor que se profesaban y que cada día parecía profundizarse más, y más. Sin embargo, y a pesar de que no hubieran querido separarse ni un tan sólo día; cuando llegaron las vacaciones de fin de año, después de haber cursado los primeros cuatro ciclos de sus carreras, los padres de Clarisa decidieron irse de vacaciones a otro país y llevarla con ellos; esto, por una parte, le agradaba a Clarisa ya que iba a conocer otros lugares, pero por otra parte, la entristecía al pensar que no se verían durante tanto tiempo con Andrea. Sin embargo, por más que lo pensara y le diera vueltas a su mente, no podía hacer nada, sus padres habían insistido en que fuera con ellos, pues en parte el paseo era un regalo para ella, por haber salido muy bien en sus primeros dos años de universidad. De manera que sintiéndolo grandemente, y no sin derramar algunas lágrimas, tuvo que despedirse de Andrea para irse de vacaciones con sus padres.

Pero el tiempo pasa tan rápidamente, tanto que la vacación se fue deprisa. Y Clarisa se encontraba ya volando de regreso a su país, emocionada y con unas ganas enormes de ver a Andrea, el amor de su vida. Tenía la sensación de que el tiempo de vuelo se prolongaba más que las semanas que había estado de vacaciones sin poder verla. Comunicándose, casi diariamente con ella, únicamente a través de correos electrónicos.

 

Por fin, después de unas horas que parecieron siglos, el capitán del avión anunció el próximo aterrizaje en el aeropuerto del país de Clarisa; cuando oyó esto, la chica sintió literalmente que el corazón iba a escapársele del pecho, no podía esperar el momento en que se encontraría con Andrea. Después de un tiempo que a Clarisa también le pareció infinito, ya en la terminal aérea, el avión se detuvo, la azafata dio rutinariamente las gracias a los pasajeros por haber utilizado esa línea aérea y, finalmente, la puerta del avión se abrió para que los pasajeros pudieran dirigirse al túnel de abordaje.

Para sorpresa de Clarisa, después de pasar por el área de inspección, se dio cuenta que en la zona de espera se encontraba Andrea aguardándola. Cuando ésta la vio corrió, sin importarle nada más, al encuentro de Clarisa, la cual había hecho también exactamente lo mismo. Cuando se encontraron se fundieron literalmente en un fuerte abrazo, haciendo caso omiso totalmente de lo que la gente y sus padres pudieran pensar de ellas, se tomaron de las manos, corrieron algunas lágrimas de alegría, se besaron en las mejillas; y hubo también un furtivo beso en los labios, del cual nadie pareció percatarse.

El trayecto del aeropuerto a la casa de Clarisa, lo hicieron ambas chicas en un taxi que el padre de la primera había accedido gustoso a pagarles. De manera que por el camino pudieron platicar de muchas cosas referente a todos esos días en los que habían estado alejadas, sobre lo que Clarisa había conocido y sobre las cosas que ésta le había comprado a Adriana. La felicidad de ambas chicas era innegable; sin embargo, tuvieron que refrenar los deseos de demostrarse íntimamente su cariño hasta más tarde; de manera que, únicamente tomadas de la mano, continuaron platicando en el taxi sobre cosas mas o menos inocentes y triviales.

Traigo varios libros que nos van a servir en nuestras carreras – dijo Clarisa – al mismo tiempo que tomaba una de las manos de Andrea entre las suyas.

Supongo que me los vas a prestar – respondió Andrea.

Las cosas que yo tengo son también tuyas, puedes disponer de los libros cuando quieras. Y… ¿Sabes qué?

Qué cosa…

Conseguí un libro, algo viejecito, escrito por el mismísimo premio Nóbel que descubrió las partículas Z y W en 1983. ¿Te acuerdas que el Profesor que nos va a impartir física de partículas, nos hizo énfasis sobre ese descubrimiento hecho en el CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire)?

¿De verdad conseguiste un libro del doctor que ganó el premio Nóbel?

Sí, y también nos conseguí otros libros sobre Quarks, el Big Bang, el Big Crunch y uno que nos va a servir en historia de la física. También nos conseguí otras cosas que no son libros, de las cuales no te puedo hablar aquí, ya te las mostraré después.

