Blanche no pudo contenerse más,
tenía ya suficiente información y necesitaba tener un poco
de tiempo libre para poner sus ideas en orden antes de salir en busca del
anciano señor Benson.
Sin levantar la menor sospecha se
dirigió al dueño de la taberna para decirle que se encontraba
indispuesta y debía marcharse a casa.
Este asintió sin hacerla
el menor caso y momentos después salía a la ardiente atmósfera
del exterior.
Rápidamente se dirigió
a su casa, no era mejor que la buhardilla de la taberna pero al menos la
permitía estar a solas mientras ponía en orden sus ideas.
Cambió su alegre vestido
de trabajo, por otro oscuro más apropiado para lo que se proponía
hacer y escondiendo en la cintura un afilado cuchillo se puso en camino
hacia el puente.
Procurando no ser vista se fue escondiendo
hasta llegar a unas viejas ruinas próximas al puente y se agazapó
en un lugar desde donde podía ver una gran extensión de camino.
En principio se agazapó allí
en espera de que llegara la noche, se proponía desplazarse hasta
el puente tan pronto como obscureciera, hacerlo a pleno sol era demasiado
arriesgado para conseguirlo sin ser vista por algún caminante que
pudiera reconocerla. Además era el sitio ideal para observar sin
ser vista a los pocos viajeros que en ese momento salían de la ciudad.
Los minutos, las horas se la hicieron
eternas mientras el crepúsculo se iba acercando, podía imaginarse
ya a un anciano rico aparejando los caballos, preparando la carreta para
un largo viaje en el que solo encontraría la muerte.
Llegado el momento de ponerse en
marcha se dio cuenta que haría mejor en no moverse ya que el camino,
después de atravesar el puente describía un amplio rodeo
volviendo a pasar a unos cincuenta metros de las ruinas donde ella se encontraba.
Con este descubrimiento todo su
plan se vino abajo aunque no en lo esencial. De pronto se dio cuenta de
que a lo mejor en lugar de tener que matar a un hombre tenía que
hacerlo con dos. Nada impedía que el viejo que había visto
en la taberna cambiara finalmente de idea y fuera a reunirse con su amigo
en el viaje de regreso.
Por unos momentos se alegró
de haber caído en este detalle. No la importaba lo más mínimo
matar a dos viejos pero lo peor que podía ocurrirla era que en el
último momento surgiera algún imprevisto.
Remodeló rápidamente
su plan para el caso que se presentara tal eventualidad y comprobó
una vez más los puntos en que se proponía actuar para evitar
fracasar en caso de que alguien se acercara por alguno de los dos sentidos
del camino, ésto la dio seguridad y decidió esperar pacientemente
hasta la llegada de su víctima.
Thomas, después de haber
escuchado cien historias del viejo y de haber bebido más de la cuenta
salió de la taberna. Con pasos torpes se dirigió por el camino
del río. Se sentía tan seguro que ni siquiera trató
de ocultarse ante los viajeros con que se encontraba. El crepúsculo
estaba comenzando y pensaba que nadie se fijaría en un hombre que
se alejaba del pueblo camino de su casa. Su presencia en el camino estaba
más que justificada aunque en su mente bullía la idea de
matar al viejo Benson para robarle. Todavía no sabía como
lo haría pero eso no presentaría el menor inconveniente.
Blanche desde su observatorio lo
vio pasar por delante de las ruinas, continuar hasta el puente, después
le perdió unos momentos de vista justo donde el camino retrocedía,
apareció de nuevo y rápidamente, tras volver a pasar cerca
de ella se perdió en la lejanía y en la oscuridad cada vez
más densa.
Finalmente, tras las montañas
apareció la luna iluminando fantasmagóricamente el camino
y poco después la pareció distinguir en la lejanía
el ruido que hacían unos caballos viniendo de la ciudad.
Agazapada en la oscuridad de las
ruinas esperó impaciente a que los caballos y la carreta de la que
tiraban se fueran acercando.
