Con el tiempo aprendí que Kundalini es una figura de mucho
respeto en la India, y que a su vez el órgano Kundartiguador era una invención
pesadillezca del líder de la secta. Las técnicas Kundalini de la gnosis estaban
condenadas al fracaso en medida que establecían la no eyaculación como un fin en
sí mismo, nada más absurdo. Difundían que la unión perfecta era el matrimonio
gnóstico, por medio del cual, con base en el amor, se podía llegar a un estado
de gracia y pureza, siempre que se trabajara la alkimia sexual, sin embargo, a
falta de técnicas adecuadas, tales uniones se convertían en un calvario, en un
mecanismo para que la secta se metiera incluso en tu cama. Gnosis era una
pendejada, aunque era una pendejada con muchos pincelazos de realidad, y nada
importa de ello, salvo que la idea de ascender a los cielos por amor me llamó la
atención.
Otra cosa interesante fue que la gnosis nos reunió a Armida y
a mí de nuevo. Insisto en la gnosis porque es la prehistoria del Tantra, y el
Tantra ofrece técnicas sexuales que elevan el placer y el espíritu a límites
inimaginables. Mi encuentro con ella no fue como hubiese querido, aunque eso que
digo es una idiotez, pues sí fue como quise, es decir: definitivo.
Por esas fechas se organizó una meditación Inter gnóstica, es
decir, acudirían miembros de las distintas asociaciones, de las distintas grey,
sería en un campo que quedaba a lado de un río más o menos profundo, si no capaz
de ahogar a nadie, lo suficientemente generoso para permitir que la gente se
echara a nadar.
Acudirían los del grupo de Joaquín Marco, Arturo Damián y el
nuestro, el de Antonio Soriano. De entre todos los grupos, el nuestro era el más
pobrete, pues Antonio, el guía, era en cierto modo honesto, creía realmente en
los dogmas gnósticos, mientras que de los otros se sospechaba que utilizaban la
fe para lucrar de muy diversas maneras.
Estaba en una meditación dentro del río, sujetando de las
manos a dos hermanos, uno con la izquierda y otra con la derecha, en una cadena
energética. Al centro se colocarían las mujeres, mientras que los hombres harían
un círculo que elevaría una dynamo de energía. Las únicas que se excluían de
aquella meditación eran las mujeres encintas y las que menstruaban, lo que
revelaba el aire machista de la secta, digna del mal humor del Dios protagónico
del Levítico.
Vocalizamos unos mantras y nos hundimos en el agua, sintiendo
el tacto de ésta. Cuando salí del agua, los ojos intentaban abrirse torpemente,
ya que al tener mis manos ocupadas en sujetar las manos de mis hermanos, no
había manera de despejarme el agua de río de los párpados. Mi visión fue de
total ensueño, las aguas caían y pude empezar a enfocar con dificultad, y
distinguí que frente a mí tenía ni más ni menos que a Armida. No estaba ahí
cuando me sumergí, apareció de repente en mis narices, reprimiendo un llanto
doloroso, pude notarlo. Como la meditación era para invocar las Ondinas, supuse
que ella era una Ondina triste.
Luego de verla frente a mí, con sus ropas húmedas y pegadas
al cuerpo, no pude hacer otra cosa que seguirla a todas partes. Ella pertenecía
al grupo de Arturo Damián.
Entrada la tarde había que disponerse a una especie de lunada
con fogata, aunque el significado que quisieron darle en la secta fue el de
"meditación de las salamandras", la diferencia entre una y otra es que en la
segunda no podría uno asar malvaviscos.
Por fortuna me perdí en las veredas del cerrito que conducían
al sitio del ritual, y digo por fortuna porque Armida también se perdió. Ahí, en
medio de la noche, sin una linterna, caminaba a tientas esperando encontrar la
ruta para llegar con el grupo, y en mi búsqueda, lejos de hallarles a ellos,
escuché un llanto muy callado. A lo lejos escuché los cánticos, el rito
empezaba, y cerca escuchaba el llanto. Desdeñé el rito masivo y me incliné por
ese rito mayor que era aquel llorar.
