La bruja (5)
Cuando me enteré de que la
chica con la que me había acostado, amiga íntima de mi novia,
era una bruja, no supe cómo reaccionar; me dio miedo, terror, y
ese miedo pudo más que mi amor, así que, craso error, amenacé
con descubrirla, delatarla, aunque no sabía bien a quién.
Estábamos en su casa, acabábamos
de hacer el amor, y sus profundos ojos negros me estaban mirando fijamente
cuando yo estaba de los nervios; su cuerpo desnudo sobre la cama, su melena
negra azabache desparramada por la almohada, sus pechos erguidos y desafiantes,
todo hacía que perdiera la cabeza por ella, pero estaba tan asustado
que no me paré a pensar en lo que estaba diciendo.
Entonces, mientras me estaba vistiendo,
Esther se concentró, me miró, apuntó su dedito hacia
mí, y antes de que me pudiera dar cuenta, me encontraba dentro de
una jaula de un tamaño que apenas me mantenía encogido. Me
revolví, gesticulé, grité, pero solo provoqué
que ella volviera a apuntar su dedo, y me vi rápidamente fuertemente
atado y amordazado. Me explicó que la única forma de controlarme
es cuando estuviésemos juntos, a escasos metros, por lo cual ya
nunca se separaría de mí, por mucho que yo protestase; ya
podía ir olvidándome de todo, de mi novia, de mi familia,
de mis estudios, de mi vida, y que a partir de ese día solo viviría
por servirla, adorarla y darle placer. La verdad es que estaba en sus manos,
ya que con un movimiento de su dedo podía hacer de mí lo
que quisiese; me había puesto una mordaza en un instante, a lo mismo
que las ataduras, y la jaula, algo más grande no le había
costado ni un segundo.
La jaula desapareció en un
visto y no visto, y mi mordaza desapareció también; fui levantado
por una fuerza desconocida, levitado unos centímetros y acercado
a la cama donde Esther estaba echada, desnuda y acariciándose el
sexo. Mi cabeza fue llevada hacia su entrepierna, y aunque yo quería
girarla, aquella fuerza me lo impedía, con lo que mi cara quedó
perfectamente encajada. Entonces, aunque seguía mi cuerpo elevado
en el aire, la fuerza que me mantenía la cabeza desapareció,
pero sin un momento para relajarme, las manos de Esther me la cogieron
y la apretaron contra su sexo ávido de placer.
Mi nariz se enterró en el
bien recortado monte de Venus, mientras mis labios se pegaban como una
ventosa a sus labios vaginales, pero mi lengua se negó a dar el
placer que la bruja buscaba. Agarrándome por los pabellones auditivos,
aplastó más mi cara en su coño, instándome
a que le proporcionara lo que buscaba, pero como yo me negaba, conjuró
una nueva treta; yo sentí como si una lengua saliese de su propio
coño, se enroscara a mi lengua y la atrajese hacia el interior de
la gruta. Cuando mi lengua entró en su coño, la extraña
forma que me la tenía atrapada la guió hacia las zonas que
excitaban a Esther, así que le hice una mamada dirigida que le llevó
rápidamente al placer. Se corrió abundantemente, en mi boca,
e incluso la forma que tenía atrapada mi lengua introdujo sus flujos
en mi boca, empujándolos hacia mi garganta a medida que emanaban,
obligándome a tragarlos. Una vez satisfecha, soltó mi cabeza
y con su dedo me envió, a un metro de altura del suelo, a un rincón
de la habitación. Volvió a amordazarme. Se pasó un
buen rato pensando, cavilando, caminando de un lado a otro de la estancia,
meditabunda, mirándome de vez en cuando, una veces con ternura,
otras con curiosidad; finalmente se paró delante mío y me
dijo que le había estado dando vueltas a cómo me iba a tener
siempre cerca, ya que para tenerme siempre el control sobre mi debía
estar siempre a menos de dos metros de mí y encontró la mejor
solución, tanto para arreglar aquella situación como para
obtener un extra de placer durante todo el día. Me sacó de
la jaula una vez más, me mantuvo desatado, de pie, pero inmóvil,
y concentrándose, lanzó su dedo contra mí. Cuando,
lo hizo un escalofrío recorrió mi cuerpo, y al momento todo
cambió; yo podía ver la habitación, pero lo hacía
como si estuviese tumbado en el suelo. Veía el techo, pero me sentía
el cuerpo extraño, siguiendo en la inmovilidad en la que antes estaba.