Minutos después el viejo
rostro del anciano Benson pasó a pocos metros del lugar donde Blanche
estaba apostada sin sospechar que tras las sombras de los muros en ruinas
se preparaba la muerte.
Esta observó una vez más
el camino para asegurarse que nadie se acercaba a donde se proponía
atacar al viejo y estaba a punto de dejar su escondrijo cuando oyó
la voz del viejo deteniendo los caballos. Sobresaltada por aquella parada
no prevista se tensó en su escondrijo y sorprendida vio al señor
Benson descender de la carreta y transportar después algo voluminoso
desde el interior hasta debajo de ella, algo que ató al eje delantero
del vehículo.
Blanche esbozó una sonrisa,
el viejo Benson tomaba sus precauciones para evitar ser robado.
De pronto, con intuición
femenina se dio cuenta de que quizá podía apropiarse del
dinero sin necesidad de matarle. En rápida sucesión las imágenes
pasaron por su cerebro esbozando un nuevo plan menos sangriento, además
si fallaba todavía podía poner en marcha el primitivo.
Con la agilidad que la daba la ambición,
la juventud y la falta de carnes dio un pequeño rodeo hasta situarse
bajo el puente aprovechando que el arroyo estaba seco desde hacía
más de un mes.
Momentos después el carruaje
pasó haciendo resonar las fuertes maderas. Completamente tensa esperó
que su intuición no la fallara, y respiró con alivio cuando
el viejo ordenó parar de nuevo a los caballos.
Asomando la cabeza discretamente
vio el carruaje parado a dos o tres metros de donde ella se encontraba,
la altura de la caja y la lona que lo cubría aseguraban el acercamiento
sin ser vista pero esperó, sabía que el viejo volvería
a comprobar el buen estado de su tesoro.
Como si éste leyera sus pensamientos
bajó, se metió debajo de la carreta y forcejeó un
momento con las cuerdas que sujetaban el bulto antes de tomar de nuevo
su sitio en el pescante.
Blanche no sabía cuanto tiempo
esperaría el viejo Benson a su amigo. Dependía de su paciencia,
así que se decidió a actuar. Moviéndose como una sombra
se introdujo bajo la carreta y con la ayuda del cuchillo cortó en
unos segundos las gruesas cuerdas que sujetaban el pesado bulto y con él
desapareció de nuevo bajo el puente decidida a no moverse del eventual
refugio hasta que el carruaje se pusiera de nuevo en marcha.
Lo primero que hizo bajo el puente
fue comprobar al tacto que lo que le había arrebatado al viejo era
efectivamente el oro de la venta de los esclavos.
Si la espera desde que salió
de la taberna hasta encontrarse con Benson había sido larga y tensa
los minutos que pasaron hasta que el viejo arreó de nuevo a las
bestias la parecieron eternos.
- Te lo dije, cabezota. Dijo el
viejo en voz alta antes de fustigar a los animales como si su borrachín
amigo hubiera podido oírle.
Por fin el ruido de la carreta se
fue apagando al perderse en la lejanía y la oscuridad de la noche.
Cuando por fin se hizo el silencio
Blanche comenzó a recuperar el ritmo de su respiración pero
no tanto como para que el corazón dejara de latir apresuradamente.
Dejó pasar los minutos mientras
sus manos se hundían una y otra vez en las abundantes monedas gozando
con el tacto y el suave tintineo del oro y la plata antes de encaminarse,
evitando el sendero, de nuevo hacia el incómodo, pero al fin y al
cabo refugio que la ofrecía la casa en que vivía desde que
se estableció en la ciudad.
Protegida por la oscuridad no la
fue difícil llegar al mísero cuartucho que la servía
de cobijo sin ser vista. Una vez allí lo primero que hizo fue deslizar
con cuidado el pequeño armario, único mueble de la estancia
aparte de un camastro, una mesa de madera rústica y una silla que
al igual que la mesa y la cama crujía cada vez que se la usaba,
para descubrir un hueco excavado en el muro por los años y la humedad
del invierno.
