Un día de pinta (10)
Recargado en el muro lleno de graffiti, esperé hasta que
dieran las 8:15, hora en que la puerta del colegio se cerraba. Libre al fin!,
pensé, y saqué un maltrecho cigarrillo de la mochila. Recordé que todavía debía
tener cuidado, pues desde las ventanas del segundo piso alguno de los maestros
podía verme, así que me quité el llamativo suéter rojo del uniforme y lo escondí
en la mochila. Todo un día para vagar, pensé extasiado, y cuando se tienen 14
años, eso es la mejor cosa que pueda uno tener.
El parque sería mi primera parada del día, decidí, y hacia
allá me dirigí. Por supuesto, no era el único chaval que se había escapado ese
día. Un grupo de muchachos jugaba básquet en la cancha. Eran mayores que yo,
entre 16 y 17, y jugaban al sol de la mañana, ya sin camisa la mayoría de ellos,
pues el calor empezaba a arreciar. Me senté a observarlos y pronto estaba metido
en el disputado juego, gritando emocionado cuando encestaban unos o atajaban
otros.
Quieres jugar? – me propuso un chaval de cabello rizado y
largos cabellos atados en una coleta.
Claro – brinqué de inmediato entusiasmado, aventando la
mochila al piso para unirme al juego.
Para mi edad tengo buena estatura, y he practicado el
baloncesto desde que era niño, así que rápido pude fintar a más de uno y empecé
a acumular puntos a mi favor. Los chavos comenzaron entonces a cuidarse más de
mí, poniéndose bastante rudos. No les gustaba perder, y menos con alguien de
menor edad que ellos. Recibí un par de empujones que me mandaron al piso y
lógicamente, en cuanto tuve oportunidad, mandé al suelo al cabrón que me había
empujado primero.
Qué te pasa?, pendejo – me gritó molesto, levantándose
para empezar la bronca.
Sus amigos lo detuvieron, tratando de calmarlo.
Déjalo – le aconsejaron – no es más que un puto chaval.
Si – terció otro – no le vayas a pegar porque seguro se
pone a llorar – se burló.
Ya soy grande – contesté estúpidamente y todos se rieron
de mí.
Eres un bebé – opinó otro – un lindo bebé de culito
rosado.
Todos le festejaron la ocurrencia y yo me puse rojo de
coraje. Me alejé en busca de mis cosas para largarme de allí. Agarré la mochila
furioso, mientras ellos aún continuaban burlándose de mí.. Me alejé de la
cancha, todavía con el enojo atorado en la garganta. De pronto me agarraron por
la espalda dos de ellos.
Venga, bebé, no seas tan berrinchudo – dijo entre risas
el que me sujetaba – o tendremos que castigar tu pequeño culito con unas
nalgaditas
Traté de zafarme, pero me sujetaban con fuerza y me superaban
en número
Déjenlo tranquilo – dijo el muchacho que me tenía cogido
del cuello – a lo mejor nos equivocamos y no es un bebé, sino todo un hombre
– dijo engrosando la voz en tono burlón.
Y cómo lo vamos a saber? – comentó su amigo siguiéndole
la broma.
El muchacho hizo como si estuviera resolviendo un gran enigma
y resolvió de pronto.
Que distingue el rosado culito de un bebé del de un
hombre? – preguntó a sus compañeros.
Los pelos! – corearon todos entre risas.
Pues vamos a revisar este culito – dijo palmeando mi
trasero – y saldremos de dudas.
Si, si, vamos – apoyaron los demás entusiasmados.
Aquello ya no me estaba gustando nada. A la fuerza me
llevaron hasta los solitarios baños que estaban a un lado de las canchas. Uno de
ellos montó guardia en la puerta mientras los otros me jaloneaban dentro.
Haciendo un circulo a mi alrededor me soltaron en medio del baño y a pesar de
resistirme con todas mis fuerzas no pude impedir que me desabrocharan los
pantalones y me los bajaran hasta los tobillos.
Pero si todavía usa calzones de bebé – se burló uno de
ellos al ver mi truza blanca.
Todos rieron el comentario y continuaron riendo mientras me
bajaban los calzones, dejándome completamente desnudo.
