El Despertar de una casada

El Despertar de una casada (14)

Este relato que van a leer, aunque
muchos no lo crean, se basa en una experiencia que tuve hace un par de
años. Mi nombre es Susana, tengo 30 años, soy profesora y,
por lo que me dicen, muy atractiva. Estoy casada desde hace cinco años
y, hace exactamente dos, mi marido y yo decidimos hacer un viaje a Egipto.

Bueno, me saltaré los detalles
que no creo que sean muy interesantes. Una vez en El Cairo, y como todos
los turistas, salimos inmediatamente, cámara en mano, a recorrer
sus calles y ver sus gentes.

Dos días después de
llegar, un autobús nos esperaba para hacer una visita al Valle de
los Muertos. Recuerdo que éramos sobre doce personas las que esperábamos
en el hall del hotel cuando apareció nuestro guía. En cuanto
le vi no pude dejar de fijar mi mirada en él, me pareció
extremadamente guapo, era alto, muy moreno y con unos penetrantes ojos
negros que me hacían ruborizar. Yo creo que él se dio cuenta
porque durante el trayecto se dirigió a mí en muchas ocasiones.

Llegamos y bajamos del autobús
pero cuando íbamos a entrar en el templo de Luxor recordé
que había olvidado en el asiento mi cámara de fotos. Le dije
a mi marido que continuara que yo alcanzaría al grupo más
tarde. Empecé a correr y cuando llegué estaba él solo,
me miró de una forma muy peculiar pero yo, un poco desconcertada,
me dirigí a mi asiento. Él me siguió y, al darme la
vuelta, lo tenía prácticamente encima.

Me asusté un poco, la verdad.
Pero enseguida quedé hipnotizada por su aliento, que sentía
muy cerca de mí y por la fuerza de su mirada. Me quedé sin
saber qué hacer. Quería salir de allí pero, al mismo
tiempo me daba mucho morbo la situación.

Amehd, que así se llamaba
el guía, bajó la mirada de mis ojos a mis tetas. Debo decir
que tengo unos pechos grandes (uso una talla 100) y que siempre suelen
llamar la atención. Yo llevaba una camiseta con un escote muy generoso,
sin sujetador y me daba cuenta de que Amehd, desde su posición,
me estaba viendo todas las tetas. Aquello me puso cachonda. No lo entendía
porque yo nunca había engañado a mi marido. Ni siquiera lo
había pensado. Pero en aquel momento notaba como mis bragas se estaban
humedeciendo muy deprisa. Y mis pezones se habían endurecido tanto
que se marcaban fuertemente bajo la camiseta.

Ahmed debió darse cuenta,
porque me sonrió de forma maliciosa y metió una de sus manos
bajo mi falda. En un segundo, sus dedos ya estaban acariciándome
las bragas, de forma que notó cómo se me habían mojado.

-Te voy a comer el coño,
me dijo.

Aquello me puso fuera de mí.
Desplacé una de mis manos hacia su pantalón y agarré
directamente su paquete. Lo que palpé me asustó. O tenía
dentro del calzoncillo algún arma, o su pene era descomunal. Lo
notaba muy duro y mientras Amehd me bajaba las bragas, yo abrí su
bragueta y dejé salir aquella enorme polla al exterior. Para entonces,
el guía ya me estaba metiendo la lengua en la boca, pero me separé
porque no quería perderme la vista de aquel pollón. Era gigantesco.
Lo agarré bien con la mano y lo empecé a frotar.

Amehd sin embargo, me dio la vuelta
dejándome tumbada sobre los asientos, me levantó la falda
y enseguida noté su lengua metiéndose en mi culito. La sensación
fue tan maravillosa que no pude evitar lanzar un suspiro y abrir las piernas
todo lo que pude. Eso animó a Amehd que me empezó a chupar
el coño de una forma que jamás habría soñado.
Me metía la lengua dentro de la vagina, me la pasaba por toda la
raja, jugaba con mi clítoris. En apenas unos minutos sentí
como me llegaba un enorme orgasmo que me dejó extasiada. Antes de
que pudiera recuperarme, Amehd me volvió a dar la vuelta y me ordenó:
chúpamela.