 

Platicando, platicando, el viaje en el taxi se hizo corto, y pronto estuvieron en casa de Clarisa; los padres de ésta ya habían llegado y las estaban esperando. Se sentaron todos un momento a platicar en la sala, hasta que el padre y la madre de Clarisa se retiraron a descansar. A partir de ese momento las dos chicas se quedaron solas. Esta vez ya no pudieron esperar más, sentadas ambas en el sofá se abrazaron apasionadamente sin mediar palabra; los labios de ambas se unieron en un beso tremendamente apasionado, sus lenguas se juntaron… juguetearon, mientras las manos de Andrea recorrían las piernas de Clarisa, y esta última atraía hacia sí a Andrea con el brazo izquierdo, mientras su mano derecha buscaba vehementemente sus senos. Fueron varios minutos de silencio, en los cuales la pasión era el único sentimiento reconocible entra ambas chicas, una pasión acumulada durante casi un mes, una efusión de amor y deseo que ahora se desbordaba con el ímpetu del agua que derriba una represa. Hubiera sido imposible separarlas en aquel momento, había que esperar a que aquel ardor fuera disminuyendo poco a poco, lentamente.

Cuando las demostraciones apasionadas cedieron un poco, las chicas comenzaron a platicar y exteriorizarse su mutuo amor.

Andrea, no sé cómo pude pasar tanto tiempo sin verte, créeme que desde que me fui comencé a contar los días que me faltaban para regresar.

Yo también, contaba los días que faltaban para que volvieras, y todas las noches revisaba mis mail para leer lo que me habías escrito. Clarisa… me da un poco de pena decirte esto…

¿Qué cosa? Andrea.

Es qué…

Vamos, dímelo que me estas poniendo inquieta.

Es que necesitaba tanto verte… bueno… que por las noches cuando me iba a la cama, cuando estaba sola en mi cuarto, me desnudaba, me acostaba sobre la cama y tomaba una de tus fotos, te observaba un rato y trataba de retener tu imagen en mi mente, recordaba tu cuerpo desnuda, las caricias que me haces, tu aliento, y comenzaba a satisfacerme yo misma, acariciaba mi cuerpo suavemente, luego, con las palmas de mis manos rozaba suavemente mis pezones, como tú sabes hacerlo, hasta que se endurecían y se ponían erectos, luego deslizaba una de mis manos hasta mi sexo, lo acariciaba, deslizaba mis dedos por los labios de de mi vulva, luego sentía la humedad provocada por mi excitación, después me frotaba la parte exterior cerca del clítoris y, cuando sentía que no podía más, buscaba y comenzaba a sobar delicadamente mi clítoris con uno de mis dedos, imaginándome que eras tú con tu delicada lengua la que lo estaba haciendo. Después… llegaba ese momento tan especial, tan único… en el que ya no cabe en uno más placer. Hubo una noche en la que deseaba tanto estar contigo que… lo hice tres veces, con una intensidad tan grande que terminé sumamente agotada.

Andrea, yo también hice lo mismo todas y cada una de las noches, afortunadamente tuve una habitación para mi sola. ¿Te acuerdas de la foto en que tú y yo estamos en traje de baño? Pues bien, con esa foto avivaba mi pensamiento en ti, para masturbarme imaginándome que estabas allí conmigo.

Es difícil estar separadas – comento Andrea.

Andrea – continuó diciendo Clarisa – la próxima vez deberíamos ir juntas, solo nosotras, de vacaciones. Creo que sería algo extraordinario; es más, se me ocurre una idea.

Qué idea Clarisa, qué es lo que estas pensando.

Andrea, mi dulce amor, qué te parece si nosotras nos vamos un día de paseo.

¿A qué lugar?

No tenemos que ir lejos – respondió Clarisa – lo que realmente necesitamos es estar solas y dedicarnos a nosotras. ¿Qué te parece que tengamos un día entero sólo para nosotras?

Me parece fantástico mi amor. Pero… cómo.

Bien, yo le puedo decir a mi padre que me preste un vehículo, el mismo que me presta siempre. Y podemos ir a pasar el día a un hotel que esté en un lugar bonito fuera de aquí de la ciudad, o a alguno que se encuentre cerca pero que sea tranquilo, que sea algo romántico. ¿Qué dices de mi idea?

Me parece genial, pero los hoteles son caros – acentuó Andrea.

De eso no te preocupes, pues traigo de regreso casi todo el dinero que me dio mi padre para el viaje, ya que cada vez que compraba algo él me lo pagaba, de tal manera que fue muy poco lo que gasté.