Pues por allí ya tiene algunos pelitos – dijo uno
refiriéndose a mi vello púbico – aunque no tantos como tú – dijo señalando
al más alto de ellos, que orgulloso se abrió los pantalones y se bajó la
ropa interior para mostrarles a todos su abundante mata de vello.
Esos son pelos – festejaron todos al que se exhibía.
Enséñale la verga – dijo otro – para que sepa lo que es
un pito de verdad, no esa cosita que tiene entre las piernas – dijo
burlándose de mi empequeñecido miembro.
El muchacho, muy complaciente, terminó bajándose los
pantalones por completo. Su verga no estaba parada, pero si mostraba que estaba
en camino de estarlo. La blandió delante de todos, que le festejaban sus
ridículos movimientos.
Órale – apremió el de la puerta – si le van a ver el culo
háganlo de una vez, antes de que aparezca alguien – aconsejó.
Todos estuvieron de acuerdo, así que me dieron media vuelta y
me obligaron a empinarme. Me tenían agarrado de los brazos y las piernas.
Intenté resistirme pero no logré quitármelos de encima. Con total y absoluta
vergí¼enza sentí como me abrían las nalgas.
Ya ven, se los dije – comentó el chavo con el que tuve la
bronca, señalando mi desnudo trasero..
Que culito tan chiquito y rosadito – comentó su amigo
atisbando entre mis nalgas abiertas – ni un solo pelito en estas blancas
nalguitas de bebé.
Todos estallaron en carcajadas y yo quise que la tierra me
tragara. Entre risas, el que se había sacado la verga empezó a hacer movimientos
con su cadera, muy cerca de mis nalgas y todos le festejaron los gestos. El de
la puerta se acercó a ver de qué se reían todos y al ver lo que sucedía empujó a
su amigo sobre mí. Como resultado, su verga fue a parar entre mis nalgas y todos
se rieron con mas ganas.
Métesela – dijo de pronto uno de ellos y todos dejaron de
reír.
Sí, rómpele el culo – dijo alguien – para que aprenda a
no meterse con los mayores.
Ni madres – dijo el aludido – yo no soy puto.
Tú no serás puto – dijo el de la puerta – , pero tu verga
sí, mira cómo se te enderezó.
Todos se rieron de su compañero. Efectivamente, la verga se
le había puesto dura, y apuntaba alargada y cabezona hacia arriba.
Cógetelo, cógetelo, métesela – empezaron a corear todos,
y ante tanta presión, al chavo comenzó a antojársele estrenar mi agujero
virgen.
Se acercó de nuevo, restregando su miembro entre mis nalgas.
Desesperado, traté de gritar, pero rápidamente me taparon la boca con mis
propios calzones. Sentí la punta caliente de aquella verga acomodarse justo en
la entrada de mi culo.
Qué chingados está pasando aquí? – preguntó una voz recia
de adulto.
Ante el conocido y temido uniforme azul, todos corrieron
despavoridos. El policía no les impidió marcharse, y sólo se hizo a un lado ante
la desordenada huida, pues se dio cuenta que el grupito era de puros muchachos y
que seguramente la travesura no era grave. Su sorpresa fue mayúscula al
descubrirme en el piso, medio desnudo y con las nalgas al aire. Asustado
todavía, traté de ponerme los pantalones mientras corría hacia la puerta
también, pero él se atravesó bloqueando la salida.
No tan aprisa, jovencito – me detuvo – primero me
explicas qué estaba pasando aquí.
Señor – dije conteniendo las ganas de llorar – esos
muchachos me estaban…
Que? – preguntó ansioso al verme dudar.
Me dio mucha pena contarle lo que habían estado a punto de
hacerme y opté por quedarme callado.
Más vale que me lo digas – amenazó de pronto – o tendré
que llevarte preso.
No – rogué asustado – yo no hice nada malo, ellos eran
los que querían hacérmelo.
Hacerte que? – preguntó el policía, de nuevo ansioso por
obtener una respuesta.
Querían cogerme – confesé finalmente lleno de vergí¼enza.
Cuéntamelo todo – pidió muy interesado, con apenas un
hilo de voz.
Comencé a relatar lo sucedido desde la pelea en la cancha.
