- Sí, Alberto... - le acerca una bata blanca que había junto al colchón -.
Alberto Ruiz Acosta; profesor de la falcultad de bellas artes, célebre pintor,
reconocido escritor... y tu amante durante un tiempo, que ahora cría malvas bajo
un mármol gris.
Por un instante, Eric contempla a Cazañas. Sus miradas se cruzan como dos
manos en un pulso. La veteranía y ese aire del sargento, como de hombre que está
ya de vuelta de todo, le proporcionan la victoria. El muchacho desvía con
dignidad la mirada y la pierde en la mugrienta pared de la derecha.
- ¿Y...? - dice, arrogante, mientras tapa con la bata sus muslos -. ¿A qué
viene ese numerito a lo Miami anti vicio? Si espera que diga algo, hágamelo
saber.
Cazañas da unos pasos y el chico se asusta. Está tan cerca de él, que puede
sentir su respiración: pequeñas y quedas inhalaciones, profundas y ruidosas
exhalaciones... Está nervioso, lo sabe; eso es algo que los perros y los
policías detectan muy bien.
- Mucha gente espera que tú digas algo. Es lo mínimo que se puede esperar de
un sospechoso de asesinato, ¿no? Pero, tranquilo, no era eso lo que esperaba;
mas bien un gesto: una señal de dolor, de sorpresa, de disgusto...o, quizás, de
alegría.
- ¿Dolor? - ríe sarcásticamente mientras señala su pulgar y levantaba ya el
índice-, ¿sorpresa?, ¿disgusto?... ¿alegría?... Lo lamento, sargento, pero eso
es algo que no siento. Como ve, no me molesto en fingir que su muerte me importe
más que el debate de la nación que, por otra parte, no he visto en mi puta
vida... - la comisura de sus labios se tuerce hacia abajo en un claro gesto de
indiferencia -. No me apena ni me alegra, sólo me da igual. Lo mismo que me daba
igual él.
Si se ha sorprendido con la declaración, el sargento Cazañas no deja entrever
nada. Su cara es la más opaca de las máscaras. Entonces, saca la mano del
bolsillo y acerca una caja de Malboro a la cara del chico.
- No fumo, gracias.
En la sucia habitación, tan carente de muebles como de luz, el sonido de la
piedra del mechero y el crepitar del cigarro en la primera calada se escuchan
nítidamente.
- ¿Fue a raiz de que le gritaras que lo odiabas y que mejor estaría muerto,
cuando empezó a darte igual... o fue después...?
- ¡¡Yo no lo maté!! - vocifera, dando un puñetazo en el mugriento colchón.
- Pero lo odiabas, eso sí lo sabemos. Una clase entera, la clase del señor
Ruiz en la que usted posaba, es testigo de sus palabras. Dicen que estaba
posando, como de costumbre, cuando se levantó y, antes de salir por la puerta,
lo amenazó de muerte. Aseguran que estaba totalmente fuera de si, en un
auténtico ataque de rabia.
- ¡Adónde quiere llegar, sargento?
El grueso y pasivo brazo de Cazañas se mueve para que la mano que reposa en
el bolsillo izquierdo de sus pantalones, emerja y todo el peso de su índice
acusador pueda recaer sobre el culpable:
- Tú lo mataste... - sentencia, moviéndose lentamente hacia él -. Aquel día,
tal vez porque te había dicho que lo vuestro no podía ser, no pudiste controlar
la rabia y estallaste; pero fuiste lo bastante astuto como para tejer un plan.
Esperaste y esperaste hasta que una noche...
Las débiles y ensimismadas palabras del sabueso son inesperadamente ahogadas
por el frenético aplaudir de Eric. Recostado sobre sus codos, mira a Cazañas de
hito en hito, sin mostrar ningún titubeo.
- Eso es ridículo, sargento... o debo decir, doctor Watson. No tiene ni puta
idea...
De pronto, el sosiego con que Cazañas se le había acercado, se transforma en
una violencia incontrolable que lo levanta en volandas del colchón, tirándolo al
suelo como quien tira la basura.
- ¡¡Mira, mocoso - grita -, no tienes ni idea del lío que se te viene
encima!! Estás acusado de asesinato y más te vale cooperar si no quieres dar con
tu culito en la cárcel...