Me da algo de pena que lleguemos nosotras dos solas a un hotel, tú sabes…

Eso no debe preocuparte – dijo rápidamente Clarisa, y continuó – sólo tenemos que buscar uno de esos hoteles que ofrecen paquetes que incluyen uso de piscina, almuerzo y habitación por un día; mucha gente va los fines de semana para disfrutar de un buen rato. Claro, nosotras no iríamos un fin de semana sino cualquier otro día, cuando está más tranquilo.

Me parece muy buena tu idea. ¿Cuándo piensas tú que podríamos ir?

¿Qué tal te parece el próximo Martes?... Dentro de cinco días.

Me parece muy bien, además, no hay problema con nuestros padres, podemos perfectamente decirles que vamos a ir a nadar y a pasar un rato haraganeando, no tienen que ignorar adonde vamos a estar.

 

El plan era perfecto, ambas chicas iban a disfrutar de un día completo sólo para ellas. En los días previos a su aventura, Clarisa le dio a Andrea las cosas que le había traído de su viaje, alguna ropa interior bastante provocativa, un par de libros picantes y una cadenita de oro con un dije en el cual Clarisa había mandado grabar los nombres de ambas. Esto último enterneció mucho a Andrea.

¡Un dije con nuestros nombres! – Exclamó Andrea – esto me encanta muchísimo – continuó diciendo al mismo tiempo que abrazaba y besaba en los labios a Clarisa - ¿Sabes? Según la tercera ley del movimiento de Newton, a cada acción le corresponde una reacción: y, mi reacción por este regalo que me has hecho, la vas a tener el próximo martes que estemos juntas y solas en el hotel.

Cuando compré tu cadenita también compré una para mí, con un dije en el cual, de igual forma, están grabados nuestros nombres. Hubiera querido que las dos cadenas fueran iguales pero no pude encontrarlas de esa manera. Pero, como las dos tienen nuestros nombres, podemos intercambiarlas cuando queramos.

Clarisa, - dijo ahora Andrea - de acuerdo a la ecuación de Einstein, la cantidad de energía que pudiera producirse con toda la materia que hay en el Universo es prácticamente infinita, pues bien, yo te amo mucho más que eso.

 

Los días pasaron rápidamente, y cuando se dieron cuenta ya era Lunes, el día previo al cual, según sus padres, Andrea y Clarisa iban a ir a nadar y a disfrutar inocentemente de un día sosegado en un hotel.

 

Al día siguiente, unos minutos antes de las nueve de la mañana, ambas chicas a bordo del coche de Clarisa, se dirigían al hotel, el cual habían sabido escoger muy bien, pues aun cuando estaba cerca de la ciudad, se encontraba ubicado en un campo muy amplio con bastantes áreas verdes y algunos pequeños bosquecillos, dando la sensación de estar completamente aislado, lejos de la ciudad. Cuando estuvieron en su habitación, después de haberse registrado y cancelado el pago básico de su estadía, ambas se dedicaron a explorarla, no era muy grande pero tenía una cama muy cómoda y una tina lo suficientemente grande para que pudieran hacer travesuras, tenía, en fin, todo lo que ellas necesitaban.

Después de explorar la habitación, Clarisa se dirigió a la cama, desabotonó su blusa y acto seguido se la quitó, luego se descalzó y se acostó únicamente con sus vaqueros y el sostén, colocando sus manos entrelazadas detrás de la cabeza. Andrea también se quitó los zapatos y se sentó en la cama con las piernas entrecruzadas frente a Clarisa, tenia en sus manos uno de los libros que ella le había obsequiado.

 

Clarisa, déjame leerte esta parte de uno de los libros que me regalaste.

Anda, mi amor, léemelo.

"Deja que me coma las fresas sobre tu busto, sobre tus piernas, sobre toda tú, surcada por todos los senderos brillantes que dibujan las fresas en su feliz carrera. ¡Qué ricas están ahora que me saben a ti! ¡Ay! ¡Mira, mira ésta! ¡Dónde ha ido a detenerse! Tiéndete, porque esto es un designio de los Dioses. ¡Abre los muslos, tontilla; no voy a hacerte daño! Sólo quiero tomar con mis labios esa pícara fresa que se ha escondido en el cestillo de tu sexo, que es como una gran fresa roja, dulce fresca y vibrante"

De cuál de los dos libros que te di, es eso que leíste.