Consciente del peligro que podía
correr si algún entrometido decidía hacerla una visita opto
por no encender el mísero cabo de vela que la quedaba, afortunadamente,
la luna ya alta penetraba directamente por el estrecho ventanuco dibujando
un recuadro de claridad en el irregular suelo del cuartucho.
Poniendo a su lado el voluminoso
envoltorio comenzó a contar las monedas haciendo con ellas montones
de cien dólares. No tardó en llenar el recuadro iluminado
al tiempo que mentalmente cantaba el numero mil.
Se llevó una profunda decepción
al darse cuenta que en el envoltorio sólo había algo más
de cinco mil dólares. Ella esperaba alrededor de siete mil por lo
que según sus cuentas allí faltaban aproximadamente unos
dos mil dólares.
Momentáneamente se sintió
enfada con el viejo, o éste había gastado dos mil dólares
o se había burlado de ella.
Recontó varias veces el dinero
llegando siempre al mismo resultado y finalmente, convencida de que no
había error en sus cuentas introdujo el oro en el hueco descubierto
al retirar el armario donde se guardaban sus escasas y míseras pertenencias,
después volvió a correr el armario a su sitio y de él
extrajo una manta que extendió por la puerta para tapar las rendijas
que pudieran permitir la visión de lo que tenía intención
de hacer.
Se desnudó completamente,
hizo una pelota con sus ropas y el envoltorio de tela que la había
servido para transportar el oro y lo dispuso cuidadosamente en el hogar
antes de prender el fuego.
El calor reinante facilitó
enormemente la combustión y en cuestión de segundos el cuarto
se llenó con los resplandores de las telas inflamadas. Absorta,
con la vista fija en las llamas que consumían las únicas
pruebas, aparte del oro, que pudieran relacionarla con el robo no se dio
cuenta de la intensa pero corta onda de calor que llenaba la estancia.
Pronto todo quedó reducido
a cenizas y pacientemente esperó a estas se apagaran y enfriaran
definitivamente antes de removerlas con la pala reduciéndolas a
un montón informe e irreconocible antes de arrojarlas en pequeñas
paletadas por el ventanuco en distintas direcciones.
Sólo entonces, cuando estuvo
segura de que nadie podría relacionarla con el robo se tumbó
en el camastro tomando conciencia de lo excitada que se sentía.
Casi mecánicamente sus manos
se dirigieron al bajo vientre y lenta pero metódicamente comenzó
a masturbarse mientras su mente se evadía hacia un mundo de lujo
y placer muchas veces soñado y ahora ya a su alcance.
Sólo cuando un intenso orgasmo
removió cada una de las fibras de su cuerpo y sus nervios se aflojaron
volvió a tomar conciencia de la miseria que la rodeaba, tanto más
dura, cuanto que ya no la correspondía, pero sabía que debía
continuar viviendo de la misma forma miserable durante algún tiempo
si no quería delatarse a si misma.
Finalmente el sueño se apoderó
de ella y durmió relajadamente hasta mucho más tarde de lo
que en ella era habitual.
La despertaron las voces de dos
mujeres que en la calle contaba una a otra la gran noticia.
- Esta noche han matado a un hombre
de los que ayer vendieron negros en el mercado.
Blanche se levantó precipitadamente
del camastro arrimándose al ventanuco para no perderse nada de la
conversación.
- Si ?. Preguntó su interlocutora
asombrada.
- Si, un viejo que iba de vuelta
a su casa después de haber vendido.
A Blanche la comenzó a latir
el corazón tan fuerte que creyó que se la iba a salir por
la boca. Ella no había matado a nadie, había tenido intención
de hacerlo y lo habría hecho si hubiera sido necesario, pero no
había sido así.
- Dónde ha sido ?.
- Dicen que a unas cinco millas
de la ciudad, en el camino del río.
- Que más se sabe ?.
- Que lo ha hecho un tal Thomas,
un borracho empedernido que le mató para robarle.
- Le han cogido ?.