Mientras hablaba, el policía cerró la puerta del baño y le echó seguro, para que
nadie interrumpiera mi declaración, según me explicó. La verdad es que no me
sentía cómodo en aquel baño, encerrado con ese hombre, pero tampoco tenía
elección, asi que continué con el relato. Cuando llegué a la parte donde el
muchacho era alentado por sus compañeros para violarme, el policía comenzó a
acariciarse la bragueta, que mostraba un descarado bulto y una delatora mancha
de humedad. Por más que trataba de no mirarlo, él no hacía nada por evitar que
yo me diera cuenta de lo excitado que estaba.
Continua – me alentaba – dime cómo te abrieron las
nalguitas y miraron tu agujerito.
Renuente, volví a relatar lo que me pedía y el se excitó más
todavía.
Déjame ver si no te hicieron daño – pidió de pronto –
bájate los pantalones – ordenó.
Usted está loco – le grité asustado, buscando ya la forma
de escapar.
Pues si no cooperas te llevaré a la delegación acusado de
prostitución – me advirtió, sin dejar de acariciarse el pito sobre el
abultado uniforme azul.
Aquello ya era demasiado, me solté a llorar, ahora sí como un
bebé, y él se acercó a consolarme.
Mira – me explicó – yo no voy a hacerte daño, no soy un
mal tipo.
Lo miré incrédulo, tratando de convencerme a mi mismo que un
policía uniformado sobándose la verga mientras me consolaba podía ser un buen
tipo.
Ayúdame y yo te ayudo – dijo con la misma voz melosamente
amenazadora.
Cómo? – pregunté sorbiendo mi nariz, tratando de
controlar mis sollozos.
El policía se bajó la cremallera y se sacó la verga, oscura y
gorda, con una cabeza chata por donde escurría un estirado hilo de líquido
seminal.
No me puedo quedar así de caliente – explicó, enseñándome
la reata, sobándosela.
Pero yo no quiero que me coja – dije sollozando
nuevamente.
No niño, no te voy a coger – me dijo tranquilizador –
sólo dame una mamadita y te dejo ir sin ningún problema – prometió.
Tampoco se me antojaba meterme en la boca aquel pito baboso y
prieto, pero decidí rápidamente que era preferible eso que terminar ensartado.
Todavía hice el intento de convencerlo con mis lágrimas, pero el tipo estaba
necio y no se dejó conmover. Cuando lo vi decidido a marcharse junto conmigo y
directo a la comisaría, me hinqué rápidamente frente a su entrepierna.
Eso está mejor – dijo metiéndome el glande entre los
labios.
Derrotado, comencé a mamarle la verga. Jamás lo había hecho
antes y toda mi experiencia se limitaba a un par de películas porno que un amigo
de la escuela me había prestado y a las revistas que clandestinamente compraba
de vez en cuando. En las fotos de esas revistas, las mujeres parecían gozar al
meterse los enormes pitos de los hombres en la boca, y ahora que tenía uno en la
mía, comencé a descubrir que el asunto no era tan desagradable después de todo.
Pronto le encontré el gusto a chupar aquel trozo de carne
dura y caliente. Cuando comprendí que ya no estaba en peligro de ir a la cárcel,
comencé a relajarme, y en cuestión de segundos mi verga adolescente respondió a
aquella nueva y excitante experiencia, poniéndose tan dura como la verga que
estaba mamando, sino es que más.
Eso, chiquito, así se hace, cómetela toda – dirigía el
policía recargado en la pared, mientras yo seguía lamiendo y chupando su
inflamada verga.
Comencé a masturbarme y eso le excitó aun más, tanto, que se
vino de improviso, llenándome de semen la boca. Los potentes chorros estallaron
en mi paladar. Mi primera intención fue escupirlos, pero él me tenía firmemente
sujeto, presionando mi cabeza contra su entrepierna y no tuve mas remedio que
tragarme sus calientes mecos. El sabor ácido y acre terminó gustándome y comencé
a relamer mis labios, mientras continuaba jalándome la verga casi a punto de
venirme.
Déjame echarte una manita, compañero – dijo el policía
acuclillándose a mi lado, retirando mi mano de mi excitado pito.
