AMIGAS ESPECIALES
(Por Elka Schwartzman Levi y Carla Bauer)
E-mails:
Carlab83@yahoo.com.ar
POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO
Capítulo II.
El sábado 7 de septiembre, Elka –con sus jóvenes veintiséis
años- se apersonó en el aeropuerto. Había investigado previamente el horario de
llegada y permaneció sentada en la sala de arribo del vuelo procedente de Buenos
Aires, con una pancarta en la mano que decía: "CARLA BAUER, SOY ELKA". A poco,
escuchó en los altavoces el anuncio de la llegada del avión. Se levantó del
asiento y fue hacia la puerta de desalojo. Mostraba el cartelón por detrás de la
vidriera. Veía pasar a la gente por el pasillo. Estaba ansiosa y emocionada. No
tardó mucho en ver a la chica y de inmediato supo que se trataba de su amiga. En
efecto, ésta miró el cartel, se acercó a Elka y le dijo:
-¿Elka? ¿Sos vos?
-¡Carla!
-¡Sí, amiguita, soy yo!
-¡Oh cuánto gustoooo!...bienvenida a España, linda.
Se abrazaron efusivamente. Después de las amplias
manifestaciones de cariño, le ayudó con sus cosas y se encaminaron a la zona de
equipajes. Rescataron un par de maletas y se dirigieron hacia la salida.
Abordaron el automóvil de Elka y ésta condujo hasta su apartamento. De antemano,
había preparado una habitación especial para su amiga argentina. A pesar de sus
19 años, Carla era en realidad una chica muy bella, inteligente y culta. Había
sido educada en los mejores colegios de Buenos Aires y Córdoba, además de sus
casi dos años de universidad, en esta última ciudad. Por tanto, se desenvolvía
con gran soltura. Y aunque era su primer viaje a España, ya conocía muy bien la
cultura de aquel país, los sitios más destacados de la península y, sobre todo,
las costumbres de la gente.
Cuando acabó de instalarse, Elka la invitó a comer fuera de
casa. Condujo hasta el Mesón del Cid y se hicieron de una mesa. Estaban
hambrientas. Les trajeron la carta, seleccionaron el menú e iniciaron una amena
charla.
-Y cuéntame, amiga, ¿cómo están tus padres?
-Oh, muy bien, gracias. Pero se quedaron realmente tristes.
-Sí, ya lo creo.
-Al final, casi ya no querían que me viniera.
-Jajaja... así suele suceder. –dijo Elka.
-Pero ellos comprenden mi situación. Mi deseo es estudiar en
la universidad acá en España y trabajar, también –dijo Carla.
-Sí, amiga, lo sé. Y es importante que luches por tus sueños.
-Ése es mi objetivo, Elka. Ahora sólo espero acostumbrarme.
-Te acostumbrarás. Ya lo verás, Carla.
Les sirvieron la comida y la atacaron de inmediato. Entre
bocado y bocado, la charla fue adquiriendo un tono más ameno e íntimo. El vino
blanco ayudó a "distender el momento y a mover la lengua", como diría Elka,
luego. Era evidente que entre las dos chicas había surgido la franca y sincera
amistad que suele darse cuando los corazones son afines. Elka dijo con una
sonrisa mordaz:
-Y dime amiga, ¿no dejaste noviecito por allá?
-Oh, no. En realidad no.
-¡Cómo! ¿No has tenido novio aún? Ay... no te creo, amiga.
-No, en serio. Bueno, sí tuve alguna que otra relación; pero,
en realidad, nada serio.
-¿No te gusta comprometerte?
-No. No es eso, amiga. Lo que pasa es que estuve más dedicada
al estudio y al trabajo que a otra cosa. Pero decime: ¿no tenés ningún amor
oculto? –preguntó Carla.
Elka se quedó pensando sin responder. Sus ojos adquirieron un
brillo extraño y respondió:
-No, amiga. No tengo.
-¿Nunca tuviste?
-Nunca he tenido. Bueno no tanto así, pero digamos que, de
hecho, eso no ha sido tan importante para mí.
-¿No? ¿Por qué?
Elka no respondió. Volvió a sumirse en sus propios
pensamientos por algunos isntantes y después dijo:
-Tengo razones para proceder de esa forma, amiga.
-¡Ah, de acuerdo! –dijo Carla-. Si no querés hablar de eso,
lo dejamos así.
