Violación de un policía

Violación de un policía (10)

Violación de un poli

Todos mis compañeros se habían largado ya de la obra cuando
apareció. Serían las tres de la tarde y hacía un calor de locos. Era el
principio del verano y a partir de las cinco de la tarde ya no había ni dios que
trabajase en ese pueblo. Se acercó por la obra justo para ver como los peones
más jóvenes se marchaban con sus motos y sus coches modificados a restregarles
la picha a sus novias, así que me tocó a mí recibirle. Y vaya recepción. De
entrada me deslumbró con su sonrisa propia de quien confía en la bondad de los
extraños, enmarcada en su silueta de oso fuerte. Era un policía de uniforme,
delante de su coche. Grande, de mediana edad, Me costó mantener la vista en sus
hombros anchos y su rostro, enmarcado con una barba castaña, casi rojiza, y un
pelo corto a juego, rematada con unos ojos azules y tiernos, que dudo mucho
fueran capaces de ver el mal, tal como se le supone a un policía, o no me habría
cogido la mano cuando se la ofrecí.

Le di un buen apretón de mano, exhibiendo mi antebrazo fuerte
y venudo.

- Buenas tardes, jefe.- le saludé intentando parecer el
típico jefe de obra.

Sin perder su sonrisa, el mosso (mozo, así le llaman a la
policía autonómica de Cataluña) no pudo evitar desviar su mirada a mi apestosa
camiseta mojada, que se pegaba a mi piel y a mis pectorales pringosos por el
sudor.

- Disculpe- le dije al respecto- No hay quien trabaje con
este calor.

í‰l captó inmediatamente mi referencia vaga a mi aspecto y me
sonrió para no incomodarme más, me imagino.

- Si no le importa…- dijo mientras se sacaba la chaqueta
reglamentaria y se deshacía el nudo de la corbata.

Dejó sus ropas en el sillón del conductor de su coche, del
que emanaba el aura fresca y seca propia del aire acondicionado. Pero apenas
sentí eso ya que aproveché para evaluar su anatomía con voracidad. Era un hombre
fuerte, un oso de verdad. No se le veía aspecto de culturista, se le veía como
el típico hombretón de músculos densos y voluminosos, pero poco definidos, con
la clase de fuerza que dura toda la vida. Más o menos como yo, pero sé muy bien
que a los jovencitos les impresiona más ver músculos definidos, y por eso me los
trabajo en el gimnasio.

- Verá, vengo a hacer la inspección regular de permisos- me
dijo el policía.

- Ah, si.- le contesté.- Pase dentro, se está más fresco.

El policía asintió con un breve golpe de su cuello ancho y se
adelantó hacia la obra con una sonrisa y los ojos entrecerrados, cegados por la
luz del sol de verano. Le pasé diligentemente un casco de obra cuando llegamos
al interior de la casa, y él pareció recibirlo como un regalo inesperado. Ya os
he dicho que este hombre parecía no olisquear el mal en ninguna situación. Y
esta vez no lo digo por mí, sino por la cantidad de cosas que pueden caerte en
la cabeza en una obra abierta al viento. Se quitó la gorra y la substituyó por
el casco amarillo chillón de obrero, como un niño probándose un disfraz. Al ver
semejante ejemplar de macho investirse con uno de mis fetiches, todo mi aparato
reproductor entró en alerta roja, y uno por uno empezó a activar los mecanismos
necesarios para la batalla. Pude sentir como mis cojones empezaban a destilar
esperma para la misión y se volvieron grávidos en mis pantalones cortos de
trabajo. Intenté desvincular mi mente de esa actividad porque sé que lo que
viene después es mi erección de caballo patentada, y no quería que mi pobre
víctima tuviese pistas tan evidentes de mis intenciones.

- Vienen bastante ¿no?- le dije, en referencia a que habían
venido varias veces las autoridades a comprobar las licencias.

Pasamos entre la jungla de soportes que apuntalaban el techo
y le llevé a los bidones que usábamos como mesas en el primer piso de la obra,
donde guardábamos también durante el día los documentos en una carpeta.

- La gente no está muy contenta con que se esté construyendo
tanto en este pueblo.- comentó, dejando claro por su tono que él tampoco
aprobaba nuestro trabajo allí.