Esther se acercó a mí,
la vi agacharse y agarrarme. ¿Podía subirme como si fuera
un folio? Entonces pensé en qué me había convertido,
y para que tuviera plena consciencia de mi situación, me llevó
hasta un espejo. No, no podía ser, no podía creérmelo;
Esther, sosteniendo en sus manos, mostraba al espejo unas braguitas de
algodón blanco, del tipo pantaloncito corto, aparentemente normal,
pero que yo supe que era yo mismo. Ya no tenía dudas de que estaba
completamente en sus manos, que no tenía escapatoria, y de que nadie
en el mundo sabría nunca de mi paradero. La bruja entonces se dispuso
a ponerse las braguitas; yo noté como si abarcara sus piernas con
mis brazos, y sentí cómo sus muslos se deslizaban por mis
biceps, acercándose su culo más y más a mi cara. Cuando
las tuvo puestas, sentía mi nariz entre sus nalgas, con la punta
apoyada en su botón rosado, mis ojos cegados por los glúteos
y mi boca pegada a su sexo. No era una sensación de dolor sino de
bienestar, cosa de la que me sorprendí; acaso una cierta sensación
de ahogo, no, no de ahogo, sino de algo que me llenaba, como una máscara.
Cuando empezó a caminar sentía sus nalgas sobando mi cara
y sus labios vaginales restregarse en mi boca, pero tampoco era una mala
sensación.
Pero cuando se sentó todo
cambió; mi cara se vio aplastada con una fuerza inusitada, mi nariz
a punto de explotar apretada contra su ano, y mi boca quedando totalmente
introducida entre los labios de su sexo. De aquella forma no podía
ni respirar, la cabeza a reventar y mi vida en sus manos, o mejor dicho,
en su culo. Traté en vano de buscar una posición más
cómoda, pero, ¿cómo hacerlo siendo una braguita inerte?.
Entonces oí la voz de Esther; ¡me estaba hablando con la mente!.
Me decía cómo me encontraba así, y le dije, no sé
cómo, que me ahogaba. Entonces noté como todo mi ser se introducía
entre sus nalgas; lo que en realidad estaba haciendo es que se metía
las bragas por el culo, oprimiendo todo mi cuerpo entre sus glúteos,
pero de esa manera encontraba un resquicio para respirar, aunque la sensación
de agobio y presión persistían.
Conseguí decirle mentalmente
que así ya podía respirar, con lo cual se reclinó
en el sofá en el que estaba sentada y cogió el teléfono;
fue entonces cuando su plan destrozó por completo mi vida. Llamó
a mi novia Marisa, y no sé cómo, cuando empezó a hablar
era mi voz la que salía de su garganta; yo me alarmé, quise
impedirlo, pero, ¿cómo hacerlo?. No había manera de
evitar que Esther hiciese lo que le diese la gana, así que traté
de llorar cuando oía cómo la bruja le decía a Marisa,
con mi voz, como si fuese yo, que ya no volvería a verme, que me
había enamorado de una extranjera y que desaparecería para
siempre de la ciudad y de su vida. Esther pudo notar cómo sus flamantes
braguitas humanas se mojaban, debido a mis lágrimas, y eso la excitó.
Esther notó algo que nunca
había sentido; a pesar de que sus poderes la habían acompañado
toda la vida, no había tenido la necesidad de usarlos para su provecho,
pero al pararse a pensarlo, únicamente lo sentía conmigo.