-No, no. –dijo Elka- No lo tomes así, amiga. Es un tema que
me quema por dentro, y bueno, simplemente no había encontrado alguien de tanta
confianza para hablar de ello.
Carla tomó de las manos a su amiga, en un gesto que
evidenciaba comprensión. Luego, dijo:
-Ay, Elka, yo te comprendo muy bien. Es más: nunca hablo de
mis cosas íntimas con nadie por temor a que no me comprendan.
Elka sonrió y correspondió el gesto apretando las manos de
Carla. En el fondo sentía mucha simpatía por su amiga. Pero ahora se daba cuenta
de que esa simpatía se iba transformando poco a poco en confianza. Una confianza
honesta y profunda. Realmente, jamás había sentido tal confianza con nadie.
Había tenido otras amigas, pero siempre hablaban de cosas intrascendentes. Pero
con Carla era diferente. Desde que habían establecido su relación por el chat,
había sentido esto. Incluso, sabía que su amiga sentía lo mismo. Fue por ello
que se animó a decirle:
-Mira Carlita, realmente tengo que confesarte algunas cosas.
Y creo que ha llegado el momento propicio.
-Adelante, linda. A mí me pasa lo mismo.
-Yo tuve relaciones incestruosas con mis familiares. Y a
pesar de que primero lo hice con mi padre, fue el encuentro con mi madre el que
más me agradó. Tanto así que la relación se hizo tan intensa que nos buscábamos
mutuamente con ansiedad para hacerlo.
-Oh, amiga... ¿y eso te preocupa?
-No. Sólo que jamás se lo había confiado a nadie.
-Pues animate a decírmelo, amiga. Porque yo también he vivido
cosas en ese aspecto, y tampoco te las ocultaré. –dijo Carla, con determinación.
-Sí, Carla, escucha. La relación incestuosa con mi madre
inició desde que tenía nueve años y acabó a los diecisiete. Así que ya te
imaginas todo lo que duró. Todo eso me marcó para siempre. Tanto así que, desde
entonces, comencé a tener preferencia por las chicas. ¿Comprendes?
-Sí. Te comprendo perfectamente. –respondió Carla.
-Desde que mi madre y yo dejamos de tener intimidad, comencé
a buscar en otras partes. Y, desde entonces, he mantenido varias relaciones con
mujeres. Actualmente no tengo a nadie, pero mi vida ha sido intensa en ese
capítulo.
-Sí, entiendo.
-Ahora estoy metida en varios proyectos de trabajo y casi no
me queda tiempo para relacionarme formalmente con alguna chica. Pero mis
preferencias están allí, muy dentro de mi mente y mi corazón.
-Querés decir que sos bisexual, ¿no?
-Exactamente. Tengo relaciones con hombres y las disfruto
mucho. Pero te confieso que mi inclinación natural es hacia las mujeres.
-Sí. Está claro. Y debo decirte que yo tengo la misma
inclinación que vos.
-¿En serio? ¿Y por qué no me lo cuentas? –propuso Elka.
-Sí, por supuesto: ya mismo comienzo. En realidad, amiga, mis
relaciones incestuosas empezaron con uno de mis tíos... el hermano de Mamá. Ya
te contaré sobre él y todo cuanto aprendí con él. Pero inicié el sexo con chicas
a los siete años.
-¡Vaya precocidad, niña! –sonrió Elka.
-Sí. Como ves, estas cosas no sólo ocurren en tus relatos
–dijo Carla, con una mueca de alegre complicidad en sus labios-. Lo cierto es
que mi primera vez lésbica fue con una amiguita de mi barrio que, también, iba a
mi misma escuela; de hecho, éramos compañeras de clase... de aula, quiero decir,
de modo que teníamos la misma edad. Hasta entonces, nunca me había fijado en las
chicas, pero ésta (Viviana se llamaba) era una belleza: rubia, ojos verdes...
todo lo opuesto a mí. He llegado a pensar que eso fue lo que primero me atrajo
de ella, junto con el hecho de ser de mi mismo sexo, desde luego. ¡Era una
delicia! Desde todo punto de vista.
Comió otro bocado y continuó el relato, ante la atenta y
expectante mirada de Elka.
-Una tarde, volvimos de la escuela, comentando sobre una
chica nueva que había en nuestra clase: la habíamos mirado de arriba abajo, y
llegamos a la conclusión de que "la nueva" no era fea, pero que había niñas
mucho más bonitas en nuestra aula.