Del que se llama "Las Canciones Lesbianas"

Está bonito lo que leíste, me ha gustado mucho, creo que un día vamos a hacer eso que dice el libro… pero ahora ven, acuéstate aquí conmigo tenemos que recuperar el tiempo que estuvimos lejos la una de la otra. Necesito tus besos, tus caricias, necesito sentir tu cuerpo junto al mío, necesito perderme junto contigo en un éxtasis de amor y quedar así, juntas, suspendidas en el tiempo y el espacio, en un embelesamiento de ternura y de placer.

Qué lindo lo que has dicho – agregó Andrea, al mismo tiempo que se inclinaba sobre Clarisa para besar largamente sus labios.

Después de ese prolongado beso en el cual juntaron sus lenguas para hacer más íntimo el contacto, comenzaron a desnudarse ayudándose la una a la otra. Cuando estuvieron ambas desnudas, juntaron sus cuerpos abrazándose, sintiendo cada una la piel de la otra, luego se entretuvieron un poco juntando los pezones de sus respectivos senos, sintiendo una extraña pero formidablemente agradable sensación de placer.

Andrea… te amo – dijo Clarisa en un momento en el que no encontraba las palabras suficientes y exactas, para expresar lo que estaba sintiendo en aquel momento por su tierna amante.

Te necesito – murmuró Andrea mientras tomaba entre sus labios uno de los pezones de Clarisa para luego lamerlo.

Después se quedaron en silencio, pues no existen palabras que pudiera sustituir de alguna manera, la forma en que se estaban expresando sus sentimientos de amor más profundos. Andrea continuó besando a Clarisa, su cara, su cuello, descendió nuevamente a sus senos, los lamió, los chupó delicadamente. Continuó descendiendo, llegó hasta las piernas, las acarició suavemente cerrando los ojos para sentir mas intensamente aquel placer, luego besó y lamió sus piernas despacio, tomándose su tiempo, sin prisas. Cuando terminó esta fase, le pidió a Clarisa que se sentara en la cama y que se colocara de espaldas a ella. Entonces comenzó Andrea nuevamente a prodigarle sus caricias; jugueteó por breves momentos con su cabello. Luego se inclino, beso su cuello, su espalda; luego la abrazó por detrás y tomó los pechos de Clarisa en sus manos, los acarició, se detuvo por escasos momentos en sus pezones. Después le pidió que se acostara también dándole la espalda, luego le dijo que abriera un poco las piernas para poder jugar con su nidito de amor, lo cual estuvo haciendo por unos momentos; momentos en los cuales parecía que Clarisa ya no podía más.

Clarisa, mi amor – dijo Andrea susurrante.

¿Qué?- respondió Clarisa de la misma manera.

Date vuelta por favor, quiero hacerte saber cual es mi reacción al regalo que me hiciste, pues creo que no te lo he agradecido lo suficiente.

Cuando Clarisa se dio la vuelta, adivinó lo que Andrea quería, pues ésta última ya no tuvo que pedirle que abriera las piernas. Andrea se entretuvo delineando, con su lengua y sus labios, los pliegues color de rosa pálido de aquel nidito tan cálido y acogedor; luego introdujo su lengua, sintiendo con ella la suavidad de ese lugar tan especial capaz de brindar tanto placer. Después de esto Andrea dirigió su lengua hacia ese punto tan único, tan íntimo. Acarició con su lengua el clítoris, comenzó a darle breves y suaves lamiditas al mismo tiempo que con su mano presionaba, haciendo un movimiento circular, la parte superior y exterior de la intimidad de Clarisa, la cual no pudo más, arqueó su espalda, comenzó a respirar agitadamente, tensionó todos los músculos de su bien formado cuerpo, para luego entrar en una etapa de placidez, la cual se dibujó claramente en su rostro. En esta fase, Andrea se colocó a la par de ella, la abrazó y besó su rostro al mismo tiempo que le decía lo mucho que la amaba.

Las demostraciones de amor, ternura y pasión continuaron en la tina de la habitación, después que Clarisa se hubo recuperado de tanto placer; y esta vez fue ella la que tomó totalmente la iniciativa.

Cuando bajaron al comedor a tomar su almuerzo ya eran casi las cuatro de la tarde, se acercaba ya la hora en que debían de partir. Después de consumir sus alimentos regresaron una vez más a la habitación a recoger las cosa que habían llevado, entre ellas unos trajes de baño que, supuestamente, iban a utilizar cuando fueran a nadar a la piscina del hotel. Cuando estaban ya por salir de la habitación se abrazaron y besaron y se prometieron que iban a repetir otra vez esa bella experiencia, que era realmente una luna de miel.

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