Sentada sobre una piedra estaba el objeto de todo mi amor,
llorando como una chiquilla. Cuando me vio surgir entre la negrura se estremeció
de susto, luego descargó sus hombros para seguir llorando.
"¿Puedo acompañarte?" Pregunté.
Ella alzó sus hombros como expresando que no le importaba,
sin saber que ese detalle me partía en dos. Había que tener mucho tacto. No dijo
que no cuando me senté a su lado en la roca.
Supongo que por el simple hecho de permanecer una hora con
catorce minutos a su lado sin decir palabra, sin molestarla, sin inquirirle
nada, ella sintió un poco de confianza. Seguía tan bella. Preguntó "¿Te han
mandado a buscarme?".
"Nadie me manda esas cosas" le dije, "Estoy aquí porque me he
perdido. Pero me hace bien perderme, y a ti también te hace bien que me pierda,
¿No crees?". Aunque mi consigna era ser cauteloso, mi mano no recibió la orden a
tiempo y se extendió para recoger con el dedo índice una de sus lágrimas que
rodaban por su mejilla. En la oscuridad del suelo estaba tirada un arma.
"Más acá hay un paraje hermoso. Siento que da lo mismo que
estemos allá que aquí. Si aceptas, podría llevarte a ese sitio. Puedes llevar tu
pistola si desconfías de mí, o dejarla si reconoces que no la queremos".
Se alzó. Dejó el arma tirada en el piso. Extendió su mano
para que le ayudara a levantarse. "Llévame", dijo. Nos encaminamos a cualquier
lugar, pues era mentira que conociera yo un paraje, pues era la primera vez que
acudía yo a aquel monte, sin embargo, para mi fortuna Dios preparó un paraje
como el que yo pedía. Había otra roca, ya no se escuchaban los cantos del grupo
gnóstico, los árboles se abrían como el cráter de un enorme volcán, mientras que
las nubes se hacían a un lado para transformar la negra noche en una noche
violeta, plagada de estrellas arbitrariamente ordenadas.
"¿Yo te conozco de algún lado que no sea el Movimiento
Gnóstico?" Me preguntó con una voz grave.
"Me gustaría que así fuese. Pero en realidad nos conocemos de
una vez que te cedí el asiento en un camión de la Ruta Central" Le dije.
"¿Recuerdas una situación así?"
"A ser honestos es el tipo de situación que nunca olvido. No
quiero sonar tendencioso por miedo de que creas que quiero aprovecharme de que
estamos muy apartados, pero ese día me impactó poderosamente. No sé si me
enamoré de ti o simplemente te idealicé", dije lentamente.
"¿Cuánto tiempo hace de eso?", preguntó.
"Poco más de cuatro años", contesté.
"Entonces fue idealización", espetó.
"No estoy seguro", dije yo dándome una oportunidad.
Guardamos silencio un rato, luego empezó a llorar de nueva
cuenta, diciendo que era una estúpida. Le sujeté el rostro con mis manos y le
dije que podía contarme lo que quisiera, bajo la versión que a ella le
apeteciera. Comenzó:
"Soy una imbécil. Ciertamente, si no hubieras aparecido me
hubiera pegado un tiro. Si hubieras aparecido y hubieras empezado a hablar o
intentar consolarme entonces te hubiera pegado un tiro a ti y luego me hubiera
pegado un tiro yo misma. Si te hubieras quedado poco y te hubieras marchado, yo
me hubiera quedado y pegado un tiro después. En cambio me has traído aquí y he
querido entender la aparición de la luna como un buen presagio."
"Hoy dejo todo esto, pues he llegado a mi límite. Entré a la
gnosis porque mi alma hervía, porque mi esencia tiene destellos, porque está
viva, y no puede quedarse quieta. Tanta efervescencia me provocaba gran
ansiedad. Aparecían visiones sin yo pedirlas, de rato me encontraba
comprendiendo cosas que nunca aprendí, sospechando que el mundo no es el montaje
acartonado que han querido hacernos creer, y resulta que quienes te extienden
los brazos para que abraces una verdad absoluta son embajadores de la mentira.