Tomó mi verga con una de sus manos y comenzó a menéarmela con
mucha experiencia. La sensación era increíble. Con la mano que le quedaba libre,
destapó mis nalgas y comenzó a acariciarlas. Ya no me importaba nada. Solo
quería terminar mi masturbatorio placer y él siguió con su enloquecedor ritmo
mientras al mismo tiempo me acariciaba delicadamente el agujero de mi culo.
Sentí acercarse el orgasmo. El notó los temblores de mi cuerpo y aceleró los
movimientos y apretones de su mano. A punto ya de venirme, en esa ola de placer
en la que ya no puedes detenerte, sorpresivamente me clavó un dedo en el culo.
La sensación fue algo nuevo y sorprendente que mi cuerpo jamás había
experimentado. Los chisguetes de semen brincaron hasta la pared en uno de los
mejores orgasmos de mi vida.
Mientras el orgasmo aún hacía convulsionar mi cuerpo, su dedo
se mantuvo dentro de mi culo, apretándolo con cada espasmo y cada sacudida. Un
rato después, cuando todo terminó, finalmente retiró su dedo de mi culo. Lo
olisqueó mientras me miraba y luego se lo metió en la boca. A mi se me hizo algo
asqueroso, pero a él parecía gustarle. Me sonrió, indicándome que me vistiera.
Ambos nos acomodamos la ropa y luego de atisbar por la puerta que nadie
anduviera cerca, salimos a la luz del mediodía.
Amiguito – me dijo – fue un placer ayudarte, si alguna
vez te sientes con ganas de algo – buscó la palabra – algo diferente,
búscame.
No le contesté nada. Comencé a caminar sin saber a donde
dirigirme. Me sentía extraño. Lo que había hecho con el policía me había gustado
bastante, debía reconocerlo, pero en el fondo tenía bastante claro la diferencia
entre lo bueno y lo malo. Pensé en mi papá, siempre tan estricto y tan recto,
que si llegara a enterarse de lo que había hecho, seguro me mataría a golpes.
Deambulaba por el parque sumido en mis confusos pensamientos,
cuando escuché un grito.
Allá está – advertía alguien – y ahora si no se nos
escapa!.
Era la misma pandilla de la que me había salvado en el baño y
que ahora venían con ganas de terminar lo que había quedado inconcluso, pero
esta vez no me iba a dejar atrapar tan fácilmente. Comencé a correr como
desesperado. Conocía el parque perfectamente y sabía donde perderlos, pero
pronto me di cuenta que ellos también lo conocían, y no me quedó más remedio que
lanzarme por las calles hacia la seguridad de mi casa.
Mientras corría, recordé que no podía aparecerme por mi casa
a aquellas horas, porque se suponía que debía estar en el colegio. Los muchachos
estaban ya pisándome los talones y no contaba con más opciones. Sin pensarlo
más, salté el portón de mi casa y me tiré al piso, rogando porque nadie me
hubiera visto, ya fuera de adentro o de fuera de la casa.
Con la respiración entrecortada, esperé algunos minutos. Mis
perseguidores pasaron frente al portón y siguieron de largo, señal de que no me
habían visto entrar en la casa. Traté de tranquilizarme. La casa, a mis
espaldas, parecía estar en absoluto silencio. El coche de mi papá no estaba en
el garaje, lo cual era una buena señal. Tenía horarios de trabajo tan cambiantes
que nunca se podía saber a qué hora se aparecería.
Entré en la casa confiado y me paré en seco al escuchar la
voz de mi padre desde la cocina.
Lo quieres con hielo o sólo agua? – gritó con su conocida
voz ronca y profunda.
Con hielo – contestó otra voz masculina desde la sala.
Me escondí rápidamente en el pasillo detrás de la maceta del
cuidado ficus de mi madre. Un segundo después mi padre cruzó hacia la sala con
dos vasos en la mano.
Pinche compadre – se quejó mi papá – qué horas son estas
para empezar a beber?
Ni te quejes – contestó la otra voz – que no me costó
mucho convencerte.
Chocaron los vasos y dijeron salud. Me arrastré hasta la
orilla del pasillo para verlos. Mi padrino Manuel estaba cómodamente sentado en
la sala y mi padre en el sillón de al lado. Demostrando la buena garganta que
tenían, apuraron sus bebidas casi de un solo trago y ambos y festejaron la
hazaña satisfechos.