Yo ya había construido un par de casas en aquel pueblo.
Sabíamos que el que nos la encargó solo la quería para especular, y muchos otros
también construían por esa razón. El suelo de aquel pueblo se había encarecido
mucho desde que se instaló la nueva estación de ferrocarriles, ya que eso lo
dejaba a un paso de las principales ciudades. Por eso muchos constructores
habían convertido ese pueblo en un lugar de residencia en los extrarradios para
ricos. Eso no le gustaba mucho a la gente que había nacido allí, que debía
desembolsar cantidades absurdas de dinero para poder comprar su primera
residencia en su propio pueblo.

- En el ayuntamiento hay una parte de gente que quiere que se
siga construyendo, por el dinero, claro, y otro grupo que quiere hacer lo
imposible por asustar a los constructores.- argumentó el policía.

"Lo que tu digas, machote" pensé mientras le acariciaba su
amplia espalda con la mirada. Le di la carpeta con los documentos y me acerqué a
la nevera portátil que guardábamos para los descansos. Cogí un par de cervezas
frescas de la nevera. Junto a ella también guardábamos algunos útiles, que en
realidad era lo que me interesaba coger.

- Muchas gracias.- me dijo el policía, regalándome otra
sonrisa que hizo que mi rabo babeara hambriento.

Esperé sentado en un bidón a que se terminara la cerveza
mientras repasaba el papeleo. Me quité la camiseta exponiendo mi amplio torso a
la tenue brisa y comprobé que desde aquel sitio, como de costumbre, nadie nos
vería desde la calle. Flexioné mis pectorales peludos y mi vientre macizo, con
la piel tensa por los abdominales de piedra bajo ellos. Es mucho más fácil hacer
trabajar a los peones jóvenes si tienes algo con lo que impresionarlos y ganarte
su respeto. Algunos jefes se compran coches caros, yo me pongo fuerte como un
toro. Sé que muchos de estos chavales salen del ejército profesional,
desilusionados por las condiciones laborales. Pero cuando salen esperan trabajar
con alguien fuerte tanto física como mentalmente, como un militar. Eso no te
viene en ningún coche caro. Has de trabajártelo y yo lo tengo. Esta cualidad
también me ha proporcionado la oportunidad de partir algunos culos jóvenes y
vírgenes de vez en cuando, y mis compañeros de trabajo más antiguos lo saben.
Saben que cuando a veces desaparezco con un joven macho de cabeza rapada y culo
fuerte a la hora del almuerzo, vuelvo a trabajar con el sabor en la boca de la
polla del chico, el olor de su entrepierna en mi bigote y mi barba de dos días,
y a veces su semen fresco y joven resbalando por mi garganta hacia mi estómago.
Y el chaval aparece con el aroma de mi leche en su pecho, y alguna vez con mi
semen en sus entrañas, manchándole los calzoncillos.

Pensando en todo aquello, me puse mucho más cachondo, y vi el
sudor formándose en la frente de aquel pedazo de mosso mientras intentaba
entender los documentos. Aquel sudor me descolocó. Me levanté lentamente, me
acerqué sin despertar suspicacias por la espalda, y le bajé de un tirón los
pantalones hasta las rodillas, probablemente cargándome algún botón o el
cinturón del policía en el proceso. El policía, completamente descolocado, se
fue a coger el pantalón para subírselo, instintivamente, momento que aproveché
para cogerle las muñecas y envolvérselas con tiras de plástico de las que usamos
para sujetar tubos y cables. Las había visto utilizar por los policías
americanos en alguna serie, y creo que son más útiles que las esposas.

- Pero… ¿Qué hace?- se sorprendió él.

Aproveché su confusión para sacarle el cinto con la pistola y
las esposas, y mientras intentaba liberar sus piernas de sus propios pantalones,
le esposé el tobillo a uno de los soportes que apuntalaban el techo.

- No se mueva mucho que se nos cae el techo encima.- le
advertí con indiferencia.

Era mentira, pero él se lo creyó todo.

- Suélteme. ¿Pero qué hace, imbécil?

- Nada que no me haría a mi mismo.