- Claro, por lo visto un ayudante
del sheriff patrullaba anoche por el camino cuando oyó voces, llegó
en el momento en que el tal Thomas después de haber apuñalado
al viejo corría por el campo, no tubo más que perseguirle
hasta alcanzarle, pero el hombre sacó un cuchillo y opuso resistencia
a la ley, así que el ayudante del sheriff le dio un tiro.
- Muy bien hecho, eso debían
hacer con todos. Dijo la mujer antes de volver a preguntar.
- Lo mató ?.
- No pero está mal herido
según dicen
- Ojala reviente de una vez. Que
tiempos nos han tocado vivir, ya ni a la calle se va a poder salir tranquila
con tanto negro y tanto vicio como hay.
A medida que Blanche iba recibiendo
información se iba serenando. Al parecer Thomas había tenido
la misma idea que ella sólo que a él le habían salido
mal las cosas.
Se preguntó si Thomas había
tenido tiempo o no de comprobar que el viejo ya no llevaba el oro encima.
Que chasco se debía haber
llevado si había llegado a registrar la carreta y comprobado que
en ella no había nada de valor. Pensó divertida.
Thomas no era santo de su devoción,
bien es cierto que nunca había llegado a meterse con ella pero conocía
a dos mujeres que se alegrarían mucho al saber que si no moría
del tiro no tardaría en colgar al extremo de una soga por asesino
y ladrón.
Lo único que la preocupaba
era que Thomas pudiera haberla visto y se lo contara al sheriff, aunque
también esa posibilidad parecía descartable, por que de haberla
visto no hubiera atacado al viejo.
Más tranquila volvió
a remover el armario para asegurarse que su tesoro seguía donde
lo había dejado y una vez confirmado lo volvió a poner en
su sitio después de haber cogido del mismo agujero unas monedas
teniendo buen cuidado de coger sólo de aquellas que ella misma había
ahorrado por si venían tiempos peores.
Se vistió con la alegre ropa
de trabajo y salió de casa después de comprobar varias veces
que la puerta quedaba bien cerrada encaminándose a la taberna donde
debía fingir no saber nada y portarse como siempre para no despertar
sospechas.
Antes de llegar se detuvo primero
en una taberna donde siempre que podía tomaba el desayuno antes
de empezar a trabajar y después lo hizo en otra en la que sólo
comía muy ocasionalmente de forma que a nadie le resultara extraña
su presencia, en cada una comió como si sólo desayunase en
esa y por primera vez desde hacía años se presentó
en la taberna con la agradable y reconfortante sensación de sentir
el estómago maravillosamente lleno.
- No sabes la noticia ?. La preguntó
el tabernero nada más verla bajando las escaleras de la calle.
- No, Que pasa ?. Preguntó
a su vez fingiendo con la mayor sangre fría de que fue capaz.
- Te acuerdas de aquel viejo que
entró poco antes de que te marcharas ayer.
- La verdad es que no mucho, ya
me encontraba mal.
- Recuerdas con quien estaba hablando
cuando te marchaste ?.
- Con Thomas si no recuerdo mal.
- Efectivamente, y sabes que ocurrió
después ?.
- No, que pasó ?, vamos habla
me tienes en ascuas.
- Pues que esta noche Thomas ha
matado a un amigo del viejo para robarle, le cogió el sheriff cuando
huía con el dinero.
- Que horror, dijo al tiempo que
hacía aspavientos de espanto.
Ya sabía yo que algún
día ese Thomas terminaría mal, lo siento por el pobre viejo,
pero por él me alegro de que le hayan cogido.
- No te caía bien ?.
- Ya sabes que no. No me gustan
los hombres que pegan a mujeres indefensas como hizo él con aquellas
dos.
- Yo tengo por costumbre no meterme
en la vida de mis clientes.
- Yo tampoco, pero ese Thomas era
una mala persona.
El tabernero se quedó callado
sin responder a las palabras de Blanche, estaba claro que el no quería
meterse en líos ni aun sabiendo que Thomas era un ladrón
y un asesino.