Me recargué en la pared tratando de decidir que hacía.
Mientras ellos estuvieran en la sala no podía escabullirme hacia la recámara, ni
tampoco salir de la casa sin que me descubrieran. Debía quedarme donde estaba y
tratar de no hacer ruido.
A qué hora regresa tu familia? – preguntó mi padrino.
Mi mujer fue a ver a su madre y regresa hasta la noche –
le informó – y junior es muy probable que vaya a la biblioteca al salir de
la escuela, así que no aparecerá hasta la tarde.
Esa era otra de las mentiras que había inventado ese día para
tener mi día de pinta, por lo que ahora menos que nunca debían encontrarme en la
casa o me ganaría un gran castigo.
Así que estas solito, cabrón – dijo mi padrino con una
pícara sonrisa en la cara.
Así es – dijo mi padre con su ronca voz.
Pero yo te voy a entretener – dijo Manuel agarrándose el
paquete y haciéndole gestos con él a mi papá, que soltó la carcajada.
Estas pendejo, compadre – dijo aun ahogado por la risa –
que te pasa?
Mira, mira – dijo el otro aun sobándose la entrepierna -.
La otra vez nos la pasamos de poca madre, no?.
Estábamos muy pedos esa noche, compadre – se defendió mi
papá – yo ya casi ni me acuerdo de eso.
Mi padrino se puso de pie y se abrió el ziper de los
pantalones. Metió la mano dentro y se sacó la verga.
Pues para que te acuerdes, compadre – dijo mi padrino con
el pito colgando fuera de la bragueta abierta.
Ya ni la chingas – contestó mi papá, empujando a Manuel
de vuelta al sillón, riéndose los dos como unos chiquillos traviesos.
La cosa parecía ser solo una broma entre ambos, pero cuando
dejaron de reírse, mi padrino no hizo ningún intento por volver a guardar el
arma, y se quedó muy campante en medio de la sala con la gorda verga asomando
por la bragueta abierta de sus pantalones. Siguieron platicando, pero el
ambiente estaba cargado de una calma tensión.
Al menos sácate la tuya también – pidió mi padrino
Manuel.
De veras que estás mas loco que una cabra – sentenció mi
papá.
índale – insistió el otro – o quieres que te la saque yo?
– sugirió.
A estas alturas, yo no me perdía detalle de lo que estaba
sucediendo. Mi padrino se acercó a mi papá y le abrió el cierre lentamente. Mi
viejo no hizo nada para detenerlo. En todos mis años de vida, nunca había visto
a mi papá completamente desnudo. El no acostumbraba exhibirse, y lleno de
curiosidad, atisbé lo que mi padrino estaba a punto de revelar.
Mi padrino metió la mano por la bragueta, acariciando,
buscando y finalmente encontrando la verga de mi padre. Se la sacó por la
abertura. Un enorme y tieso trozo de carne de no menos de 18 cms apareció.
Allí la tienes – anunció mi papá – ya estás contento? –
preguntó en tono de queja.
Cálmate, cabrón, que si no te gustara no la tendrías tan
dura – replicó Manuel.
Mi papá ya no dijo nada, sobre todo porque ya su compadre se
la estaba acariciando, jugando con su tersa cabeza y su rugoso tronco.
Ya, chúpamela – dijo impaciente mi papá.
Claro, compadre, pero luego sigues tú – advirtió Manuel
metiéndose la gruesa manguera en la boca.
Mi padre cerró los ojos complacido al sentir la boca húmeda
de mi padrino engullirlo casi por completo. Yo por el contrario, abrí los míos
para no perderme ni un segundo de la insólita escena. La verga gruesa y cabezona
de mi padre era diestramente lamida por el goloso de mi padrino, que pronto
chupaba la hinchada cabeza, como lamía vigorosamente los peludos huevos que
colgaban mas abajo.
Déjame quitarte los pantalones – pidió Manuel sin sacarse
la verga de la boca.