Decidió que seguiría su vida normal, pero con un pequeño
cambio en su placer.
Se reclinó cómodamente
en el sofá, se estiró la braguita, o sea, a mí, de
manera que mi nariz quedaba justo entre sus labios vaginales, y comenzó
a acariciarse, empujando mi nariz dentro de su coño, excitándose
y mojándose. Mi boca quedaba libre para poder respirar, pero mi
nariz se llenaba de jugos, y cuando se corrió, mi cara quedó
empapada.
Una vez saciada se dedicó
a hacer pruebas conmigo; se quitó las braguitas y las dejó
sobre una mesa; primero me convirtió en jarrón, y al echarme
agua me sentí totalmente mojado, pero introdujo dos rosas por la
boca, haciéndolo a la vez en mi culo. Me sentía humillado,
mojado y penetrado. Luego me convirtió en vela, que al encenderla
me llenaba el cuerpo de cera, en lámpara que me quemaba todo el
cuerpo y en consolador, que al introducírselo en su coño
todo mi cuerpo quedó dentro de ella.
Después me convirtió
en sofá, y justo cuando lo iba a probar, llamaron a la puerta; era
Marisa, desecha en un mar de lágrimas. Esther la acompañó
y se sentaron en el sofá (yo); el culo de mi novia quedó
sobre mi cara y Esther se acomodó en mi estómago. Mi novia
le contó la conversación que ella creía haber tenido
conmigo y su amiga la escuchó con atención, como si no supiese
nada del tema.
A continuación sucedió
algo que me llenó de rabia, aunque me excitó también;
Esther comenzó a acariciar a Marisa, susurrándole palabras
de cariño al oído, dándole pequeños besos en
el cuello, y mi novia se dejó llevar, sin duda afectada por el duro
golpe que acababa de sufrir. Así que se relajó y se entregó
a las caricias de su amiga, retozando con ella, deleitándose con
largos morreos y magreos de tetas; eso sí, era Esther la que llevaba
la iniciativa, y Marisa se dejaba hacer, pero noté como la braguita
de mi novia se mojaba a marchas forzadas, así como el coño
de Esther, ahora desnudo.
Cuando finalmente llegaron a su
placer, Marisa le confesó a su amiga que se había sentido
muy bien, que le daba las gracias, pero que sentía confusa, que
necesitaba pensar. Su amiga se quedó con una sonrisa en los labios,
satisfecha de su manipulación en nuestras vidas, pero quería
hacer a Marisa suya, sin contarle nunca lo que había hecho conmigo.
Volvió a convertirme en braguitas y se acostó.
A la mañana siguiente se
despertó pronto, para ir a clase; yo estaba dolorido, cansado, y
aunque había pensado en que todo era un sueño, pronto salí
de mi error. Al levantarse, lo primero que hizo fue ir al aseo, y se sentó
en la taza sin quitarme de su cuerpo; comenzó a mear y toda la orina
fue a para a mi garganta, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Me
ahogaba, mi garganta esta a punto de estallar, y además ella tiraba
de su braguita, metiéndome dentro de su coño, con lo cual,
si no es porque la meada no fue muy larga, hubiera muerto.
Se metió en la ducha y fue
entonces cuando se deshizo de mí; cuando estaba en el suelo de la
bañera, me convirtió en una persona normal, aunque atado,
y estuvo duchándome durante un rato, sentada sobre mi pecho, frotando
mi cara con una esponja, y es que me aseguró que la mayor parte
de mi vida la iba a pasar pegada a su culo, aunque, si me portaba bien,
podría tener algunos privilegios.
Me puso a prueba; tras la ducha,
y mientras se vestía, me dejó en mi forma natural y me mandó
a prepararle el desayuno; me dio la espalda y se metió en el cuarto,
dejándome en la duda de salir corriendo o doblegarme a ella. Lo
mejor sería seguirle el juego, y esperar a que se confiara en su
dominio, no fuese que fallara en la primera ocasión y endureciese
mi esclavitud.