No me lo tuvo que decir dos veces.
Aquel pene maravilloso era lo que más deseaba comer en el mundo,
así que abrí la boca e introduje en ella todo lo que pude,
hasta que noté el capullo de aquel hombre en mi garganta. Aquella
polla era tan grande que me obligaba a abrir la boca a tope, pero cuanto
más me esforzaba, más me gustaba. Miré hacia Amehd,
que me miraba a mí con sus ojos penetrantes. La situación
me mantenía súper excitada: comiéndole la polla a
aquel moro en medio de un autobús en el que cualquiera podía
entrar. Después de chuparle la polla durante un rato no pude aguantar
más. Me la saqué de la boca y le dije:

-Fóllame. Méteme tu
polla hasta el final.

Amehd me sonrió de nuevo.
Me puso en la misma posición en la que me había comido el
coño pero esta vez, en vez de meterme la lengua, sentí cómo
entraba aquel pene descomunal y me iba llenando el coño de una forma
interminable. Cuando creí que estaba llena solté un gemido,
levanté la cabeza y, al fondo del autocar pude ver a otro de los
turistas, agazapado, cómo miraba toda la escena. Él se dio
cuenta de que lo había descubierto, pero lejos de ruborizarse o
irse de allí, se mostró entero: tenía las bermudas
en los tobillos y se estaba masturbando mientras veía cómo
Amehd me follaba. Me volví a girar. No sabía qué pensar.
Pero todo se iba a complicar porque ahora veía a mi marido acercarse
al autocar.

No sabía qué hacer,
yo no podía parar pero era consciente de lo que se venía
encima. En una fracción de segundo miré a ese turista, él
también me miró a mí. Inmediatamente comprendió,
se subió los pantalones, bajó del autocar y fue a hablar
con mi marido. No sé qué le dijo pero sirvió para
que se diera la vuelta y desapareciera. Respiré tranquila.

Mientras, Amehd seguía follándome,
no había parado en ningún momento, cada vez las embestidas
eran más fuertes, pensé que me iba a romper, pero me daba
igual, nunca había disfrutado tanto con el sexo ni pensé
que se pudiera alcanzar tanto placer. Yo no quería, ni podía
parar. De pronto, apareció ese turista que me había salvado
la vida. Le miré y él supo lo que yo quería. Se quitó
las bermudas y me metió la polla en la boca, aquello era monumental
y yo me sentía en otra dimensión. En un momento sentí
que Amehd se corría dentro de mí. Su cálida leche
inundaba mi coño y, antes de que me pudiera dar cuenta, el fornido
turista no pudo aguantar más la calidez de mi boca, que le chupaba
la polla con gran intensidad y se corrió con un gemido. Fue una
corrida fabulosa. De aquella polla no paraba de salir leche que me llenó
la boca y luego me salpicó toda la cara y el pelo. De repente me
encontraba allí, en el autocar, sin bragas, con la falda remangada
hasta el ombligo, las tetas fuera de la camiseta y un buen montón
de semen resbalando por mis mejillas y por mis piernas. Amehd y el turista,
que se llamaba Ramón, me ayudaron a arreglarme un poco y me acompañaron
de nuevo con el grupo. Por el camino, Ramón me invitó a que
nos viéramos por la noche. Yo no le prometí nada, pero le
dije que si podía convencer a mi marido, iría a su habitación.

Todo transcurrió con normalidad
hasta la noche. Mi marido y yo nos fuimos a cenar al restaurante. Allí
pude ver que en una mesa cercana se encontraba Ramón acompañado
de otras dos mujeres y otro hombre, que pertenecían al mismo grupo
de turistas que viajábamos por Egipto. Intentaba que mi marido no
se diese cuenta, pero constantemente lanzaba mi mirada hacia Ramón
y su grupo. En una ocasión, me dirigí al lavabo y pasé
junto a él. Me rozó un poco con la mano en la pierna mientras
pasaba, sin que nadie se diera cuenta. Cuando llegué al lavabo,
me percaté de que me había mojado otra vez. ¿Me estaba
convirtiendo en una golfa?