Con diestros movimientos terminó de desabrochar los
pantalones de mi viejo y de un solo tirón los deslizó hasta sus tobillos, pero
como aun llevaba puestos los zapatos no pudo quitárselos. De mala gana soltó la
verga para que mi papá pudiera zafarse los pantalones, lo cual me permitió
apreciar un excelente par de masculinas nalgas y un atisbo de la raja peluda que
las dividía.
Pero que culo más sabroso tienes, compadre – fue el
comentario de mi padrino, y sin mas palabras se lanzó a besar el objeto de
su admiración.
Mi papá ya no dijo nada. El bigote travieso de mi padrino ya
se perdía en medio de las velludas nalgas, tratando de alcanzar su objetivo.
Comenzó mordisqueando las firmes masas de carne, abriéndolas de vez en cuando
para mirar su escondido tesoro, cubierto casi por completo por un nido de suaves
y obscuros vellos.
Tienes el culo tan peludo que casi siento que me estoy
comiendo un coño – dijo el irreverente de mi padrino, lo que hizo que mi
padre se desternillara de risa.
Mi padrino aprovechó las risas para acomodar a mi padre sobre
el sillón, que quedó con el trasero en alto, con las nalgas abiertas y el
persistente de mi padrino comiéndole el ano con absoluta entrega y pasión.
Me dejarás cogerte esta vez? – preguntó acalorado Manuel.
Ya te lo dije, pinche compadre – contestó mi papá,
negando con la cabeza pero sin levantarse del sillón, donde tan
convenientemente lo había acomodado el compadre.
Manuel continuó mamándole el culo, cada vez mas mojado con
sus lamidas. Subió entonces por su espalda, siempre lamiendo y besando aquella
piel prohibida, logrando que mi padre se quedara en la misma posición, abierto y
vulnerable al ataque de su boca. Mi padrino terminó de abrirse los pantalones y
liberó su verga. En la ventajosa posición que estaba, acomodó su encabritado
miembro tras el tentador trasero de su compadre y comenzó a restregárselo
suavemente, haciéndolo resbalar en el túnel de húmedos pelos negros que dividía
sus ricas nalgas, mientras mi padre permanecía sobre el sillón con los ojos
cerrados y el culo abierto.
No – se quejó de pronto mi padre al sentir ya la
resbaladiza cabeza de la verga del compadre empujando para abrirle el culo –
no me animo.
Mi padrino gimió de pura contrariedad.
índale – rogó – solo un poquito, por favor.
Estas muy vergudo, compadre, me vas a lastimar – explicó
mi papá.
Te juro que lo haré con mucho cuidado – prometió el
excitado compadre tratando de convencer al otro de que se dejara coger.
Pero no lo logró. Mi padre se zafó de la comprometedora
postura en que lo había puesto su caliente compradre y se sentó de frente a mi
padrino, alejándole las nalgas lo más posible, pero quedando frente a su
hinchada verga.
Entonces me la vas a mamar – dictaminó Manuel jalándose
furiosamente la verga frente al atractivo y masculino rostro de mi padre.
Pronto, los gemidos de placer delataron su pronta venida y
gruesos y potentes chorros de semen manaron de su agrandado pito, cayendo
directos en el rostro de papá, que relamió de sus labios los gruesos goterones
que comenzaron a escurrir hacia su boca.
Mi padrino terminó por calmarse y se acomodó la ropa,
mientras mi padre permanecía desnudo sobre el sillón de nuestra sala.
La próxima vez – prometió mi padrino – no te dejaré
escapar, compadre.
Mi padre no dijo nada. Se limitó a estirarse, sensual como un
enorme gato desnudo en el sillón, con la verga dura y gruesa apuntando al
frustrado compadre que ya miraba su reloj y ajustaba su corbata alistándose para
marcharse.
Tengo un par de citas antes de la comida – le informó
despidiéndose.
Yo no tengo nada pendiente – dijo mi padre estirándose
sobre el sillón.
Qué envidia me das, cabrón – dijo mi padrino ya listo
para partir.
Mi padre, travieso y provocador, dobló las piernas, separando
sus gruesos y potentes muslos, mostrando al compadre su verga erecta y bajo ella
sus gordos y suaves huevos cubriendo la zona velluda y oscura que terminaba en
su ano.