Ahora que tenía a ese oso macho atado y casi domado, pude
empezar a recrearme. Podía disponer de él de espaldas o de boca, apoyándole en
un bidón u otro. Le empecé a desabrochar la camisa, mientras él me miraba con
ojos aterrorizados. Como esperaba, aquel pueblo era muy pacífico, y el mosso
estaba acostumbrado a que los problemas se limitaran a borracheras o algún robo
ocasional. Tenía la guardia baja. Descubrí su amplio y fuerte pecho pelado. Se
debía afeitar, que pena. Pero su piel tenía un tono anaranjado, casi enrojecido,
muy seductor. Su vientre fuerte sobresalía como un único monte de carne. Los
músculos estaban ahí, bajo la piel, densos y resistentes, pero su vida tranquila
de poli local no se los destacaba como a mi, que se me notan las curvas de los
abdominales. Con esfuerzo, pero gracias a mi experiencia, le conseguí quitar la
camisa sin liberarle. Creo que el pobre mosso no sabía lo que le esperaba hasta
que me bajé los pantalones yo también. Mis calzoncillos de diseño estaban
deformados por la presión de mi miembro viril y me daban un aspecto atlético. Mi
víctima llevaba unos calzoncillos muy normales, casi de crío. Creo que él se dio
cuenta de eso y se avergonzó un poco. En su paquete no se observaba ninguna
actividad, porque estaba aterrado. Me puse sobre él y le rocé mi paquete con el
suyo, para que sintiera a través de la tela el calor que su presencia producía
en mi cuerpo. Hubo un breve y neumático forcejeo entre nuestros bultos hasta que
mi falo se alineó entre los voluminosos cojones del policía.

- Por favor- intentó negociar el poli.- Estoy casado…

Me dio igual, le besé en los labios, explorando su
resistencia. Encontré su boca muy hostil, y me dije a mi mismo que mi rabo no
entraría ahí dentro.

- Le detendré por acos…

Le mordí los pezones y se los succioné hasta dejárselos
erectos, liberando un pequeño río de babas en el esternón, entre uno y otro, que
se extendió hacia el vientre. "Cuando acabe contigo habrán cosas que te
avergonzarás de admitir" pensé. Le bajé los calzoncillos y descubrí su rabo
blando con sus dos cojones peludos, grandes como ciruelas, luchando por espacio
donde respirar entre sus piernas unidas. Le comí la polla y se la succioné,
poniéndosela morcillona, mucho más grande que antes. Le envolví los cojones con
mi boca, con dificultad, y luego solo uno y luego el otro. Los tenía enormes y
duros, los gruesos conductos que mantenían sus cojones unidos a su vientre
palpitaban contra mi lengua. Le mordí levemente el cojón izquierdo mientras veía
sus piernas fuertes y anchas como troncos temblar por la tensión y la
indefensión. Luego me levanté y le observé. Todo su torso creciendo y
relajándose en respiraciones aterradas. El policía, con su cara de oso
agonizante, no conseguía articular palabra. Me bajé los calzoncillos de diseño y
mi falo surgió con la fuerza de un muelle de acero. Recto y duro. Casi dieciocho
centímetros de carne púrpura, fornida y envuelta en venas oscuras y gruesas como
cables, que parecían evitar que mi carne estallara o creciera aún más.

Antes de darle la vuelta a mi presa, pude observar en él sus
ojos aterrorizados cuando sintió el volumen del espolón con el que yo amenazaba
el esfínter que resguardaba su orgullo. Le masajeé la espalda para
tranquilizarle. Tenía una espalda de guerrero, y un culo ancho y unas piernas
que me parecieron descomunales, de corredor o futbolista. Me recosté sobre él,
depositando mi polla entre sus glúteos, para que constatara mis medidas a través
del tacto de lo que se le venía encima. Mientras le hablaba, cogí mis
calzoncillos y se los pasé por la boca. Le llené la boca con el trozo de mi ropa
interior que olía más a cojones sudados tras un día de trabajo y se los até a la
nuca.

- Esto que sientes en tu culo no es una polla- le dije- es el
camino al placer más absoluto o al dolor más lacerante. Tú eliges. Yo quiero
verte sufrir el placer, pero si aprietas el culo, si no me dejas entrar bien, te
dolerá, sangrarás como un cerdo destripado y no podrás volver a sentarte sin
acordarte de mí.