-¿Por ejemplo? –nos preguntó la madre de Viviana, que nos
había ido a buscar, desde el asiento del conductor.
-Por ejemplo, Vivi –aseguré, atrás, junto a mi amiga.
Vi que mi querida compañera se sonrojaba, bajando la cabeza.
Pero mi opinión era auténtica. O sea, no lo dije para adularla. Llegamos a su
casa (con el obvio consentimiento de mi madre) y ambas tomamos una rica leche
con galletitas, luego de lo cual, nos fuimos a jugar al cuarto de Viviana. Me
mostró una muñeca nueva, muy similar a un bebé de verdad y que, en nuestros
bracitos infantiles, parecía un niñito de alrededor de uno o dos meses,
guardando relación con el tamaño de nuestros cuerpitos.
-¿No conocías a mi hijo, Gustavito? –me preguntó, meciéndolo
tiernamente en sus brazos.
-No –respondí, con toda inocencia, siguiéndole el juego-.
¿Cuándo nació?
-Hace unas semanas... ¿no te acordás de ese día que falté a
la escuela? –interrogó, y asentí-. Bueno, ese día nació.
-Ahhh... qué bien. ¿Y toma la teta? –pregunté, por jugar...
sin segundas intenciones, te juro, amiga.
Inmediatamente, desprendió su blusa, la abrió lo suficiente y
puso su "pequeño" a mamar. Como te imaginarás, no era la primera vez que veía
sus pezoncitos: en muchas ocasiones y no precisamente por querer vernos
desnudas, nos habíamos cambiado juntas, en la misma habitación. Incluso, nos
bañábamos juntas... no siempre, desde luego, pero hasta, a veces, nuestras
propias madres nos incitaban a hacerlo, fuera para ahorrar tiempo, agua caliente
o las dos cosas. Pero ese día, no sé por qué, al ver ese pequeño botoncito
rosado en la tetita plana de mi mejor amiga, sentí algo extraño en la barriga y,
más extraño todavía (nunca antes había experimentado esa sensación), en mi
conchita.
-Espera amiga –dijo Elka, ansiosa pero prudente-. Esto está
muy caliente e interesante. Permíteme pagar y continúas relatándome todo
de regreso al apartamento, ¿vale?
-Vale –asintió Carla, buscando su cartera-, siempre y cuando
me dejes pagar mi parte.
-Nada de eso, linda. Esta noche, tú eres mi invitada de
honor. De hecho, lo eres y lo serás por mucho tiempo, pero esta noche es
especial, Carlita. Déjame pagar esta primera cena juntas... ya tendrás
oportunidad de hacerlo tú –concluyó, intuyendo que había logrado persuadir a su
huésped.
-De acuerdo... como quieras, Bonita –suspiró, resignada pero
notoriamente feliz-... pero no creas que siempre será así.
-Despreocúpate, princesa –sonrió-. Yo misma me encargaré de
ver que no sea así... jajaja...
El mesero se acercó con el papel en el que figuraba el total
por pagar, cosa que Elka hizo prontamente; hecho esto, ambas jóvenes se
dirigieron al auto, un bellísimo Porsche gris, descapotable, con asientos negros
de piel. Al entrar, Carla aceptó una breve "visita guiada" nocturna por ese
sector de Madrid.
-Pues bien, Carlita linda: soy toda oídos.
-Bueno, veamos... ¿por dónde iba? –dudó la morena, recién
llegada-... ah, sí: ya sé... te decía que, cuando vi la tetita plana de Viviana,
sentí algo extraño en mi barriguita y en mi cuca que jamás había sentido antes.
Fue entonces cuando quise abordarla... tocarla, verla toda desnuda...
-Y besarla... –arriesgó la bella rubia, que ya conducía su
Porsche por una de las avenidas madrileñas.
-Sí, eso también. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que,
por primera vez en mi vida, estaba caliente.
-¿Y con tu tío? ¿No habías tenido experiencias con él?
–volvió a intervenir Elka.
-No... aún no. Lo primero con Charlie, mi tío, sucedió cuando
yo tenía nueve años... los primeros toqueteos y cosas así. Aunque no descarto
que ya, a mis siete años, me mirase con deseo y lujuria.