¿Por qué habría de creerme el cuento que soy una ordinaria si no me siento así?,
¿Pagaría el precio de callar mi espíritu por darle gusto a la gente?. Debía
intentar cualquier cosa, ¿No crees?"
Luego siguió diciendo ya más tranquila: "Pienso que la
confesión es una tontería, pero tiene sus excepciones. ¿Me amas?" Me soltó a
quemarropa. Estaba preparado para todo, menos para esa pregunta de respuesta tan
obvia.
"Si te amo." No quise decir nada más porque sería interpretar
el amor, sería matizarlo, darle un enfoque, y quería estar abierto para el
enfoque y matiz que fuese. Me sentía algo nervioso, pues cuando alguien desea a
otra persona con una vehemencia profunda, uno cree que esa otra persona es
segura de sí, que ese otro no tiene fisuras, que es íntegro, fuerte, sin líos,
capaz de sobrellevar lo que sea, pues es merecedor de todo. El verla tan
abatida, tan anímicamente desahuciada, me posicionaba en un puesto de héroe
celestial que nunca había pedido ser, es decir, como nunca me había planteado la
posibilidad de fungir como tal, tampoco había reparado en si tenía cualidades
para ello o no, pero parece que salí bien librado. Pero ella me había preguntado
si le amaba y yo le había respondido que sí.
"Sólo así funciona la confesión, cuando quien la escucha te
ama realmente, cuando tu dolor es su dolor, cuando no le es fácil admitir las
cosas. Déjame contarte el tipo de chica que es esa de la que te has enamorado."
Y así, comenzó a contar la historia de su vida durante el último año, la cual me
conmovió profundamente:
"Cuando llegué a la asociación de Arturo Damián estaba llena
de buenas intenciones, me sometía a la meditación, al yoga, a las runas, incluso
llegué a vender algunas cosas que una compañera elaboraba, unas cremas
inservibles. Sin embargo todo lo podía porque lo hacía con fe, con una fuerza
superior que me acompañaba en todo momento. Era feliz y mi felicidad se la debía
en gran parte a Arturo, pues una no es un ser iluminado e insensible a las
cuestiones del mundo físico. Arturo, a sus cincuenta y siete años se mantiene
apuesto, aunque la edad ya se le nota, pero es indudable que su encanto no tiene
nada que ver con la juventud y mucho menos depende de ella. Desde mi ingreso,
Arturo supo ganarme. La primera vez que me presenté a su asociación lo vi
ofreciendo una conferencia que versaba sobre el "Proceso de la muerte", se
conducía con un garbo y con un control absoluto de su cuerpo, era como un gran
felino salvaje suelto en un salón de baile atisbado de danzantes, donde todos
son incapaces de dejar de admirarlo, donde todos tienen simpatía por él pero le
temen, y cada vez que reviraba al grupo para establecer empatía, clavaba su
mirada en alguno de nosotros. Supongo que a cada participante le hizo sentir lo
mismo en algún momento de la charla, nos hizo sentir lo que sentiría cualquiera
de esos danzantes si advirtiera que el gran felino parece ignorar al resto del
rebaño y fija su peligrosa atención absoluta sobre ti, sólo sobre ti. Tal cual
si ese gran felino estuviese con mucha hambre y fuera el sabor de tu carne, y
sólo el de tu carne, el que le apetecía degustar. Esa vez temblé en medio de un
pavor por mi aniquilación, y un placer muy extraño de ofrecerme en sacrificio a
ese gran felino por el sólo hecho de haberme encontrado distinta al resto del
rebaño. Al finalizar la conferencia, en la cual nos condujo por un viaje
maravilloso por lo desconocido, se humanizó un poquito para despedir a cada
participante, se colocó en el umbral de la puerta y a cada persona, de las
treinta y tantas que habían acudido, les decía alguna frase cortés. Frases
sencillas como "Gracias por venir", "Qué bueno que les gustó", "Los espero el
próximo martes", sin embargo conmigo fue distinto, a mí me dijo "Qué bueno que
has vuelto. Te esperaba", y yo, que desconocía aun en qué consistía la
reencarnación y la recurrencia de vidas pasadas, no supe qué concluir. Lo cierto
fue que sus palabras me acompañaron a donde quiera fue fui, resonando como un
diapasón entre mis sienes, me hacían sentir esperada, aguardada, única y
diferente del resto del mundo. Nunca ignoré que el impacto de tales palabras se
debía en parte a que era Arturo quien las pronunciaba, pues me había parecido
imposible enamorarme de él, por su edad, por su jerarquía, por su evolución
espiritual, con sus palabras hizo en realidad dos cosas, la primera, ponernos
muy cerca, y segunda, abrir una puerta, una posibilidad."