Exageré un poco, pero si se había tragado lo de que si movía
la pierna atada al soporte del techo, este se caería, se tragaría cualquier
cosa. Me separé de él y andé con mi rabo tieso hasta mi bolsa de deporte, donde
guardaba mi ropa y el lubricante por si surge la ocasión. Observé como el
policía no perdía de vista mi miembro oscilante y recto entre mis piernas.
Quizás estaba intentando calibrar su volumen, prepararse para la cantidad de
dolor que podía sufrir si le atacaba con ese pedazo de carne. Me sentí un poco
exhibicionista y moví mi falo con los músculos de mear, hinchándolo, para que se
alzara, sin tocarlo con mis manos. Se asustó todavía más. Cogí mis cosas y
recuperé el contacto con su cuerpo.

En todo momento, mi presa lanzaba gemidos, como rogando, pero
cuando empecé a lamer su ano para relajárselo estos gemidos se interrumpían por
breves segundos de incredulidad.

- ¿Es que tu hembra no te ha lamido nunca el culo, machote?-
le pregunté divertido.

Su trasero olía a culo y sudor, pero valía la pena notar como
se relajaba poco a poco. Pero perdí la paciencia, mi falo palpitante me pedía
más. Le esparcí una buena cantidad de lubricante transparente en el culo, y me
dediqué a extendérselo por fuera y por dentro, con un par de dedos traviesos.
Cuando mis dedos entraron en el cuerpo de mi pobre presa, él se puso a llorar.
Treinta y cinco años de macho policía, la edad que debía tener, lloraban como un
niño ante mi asedio. Se acababa de dar cuenta de que iba a ser violado. Me
lubriqué el rabo sin más dilación y deposité la cabeza en su ano.

- Ahora es cuando tienes que dejarme darte placer.- le dije
recostando mi torso contra su espalda.

Cuando me separé de él para dirigir mejor la maniobra de
violación, noté como nuestros sudores se mezclaron. El de mi pecho y el de su
espalda. De sus axilas manaba un olor que me excitaba y me ponía furioso. Era su
miedo, su pánico. Empecé a presionar con mi poderoso culo, veterano en estos
menesteres. Mientras, mi macho se sometía abrazando el bidón en el que le apoyé.
Su cara se enrojecía. Se resistía.

- Ablanda el culo o entraré de un golpe y te partiré en dos.-
le advertí.- Ten valor.

El hizo lo que un hombre adulto y virgen, fuerte como un
toro, hace con su virilidad puesta a prueba. Rindió su culo y se convenció poco
a poco de que su hombría no dependía de su virginidad anal.

- Así…- le informé.- La cabeza ya está dentro.

Mi policía soltó el aire, tras el esfuerzo inicial.

Enterré mi descomunal espolón de carne centímetro a
centímetro. El macho gemía a gritos de dolor pero yo detenía el paso y volvía a
clavar cuando notaba que se acostumbraba. El lubricante no hacía mucho más
fáciles las cosas. A mis ganas de hacerle gozar, se contraponía mi deseo animal
de imponerme a aquel macho y consagrar con mi semen su hombría. Quería ver
entrar y salir mi polla de aquel tío, ungida en sangre y semen, con gritos de
dolor aplaudiendo mi faena. Pero me contuve, y poco a poco ensarté completamente
el cuerpo de aquel policía. Cuando finalmente mi escroto afeitado chocó con los
enormes cojones de mi hombre, me sentí tan macho que le ofrecí una demostración
de hombría, empujando hacia su interior con tal fuerza que le levanté del suelo.
Sus pies apenas tocaban de puntillas en el suelo mientras él se aferraba al
bidón y gritaba, llorando. Lo tenía ensartado en mi polla como un soldado
victorioso que, tras una lucha a muerte, empala a su enemigo en su lanza con un
júbilo sádico. Durante un segundo, sin embargo, el policía se calló, y se quedó
con los ojos abiertos. Creo que fue la primera vez que le toqué su próstata.