-Ya, vale... continúa: prometo no interrumpirte más –aseguró
la anfitriona, con un casi imperceptible tono de culpa en la voz-. Adelante,
preciosa.
-Ok, pero no seas "tontita", hermosa: interrumpime todas las
veces que quieras. Volviendo a aquel día, te digo que sentía morbo, sin saberlo.
Mi cabecita giraba a mil kilómetros por hora... hasta que por fin creí
encontrarle la vuelta para intentar cumplir con mis deseos, sin despertar
sospechas.
-Ya tomó mucho de ese lado –dije, señalando la cabeza de la
muñeca y, obviamente, su tetita-. ¿No deberías darle un poco del otro?
-Sí, tenés razón –respondió Vivi, abriendo completamente su
blusita; ubicando a su "bebé" en su otro pezoncito, pude observar, y por primera
vez admirar y desear su blanquísima piel. Luego, añadió-: así es como lo hace mi
Mamá con mi hermanita.
En seguida, sentí mi bombacha húmeda. En ese momento, pensé
que me había orinado, pero... ¿cuándo? No le di mayor importancia: toda mi
atención estaba centrada en llegar más allá con Vivi, sin que me rechazara.
-¿Y si jugamos a que yo soy tu bebé? –pregunté, intentando
disimular mi ansiedad.
-¡Ay, síiiiiiiii! –respondió, ante mi sorpresa-. ¿En serio te
gustaría, Carla?
-Por supuesto –afirmé, mirándola, como diciendo: "¡Cualquier
cosa por mi mejor amiga!"-. Si no, nunca te lo habría ofrecido.
-Daleeeeeee... pero, esperá: esta muñeca está desnuda. Vos...
¿te desnudarías para jugar? –preguntó, con un miedo atroz a mi respuesta
negativa.
-Sí, claro... sólo sería parte del juego y no es la primera
vez que me verías desnuda, Vivi... ¿qué tendría de malo? –argumenté, antes de
que se arrepintiera.
Desde aquel momento, transcurrieron minutos que parecieron
horas. Cuanto más rápido quería despojarme de mi ropa, más tiempo tardaba. Traté
de tranquilizarme, pero mi corazón galopaba en mi pequeño cuerpo, tanto que
parecía crecer dentro de mí y creí que me haría estallar como un globo. Por fin
me deshice de mi última media y, completamente desnuda como ya estaba, me senté
en el piso frente a mi amiguita. Sin mediar palabra, le quité la busa ya
desabotonada, acerqué mi boca a su pequeño pezón y comencé a chuparlo, como si
realmente pudiera sacar leche de su tetita infantil. Al contacto de mis labios
sobre su piel, Viviana lanzó un suspiro de placer que nunca antes había oído...
y menos aún, de ella. Su pequeña mano me acarició la conchita y un escalofrío
placentero me recorrió desde la punta de los pies hasta el último de mis
cabellos. Di nuevos bríos a mi succión y la abracé. Luego, sin que fuera parte
del jueguito "madre-hija", la besé tierna y torpemente en la boca. Nos acostamos
en el suelo, yo encima de ella, ella encima de mí... íbamos turnándonos,
mientras dábamos rienda suelta a todas nuestras ganas. De pronto, giré ciento
ochenta grados sobre el cuerpo de mi amiguita, como una hélice, quedando en un
no conocido 69; lo hice para terminar de desvestirla, sacándole todo de la
cintura para abajo. Según me lo confesaría luego, Viviana no pudo resistir la
tentación de besar la parte interna de mis muslos, hasta llegar a mi ya caliente
y más que húmeda cuquita. Me estremecí y mi inexperto cuerpo dio un respingo.
¡Ay! ¡Qué bien que me sentía! Abrí más mis piernas y, luego, separé las de ella
y, con mi boca, le devolví el placer, besando su conchita y saboreando por
primera vez sus jugos de niña. ¡Qué placer sentir su piel vaginal mojada en mis
labios! Se me ocurrió pasarle la lengua y ella me imitó. Sin proponérselo,
encontró mi clítoris y yo busqué el de ella. Los minutos pasaron entre suspiros,
gemidos y el excitante ruidito de callado chapoteo que las lenguas hacían en
nuestros respectivas rajitas. En un momento mágico, ambas nos meamos y bebimos
aquel elixir delicioso que, mezclado con nuestros jugos, salivas y gotitas de
sudor, sabían a gloria. Luego, obligadas por la posibilidad de que su
madre golpeara a la puerta de Vivi, nos vestimos y nos hicimos dos promesas:
primero, que sería nuestro secreto; y, segundo, que lo repetiríamos siempre que
nos fuera posible.