La visión fue suficiente para volver a excitar al caliente
Manuel, que no resistió la tentación de alargar una mano hacia el codiciado
tesoro.
Déjame al menos meterte un dedo antes de irme – pidió
Manuel – para que te quedes con la sensación de tener algo mío dentro de ti.
Ante la muda respuesta de mi padre, mi padrino metió la mano
entre sus piernas, buscando al tacto el velludo orificio entre sus nalgas
separadas. Mi padre arqueó la espalda y suspiró levemente cuando el
experimentado compadre encontró el caliente agujero y sin más preámbulos lo
perforó con su dedo medio.
Estás calientito y apretado por dentro – le informó
Manuel – comenzando a juguetear con el ano húmedo y dispuesto de su
compadre.
Un par de minutos después, mi padre le cortaba la diversión,
recordándole que se le hacía tarde para sus citas y reticente, mi padrino se
marchó, no sin antes reiterarle su promesa de que la siguiente vez que hubiera
oportunidad no dejaría de ensartarle la verga a mi huidizo padre.
Me replegué contra la pared y mi padrino salió ajustándose el
voluminoso y delator bulto de su bragueta. El sol del mediodía le encandiló lo
suficiente como para no percibir mi presencia y rogué en silencio para que mi
padre tampoco la notara. Esperé allí hasta que el ruido del auto me indicó que
ahora solo debía preocuparme de que mi padre tampoco me descubriera.
En el salón, con los ojos aun cerrados y una tremenda
erección, mi padre continuaba en el mismo lugar donde lo había dejado mi
padrino. No pude sino maravillarme de lo apuesto que se veía, recostado en el
sillón, aquel hombre de 40 años, velludo y masculino, fuerte y a la vez
vulnerable en su total desnudez, con aquella tremenda herramienta entre las
piernas, dura como roca y aquel par de suculentas nalgas que ponían a su
compadre loco de pasión.
Ajeno a mi vigilante mirada, mi padre comenzó a acariciarse
el grueso miembro, sobando sus huevos y pellizcando sus propios pezones sin
ninguna prisa, alargando el placer que parecía invadir su cuerpo. Después de
algunos minutos, las aceleradas caricias de su mano me indicaron que estaba ya
tan caliente que se vendría en cualquier momento. No pude aguantar mas y comencé
a masturbarme con la perturbadora visión de mi padre haciendo gozar su propio
cuerpo.
Cercano al orgasmo, mi padre se puso de pie de repente. Casi
me pilla desprevenido, con mi propia verga entre las manos, y apenas tuve tiempo
de tomar mi escondite tras la maceta antes de verlo pasar, desnudo y con el pito
erecto por delante, rumbo a la cocina. Lo vi servirse otra bebida y poco después
rebuscar bajo la alacena hasta sacar su caja de herramientas.
Qué podría necesitar de su vieja caja de herramientas justo
en este momento?, me pregunté mientras lo veía regresar con ella hasta la sala.
Se sentó en el sillón nuevamente. Sus huevos se aplastaron
contra la mullida tela. No pude dejar de pensar en el delicioso olor que
quedaría en el preciso lugar donde aquellos huevotes descansaban. Estiró las
piernas sobre la mesilla de centro, apoyando los pies y recostando su cuerpo en
el sillón, dejando sus nalgas casi en la orilla, abiertas y velludas, y aceleré
mi solitario placer masturbatorio solo de mirar el oscuro y prohibido lugar que
se escondía entre sus velludos y morenos muslos.
En aquella posición, mi padre estiró una mano hacia su caja
de herramientas y sacó su viejo martillo. No tuve tiempo de preguntarme siquiera
qué era lo que necesitaba clavar mi padre, pues pronto acomodó el grueso y
pulido mango de madera entre sus piernas. Abrí los ojos y la boca casi tanto
como él abrió sus bien formadas piernas, separando al máximo sus nalgas y
exponiendo con ello el sonrosado ojete en medio de ellas.
El culo estaba húmedo aún con las lamidas del compadre y no
necesitó de mayor lubricación. Lentamente, la punta del mango se abrió camino en
el apretado y peludo agujero. Aquel trozo de madera era con mucho más grande que
la verga del compadre, recién rechazada por mi padre con el pretexto de que le
lastimaría, pero ahora se tragaba con evidente placer aquel grueso palo sin
hacer siquiera un gesto. Pronto lo tuvo metido hasta la mitad, y el rosado
esfínter se había estirado lo suficiente para cubrir las pulidas paredes del
mango, distendido por su grosor y su dureza.