"La próxima semana pasó desapercibido que acudí a la
asociación arreglada en una forma muy atractiva. Y pese a que cada segundo de mi
arreglo me preguntaba qué era lo que quería obtener, nunca me contesté. Él nunca
habló de cosas físicas, ni siquiera era necesario. Él sabía que yo sabía. Era
como si él y yo tuviéramos un conducto invisible que nos uniera. Ignoro si el
resto del grupo percibía que entre él y yo había un nexo especial, puesto que no
creo que disimuláramos ninguno de los dos, acaso nadie replicó porque en el
fondo todos lo amaban. Arturo supo ganarse el corazón de todos."
"Llegado el momento, hice mi ritual de iniciación para poder
entrar a la Iglesia Gnóstica. Discúlpame si te hablo como alguien que está fuera
de ella, pues olvido de repente que estoy hablando con un adepto practicante, y
tal vez esté mal porque puedo afectar tu fe."
Yo dije en voz muy queda, "No importa mi fe. Si es fuerte
nada le pasará con lo que digas. Aunque déjame decirte que me siento más cerca
de ti que de mi fe. No cambiaría lo primero por lo segundo. Nunca."
"Déjame continúo" reparó ella mientras se echaba su cabello
rubio y lacio hacia atrás de su cara, como si quisiera dejar al descubierto que
no mentía, "Ya en la Iglesia Gnóstica conocí a miembros los miembros de la grey,
eran muchos. Conocí también el lumisal, el templo, con su altar, sus columnas,
su león, sus espadas. Todos querían a Arturo, era el centro de todo aquello.
Aunque las prácticas de cadenas de amor eran los martes y los jueves únicamente,
yo acudía a la asociación todos los días, primero una vez al día, a eso de las
seis de la tarde, para meditar, pues aunque podía hacerlo en casa, estaba
convencida que el mejor sitio para hacerlo era en el templo. Luego además de las
tardes lo hacía por las mañanas, para practicar runas al alba y hacer cadenas de
amor matutinas."
"Estaba mejor ahí que en mi casa, donde nunca le había
importado a nadie. Segunda de tres hermanos que fueron paridos muy seguido, mi
leche materna se cortó al mes y medio de que yo nací gracias a que mi madre
quedó encinta de quién sabe quién, puede que del mismo quién sabe quién que le
hizo el favor de engendrarme a mí. Mientras en casa era un estorbo, en la
asociación era una persona importante, llena de cualidades. Nadie podía presumir
de asistir a todos los eventos del grupo, sólo yo asistía a todas las misas, a
todas las meditaciones, a todas las prácticas de meditación, runas, sólo yo
dedicaba el mayor tiempo a vender cosas para la asociación, ahí descansaba mi
seguridad. Era feliz, ¿Quién podría culparme por eso?."