A estas alturas, Elka estaba deteniendo el auto en una calle
poco transitada, dispuesta a desfogar la calentura incesante que todo este
relato le causaba.
-¡Ay, amiga! ¡Me has excitado al máximo! –exclamó, apagando
el motor, girando su juvenil y bello rostro hacia su visitante amiga, quien
también se hallaba en las mismas condiciones por sus propios recuerdos; recién
entonces, gracias a la luz interior del Porsche, advirtió el rojo de la cara de
su amiga-. Debo hacerme un dedo antes de llegar a casa. Mucho me temo que no
soportaría otros cinco minutos.
Dicho esto, abrió sus piernas y, haciendo a un costado la
fina tela de sus braguitas, iba a comenzar su autosatisfacción, cuando su
compañera la detuvo con una pregunta:
-¿Puedo ayudarte? No es por fanfarronear, pero dicen por ahí
que tengo "dedos mágicos"... –sonrió, con una calentura que le brotaba desde lo
más profundo de su deseo sexual.
Como única respuesta, Elka subió más aún su ya breve falda,
permitiendo el acceso de la mano derecha de Carla a sus partes pudendas. La
joven argentina no se hizo esperar, rozando, suave y diestramente sus dedos por
la parte interna de los muslos hacia su meta: el dulce chochito de quien, hasta
hacía poco menos de doce horas, había sido sólo su amiga virtual.
Elka dio un respingo cuando sintió las caricias dactilares de
su huésped, y emitió un inevitable suspiro, en tanto Carla se notaba gratamente
sorprendida, al comprobar la falta total de vello púbico en la zona que
acariciaba. Dado que la adolescente también llevaba una minifalda, pronto las
pajas fueron mutuas. A poco, hacían un placentero, aunque algo apretado 69 en el
asiento trasero del auto; instantes más tarde, ambas chicas llenaban de
cuantioso néctar sus ávidas gargantas que, tras degustarlo, tragaron con el
mayor placer.
Ya reubicadas en sus respectivos asientos y pese a que ambas
se habían quedado con las ganas de más actividad (dadas las circuntancias,
ninguna de las dos se había desvestido), Elka encendió el motor y, sin pérdida
de tiempo, se dirigieron rumbo al apartamento. Llegaron, y apenas si cruzaron
palabras o frases breves, acelerarando su entrada a la casa, enloquecidas por
continuar lo que habían comenzado en el auto.
Pese al cansancio propio del viaje y, más aún teniendo en
cuenta la diferencia horaria entre Argentina y España, Carla estaba demasiado
emocionada ante la perspectiva de verse completamente desnuda ante su amiga
quien, seguramente, le prodigaría todo el amor, traducido en besos, caricias,
lamidas y la entrega total de su propio cuerpo.
Elka, por su parte, no podía creer su buena suerte, al tener
a semejante belleza sudamericana compartiendo su hogar y que, colmando sus
expectativas, también compartía por igual su propio gusto por la bisexualidad.
Si así no hubiese sido, quizá, habría intentado sondearla, a fin de ver cuáles
habrían sido sus posibilidades de tenerla entre sus brazos. Pero nunca,
eso sí, la habría obligado a nada. Sin embargo, allí estaba: dormiría en uno de
las cuatro habitaciones que tenía en su casa. Ahora, le quedaba uno vacío, pues
los otros dos eran para su uso personal. Enamorar a Carla era una de sus
prioridades más inmediatas; pero por lo pronto, todo lo ocurrido desde el
momento mismo de sus confesiones mutuas, le hacía presagiar una noche poco menos
que inolvidable.
Tras orinar, lavarse los dientes y ducharse, ya en una
camiseta blanca con coloridas inscripciones alusivas a Miami, que apenas cubría
la tercera parte de sus firmes y deliciosos muslos, la dulce argentinita salió
descalza del baño y, en el pasillo, se topó con Elka, quien vestía unos pijamas
tipo "jogging".
-¡Ups! Perdón –se disculpó la adolescente-... me distraje y
no te vi...
-Despreocúpate, linda –sonrió la española con picardía-: no
ha sido nada. Además, encontrarte así, de golpe, es todo un placer inesperado.
