Para todos aquellos que me lo pidieron…
Las sábanas se abren, y tú quedas expuesta a los tiernos ojos
de tu primo, vestida sólo con la ropa interior. Él sonríe, por primera vez en
dos semanas él sonríe. Tu primo se acuesta a tu lado, y la cama se hunde un poco
bajo su peso. Te desabrocha el sujetador mientras tú intentas deshacerte del
botón de sus pantalones vaqueros. Tus pechos quedan al aire mientras él te ayuda
a quitarle la ropa. El pantalón cae al suelo, abrazando con sus camales al
sujetador que te ha quitado. Las braguitas húmedas casi se escapan solas. Tu
mano roza su entrepierna y notas lo abultado de su calzón. Deslizas la mano por
dentro del elástico y acariciándole el miembro bajas los calzoncillos hasta las
rodillas. Él se los termina de quitar, obedientemente, con sus piernas curtidas
en las carreras de la vida. Su miembro se yergue seguro y derecho, como atraído
por tu cuerpo, queriéndose separar de su dueño para explorar tu cuerpo.
Tu primo te mira a los ojos, con extrema dulzura. Sus manos
se adelantan y acarician tus caderas. Te agarra y te atrae hacia él. Notas la
dureza y el calor de su miembro en tu vientre, tú lo abrazas, le pones tus manos
en su espalda. Tus dedos parecen ansiosos de conocer todos y cada uno de los
centímetros de piel de las anchas espaldas de tu primo. Tus manos suben y bajan,
llegando desde el cuello del gitano hasta sus nalgas respingonas, suaves y
musculosas. Él te besa la boca, el cuello, las orejas, y a ti de vez en cuando
se te escapa un suspiro excitado. Sus poderosos brazos casi cubren tu
cuerpecillo delgado, su mano derecha está en tu nuca y la izquierda en tu culo
prieto.
Estáis los dos desnudos, abrazándoos en una nube de pasión
que desborda los límites de la cama y llena el aire de la habitación. A menos de
seis metros de vosotros, tus padres duermen. Con un susurro indescifrable del
gitano en tu oreja, se pone encima de ti. Dirige su falo con la mano y comienza
a introducirlo en tu cuerpo. Tú lo sientes cada vez más adentro, pero tu cuerpo
lo requiere, no es una intrusión dolorosa, tu cuerpo se abre a su paso y tu
vientre arde en deseos de guarecerlo allí. Empieza a moverse, con golpes lentos,
largos, que entran en ti dejando un calor maravilloso. Cuando sale, tarda medio
segundo en volver a dejar caer sus ochenta y cinco quilos de músculo y huesos
sobre tu cuerpo, que a duras penas pasa de los cincuenta y cinco. Sin embargo,
él te mira a los ojos, buscando cualquier reacción en ti. Tú sólo jadeas y te
muerdes el labio para que los gemidos no atraviesen la puerta de la habitación y
despierten a tus padres. Sus movimientos son pausados, desprovistos de lujuria,
buscando dar más placer a tu cuerpo que al suyo. Sabes entonces que tu primo es
tu primer Hombre. Hombre con mayúsculas. Nada que ver con esos adolescentes de
tu clase que te habían conseguido camelar. Hasta ahora sólo habían sido tres.
Pero ninguno era tan viril y a la vez tan suave como tu primo en sus
movimientos.
La luz de la Luna que se cuela a través de la cortina deja en
tu primo múltiples reflejos cobrizos en su piel morena. Él apoya sus manos en el
colchón, para que no sientas todo su cuerpo aplastándote. Tú te abrazas a él,
con brazos y piernas, intentando alargar la sensación de esa espada de carne
caliente entre tus piernas. El Jesucristo crucificado que hay colgado en la
pared parece no querer perderse detalle del combate carnal de esos dos cuerpos
jóvenes y desnudos.
Tu primo no habla, calla y te mira a los ojos, mientras
sonríe. Hay veces que lo pierdes de vista por que su miembro te obliga a cerrar
los ojos y viajar a un mundo lejano, volando con mil pájaros distintos, en una
nube de placer. Rodáis por la cama, perdiéndoos en un beso que junta vuestras
bocas y vuestros corazones. Ahora tú estás encima de él, mirándole a los ojos,
esos ojos negros de azabache, que tanto brillan a la luz de una hoguera cuando
baila flamenco. Sus acais, ojos en caló, idioma de la etnia gitana, se clavan en
los tuyos llenos de ternura, inflamados de pasión. Él te vuelve a atraer hacia
su cuerpo ardiente. Su corazón late como si estuviera en tu pecho y no en el de
él. Vuestros latidos tienen el mismo ritmo, sincronizados… enamorados…
Reanudas los movimientos, mientras sus manos acarician tus
pechos, excitándote. Tus pezones responden de la única forma que saben,
endureciéndose más aún si cabe. El miembro de tu primo es una biela que entra y
sale de tu cuerpo llenándote el interior. Sientes un incendio naciendo en el
vientre, buscas rápidamente la boca del gitano para apagar todo lo que salga de
tu garganta. Él acoge tus labios, los abraza y los acaricia con los suyos. Su
lengua te ayuda a mantener el silencio forzado por la cercanía de tus padres.
Un gemido nace de sus labios finos y muere en el rincón más
perdido de tu oído. El vello se te eriza y la carne se vuelve de gallina a
medida que el sonido se extiende como una onda por dentro de tu cuerpo, hasta
que por rincones escondidos regresa al cuerpo de donde salió, haciendo que tu
primo llegue al orgasmo con una lluvia caliente y blanca que te llena por
dentro. Su calor permanece ahí, él no te arranca su carne de tus entrañas
mientras le quede dureza para hacerte feliz. Así, mientras su miembro empieza
una lenta regresión, él aún mueve su cuerpo con la suficiente habilidad como
para obligarte a tapar otro orgasmo en su boca.
Así, el sol vuelve de su retiro diurno y encuentra vuestros
cuerpos abrazados, uno al lado del otro, jóvenes y desnudos como dos enamorados
que acaban de conocer el amor en el cuerpo del otro.
El amanecer descubre vuestros cuerpos, pero no a vuestras
mentes. Vuestras mentes aún siguen volando, haciéndose el amor en sueños, allí
donde no hay miedo que acalle los gritos de placer. Siguen disfrutando de dos
cuerpos desnudos y morenos, que se unen en uno sólo, bajo sábanas de seda que no
llegan ni a la tercera parte de la suavidad de la piel de tu primo.
En sueños, él se acerca a tu oído y te dice bajito:
- Gracias por ayudarme a olvidar. Mi pequeña Lucía.
Y en sueños sonríe. Y su sonrisa llena el firmamento de una
noche eterna que os abraza y hace brillar vuestros cuerpos. Por que si no, de
qué iban a servir los sueños sino para no terminar nunca de amar, para besar
eternamente y jamás decir adiós. Los sueños están para vivir amores eternos, y
en tu caso, amores gitanos, Amor Gitano. El amanecer en vuestras mentes puede
esperar sentado.