- Tienes mala cara Blanche. Afirmó
cambiando de conversación.
- Si, ya ayer me encontraba mal,
hoy estoy algo mejor pero no me encuentro bien del todo.
- No estarás enferma ?.
- Creo que no, espero que sólo
sea un malestar pasajero.
Blanche guardó silencio unos
momentos, los suficientes como para no demostrar excesivo interés
en ser informada más ampliamente por el tabernero, mientras en su
mente se agolpaban algunas preguntas para confirmar la información
que ya tenía y otras para completarla.
- Cómo mató al viejo
?.
- Cuando Thomas salió de
aquí iba borracho como una cuba, algunos le vieron tambalearse por
el camino del río, luego debió esperar hasta que llegó
el viejo y le dio una puñalada en el vientre con ese enorme cuchillo
que él lleva siempre. El viejo empezó a gritar y le dio otra
en el cuello que lo degollo, pero el sheriff había oído los
gritos y se acercó al galope justo a tiempo de verle huir con el
dinero, le persiguió por los campos hasta acorralarle, entonces
Thomas quiso apuñalar también al sheriff y éste le
dio un tiro.
- Robó mucho ?. terminó
por preguntar tratando de fingir calma.
- Si, una auténtica fortuna,
el sheriff le encontró con tres mil dólares pero el viejo
que estuvo aquí ayer se empeña en decir que deben faltar
otros cinco mil.
Por lo visto el viejo Benson llevaba
más de ocho mil dólares encima.
- No mentirá el viejo ?.
Dejó caer como quien no quiere la cosa.
- No se, a ese viejo no le conocía.
- Tenía mucho dinero.
- Ya lo vi, pero él dice
que es el que le pagó el muerto por haberle ayudado a traer y vender
los negros.
- Tenía mucho ?.
- Si, cerca de cien dólares.
- Es posible que el muerto fuera
tan generoso ?.
- No sé, eso dice el viejo
pero cualquiera sabe la verdad ?
- Yo pienso que el resto se lo debió
de robar él. Dijo Blanche en el tono coloquial de comentario de
taberna sin poner demasiado énfasis para que no se notara su interés
en sembrar la semilla de la sospecha en la mente del tabernero, sabía
que éste era amigo del sheriff y si conseguía que él
sospechara del viejo terminaría por decírselo a su amigo.
El tabernero se quedó callado
unos instantes y Blanche supo que había picado el anzuelo.
- Te encuentras bien ?. ¯olvió
a preguntarla.
- Pues la verdad es que no, me encuentro
mareada y con ganas de devolver, contestó, esta vez sin mentir,
sentía que había comido demasiado y el estómago se
negaba a digerir tanto alimento.
Se sentó ligeramente abatida
por las molestias que sentía, y profundamente molesta con el viejo
Benson. Había resultado más inteligente de lo que ella había
pensado, y se sentía estafada por valor de tres mil dólares.
Si el viejo hubiera llevado todo
el oro junto ella sería dueña en esos momentos de los ocho
mil dólares y con la muerte del maldito Thomas habría quedado
zanjado el asunto.
Momentos después salía
corriendo hacia el corral de la taberna y su estómago se vaciaba
en violentas arcadas.
- Mierda, se dijo, para una vez
que había saciado de verdad su apetito se encontraba con que el
estómago no lo aguantaba.
Regresó a la taberna encontrándose
con la mirada preocupada del hombre.
- He devuelto, y creo que ya se
me pasara, dijo a modo de justificación reparando en la mirada insistente
del tabernero.
Se sentó de nuevo pero esta
vez profundamente preocupada por la penetrante mirada.
- No sospechará de mi ?.
Se preguntó aterrada.
El miedo y las molestias que sentía
la obligaron a salir corriendo unos minutos más tarde de nuevo hacia
el corral para terminar de vaciar el estómago.
Se sentía asustada y enferma,
la daba miedo volver a la taberna y encontrarse de nuevo con la mirada
acusadora del hombre.
Continuara...
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