Finalmente inicié la follada. Empecé a embestirle con
rapidez, horadándole con movimientos ligeramente rotatorios, buscando de nuevo
ese silencio que le sobrecogió cuando le empalé por completo. Pero mi policía
seguía gimiendo y mordiendo mis calzoncillos con los que le amordacé como si le
estuvieran destripando, así que me olvidé del altruismo y pasé a movimientos
largos y empujes contundentes, que hacían que el hombre se sacudiese al recibir
todo el impacto y sus músculos temblasen brevemente en cada embestida. Poco a
poco, el pobre macho encontró un ritmo en la respiración acorde con mis
esfuerzos y no tardé en reconocer en la forma en que se arqueaba su cuello y su
espalda la influencia del contacto de mi falo con su próstata. Incluso su culo
ascendió para que mis idas y venidas llegaran más cómodas y profundamente al
lugar en el que su dolor se hacía tolerable y casi deseable. Me tumbé sobre su
espalda para que sintiera mi aliento de macho en celo en sus hombros sudados. En
su hermosa cara, los rasgos que se me habían antojado los signos de una
virilidad pacífica y paciente, se apretaban en una mueca de dolor, pero su boca
permanecía cerrada, y de sus párpados cerrados manaban lágrimas. Separé un poco
más sus piernas con uno de mis pies y le embestí de nuevo, un poco más
profundamente. Esta vez se le escapó un gemido que reconocí de algunos de mis
potrillos jóvenes y vírgenes que se entregaban a mi entre jornadas.

Con impaciencia, metí una mano bajo su cuerpo. Recorrí su
vientre redondo y macizo, cubierto por una película de sudor, y descendí hasta
su entrepierna donde me esperaba mi premio. Aquel policía tenía un falo corto
pero grueso, quizás quince centímetros de suculenta carne sin circuncidar. Se
curvaba ligeramente hacia arriba, en un ángulo perfecto, y llenaba mi mano por
completo. En la punta, como postre, sentí la textura del fluido preseminal. Tras
ese digno miembro, sus dos cojones se apretaban alrededor de su pene, cuyo
tronco era visible hasta el ano, donde mi aparato operaba implacablemente.
Desplacé todo el aparato reproductor de mi presa hacia atrás, para poder sentir
sus cojones chocar con los míos. El asedio de mi ariete prosiguió, incansable,
excitado por el ritmo del palmeteo de sus bolas de toro contra las mías. El
policía había regresado al corazón de su conciencia, su estado de animal, ávido
de sensaciones, cuyo único lenguaje eran unos jadeos cortos y potentes que se
imponían incluso a mis gemidos viriles. A los pocos envites, mi voluntad quedó
anulada por mis huevos, me enterré en él como un gladiador que apuñala a su
rival tras un combate frenético. Lo rellené de semen entre convulsiones pélvicas
que me quitaron el aliento durante un par de segundos. Mi miembro perdió parte
de su agresividad y me retiré lentamente de las entrañas de mi amigo.

Mi falo dejó el ano del policía muy abierto y rojo, pero no
parecía roto como temía. Súbitamente, del ano desencajado de ese hombretón
grande y enrojecido manó mi semilla en gruesos chorros blancos. Esa hermosa
visión me hipnotizó, y solo me despertó el chapoteo sordo que hizo mi leche al
caer sobre el hormigón que puse allí con mis amigos obreros casi un mes atrás.
Di la vuelta a mi presa, que resollaba con los ojos apretados como el soldado de
las películas al que le acaban de extraer una flecha. Su erección de concurso
seguía allí.

Me lubriqué un par de dedos y los enterré en su ano
enrojecido. Hurgué en sus intestinos y le masajeé la próstata. Me costó mucho
tiempo de práctica con mis jóvenes machos aprender esto, pero ahora me sale
siempre. Al poco rato mi presa mejoró su erección. Su miembro casi ennegreció,
sus cojones ascendieron y se pegaron alrededor de su falo, como los cargadores
de un arma de fuego. Sus gemidos delataban algo más que dolor. Era un placer
desconocido que su cerebro desentrenado no sabía catalogar. El policía abrió sus
ojos lagrimosos para ver que le estaba ocurriendo. Su grueso falo curvo era un
monolito purpúreo foco de un extraño ritual oscuro que tenía lugar en su propio
cuerpo, en su reino íntimo y sagrado, que nunca había sido profanado. Su cuerpo
le dio la respuesta que sus ojos buscaban en forma de una eyaculación bestial
que yo nunca había visto. Los tres primeros chorros llegaron muy lejos, los
perdí de vista, después, su polla extendió tres densas cuerdas de semen a lo
largo del torso de mi montura.