Le preparé el café
y cuando apareció en el salón estaba a medio vestir; llevaba
puesto el pantalón y la blusa, pero ésta abierta, mostrando
sus pechos. Me dijo que me pusiera a cuatro patas y se sentó sobre
mi lomo, y mientras desayunaba me contaba las ventajas de entregarme totalmente
a ella. Si así lo hacía, podría seguir disfrutando
de Marisa, ya que estaba segura de hacerla suya. Aguanté.
Una vez dispuesta, me convirtió
esta vez en sujetador, y me colocó en su pecho; yo sentía
sus dos tetas en mis manos, y mi cara entre ambas. Cuando me abrochó,
mi cara se aplastó contra su pecho, terminó de abrocharse
su blusa y salió de casa para ir a clase. Mientras caminaba, sus
pechos se movía y balanceaban al ritmo del paso, y mis manos no
podían sostener aquellos volúmenes que además estrujaban
mi cabeza entre ellos.
La mañana se pasó
entre clase y clase, y la mayor parte del tiempo estuve dormitando entre
sus senos, solamente sobresaltado cuando, entre clases, ella se levantaba,
salía al pasillo, fumaba un pitillo o iba al aseo.
Por la tarde, después de
comer, momento en el cual me había devuelto mi forma y le serví
la comida, nos fuimos de paseo, de compras, y el resto de la tarde la pasó
estudiando, y yo, un rato humano haciendo su colada, limpiando la casa,
un rato como consolador, alojado en su interior, luchando por poder respirar.
Pasaron tres días hasta que
volví a ver a Marisa; habían quedado aquella noche de viernes
para salir y bailar un ratito. Esther me llevaba de braguitas, así
que de entrada no pude verla. La bruja debía estar bastante contenta
conmigo, porque se dirigió al aseo, me quitó de su cuerpo
y me convirtió en un librito de bolsillo muy fino. Cuando regresó
al lado de Marisa, me mostró como algo que se había encontrado
en el aseo; fue cuando pude contemplar el rostro de mi amada, aunque nada
podía decirle, y le pidió que se lo guardara, ya que Marisa
llevaba pantalones. Mi novia me metió en uno de sus bolsillos traseros
y quedé aplastado entre su nalga y la tela del pantalón;
a pesar de estar tan incómodo, sobre todo cuando se sentó
un rato y me aplastó completamente, un sentir de felicidad me llenó
por estar cerca suyo.
Cuando se despidieron Esther le
pidió el librito a mi novia, y cuando llegamos a casa mi bruja me
sonrió con benevolencia, diciéndome que si en todo la obedecía
y me portaba bien podría disfrutar de muchas veladas en manos de
Marisa.
La vida transcurrió de esa
manera varias semanas, y hacía ya una que Esther había propuesto
a mi novia irse a vivir con ella. Pero aún debía pasar una
prueba bastante dura; un día se trajo a un amigo a casa para follárselo,
y tras los preparativos y juegos, él fue a penetrarla; entonces
Esther abrió el cajón donde yo estaba en forma de condón.
Me puso en la polla de su amante, y a la vez pude sentir como esa polla
me entraba por el culo y por la boca al unísono, rellenándome
como a un pavo por Navidad. Entonces agarró por las caderas a Esther,
apretó y yo me metí dentro de la bruja una vez más,
pero enculado y con la boca llena; el espacio era mucho más limitado,
ya que todo mi cuerpo quedaba entre la polla del amante y las paredes vaginales
del coño de mi dueña.
Cuando se corrió, por supuesto
toda la leche penetró tanto en mi culo como en mi boca, y cuando
la polla se encogió, yo lo hice como una pasa; mi terror acudió
cuando el hombre se fue al aseo, se quitó el condón y lo
tiró al water. Meó sobre él (yo) y se dispuso a tirar
de la cadena en el momento en que aparecía Esther y le dijo que
no lo hiciera, porque estaba rota, que ya lo recogería ella todo
por la mañana. Una vez que el hombre se fue de la casa, mi dueña
me rescató medio ahogado, me devolvió la forma humana pero
me dejó atado y lleno de semen y orina, metiéndome debajo
de la cama.