-Sí, claro... sobre todo, por la elegancia de mi "salto de
cama", ¿verdad? –reaccionó, con una sorpresiva y casi injustificada vergüenza en
sus ojos rasgados.
-Te ves preciosa, amiguita. En realidad eres
preciosa –dijo la anfitriona, rodeándole los hombros, mientras ambas comenzaban
a caminar hacia la sala. Ya te hablé de Toy, mi perro, ¿verdad?
-Sólo unas mil quinientas treinta y cuatro veces –sonrió
Carla-. Sí... y, además, lo vi esta tarde, afuera en el jardín. ¡Es un hermoso
Pastor Alemán!
-Sí, ¿verdad? –enfatizó, orgullosa-. Tiene dos años, es
muy limpio: lo baño a diario... es un ritual que me enloquece, así que huele
siempre a champú; y, además, es educado y fino con las visitas... y muy aplicado
en todo.
Quizá, sería por el sueño que, luego de la ducha caliente,
volvía a invadirla, pero Carla no entendió a qué se refería con esa última
frase: "...y muy aplicado en todo." De todos modos, ya
tendría tiempo de averiguarlo. De pronto, un nada sorprendente "Te gustan los
perros, ¿no?", la sacó de sus pensamientos.
-¿Eh? Ah, sí –tartamudeó, brevemente-... sí, sí: me encantan.
-¿Quieres conocerlo? –volvió a interrogar Elka. La morena
apenas tuvo tiempo de asentir antes de que Elka abriera la puerta corrediza que
daba al patio. Palmeando sus propios muslos, llamó al can con la dulzura que
sólo podía salir de una amante de los animales, poniéndose en cuclillas para
recibirlo y llenarlo de caricias-. ¡Toy! ¡Ven, Toy, mi precioso! Ven a conocer a
Carlita... ¿sabes, Toy? Carla es una amiguita muy buena que vivirá con nosotros,
y pronto te amará casi tanto como yo.
-Hola, hermoso... hola, hermoso... hola, hermoso –repitió la
adolescente, con tono juguetón, agachándose y hundiendo su nariz con el hocico
de la mascota, mientras sus manos frotaban ambos lados de la cabeza del
animal-... sí, vos y yo vamos a ser muy buenos amigos, pero muy
buenos amigos... y de paso, voy a enseñarte cómo hablamos los argentinos.
Shhhíiiii, hermosura.
Terminó de decir estó y le dio un beso entre los ojos.
-¿Quieres que te confiese algo? –comentó la dueña de casa, en
tono jocoso; su huésped la miró a los ojos de un bellísimo color miel-. Envidio
a Toy.
Su tono de voz fue tan sincero y sensual que Carla no se pudo resistir y la besó
en la boca. Por primera vez, sus lenguas se entrelazaron y sus salivas se
mezclaron en el cóctel más delicioso y excitante que ambas habían probado en
mucho tiempo. Lentamente, se levantaron y se encaminaron al dormitorio de Elka
quien, de puro milagro o acto reflejo, apagó la luz de la sala.
Abrazadas por las cinturas, llegaron y volvieron a ponerse frente a frente para
reanudar el beso. Este segundo intento las encontró más preparadas: sus lenguas
fueron más hábiles y Carla sintió la lengua de su compañera recorriendo sus
encías, sus dientes y –desde luego- uniéndose con la suya. La morena imitó
aquellos movimientos: no concebía recibir tanto mimo sin, al menos, tratar de
retribuirlo. Ambas estaban en el cielo y sabían que esto era sólo el comienzo de
una segunda "cena", cuyo aperitivo habían disfrutado en el asiento trasero del
auto.
Como en un mágico baile, las chicas se desnudaron mutuamente.
Por lógica, la primera en quedar sin ropa fue Carla, quien sólo llevaba la
camiseta puesta. Sin embargo, no tardó prácticamente nada en deshacerse de las
prendas para dormir de su compañera, quien no dudó en tirarse sobre su lecho y
arrastrar a la adolescente en suave caída sobre la cama extra grande que les
permitiría rodar, rodar y rodar.
Se besaron nuevamente; cada vez lo hacían con mayor pasión y
más placenteramente. Era indudable que sus bocas estaban hechas la una para la
otra y que se adaptaban a la perfección y sus lenguas volvieron a ser un solo y
gran puente que las unía, explorándose y saboreándose. Sin embargo, sus deseos
hicieron que esos labios de fuego se separasen para recorrer áreas inexploradas.