Subimos a la habitación después
de que yo fingiera un dolor de cabeza. Mi marido me dijo que él
también estaba cansado, así que nos fuimos los dos a dormir.
Cada uno en su cama. Cuando noté sus ronquidos, me puse un vaporoso
salto de cama y salí de la habitación. La de Ramón
estaba casi al lado. Llamé, pero nadie contestó. Volví
a llamar y, como seguía sin oír nada, abrí la puerta.
La habitación estaba completamente a oscuras. Pero en mi nueva condición
de mujer audaz, decidí arriesgarme y entrar. Apenas había
dado dos pasos dentro, cuando sentí como cerraban la puerta y unos
brazos vigorosos me cogían por la cintura. Una mano tapó
mi boca y evitó que saliera el grito que ya estaba lanzando. Mi
salto de cama acabó en seguida en el suelo y yo me dejé hacer,
pensando que Ramón había decidido darme una sorpresa. Y así
era, porque, tras quitarme las bragas, empezó a pasarme su polla
por el culo. Me empecé a relajar y noté como dos manos acariciaban
mis tetas. Aquello era delicioso. Pronto noté que otra polla de
considerables dimensiones se rozaba con mi vientre. ¡Dos pollas!
Aquello era más de lo que esperaba. La mano que me tapaba la boca
se retiró y los brazos que me sujetaban me obligaron a reclinarme
hacia el suelo. Me puse de rodillas y entonces fue cuando noté la
tercera polla. Que me acariciaba la cara. Había perdido el juicio
y ya no podía más, así que la recogí en mi
boca y la empecé a chupar. Mientras lo hacía, con los ojos
cerrados, noté un fogonazo de claridad. Alguien había encendido
la luz. Lo que vi aún me calentó más:

No era la habitación de Ramón.
Había dos hombres, a los que no había visto anteriormente,
y Amehd, el guía. Los tres con sus enormes miembros erectos. Aquello
era un sueño y yo era feliz, nunca había sido tan feliz.
Quería comerme todo.

Entre los tres me cogieron y me
depositaron en la cama. Suavemente uno de ellos me separó las piernas
y abrió mis labios como invitando a su amigo a probar aquello tan
húmedo. No se hizo de rogar, y comenzó a lamer. Mientras,
el primero situó su polla frente a mi boca que no hacía más
que succionar, cuanto más chupaba más grande se hacía,
parecía iba a explotar y de hecho explotó. Soltó toda
su leche en mi cara, estaba empapada pero yo quería más.
De pronto noté que mientras el que me comía el coño
metía su polla, el otro me volvía a meter el pene en mi boca.
Yo casi no podía ni respirar ni abrir los ojos de tan mojada que
estaba, por abajo y por arriba, pero no quería dejar de chupar aquel
manjar. Aquello era el mejor de los sueños, no quería que
terminara pero llegó el momento en que nos corrimos los tres a la
vez. Nos limpiamos como pudimos y, a modo de despedida, me metieron la
mano en la vagina. Me dijeron que ese sería nuestro saludo cada
vez que nos volviéramos a ver. No lo entendí hasta que al
día siguiente, viendo un espectáculo nocturno con mi marido
noté una mano en mi coño, me giré y era Ramón
que me sonreía.

Ni que decir tiene que fue el mejor
viaje de mi vida. A partir de entonces decidí viajar yo sola. Pero
eso será motivo de otros relatos…

Susana

 

Resumen del relato:
    Una mujer descubre en un viaje a Egipto que desea ser follada sin tregua, no sólo por su marido sino por los amantes ocasionales que puedan surgir.

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