El policía cerró sus ojos, que le volvían a llorar. Su cuerpo
le había traicionado. Todavía entre convulsiones post orgásmicas, su rostro
reconocía al fin el placer. Su cuerpo se rendía al fin a mis regalos. Lamí las
pruebas flagrantes de esa traición del corpachón agotado de mi compañero. Su
semen era cremoso, empalagoso, lleno de substancia. Masajee el cuerpo de mi
compañero involuntario. Luego le retiré mis calzoncillos de su boca. Le abrí las
esposas y liberé su pie. El policía parecía demasiado confuso o agotado para
reaccionar. Cogí unas tijeras y le liberé las manos. Le fui a entregar su ropa,
pero me sorprendió con un puñetazo. Y luego otro.

Eran puñetazos inexpertos, casi inconscientes, pero puñetazos
al fin y al cabo. Me partió la ceja y un labio. La sangre se acumuló al costado
de mi cara, aglutinándose en mi espeso bigote y mi barba de dos días. Quedé
atontado, y cuando me di cuenta, me había esposado, había recuperado su cinturón
con su arma y me apuntaba con ella. No le dije nada, me quedé recostado sobre un
bidón, sangrando y resollando, con las manos esposadas a mi espalda, en una
posición similar a la suya hacía unos minutos.

El policía pareció recuperar un poco el control. Sus tiernos
ojos irradiaban la ira del hombre justo. Quería devolverme todo lo que le había
hecho. Posó el cañón de su arma entre mi pene morcillón y mis cojones. No podía
expresar nada, seguía aturdido por el sexo del que había disfrutado, y el
contacto de aquel arma fría sobre mis gónadas despertó de nuevo mi erección, que
creció lentamente ante los incrédulos ojos de mi captor.

El policía bufó, enfadado, dejó el arma sobre un bidón ¡y se
masturbó delante de mi!

- Vas a ver… – me dijo con un tono más envenenado y arisco
que cualquier insulto.

Se provocó una gran empalmada y me folló brutalmente. Me
abrió como a una puta cogiéndome por la cara interna de las rodillas y buscó mi
culo sin ningún cuidado. Me hizo lo que nunca le había hecho a su mujer pero
deseaba hacerle. Se sació con mi cuerpo. Me sometió únicamente con su pene.
Restregó su hombría húmeda por mis entrañas, sin preocuparse por si me rajaba
con su falo curvo, que se aferraba a mi interior como un gancho. Se liberó, se
sació conmigo usando la parte de su cuerpo que era la máxima expresión de su
virilidad Grite y gemí exageradamente. Creo que le hice creer que me mataba de
dolor. Solo mi erección de toro me delataba. Afortunadamente tengo el culo bien
preparado para este deporte. Pero no se corrió en mi interior, me reservaba algo
más humillante según su propia conciencia. Se iba a ensañar conmigo. Mi policía
no iba a volver a casa y decirle a su esposa que llevaba en su interior el semen
de otro hombre, o que le había gustado. Tampoco iba a denunciar una violación.

- Arrodíllate.- me dijo.- Arrodíllate o te disparo.

Me arrodillé como un preso a punto de ser ejecutado por el
tiro en la cabeza. Me presentó orgulloso su erección bruñida bajo su torso
brillante todavía por el sudor y los restos de su espesa corrida. Su cuerno de
carne olía a mi culo, a nuestro semen y al lubricante, pero era irresistible. Un
aura de calor lo rodeaba. Me cogió de la cabeza y me atravesó por la boca con su
rabo.

- Como muerdas te mato.- me advirtió.

Me empezó a embestir con furia. Su falo me hizo tener arcadas
un par de veces. Me ahogaba. Casi vomito una vez. í‰l se dio cuenta y me mantuvo
al borde de la asfixia todo el rato. Lo que le faltaba en experiencia lo suplía
con crueldad. Mientras, su carne entraba y salía de mi, poseyéndome, violándome.
Y yo le seguía el juego.

- Hijo de puta.- me llamaba.- Come carne, cabrón. Vas a
acordarte de mí. Violador… ¿Quieres leche de hombre, eh…?

Su orgasmo le arrebató la capacidad de proferir guarradas,
pero me atrapó bien por la nuca y sentí el aroma de su vello púbico y sus
cojones en mi barbilla mientras su falo volcaba a borbotones espasmódicos su
semilla en mi interior. Por dios, era demasiada lefa. Mamé de él hasta que su
rabo se relajó, y tragué su leche salada y espesa. í‰l se quedó un minuto
traspuesto, quizás incapaz de creerse lo que había hecho y lo bien que le había
sentado.