Dos días después mi
novia, aunque ya no podía llamarla así, apareció en
casa de Esther con su equipaje, dispuesta a quedarse a vivir allí,
y aceptando la relación con la bruja; mientras Marisa colocaba sus
cosas en el armario, Esther se/me quitó las bragas y me convirtió
en consolador, dejándome encima de la mesilla para más tarde.
No tardaron mucho en retozar sobre la cama, ya que Esther agarró
a Marisa por la cintura y la arrastró sobre el colchón. Cuando
se abrazaron en la cama, yo estaba encima de la mesilla, erguido, contemplando
como Esther acariciaba el sexo rasurado de mi novia mientras le mordisqueaba
los pezones; la pasión se desbordaba por los límites de la
cama, el calor subía hacia el techo en forma de nube condensada
y los sexos y bocas era volcanes en plena erupción.
Ahora era Marisa la que se encontraba
sentada a horcajadas sobre Esther, restregando su coño sobre las
tetas de su amiga mientras ésta, acariciándole el culito,
le comía las tetas sin parar, recorriendo toda la extensión
de los globos con su lengua, mordiendo levemente sus pezones. El coño
de mi novia era un hervidero de vapores, de jugos, de placer, y Esther,
notando ese placer sobre su propio pecho, la apartó a un lado, la
tendió boca arriba en el lecho, abrió sus piernas y, poniéndose
entre ellas, le prodigó una lamida que parecía que iba a
terminar con su vida.
Cuando la bruja me cogió
de la mesilla sentí como si unas enormes manos asieran todo mi cuerpo
a la vez, y aunque ella no presionara lo más mínimo sobre
el supuesto ser inanimado, yo sentí una presión bastante
fuerte. Mi novia ya estaba a cuatro patas sobre la cama, con su culo en
pompa y su sexo ofrecido al invasor que le iba a llevar al séptimo
cielo. Esther se dirigió a mi, diciéndome que me portara
bien, y acto seguido me apoyó sobre el coño de Marisa, presionó
levemente y mi cuerpo se fue adentrando en la gruta del sexo de Marisa.
La sensación de entrar allí
me impresionó fuertemente, era como si me metiera en una de esas
tripas de los monstruos que vemos en la tele, pero aquello era real; hacía
calor, mucho calor, todo estaba húmedo y la estrechez del cubículo
me hacía apretarme contra mi mismo. Mi posición era la de
firmes, con las manos pegadas al cuerpo, y como siempre, sin poder moverme,
y cada vez que Esther me introducía y sacaba del coño de
mi propia novia, mi cara, mi pecho, mis piernas, todo mi ser se rozaba
con las paredes vaginales de mi Marisa.
Estuvieron un buen rato así,
y cuando me sacó medio ahogado, se giró Esther, dejando derrotada
a Marisa, y me conjuró para convertirme en arnés, con la
misma disposición que antes, pero con correas. Se colocó
detrás de mi novia y la poseyó durante largo rato, haciéndome
penetrar en su coño, y a mi manera, me hacía a la idea de
que yo mismo le hacía el amor.
A partir de entonces casi nunca
volví a tener la forma humana, pero sí tenía una u
otra forma según el humor de mi dueña; cuando me quería
premiar me convertía en consolador o en braguitas, que algunas veces
se ponía Marisa, pero cuando no me portaba bien, me convertía
en taza de wáter, en condón o en zapato. Ellas vivieron juntas
por un tiempo, y cuando se separaron, nunca más volví a ver
a Marisa.
Resumen del relato:
Enrollarse con una bruja puede traer complicaciones cuando además ésta tiene muchos poderes y mucho carácter.
admin :: mar.07.2013 ::
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