Me llamo Juan. Os contare una historia de mis tiempos de
estudiante. Vivía en un barrio bien, estudiaba en Empresariales en una
Universidad privada y practicaba boxeo en un gimnasio en un barrio proletario de
Madrid. Soy un tipo dual
Mi encanto siempre ha sido que para las pijas tengo un
ramalazo de macarra y para las chicas de barrio soy un pijo.
Físicamente soy moreno, fuerte y guapetón. Mis compañeros de
gimnasio eran unos tipos duros; había dos que me caían bien Angelillo y Rufi.
Eran 2 chicos terriblemente fuertes, muy musculosos, con muy poco cerebro. Los
dos trabajan de porteros de discoteca, ahora los dos viven en prisión.
Un día después de entrenamiento al salir Rufi y yo, nos
encontramos a Marcela. Marcela era una chica de barrio. En el gimnasio había por
lo menos 15 tíos que se la habían follado o al menos eso decían.. Nos dijo
Marcela que estaba esperando al Angelillo, le dijimos que ese día no había
venido al entrenamiento, pero si quería podía tomar algo con nosotros. Nos
marchamos los tres a un bar a tomar unas cervecitas.
Marcela llevaba una botas blancas de tacón alto, una
minifalda también blanca y un top.
El bar nos pusimos en la barra y pedimos tres cervezas. Rufi
y yo le empezamos a calentar la oreja a Marcela. ¡Que guapa estás! ¡Cuantos
novios tienes que tener! Mientras hablábamos le agarrábamos la cintura, le
tocábamos la espalda, cuando hablaba con uno el otro por se le pega por detrás y
le restregábamos el paquete en el culo. Nos sentamos a tomar unas tapas y le
propusimos jugar al juego de la paciencia, que consistía en que cada uno de
nosotros le pondríamos la mano en la rodilla y la empezábamos a subir hasta
arriba, cuando ella dijese basta nosotros parábamos y el que la tenía la mano
más alta perdía y pagaba la ronda. Entre risas empezamos el juego y empezamos a
sobarle los muslos.
Marcela era una guarra, entre risas se dejaba sobar todo lo
que queríamos. Cuando le toque la tanga y vi que estaba húmeda supe que nos lo
íbamos a pasar muy bien. Rufi y yo teníamos la polla que nos reventaba el
pantalón; de repente Marcela nos dijo que ella también quería jugar y nos puso
cada una de sus manos encima de nuestros paquetes. Rufi, en ese instante le
aparto la tanga y empezó a hacerle un dedo y le dijo si no quería que fuésemos a
otro sitio, ella dijo que sí. Rufi que era mensajero propuso irnos a su furgón.
En cinco minutos estábamos en la parte de atrás del furgón de
Rufi. Los dos nos sacamos la polla y la Marcela no la agarró y empezó a
pajearnos. A Rufi se le acabo la paciencia, se puso detrás de ella, la tumbo en
el suelo, le aparto la tanga a un lado, le metió su poya en el conejito y empezó
a moverse compulsivamente. Se corrió en tres minutos. Sacó la poya del coño de
Marcela y se la metió en la boca para que se la limpiase, y me dijo, ¡ a que
cojones esperas, mañana tengo que madrugar!. Siempre he sido fácil de convencer
y empecé a follarmela por detrás. La guarra de ella me cogió con una de sus
manos las pelotas y empezó a masajeármelas lo que me daba un gustazo increíble.
Una cosa que me gustaba era ver como cada vez que le daba un empujón se le movía
las tetorras. La verdad es que tenía unas tetas extra. Para no ser menos que
Rufi, me corrí dentro de ella, me saque la poya y me la limpio.
Nos tumbamos los tres en el suelo del furgón a descansar un
poco. La Marcela nos dijo ¡Joder, los tíos sois la ostia, os corréis y pasáis de
nosotras; me voy a hacer un dedo, que me habéis dejado con las ganas! Ni Rufi ni
yo nos inmutamos.