El contacto visual resulta estremecedor. Cazañas mira al muchacho desde
arriba; y lo hace aún rojo de rabia, secándose el sudor de la frente mientras
sus dilatados ojos verdes se pierden por la anatomía de un mundo mil veces
explorado y que la indiscreción de la bata abierta le permite ver: un cuerpo
blanco, quizás un poco demacrado, sí, pero tan sedoso y brillante que le resulta
seductor.
Una mirada cómplice y lo que parece ser una sonrisa emergente, saca al
sargento de su ensoñación. Perturbado, se lleva las manos a los bolsillos y
petrifica en el colchón su mirada.
- ¡Levántate, coño! - le ordena.
- ¿Qué es lo que me acusa? - inquiere, recuperando la verticalidad -. ¿Qué
les hace pensar que lo hice yo?
Cazañas sigue de espalda, tratando de recobrar algo de la fría
profesionalidad que había forjado en tantos años de duro trabajo y que ese chico
había roto en un segundo.
- Todo. Ningún tribunal de este país te absolvería - su voz suena extraña, él
parece notarlo y la hace aún más profunda y mecánica -; es lógico si tenemos en
cuenta los hechos. Unas semanas después de esa escena de rabia, ante tanta
gente, el señor Ruis es hallado muerto. ¿Adivinas a qué conclusiones llegó el
forense?
Eric mira el ancho cuello de Cazañas y se rasca un testículo.
- ¿Por qué debería saberlo? - pregunta y se deja caer en el colchón.
El sargento, al fin, se da la vuelta y le clava la mirada, ya recompuesta, de
nuevo sin transmitir el más mínimo resquicio de sentimiento. Entonces, comenta:
- Que se trataba de un asesinato: envenenamiento por estricnina - Cazañas
sonríe al ver la cara de perplejidad que se le ha quedado a Eric. Satisfecho,
continúa -. ¡Qué suerte de coincidencia¡ Porque resulta que tu padre es
farmacéutico...
Se detuvo al notar cierta humedad en los ojos de Eric.
- Tranquilo, Eric - le dice con una voz sosegada, tranquilizadora, al tiempo
que deja caer su mano sobre el tiritante hombro del chico -. Ahora que entiendes
la gravedad del asunto, trata de calmarte y contarme todo lo que sepas, lo que
te llevó a decirle aquello, a odiarle... cómo le conociste, cuál era vuestra
relación y, tal vez así, me pongas sobre la verdadera pista del asesino.
Eric, que había permanecido con la cabeza gacha, sintiendo como las lágrimas
resbalaban por su mejilla, dice:
- De acuerdo - pasa una mano por sus párpados -. ¿Podemos ir a otro lugar?
Cazañas se muestra de acuerdo:
- Conozco una cafetería en la que podremos hablar con tranquilidad -
entonces, añade -. Te espero fuera...
Con las manos en los bolsillos, Cazaña cruza el umbral y se queda apoyado
contra la pared del pasillo. Trata de cerrar los oídos, de ignorar que cada
rincón de ese lugar está embriagado por el sexo; pero ese perfume le resulta
demasiado seductor y termina entregándose a la eterna melodía de esas paredes;
una música formada por acordes de gemidos y de jadeos, de respiraciones agitadas
y de gritos.... gritos de dolor, gritos de placer...
Nota del autor: Es curioso esto de escribir. De repente un día se te
ocurre una idea para una historia, trazas el argumento y, cuando lo llevas a la
pantalla, terminas en un punto que no venía en el mapa. Eso me ha pasado con
esta historia... así como con tantas otras; pretendía ser una historia de cuatro
capítulos y, por lo que veo, necesitaré otros cuatro para desarrollar bien la
trama y darle el bendito "golpe de efecto;)"
¿Habéis escuchado alguna vez esa canción de Enya, que a mí me ha robado el
alma, titulada "Only time"? Dice algo así como que: "¿Quién puede decir adonde
lleva el camino o hacia adonde fluye el día? Sólo el tiempo...." pues eso. No sé
hacia adonde me llevarán estas notas, estas ideas en el aire, sujetadas a duras
penas en una servilleta de la cafetería de la facultad... pero ya he zarpado
rumbo hacia el final... y ya sabéis que se aceptan todo tipo de sugerencia,
críticas y saludos para darme ánimos y no desfallecer en el trayecto;)
(POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO)
Un beso... A L E J A N D R O