Carla no dudó en llegar hasta las firmes y abundantes tetas de su novísima
amante. Sus anhelantes pezones rosados se agrandaban y endurecían ante el
contacto de los labios adolescentes pero ya expertos que la hacen gemir,
gritar... casi aullar, pidiendo más. La "cruel" jovencita abandona los pezones,
a merced de sus pequeñas manos casi infantiles que, tomando la posta, los frotan
en círculos y se atreven a pellizcarlos con gran delicadeza y efectividad.
Entretanto, su boca continúa su increíble viaje, llegando al vientre plano y al
bellísimo ombligo, el cual le causa un morbo muy especial. Cuando Elka creyó
haber alcanzado el pináculo del placer, Carlita llegó a su concha, deleitándose
una vez más, al comprobar la cuidada y total depilación de esa zona, tan
idéntica en todo detalle a la suya, excepto por el color algo más oscuro de la
adolescente.
Eso la enardeció más aún y se dio al enfebrecido lengüeteo de esa
región pudenda. Los suspiros, gemidos y grititos de su amiga le dieron nuevas
fuerzas para mamar esa cuca como nunca antes lo había hecho con ninguna otra. En
ese intento se topó con el clítoris, de un tamaño similar al suyo y mucho más
prominente que el de la mayoría de sus amigas. Sin siquiera dudarlo, lo apisionó
entre sus labios, donde comenzó a crecer, hasta alcanzar el doble de sus
dimensiones en estado de relajación.
Mientras la lengua de la pícara adolescente
frotaba y envolvía aquel botón de lujuria y sus morenos labios lo chupaban, una
y otra vez, su mano izquierda estaba entre sus propios muslos, pajeándose como
en muy pocas ocasiones previas... desde que cayeron en la cama, ya había logrado
un poderoso orgasmo e iban por su segundo consecutivo y prácticamente inmediato.
De pronto, la rigidez en el bello y juvenil cuerpo de Elka, le advirtió que
estaba por "explotar", y preparó su boca para recibir aquel delicioso néctar
que, tras degustarlo como la exquisitez que era, tragaría, sin desperdiciar la
más mínima gota. Para ello y ante los ruegos de su amante, aceleró la succión y
las caricias linguales para apurar la explosiva salida del delicioso manjar. El
feliz y excitante grito de la encantadora dueña de la casa inundó todo el
apartamento, a punto tal que la morena creyó que Toy se asustaría y vendría a
rescatar a Elka de presuntas manos delictivas. Pese a ello, nada de eso sucedió.
"Estará acostumbrado", pensaría luego. En ese momento, sólo se concentró en
recibir todo el flujo que, con fuerza, acudía a su cavidad bucal.
-Ven, amiguita –dijo Elka, entre jadeos, con voz ronca y
sensual, recuperando el aliento de a poco, después del colosal orgasmo, mientras
Carla se relamía y buscaba las últimas gotas de dulce miel en la cuquita de
aquella esplendorosa rubia-... ven, que te debo una... eres increíble,
dulzura...
Intuyendo lo que vendría, la joven argentina se levantó y,
con paso felino, de rodillas y erguida, se acercó. Su "víctima", de espaldas, la
miraba, concentrándose en las espléndidas curvas de su compañera, quien, al
llegar a la altura de la cabeza, se detuvo y sintió la apasionada lengua en su
conchita mojada, hinchada y lista para disparar más miel, pero esta vez,
contaría con ayuda que no tardó en llegar.
Unas manos que no eran las suyas
recorrieron sus nalgas y sus caderas con movimientos circulares y cargados de
seducción... manos que, suavemente, la jalaban hacia abajo, a fin de que esa
poderosa y hábil lengua lamiera aquel conejito totalmente abierto, anhelando el
"tiro de gracia" que los labios de Elka dieron, por fin, al apoderarse del
clítoris de su amada amiga y produciendo un gemido que se convirtió en alarido
incontenible, junto con una abundante catarata de jugos que no tardó en tragar y
aún beberse por completo. Carla se agachó y, con otro apasionado beso, se
desplomó sobre el lecho sobre el cual, al cabo del tiempo, ambas se quedaron
dormidas, con la satisfacción dibujada en sus bellos rostros.
CONTINUARÁ...
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