Un suspiro salió de mi padre al terminar de encajarse la
totalidad de la herramienta. Con el perforado culo lleno hasta los bordes,
comenzó a acariciarse la verga dolorosamente tensa con suaves y ligeros
toqueteos. Seguramente trataba de alargar lo más posible la inminente venida,
pero no pudo aguantar por mucho tiempo, pues casi sin necesidad de tocarse
comenzó a largar gruesos chorros de semen que fueron a parar a su velludo
vientre, mientras con las sacudidas, el mango del martillo se escapaba de su
hambriento agujero poco a poco.
El sorprendente espectáculo había llegado a su fin. Vi a mi
padre dirigirse hacia su recámara, seguramente a asearse, y cuando lo escuché
dentro de la ducha salí de mi escondite. Me acerqué hasta el martillo, tirado en
la alfombra, y pensé que nunca podría volver a verlo como una simple
herramienta. Toqué casi con reverencia su pulida y suave superficie. Me llevé
los dedos a la nariz, maravillado con el penetrante y salvaje olor que había
permanecido en la madera. Una enorme gota de semen, solitaria y brillante en
medio del cristal de la mesa de centro, llamó mi atención. Recordé el gusto del
semen del policía y me relamí los labios al hincarme para oler el de mi padre.
Su aroma llenó mis narices y no pude sino sacar la punta de la lengua para
tratar de atrapar su líquido sabor. Me sentí casi mareado de placer, con el
salitroso aroma bailando en mi lengua. Deseé beber más de aquel ambarino líquido
y el solo hecho de imaginar que sería mucho mejor beberlo directamente de la
fuente que lo producía fue suficiente para hacerme venir en un orgasmo potente y
devastador.
Apenas con tiempo para ajustarme las ropas y esconder mi
delatora venida, la voz de mi padre a mis espaldas me sorprendió.
Junior, no te escuché entrar – dijo mi padre, envuelto en
su afelpada bata de baño.
Acabo de llegar. Salí temprano – compuse rápidamente.
Y que estas haciendo? – inquirió mi padre al verme de
rodillas en la alfombra.
Nada – expliqué rápidamente – que vi tu caja de
herramientas y como sé que mamá se molesta con el desorden pensé recogerla.
Tomé el martillo con mis manos aun temblorosas. Mi padre
parecía medirme con su oscura mirada y de rodillas ante él, frente a sus
velludas pantorrillas no pude sino elevar mi mirada, consciente de que bajo la
bata estaba desnudo.
Ya terminaste de usarlo? – pregunté nerviosamente
mostrándole el martillo, mientras trataba de evitar que percibiera mi
excitada respiración y mi delatora mirada subiendo de sus piernas a su sexo.
No sé – dijo tomando asiento frente a mí. La bata se
abrió casi hasta su entrepierna, y entre la abertura creí adivinar la forma
oscura de su sexo descansando sobre sus potentes huevos – todo depende –
terminó mirándome fijamente.
De qué?, papá – pregunté con un hilo de voz.
De qué tanto tarde en regresar tu madre – explicó,
separando más las piernas, revelando más de aquel cuerpo recio y masculino –
y de qué tan hábil seas para manejar las herramientas – completó, terminando
de separar los velludos muslos, dejando frente a mi vista el glorioso
paisaje de sus rotundos y peludos testículos, sobre los que descansaba su
glande grueso y suave, creciendo lentamente bajo mi ardorosa mirada.
Si los días de pinta terminaran siempre así, pensé, jamás
volvería a pisar un aula. La morena y velluda mano de mi padre ya guiaba mi
cabeza hacia su sexo, y yo me dejé llevar, porque al fin de cuentas, para eso
son los días de pinta, para dejarse llevar.
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Resumen del relato:
Por faltar a clases me metí en varios problemas, y tratando de evitar el castigo de papá descubrí algunas cosas muy interesantes de él.
admin :: ene.31.2012 ::
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