"No reparé mucho en eso, pero Arturo al saber la proximidad
de mi mayoría de edad, empezó a lanzar comentarios en los cuales aparentaba
estar desprotegido porque, al no estar casado ni tener mujer, la asociación
estaba incompleta, pues carecía de una figura importantísima: La Isis. La parte
femenina del cosmos, era un puesto, y estaba vacante. Él puntualizaba que
desgraciadamente al no tener mujer pues no podía cerrarse ese círculo. Remarcaba
que había actividades que debía desempeñar una mujer, tal como la colocación de
las flores en el lumisal, el cambio de inciensos, el lavado de las copas con las
cuales bebíamos el vino de comunión en las misas, quien se encargara del pan, de
la limpieza del lumisal, y sobre todo, de colaborar con su parte energética
femenina en el espacio etérico de aquella casa templo. Él aclaraba que desde
luego se encontraba moralmente impedido para obligar a cualquier adepta a
sostener alkimia sexual con su persona, y que aunque eso le limitaba su
desarrollo personal, era más importante que cada una de nosotras tuviera su
pareja formal y siguiera una vida normal de santo gnosticismo, que teníamos la
libertad de buscar el hombre que nos llenara. Todo eso comentaba a manera de las
desventajas que traía consigo el hecho de que él no tuviera mujer y que la
asociación careciera de una Isis. Mi corazón me gritó: Armida, Tú eres mujer."
"Yo no reaccioné, ni le dije mi interés por realizar todas
las actividades que decía. Era invierno, faltaba una semana para que cumpliera
mi mayoría de edad, fui a la asociación a practicar una cadena de amor por la
humanidad, llegando puntualmente a las seis de la mañana, y contra pronóstico
ninguno de los flojonazos del grupo asistió, por lo que la cadena de amor la
hicimos sólo Arturo y yo. La energía que sentí fue absoluta. Él se molestó tal
vez de que yo no le hiciera ningún comentario de que quería fungir como Isis,
por lo que me atestó un golpe trapero."
"Por la noche, durante la plática, sonó el timbre, lo que era
muy inusual. Arturo dijo "Me disculpan, pero tendremos que suspender aquí
nuestra charla. Ha venido un taxi por mí, pues recibí un fax que exige mi
presencia en un Congreso Gnóstico, dura tres semanas. Practiquen en sus casas,
nos vemos a las seis de la mañana del día seis de diciembre", y así, nos condujo
en rebaño hasta que desalojamos la casona en que estaba la asociación, como si
hubiera un incendio. Las reglas de etiqueta dictaban que no retrasáramos su taxi
con preguntas de última hora. Se despidió de todos como el grupo que éramos, y
de nadie se despidió en lo individual. Por el contrario salimos a la calle en
bola. Alzó su mano diciéndonos "Paz Inverencial", y se trepó en el asiento
trasero del taxi, donde estaba una mujer aguardándole. Nadie como yo observó con
tanto detenimiento a aquella mujer, de unos treinta y cinco años, con un gran
escote, pechos saltones que destacaban por lo blancos que eran envueltos en un
vestido tan negro, cabello ondulado y muy largo, ojos grandes, boca carnosa,
nariz aguileña, con una maldita sonrisa encantadora, misma que pude ver cuando
recibió con cariño, aunque sin contacto, a Arturo, quien azotaba la puerta."
"Aquellas tres semanas fueron el infierno. Nada relativo al
mundo exterior me interesaba. Incluso vagué alguna vez por la casa de la
asociación y trepé la barda para ver si podía entrar al lumisal, pero todo
estaba cerrado. Era como si un demonio se llevara las llaves y me dejara fuera
del universo. Encima pensaba todo el tiempo en Arturo, lo imaginaba abrazado por
aquella enigmática mujer, lo imaginaba follándola, moría de celos. Mi identidad
quedó muy deteriorada durante esas tres semanas. Es probable que Arturo nunca se
hubiese ido a ningún Congreso Gnóstico, era un pretexto para darle una lección a
mi falta de entrega. No se había despedido de mí, me había devuelto a la masa,
me había tratado como a una más del rebaño. El gran felino perdía su interés por
mi carne, justo ahora que cada una de mis células decía cómeme."