Aproveche ese momento para levantarme a pesar de mi culo
dolorido. Le miré a los ojos. Había despertado a un hombre bruto y salvaje, pero
tras la eyaculación volvía a ser el hombre tierno que era, pero confuso. Le besé
en los labios y él tardó en reaccionar. Le mordisqueé el labio inferior y no se
resistió. Compartimos el aliento. Al medio minuto se separó de mí sin empujarme.
Me dio la vuelta y me abrió las esposas. Se marchó de allí con el torso
brillante y sudoroso al descubierto, andando a horcajadas, con el culo dolorido,
pero la cabeza bien alta. Mirándole por detrás, tras destrozar mi hombría y con
su propia masculinidad resurgida de sus cenizas, más fuerte y experimentada,
ahora parecía un verdadero guerrero.

Salí a mirar desde el primer piso hacia abajo, donde el
policía ya se había vestido y estaba cogiendo su coche. Le silbé y me miró desde
abajo, a tiempo para ver como me pajeaba y regalaba mi leche al viento. Su cara
enrojeció de ira y se marchó.

Mi historia con el policía no acabó aquí. La semana siguiente
se volvió a presentar en la obra. Esperó que todo el mundo se hubiera ido y
luego me golpeó un par de veces en las tripas. Me violó como a un perro, me
llenó las tripas de leche y luego se marchó. Esto lo hizo un par de veces,
siempre con fuerza, con crueldad, con orgasmos empapados de ira y sin decir una
palabra. A la tercera semana volvió y me violó sin la paliza previa, pero al
acabar, mientras yo descansaba con el culo rebosante de su leche, se quedó
mirando mi erección bestial. En su cara pude leer un sentimiento de deuda.
Agarró mi polla, me la sacudió un par de minutos, lo que tardé en correrme.

Poco a poco fue presentándose con más frecuencia. Se volvió
más sibarita, y yo le recibía con una sonrisa para mamársela, y al final él
también. Yo me ponía de rodillas y, con las manos a la espalda, esperaba
pacientemente a que desenvolviese sus órganos reproductores y me llenara con
ellos la boca. Poco a poco volvió a ser el policía tierno que creía en la bondad
de las personas, pero ejerciendo su derecho de carne sobre mi. Tanto él como yo
sabíamos que su ira era la excusa que necesitaba para experimentar más, para
conocerse a si mismo.

-Me llamo Luis – me dijo un día tras correrse en mi boca.

Creo que a partir de ese día pasé de ser su puto a su amigo,
que es lo que yo buscaba desde el principio. Le decía siempre donde iba a estar
yo trabajando, y él venía a cobrarse su venganza, aunque al final ya éramos
colegas y él aprendió a chupármela y a hacerme unas cuantas cosas más. De vez en
cuando todavía se vengaba de mi, follándome en algún sitio donde alguno de mis
compañeros obreros pudiese verme y correr la voz de que un poli enorme y fuerte
me reventaba el culo, en el lavabo del bar o durante la hora del almuerzo. Pero
a mi me gustaba, si Luis supiera lo cotizado que está un cuerpo como el suyo en
el mundo de los osos, se daría cuenta de que no era una vergí¼enza para mi que me
vieran siendo penetrado brutalmente por su falo. Pero después de todo, Luis
resultó ser uno de los mejores compañeros que he tenido. Desconocía los celos,
aprendía rápido y era un buen amigo. Compartimos buenos momentos, y de vez en
cuando se atreve a un trío con alguno de mis jóvenes aprendices. Poco a poco se
relajó, y hasta su relación con su mujer se fortaleció. Me contó como ahora
experimentaba con ella y como ella le decía que de repente le notaba más bruto,
más suelto en la cama, más macho y que le encantaba. Yo encontraba estas cosas
muy divertidas. Le decía que en algunas cosas había que olvidarse de la buena
educación y entrar a trapo. Como hice yo con él.

Escríbeme si te ha gustado este relato. Y si eres un policía
o militar español cerca de Barcelona, dispuesto a pasar por esta experiencia,
hazme saber que existes.

Koguma

POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

 

Resumen del relato:
    A veces los placeres han de llegar por sorpresa. Un policía aprende la lección por parte de un fuerte obrero.

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